Los judíos, el estado-nación y el nacimiento del antisemitismo III

Estos primeros partidos antisemitas, aun siendo pequeños, se distinguieron inmediatamente de los demás partidos. Formularon la reivindicación original de que no era un partido entre los demás partidos, sino un partido «por encima de todos los partidos». En el estado-nación de clases y partidos, sólo el estado y el gobierno habían afirmado hallarse por encima de todos los partidos y clases y representar a la nación en su totalidad. Los partidos eran reconocidos como grupos cuyos diputados representaban los intereses de quienes les habían votado. Aunque luchaban por el poder, se entendía implícitamente que correspondía al gobierno establecer un equilibrio entre los intereses en conflicto y sus representantes. La reivindicación de los partidos antisemitas de hallarse «por encima de todos los partidos» anunciaba claramente su aspiración a convertirse en representantes de toda la nación, a conseguir el poder exclusivo, a tomar posesión de la maquinaria del estado, a remplazar al estado. Como, por otra parte, continuaban estando organizados como partidos, resultaba también claro que deseaban el poder del estado como un partido para que sus electores llegaran a dominar la nación.

El cuerpo político del estado-nación vino a existir cuando ya no había un grupo en posición de ejercer un poder político exclusivo, de forma tal que el gobierno asumió un dominio político que ya no dependía de factores sociales o económicos. Los movimientos revolucionarios de izquierda, que habían luchado por lograr un cambio radical de las condiciones sociales, jamás había tocado directamente esta suprema autoridad política. Habían desafiado sólo el poder de la burguesía y su influencia sobre el estado, y estaban por eso siempre dispuestos a someterse a la dirección del gobierno en los asuntos exteriores, en los que se hallaban en juego los intereses de una nación supuestamente unificada. Los numerosos programas de los grupos antisemitas, por otra parte, estaban, desde un principio, principalmente relacionados con los asuntos exteriores; su impulso revolucionario se hallaba dirigido contra el gobierno más que contra una clase social y estaban encaminados a destruir la estructura política del estado-nación mediante una organización partidista.

Hannah Arendt, Los orígenes del totalitarismo, p. 107-108.

Los judíos, el estado-nación y el nacimiento del antisemitismo II

La clase media baja, o pequeña burguesía, estaba constituida por los descendientes de los gremios de artesanos y de comerciantes que durante siglos habías estado protegidos contra los azares de la vida por un sistema cerrado que prohibía la competencia y que en última instancia se hallaba bajo la protección del estado. En consecuencia, culparon de su infortunio al sistema de Manchester, que les había expuesto a las asperezas de una sociedad competitiva y privado de toda protección especial y de los privilegios otorgados por las autoridades públicas. Fueron, por eso, los primeros en clamar por el «estado benefactor», del que esperaban no sólo que les protegiera contra la adversidad, sino que les mantuviera en las profesiones y oficios que habían heredado de sus familias. Y dado que el acceso de los judíos a todas las profesiones fue una característica destacada del siglo de la libertad de comercio, era casi corriente considerar a los judíos como «representantes del sistema de Manchester aplicado hasta sus últimos extremos», aunque nada distaba tanto de la verdad.

Hannah Arendt, Los orígenes del totalitarismo, p. 105.

Los judíos, el estado-nación y el nacimiento del antisemitismo I

La oposición liberal a la política continental del régimen policial de Metternich y los airados ataques al gobierno reaccionario prusiano condujeron rápidamente a estilos antisemitas y a una verdadera riada de folletos antijudíos. Precisamente porque eran mucho menos cándidos y francos en su oposición al gobierno de lo que lo había sido el noble Marwitz una década atrás, atacaban a los judíos más que al gobierno. Preocupados fundamentalmente por la igualdad de oportunidades y agraviados sobre todo por la resurrección de los privilegios aristocráticos que limitaban su ingreso en los servicios públicos, introdujeron en la discusión la división entre los individuos judíos, «nuestros hermanos», y la judería como grupo, una distinción que desde entonces se convirtió en característica del antisemitismo de izquierdas.

Hannah Arendt, Los orígenes del totalitarismo, p. 102.