El antisemitismo como insulto al sentido común IV

La diferencia mayor entre los antiguos y los modernos sofistas está en que los antiguos se mostraban satisfechos con una pasajera victoria del argumento a expensas de la verdad, mientras que los modernos desean una victoria más duradera a expensas de la realidad. En otras palabras, aquéllos destruían la dignidad del pensamiento humano, mientras que éstos destruyen la dignidad de la acción humana. Los antiguos manipuladores de la lógica eran motivo de preocupación para el filósofo, mientras que los modernos manipuladores de los hechos obstaculizan la tarea del historiador. Porque la misma historia es destruida y su comprensión -que se basa en el hecho de que la hacen los hombres y, por lo tanto, puede ser comprendida por los hombres- se encuentra en peligro siempre que los hechos ya no sean considerados como parte del mundo pasado y del actual y se manipulen para demostrar esta o aquella opinión.

Hannah Arendt, Los orígenes del totalitarismo, p. 72-73.

El antisemitismo como insulto al sentido común III

El nacimiento y desarrollo del antisemitismo moderno se ha visto acompañado e interconectado con la asimilación judía, la secularización y la debilitación de los antiguos valores religiosos y espirituales del judaísmo. Lo que sucedió realmente fue que grandes sectores del pueblo judío se vieron al mismo tiempo amenazados por la extinción física desde fuera y por la disolución desde dentro. En esta situación, los judíos, preocupados por la supervivencia de su pueblo y en una curiosa y errónea interpretación, llegaron a la consoladora idea de que, al fin y al cabo, el antisemitismo podía ser un excelente medio de mantener unido a su pueblo, y así la presunción de un eterno antisemitismo llegaría a implicar una eterna garantía de la existencia judía.

Hannah Arendt, Los orígenes del totalitarismo, p. 70-71.

El antisemitismo como un insulto al sentido común II

En otras palabras, si una patente falsificación como los «Protocolos de los Sabios de Sión» es creída por tantos que pueda llegar a convertirse en el manual de todo un movimiento político, la tarea del historiador ya no consiste en descubrir una falsificación. Ciertamente, no consiste en inventar explicaciones que soslayen el principal hecho político e histórico de la cuestión: que la falsificación está siendo creída. Este hecho es más importante que la circunstancia (secundaria, históricamente hablando) de que sea una falsificación.

Hannah Arendt, Los orígenes del totalitarismo, p. 70.