Apuntes sobre el genocidio armenio

Artículo publicado por Historia en Presente el 17 de junio de 2008.


En el presente artículo abordo una de las cuestiones más polémicas en la actual candidatura turca a la Unión Europea: el genocidio armenio de 1915. No tenía previsto escribir sobre esto por el momento, pero gracias a los comentarios de Citoyen en mi último post sobre Turquía –“La carta turca y sus peligros”– he decidido profundizar sobre la cuestión. El siguiente artículo no es más que una breve introducción a la masacre de armenios durante la Gran Guerra, por eso le doy la denominación de “apuntes”; espero publicar en los próximos meses algo más profundo en relación al tema.

¿Se puede justificar un genocidio?

A la hora de abordar las cuestiones relativas al genocidio armenio son muchos los historiadores, políticos y periodistas que han tratado de relacionarlo con el Holocausto judío de la Segunda Guerra Mundial.

En la última década algunos autores, basándose en los peculiares lazos históricos existentes entre Alemania y Turquía, han defendido la inspiración nacionalsocialista en la experiencia otomana para llevar a cabo la labor genocida antisemita. Otros, sin llegar a tanto, han unido ambos acontecimientos en base a la cantidad de víctimas generadas: las limpiezas étnicas más “exitosas” de la Historia. Sin embargo, salvo en el contexto bélico de ambos, los paralelismos brillan por su ausencia.

Casi cien años después de la tragedia los europeos pide cuentas a Turquía. Esta República, sólo en parte heredera del poder otomano, ha de responder por los actos cometidos en nombre de un sultán que ella misma derrocó [6]. Europa, anacrónica como ninguna a pesar de su rica herencia histórica, olvida una y otra vez que, mientras libraba una guerra de grandes proporciones, el Imperio Otomano tuvo que luchar contra una minoría étnica en su retaguardia.

Es más, los europeos olvidan, de nuevo, que fueron justamente ellos los que, con el fin de alcanzar la victoria en la Gran Guerra, favorecieron las ansias nacionalistas armenias hasta los límites del paroxismo. Olvidan, y ya van tres, que las armas utilizadas por la “quinta columna” armenia venían directamente de Rusia, Gran Bretaña y Francia.

Mencionar el genocidio armenio sin situarlo en su contexto es, a mi juicio, una muestra de mala fe y una prueba de falta de juicio.

El Imperio Otomano fue el único contendiente del conflicto de 1914 que hubo de hacer frente a una guerra de contrainsurgencia en el interior de sus fronteras, a causa de los levantamientos nacionales árabe y armenio. Mientras se enfrentaba a los rusos en Sarikamis y a los británicos en Gallípoli y Cesifonte, tenía que poner un ojo en el interior de sus territorios por miedo a la peligrosa minoría armenia. Y, como bien demostraron los acuerdo de paz de Sevres, la Sublime Puerta se jugaba mucho en la Primera Guerra Mundial: sobre la mesa estaba la propia supervivencia como estado [2].

Las sombras que rodean al genocidio armenio son quizás las grandes culpables de las increíbles historias que circulan en torno a ese acontecimiento. La falta de información, fruto de la mentira y la ocultación, ha generado un sinfín de leyendas que a la larga no ha hecho más que perjudicar a los genocidas. Fue precisamente Turquía la que trató de ocultar todos los detalles relacionados con la matanza de armenios para así evitar la reprimenda internacional. Con esto no hicieron otra cosa que abrir las puertas a las habladurías que, poco a poco, fueron superando a la tan temida realidad.

Después de la labor de maquillaje realizada por los turcos, llegaron los todopoderosos cronistas europeos a construir una gran historia, falsa también, pero grandiosa por la magnitud y crueldad de la catástrofe. Occidente ha visto, en esa gran mentira, el renacer del turco despiadado de época Moderna. Más tarde llegó el Holocausto; a los enemigos de Turquía les faltó tiempo para comparar ambos hechos.

El asesinato de miles de personas no es justificable, pero de ahí a compararlo con la maquina de muerte nazi hay un mundo. Las cifras, motivaciones y desarrollo de ambos genocidios fueron totalmente distintas. La acción de los otomanos no tenía en su origen prejuicios racistas; defendían la seguridad del Imperio frente a un movimiento nacionalista e insurgente. Además, no hemos de olvidar que esa rebelión se produjo en un momento crítico para el poder otomano, que libraba una dura guerra desde 1914.

Por el contrario, los judíos jamás buscaron destruir Alemania. Fue el Reich alemán el que inicio las hostilidades, y no por cuestiones de seguridad estatal; era el racismo el que guiaba la mano de los verdugos nacionalsocialistas. El genocidio armenio, cuyo origen fue una simple deportación de miles de personas, supuso –que no es poco ni justificable- la eliminación de los enemigos del Imperio. El Holocausto, por contra, no se limitó a exterminar a los judíos de la Europa central y oriental.

Primero los humilló, después los torturó y, más tarde, procedió a su eliminación. Es evidente que la persecución antisemita contenía un alto grado de sadismo.

Ningún genocidio es justificable; cada pueblo es responsable de su Historia y de las limpiezas étnicas que sus antepasados llevaron a cabo. Turquía ha de reconocer la barbarie de 1915, ha de pedir perdón y rendir homenaje a las víctimas. Sin embargo, Europa actúa de modo irresponsable cuando pide cuentas excesivas a los turcos. Sin duda es un trago difícil para ellos, no se lo compliquemos más. Hemos de dejar de compararlo con el Holocausto, ampliar nuestras miras para comprender el contexto del momento, y reconocer nuestra responsabilidad en la catástrofe [6].

De la convivencia al odio: Armenia entre dos siglos

Desde la Guerra de Crimea (1854-1856) hasta la Primera Guerra Mundial todos los enemigos del Imperio Otomano siguieron una táctica homogénea con respecto a las minorías étnicas presentes en su territorio: fomentar en ellos el sentimiento nacionalista hasta provocar el surgimiento de la insurrección armada. En respuesta a esa política rusa con respecto a los armenios en el conflicto de 1854, los otomanos declararon la igualdad de derechos de esta etnia en relación a los turcos.

Además, pasaron a ser considerados minoría protegida, y empezaron a ocupar numerosos cargos importantes en la administración imperial. Sin embargo, las raíces del movimiento de liberación armenio se habían fortalecido lo suficiente como para rechazar las ventajas de su nuevo estatus dentro del Imperio.

En la guerra que libraron otomanos y rusos entre 1877 y 1878, encontramos a grupos de voluntarios armenios entre los ejércitos del invasor eslavo. El propio patriarca armenio de Constantinopla, Jrimian, hizo un llamamiento a la revuelta de su pueblo contra el poder otomano [3].

Sin embargo, una vez terminado el conflicto con la aplastante victoria de Rusia, los zares mostraron cuánto apreciaban la existencia de un Caballo de Troya dentro del territorio otomano. A pesar de las presiones armenias, se negaron a negociar en el Tratado de San Stefano la independencia de la región. Era mejor mantener la pelota en el tejado turco para aprovecharse de ello en futuras ocasiones. Pero no sólo a Rusia le interesaba que Armenia siguiera dentro del Imperio Otomano. Las potencias reunidas en la Conferencia de Berlín (1885) tampoco cedieron a la petición de los representantes armenios.

Por tanto, la convivencia entre armenios y otomanos estaba rota a finales del XIX; el odio y la desconfianza eran las notas dominantes en sus relaciones. La negativa obtenida en San Stefano y Berlín llevó a los independentistas por la vía de la rebelión y el terrorismo. Pretendían llamar la atención de la comunidad internacional; hacer inevitable la intervención de alguna potencia occidental o de la propia Rusia. Además, la habitual desproporción de la respuesta otomana a cada una de esas actividades favorecía la consecución de ese objetivo.

A este respecto, cabe destacar las matanzas protagonizadas por los milicianos imperiales de origen kurdo durante el otoño de 1895. Hechos como este no se repitieron hasta el genocidio de 1915.

Los acontecimientos que hemos relatado anteriormente no impidieron, sin embargo, que los independentistas caucásicos colaborasen con el grupo de los Jóvenes Turcos en su lucha contra la política imperial. El sultán era tenido por aquel entonces como enemigo común tanto de movimientos nacionales como de reformistas.

Así, cuando estos últimos se hicieron con el control del Imperio en 1909, las acciones violentas entre uno y otro bando tendieron a desaparecer. Aunque no nos engañemos, a esas alturas la situación era muy difícil de encauzar; se trataba tan sólo de una tregua, un periodo que los armenios otorgaban a los Jóvenes Turcos para buscar una solución a su problema. Lógicamente, como en casi todas las cuestiones relacionadas con el nacionalismo, esto resultó imposible.

Los acontecimientos bélicos y las deportaciones

La guerra de 1914 proporcionó a los armenios una nueva oportunidad para levantarse contra el poder otomano. En cuanto se inició el conflicto los incidentes comenzaron a sucederse en la retaguardia. Esto, lógicamente, incomodaba en exceso el buen desarrollo de las operaciones militares. La situación llegó al límite tras la derrota del III y IV ejército imperial frente a las tropas rusas en la batalla Sarikamis [3]. Numerosos pueblos armenios se levantaron contra las autoridades otomanas, y los milicianos independentistas, armados con material ruso, cortaron las comunicaciones de los principales caminos.

Los soldados derrotados en Sarikamis quedaron aislados entre el frente y una retaguardia hostil en el Caucaso. A esto se unió la conquista de la ciudad de Van por parte de los contingentes armenios. La situación no era cómoda para Estambul, que procedió a escarmentar a sus díscolos súbditos; las tropas kurdas y circasianas se lanzaron contra el territorio armenio. Estas masacres marcaron el inicio un genocidio que los afectados sitúan en millón y medio de muertos.

Los hechos narrados hasta el momento constituyen la parte de la historia que nunca se suele relatar. Los acontecimientos posteriores son, por el contrario, más conocidos por todos; si bien es verdad que las cifras varían en función del narrador de turno. El 24 de abril de 1915, el jefe del Estado Mayor otomano, Enver Pasa, aprobó un plan para dispersar a los armenios por el territorio imperial [3]. El objetivo era que la población de esa etnia no superase, en ninguna circunscripción, el diez por ciento del total de la misma. No obstante, parece que detrás de la orden se escondía un claro deseo de ejecutar de manera masiva a la población civil armenia.

La deportación, realizada en pleno verano por un territorio árido y agreste, acabó con la vida de la mayor parte de esas personas; trescientas mil según los historiadores turcos.

A la crueldad de esas jornadas realizadas a pie hemos de añadir los escasos suministros recibidos por los armenios a lo largo de su viaje, así como la ausencia de atenciones sanitarias. Por tanto, el genocidio se llevó a cabo, en su mayor parte, sin violencia. Al Imperio Otomano le bastó con inventarse una deportación sin retorno.

Bibliografía:

[1] Historia Universal Contemporánea II; Javier Paredes (Coord.) – Barcelona – Ariel – 2004.

[2] La guerra del mundo: los conflictos del siglo XX y el declive de occidente (1904-1953); Niall Ferguson – Barcelona – Debate – 2007.

[3] El turco. Diez siglos a las puertas de Europa; Francisco Veiga – Barcelona – Debate – 2007.

[4] Turquía, entre Occidente y el Islam: una historia contemporánea; Glòria Rubiol – Barcelona – Viena -2004.

[5] Turquía: el largo camino hacia Europa; Delia Contreras – Madrid – Instituto de Estudios Europeos – 2004.

[6] Turquía: Atatürk camina hacia Europa; Carlos González Martínez – Luz y Taquígrafos – Mayo de 2007.

La carta turca y sus peligros

Artículo publicado por Historia en Presente el 1 de junio de 2008.


Llevamos más de dos años dándole vueltas a la cuestión turca. En numerosos círculos se ha discutido, y se sigue discutiendo, acerca de la conveniencia de la entrada de Turquía en la Unión Europea. Con este artículo trato de aportar una visión histórica del problema, al tiempo que advierto –siguiendo la línea marcada por Anthony Giddens en “Europa ante la era global”- de las consecuencias negativas de tener a los turcos de espaldas al proyecto europeísta.

He de reconocer que este texto no es más que la refundición –en ocasiones copia- de varios artículos que había escrito ya sobre la cuestión. Principalmente me he basado en dos: “Turquía: Atatürk camina hacia Europa” y “Turquía si, pero más tarde”. Ambos se encuentran en la bibliografía que he añadido al final.

Turquía: currículum vitae

El proceso de occidentalización llevado a cabo por el primer presidente de Turquía, Mustafa Kemal Atatürk, está a punto de cumplir noventa años. Durante ese periodo, y especialmente en sus inicios, se llevaron a cabo una serie de reformas tendentes a desislamizar el Estado y proporcionar a la población una educación moderna y de carácter liberal. Incluso, en ese afán por abandonar las viejas tradiciones, el líder turco llegó a prohibir el alfabeto árabe, imponiéndose como oficial el de tipo occidental [1]. Además, es evidente que el devenir histórico fue favorable para el desarrollo de esos planes reformistas.

Tras la Segunda Guerra Mundial, y en pleno escenario de Guerra Fría, Turquía se convirtió en una pieza clave como aliada de los Estado Unidos.

Eso explicaría las abundantes ayudas que recibió del Plan Marshall, y su elección como miembro del Consejo de Europa en 1949. A los turcos parece faltarles tan sólo una importante pieza para completar su puzzle: la entrada en la Unión Europea. La adhesión de Turquía al proyecto Europeo, bien por desidia de sus gobernantes o por las dificultades internas del país, se frustró en tres ocasiones: 1973, 1981 y 2004 [1].

Sin embargo, el 3 de octubre de 2005 se iniciaron por fin las negociaciones para admitir a Turquía como miembro del proyecto europeísta [4].

En relación a estas, hemos de indicar algo de lo que son plenamente conscientes muchos dirigentes de la Unión: los turcos pueden aportar una gran riqueza al proceso de integración europea, tanto en el ámbito geoestratégico como en el cultural. Turquía está llamada a ser la puerta de Europa en sus futuras relaciones con el Islam. Y eso incluye tanto el avispero de Oriente Medio como toda la franja costera del norte de África.

También es, por tradición histórica, uno de lo grandes protagonistas de la región que más quebraderos de cabeza ha dado a Europa: los Balcanes. Turquía vendría a cerrar el círculo creado con la integración de los antiguos países del Este, al tiempo que daría a la Unión un mayor potencial diplomático y militar. El peso de los europeos en política exterior se vería sumamente reforzado con la presencia turca [5].

Turquía si, pero todavía no

El 1 de mayo de 2004 se producía la mayor ampliación en la historia de la Unión Europea. Este organismo supranacional acogía en su seno a diez estados más: Letonia, Estonia, Lituania, Polonia, República Checa, Eslovaquia, Hungría, Eslovenia, Malta y Chipre. Casi tres años después, con la integración de Rumania y Bulgaria, surgía la Europa de los veintisiete. Además, las negociaciones para adhesión de Croacia y Macedonia comenzaron a dar sus primeros frutos a mediados de 2007.

Este cúmulo de acontecimientos, así como la tajante oposición del presidente francés, han hecho resurgir el debate acerca de la conveniencia o inconveniencia de la entrada de Turquía en la Unión. En principio la respuesta es afirmativa, pero parece que Europa no acaba de hacerla efectiva. Esto levanta suspicacias entre los políticos y la población turca, que temen una marcha atrás en el proceso de integración [6].Es evidente que el acceso de Turquía a la Unión Europea genera divisiones entre los países miembros. Estas no son injustificadas, ya que los motivos para apoyar o rechazar la adhesión turca son abundantes.

No obstante, todos –los a favor y los en contra- entienden que factores como el tamaño, la localización geográfica, el nivel de desarrollo económico y el carácter de sociedad predominantemente islámica, dificultan la entrada de este país en las instituciones europeas.

El problema podría plantearse cuando la actitud esquizofrénica de la Unión acabe desencantando a los propios turcos. Esto nos dejaría una Turquía de espaldas a Europa y, seguramente, a las puertas del fundamentalismo islámico. La Unión Europea debería respaldar mucho más incondicionalmente la decisión que ya ha tomado: aceptar a Turquía como candidata al ingreso. Muchos europeístas de Turquía, de diversas tendencias del espectro político, se sienten decepcionadas por la poco entusiasta acogida que Europa les ha dispensado. Los turcos son miembros de todas las organizaciones europeas salvo la UE, y pertenece a la OTAN desde su fundación.

Además, es miembro del Consejo de Europa desde los primeros años de la posguerra. No hay duda de que existen obstáculos importantes que superar antes de que el ingreso de Turquía pueda hacerse realidad; seguramente pase más de un lustro antes de que los representantes de ese estado se siente con los demás como miembro de pleno derecho. Sin embargo, si la Unión le diera la espalda a Turquía en ese momento, el resultado podría ser una disminución del ritmo de crecimiento del país, así como una mayor polarización política y una sociedad resentida que tendería a mirar hacia el este antes que hacia el oeste. Quienes hablan actualmente de poner obstáculos a la entrada de Turquía deberían reflexionar [2].

Si su postura triunfa, tendremos a las puertas de Europa un estado lleno de problemas, dividido y, posiblemente, antagonista.

Una Turquía democrática, liberal y próspera como estado miembro de la Unión es una perspectiva mucho más atractiva que una Turquía en quiebra y en actitud introspectiva. Turquía necesita unos años para completar su transformación, y Europa un tiempo para construir una estructura donde quepan los turcos. Sin embargo, eso no nos ha de llevar a decir no a la integración de ese país. La respuesta ha de ser afirmativa, pero sin hacerla realidad hasta que no llegue el momento oportuno para ambos negociadores.

Bibliografía:

[1] El turco. Diez siglos a las puertas de Europa; Francisco Veiga – Barcelona – Debate – 2007.

[2] Europa en la era global; Anthony Giddens – Barcelona – Paidós. Estado y sociedad – 2007.

[3] Turquía, entre Occidente y el Islam: una historia contemporánea; Glòria Rubiol – Barcelona – Viena -2004.

[4] Turquía: el largo camino hacia Europa; Delia Contreras – Madrid – Instituto de Estudios Europeos – 2004.

[5] Turquía: Atatürk camina hacia Europa; Carlos González Martínez – Luz y Taquígrafos – Mayo de 2007.

[6] Turquía si, pero más tarde; Carlos González Martínez– Planisferio – 25 de mayo de 2008.

Turquía: continúa la lucha entre islamistas y kemalistas

Artículo publicado por Historia en Presente el 11 de abril de 2008.


El pasado 14 de marzo Abdurrahman Yalçınkaya, fiscal jefe de la Corte Suprema de Apelaciones de Turquía, presentaba una demanda de cierre contra el Partido de la Justicia y el Desarrollo (AKP). Apenas dos semanas después –el lunes 31-, el Tribunal Supremo del país admitía esta demanda contra el grupo político liderado por el primer ministro Recep Tayyip Erdogan.

La decisión se producía por rotunda unanimidad a pesar de incluir el procesamiento del actual Presidente, también miembro de AKP, Abdullah Gül. Una vez expuestos los hechos, cabe plantearse qué es tan grave como para que la Corte de Apelaciones y el Tribunal Supremo se pongan de acuerdo en el inicio del proceso de ilegalización de un partido que, en los último comicios celebrados (julio de 2007), obtuvo algo más del 47% de los votos.

Para entender la problemática turca hemos de remontarnos al final de la I Guerra Mundial (1914-1918). Un derrotado Imperio Otomano, mermado territorialmente tras la firma de los acuerdo de paz, desapareció como entidad política para dar paso a un nuevo estado: Turquía.

Bajo la presidencia de Mustafa Kemal, conocido también con el nombre de Atatürk –padre de los turcos- el país inició un intenso y fructuoso proceso de reformas. Estas tenían por objetivo la modernización de Turquía y su conversión en una nación competitiva. El motivo de la actitud de la justicia turca ante los actuales jefes de Estado y de Gobierno es la supuesta traición de estos a las bases nacionales impuestas por Atatürk. Erdogan y Gül son acusados de ir contra las reformas de posguerra, y en especial contra la laicidad del estado; su supuesto carácter islamista parece no concordar con los principios del estado turco.

Lo primero que hay que determinar a la hora de hablar del Partido de la Justicia y el Desarrollo (AKP) es si realmente es un grupo islamista. En su origen la mayor parte de estos personajes –Erdogan y Gül incluidos- fueron seguidores de Necmettin Erbakan. Este aspiraba a que la política turca volviera a sus antiguas tradiciones religiosas. No obstante, los actuales gobernantes de Turquía se alejaron bien pronto de los planteamientos de su antiguo líder y fundaron un nuevo partido que muchos definen como “islamista moderado”.

Se trata de un grupo que defiende la continuidad del actual régimen turco, pero suavizando determinados aspectos laicistas que rozan la paranoia antirreligiosa (Turquía no es hoy un Estado laico, sino laicista) Son partidarios de la modernización del país y de su integración en la Unión Europea. Es más, con el ejecutivo Erdogan se han dado los pasos más importantes en el proceso integrador.

Dicho esto, cabe plantearse si realmente AKP es peligroso para la democracia y el progreso de Turquía. Mi opinión es que no. Entonces ¿de dónde viene la oposición de la justicia del país a este grupo y a sus representantes? ¿Cómo justificamos su actitud?

A la muerte de Mustafa Kemal sus seguidores trataron de continuar su obra política. Dos pilares les sirvieron de base para alcanzar ese fin: el partido kemalista –actual CHP, liderado por Deniz Baykal- y el Ejército. Durante varias décadas los primeros han defendido, a través de las urnas, el estado laicista y democrático impuesto por su fundador; mientras que los segundos han intervenido militarmente cuando, tras la derrota electoral del kemalismo, sus rivales amenazaban con desmontar el sistema. Sin embargo, este modus operandi ha ido degenerando poco a poco hasta convertirse en una simple excusa para que determinadas élites nacionales se mantengan en el poder. Su gran rival en los últimos años ha sido AKP, por eso ahora pretenden ilegalizarlo.

En abril de 2007 Turquía sufrió la mayor crisis política de los últimos años. Recep Tayyip Erdogan pretendió aprovechar el final del mandato Ahmet Necdet Sezer para situar como presidente de la República a Abdullah Gül, Ministro de Exteriores y hombre de confianza del líder de AKP. La élite kemalista se opuso tenazmente; no estaba dispuesta a entregar a sus rivales uno de sus últimos bastiones. Ante las presiones de los parlamentarios de CHP y de los altos mandos del ejército, el primer ministro decidió convocar elecciones anticipadas para recabar el apoyo de la población a su proyecto. La maniobra salió según los planes de Erdogan: AKP resultó ganador en los comicios de julio, aumentando su ventaja con respecto a sus rivales. A las pocas semanas, mientras los kemalistas de CHP se sumían en una profunda crisis interna, Gül fue investido presidente.

Los últimos acontecimientos han ensombrecido un tanto el panorama político turco. Tras varios meses de relativa tranquilidad, periodo en el que daba la impresión que Erdogan y los suyos habían vencido las resistencias de la vieja élite, se ha reabierto el debate. De nuevo se cuestiona la legitimidad política del gobierno de AKP. En esta ocasión el ataque viene de otro de los bastiones del kemalismo: el Tribunal Supremo.

Esta por ver si, tras vencer en las urnas y lograr mantener al levantisco ejército turco a raya, los islamistas consiguen imponerse a sus enemigos en esta nueva batalla.

Bibliografía:

[1] Historia Universal Contemporánea II; Javier Paredes (Coord.) – Barcelona – Ariel – 2004.

[2] La guerra del mundo: los conflictos del siglo XX y el declive de occidente (1904-1953); Niall Ferguson – Barcelona – Debate – 2007.

[3] El turco. Diez siglos a las puertas de Europa; Francisco Veiga – Barcelona – Debate – 2007.

[4] Turquía, entre Occidente y el Islam: una historia contemporánea; Glòria Rubiol – Barcelona – Viena -2004.

[5] Turquía: el largo camino hacia Europa; Delia Contreras – Madrid – Instituto de Estudios Europeos -2004.

Turquía: la lucha en torno al velo

 Artículo publicado por El Planisferio el 10 de junio de 2008.


La pasada semana el Tribunal Constitucional de Turquía anuló las enmiendas que otorgaban libertad a las universitarias para acudir a clase con el velo islámico. La medida, aprobada tras cinco largas horas de deliberaciones, deja en una complicada situación al Gobierno, principal promotor de la legalización de esa prenda femenina. El Partido de la Justicia y el Desarrollo (AKP) vuelve a tropezar una vez más con la oposición de la socialdemocracia kemalista.

Los laicistas del Partido Socialdemócrata (CHP), a pesar de haber cedido el poder gubernamental y parlamentario, mantienen el control del Ejército y la Justicia. Desde hace tiempo esto viene complicando enormemente la labor del primer ministro Erdogan y de sus programas reformista.

La lucha en torno al velo no es más que el último capítulo en esta compleja historia. El primero de ellos lo vivimos hace poco más de un año –abril de 2007- con la cuestión del relevo presidencial.

El mandato del entonces presidente Sezer tocaba a su fin, razón por la que AKP trató de situar a uno de los suyos al frente del Estado. El designado fue el Ministro de Exteriores Abdullah Gül, personaje con una reputación intachable y, sobre todo, una excelente relación con los hombres de Bruselas. Sin embargo, no alcanzó los dos tercios de la cámara parlamentaria requeridos por la Constitución. El primer ministro Recep Tayyip Erdogan anunció entonces la convocatoria de elecciones legislativas anticipadas para julio de 2007.

Si AKP lograba el triunfo, el camino de Güll a la presidencia quedaría libre. El triunfo sobre los socialdemócratas de Deniz Baykal fue aplastante (47% de los votos), pero las sombras seguían rodeando a la cuestión presidencial: el Ejército, fiel defensor de la herencia kemalista, no estaba conforme con el nombramiento de un islamista –por muy moderado que este fuera- como presidente de la República. Finalmente, la cesión gubernamental a la petición militar de atacar las bases kurdas del norte de Iraq acabó por apaciguar los ánimos. El ruido de sables fue desapareciendo poco a poco: el Ejército no se opondría, por el momento, al tanden Erdogan-Gül.

Después de los episodios que hemos resumido en el párrafo anterior (Presidencia y Ejército), le ha llegado el turno a la Justicia. El 14 de marzo de 2008 Abdurrahman Yalçınkaya, fiscal jefe de la Corte Suprema de Apelaciones de Turquía, presentaba una demanda de cierre contra el Partido de la Justicia y el Desarrollo (AKP). Apenas dos semanas después –el lunes 31-, el Tribunal Supremo del país admitía esta demanda contra el grupo político liderado por el primer ministro Recep Tayyip Erdogan.

La decisión se producía por rotunda unanimidad a pesar de incluir el procesamiento del actual Presidente, también miembro de AKP, Abdullah Gül.

Son muchos los comentaristas políticos que relacionan esta reacción judicial con la intención gubernamental de apoyar la legalización del velo. Es más, la medida se aprobó en la cámara parlamentaria durante el mes de febrero, tan sólo unas semanas antes de la reacción judicial. La conexión parece evidente. Por esa razón, la reciente decisión del Tribunal Constitucional no sólo ha de interpretarse como una negativa a la legislación del velo, sino también como un espaldarazo a los proyectos de ilegalización expuestos por el fiscal Yalçınkaya. Por su parte, AKP ya ha anunciado su deseo de reformar la actual Constitución turca, que data de los tiempos del último golpe militar (1980), Mustafa Kemal. Tendremos que esperar, al menos un mes, para ver en que acaba todo.

Bibliografía:

[1] El turco. Diez siglos a las puertas de Europa; Francisco Veiga – Barcelona – Debate – 2007.

[2] Turquía, entre Occidente y el Islam: una historia contemporánea; Glòria Rubiol – Barcelona – Viena -2004.

[3] Cuestión de laicismo; Pablo Gómez – Hacia Oriente – 8 de Junio de 2008.

[4] Turquía: continúa la lucha entre islamistas y kemalistas; Carlos González Martínez – Historia en Presente – 11 de Abril de 2008.

Turquía si, pero más tarde

 Artículo publicado por El Planisferio el 25 de mayo de 2008.


El 1 de mayo de 2004 se producía la mayor ampliación en la historia de la Unión Europea. Este organismo supranacional acogía en su seno a diez estados más: Letonia, Estonia, Lituania, Polonia, República Checa, Eslovaquia, Hungría, Eslovenia, Malta y Chipre. Casi tres años después, con la integración de Rumania y Bulgaria, surgía la Europa de los veintisiete. Además, las negociaciones para adhesión de Croacia y Macedonia comenzaron a dar sus primeros frutos a mediados de 2007.

Este cúmulo de acontecimientos, así como la tajante oposición del presidente francés, han hecho resurgir el debate acerca de la conveniencia o inconveniencia de la entrada de Turquía en la Unión. En principio la respuesta es afirmativa, pero parece que Europa no acaba de hacerla efectiva. Esto levanta suspicacias entre los políticos y la población turca, que temen una marcha atrás en el proceso de integración.

Es evidente que el acceso de Turquía a la Unión Europea genera divisiones entre los países miembros.

Estas no son injustificadas, ya que los motivos para apoyar o rechazar la adhesión turca son abundantes. No obstante, todos –los a favor y los en contra- entienden que factores como el tamaño, la localización geográfica, el nivel de desarrollo económico y el carácter de sociedad predominantemente islámica, dificultan la entrada de este país en las instituciones europeas. El problema podría plantearse cuando la actitud esquizofrénica de la Unión acabe desencantando a los propios turcos. Esto nos dejaría una Turquía de espaldas a Europa y, seguramente, a las puertas del fundamentalismo islámico.

La Unión Europea debería respaldar mucho más incondicionalmente la decisión que ya ha tomado: aceptar a Turquía como candidata al ingreso. Muchos europeístas de Turquía, de diversas tendencias del espectro político, se sienten decepcionadas por la poco entusiasta acogida que Europa les ha dispensado. Los turcos son miembros de todas las organizaciones europeas salvo la UE, y pertenece a la OTAN desde su fundación. Además, es miembro del Consejo de Europa desde los primeros años de la posguerra. No hay duda de que existen obstáculos importantes que superar antes de que el ingreso de Turquía pueda hacerse realidad; seguramente pase más de un lustro antes de que los representantes de ese estado se siente con los demás como miembro de pleno derecho.

Sin embargo, si la Unión le diera la espalda a Turquía en ese momento, el resultado podría ser una disminución del ritmo de crecimiento del país, así como una mayor polarización política y una sociedad resentida que tendería a mirar hacia el este antes que hacia el oeste.

Quienes hablan actualmente de poner obstáculos a la entrada de Turquía deberían reflexionar. Si su postura triunfa, tendremos a las puertas de Europa un estado lleno de problemas, dividido y, posiblemente, antagonista. Una Turquía democrática, liberal y próspera como estado miembro de la Unión es una perspectiva mucho más atractiva que una Turquía en quiebra y en actitud introspectiva. Turquía necesita unos años para completar su transformación, y Europa un tiempo para construir una estructura donde quepan los turcos. Sin embargo, eso no nos ha de llevar a decir no a la integración de ese país. La respuesta ha de ser afirmativa, pero sin hacerla realidad hasta que no llegue el momento oportuno para ambos negociadores.

Bibliografía:

[1] El turco. Diez siglos a las puertas de Europa; Francisco Veiga – Barcelona – Debate – 2007.

[2] Europa en la era global; Anthony Giddens – Barcelona – Paidós. Estado y sociedad – 2007.

[3] Turquía, entre Occidente y el Islam: una historia contemporánea; Glòria Rubiol – Barcelona – Viena -2004.

[4] Turquía: el largo camino hacia Europa; Delia Contreras – Madrid – Instituto de Estudios Europeos – 2004.