«Todos, o casi todos los que estuvieron en primer plano durante la época de los Estado Generales y la Asamblea Legislativa, están hoy olvidados o han sido víctimas del odio. El cadáver de Mirabeu, ayer aún en el Panteón, ha sido sacado oprobiosamente de él; Lafayette, hace pocas semanas aún festejado en triunfo como padre de la patria, es ya hoy traidor; Custine, Pètion, hace pocas semanas todavía celebrados se escurren ya temerosos hacia la sombra de la opinión pública (…). Mientras otros se atan a sus convicciones, a sus palabras y gestos públicos, él, oculto y temeroso de la luz, se mantiene interiormente libre y se convierte así en el polo persistente en la sucesión de los fenómenos. Los girondinos caen, Fouché sigue, los jacobinos son ahuyentados, Fouché sigue, el Directorio, el Consulado, el Imperio, la Monarquía y otra vez el Imperio desaparecen y sucumben; pero él siempre permanece, el único, Fouché, gracias a su refinada contención y gracias a su audaz valor unido a su absoluta falta de carácter, a su imperturbable falta de convicciones».
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La reina ante el patíbulo, en «María Antonieta» de Stefan Zweig
«La carreta se detiene delante del patíbulo. Tranquila y sin auxilio de nadie, «con aire aún más sereno que al salir de la prisión», asciende la reina, rechazando toda ayuda, las escaleras de tablas del cadalso; sube exactamente con la misma halada facilidad, calzando sus negros zapatos de satén de tacones altos, por esta última escalera, como en otro tiempo por las escalinatas de mármol de Versalles. Ahora, por encima del repulsivo verbeneo de las gentes, una última mirada que se pierde en el cielo. ¿Reconoce, al otro lado de la plaza, en medio de la neblina otoñal, las Tullerías, en las que ha vivido y sufrido indecibles dolores? ¿Recuerda todavía, en estos últimos minutos, el día en que estas mismas muchedumbres la saludaron con entusiasmo, en el mismo jardín, como heredera del trono? No se sabe. Nadie conoce los últimos pensamientos de un moribundo».
El destino de Luis XVII, en «María Antonieta» de Stefan Zweig
«Por fin -¡pequeño e insuficiente consuelo!- descubre María Antonieta que, por una única ventana de la escalera de la torre, en el tercer piso, puede acecharse aquella parte del patio en la cual juega a veces el delfín. Y allí se está durante horas enteras, innumerables veces y con frecuencia en vano, esta mujer que en otro tiempo fue reina de todo un reino, a la espera de ver si puede descubrir fugazmente en el patio de su prisión, de una manera furtiva, un aspecto de la clara silueta querida. El niño, que no sospecha que desde un ventanuco enrejado sigue cada uno de sus movimientos la mirada, con frecuencia turbia por el llanto, de su madre, juega alegre y despreocupado. El muchacho se va adaptando velozmente, demasiado velozmente, a su ambiente nuevo; ha olvidado, en su alegre abandono, de quién es hijo, qué sangre corre por sus venas y cuál es su nombre. Valiente y en voz alta, sin sospechar su sentido, canta la Carmagnole y el Ça ira, que le ha enseñado Simón y sus compañeros; lleva la gorra roja de los sans-culottes…»
La ejecución de Luis XVI, en «María Antonieta» de Stefan Zweig
«A lo lejos redoblan los tambores de los regimientos en marcha, aumenta cada vez más la luz, llega a ser día claro; cada vez se acerca más la hora que privará a los niños de su padre y a ella del respetable, bondadoso y circunspecto compañero de tantos años. Prisionera en su habitación, con los despiadados guardias delante de la puerta, no le es permitido a la desdichada mujer bajar los pocos peldaños que la separan del esposo, no le es permitido oír ni ver nada de todo lo que ocurre, e, imaginadas, las cosas son quizás mil veces más espantosas que en la realidad misma. Después, y de repente, hay en el piso de abajo un espantoso silencio. El rey ha dejado la habitación, la pesada carroza rueda llevándolo hacia el patíbulo. Y una hora más tarde, la guillotina ha dado a María Antonieta un nuevo nombre: en otros tiempos fue archiduquesa de Austria, después delfina, por último reina de Francia; ahora es la viuda Capeto».
De las Tullerías a la Asamblea Nacional, en «María Antonieta» de Stefan Zweig
«Mientras tanto son ya las siete de la mañana, ha llegado la vanguardia de los sublevados, una partida desordenada de gentes mal armadas, no temibles por sus capacidades guerreras, sino sólo por su indomable resolución. Algunos de ellos se reúnen ya delante del puente levadizo. La resolución no puede ser dilatada por más tiempo. Roederer, el procurador general, percibe su responsabilidad. Ya una hora antes ha aconsejado al rey que se traslade a la Asamblea Nacional y se ponga bajo su protección. Pero entonces María Antonieta habla furiosa: «Señor mío, tenemos aquí bastantes fuerzas, y ha llegado por fin el momento de saber quién debe obtener el triunfo, si el rey o los sublevados, si la Constitución o los revolucionarios». Mas el mismo rey no encuentra ahora ninguna enérgica palabra. Respirando penosamente, permanece sentado en su sillón, con azorada mirada, y espera no sabe para qué; sólo quiere prolongar aún la situación, no decidir el momento. Entonces vuelve otra vez Roederer, con su banda sobre el pecho, que en todas partes le abre el paso; algunos consejeros municipales le acompañan. «Sire -dice enérgicamente a Luis XVI-, Vuestra Majestad no tiene ya ni cinco minutos que perder; no hay ya ninguna otra seguridad para ella sino en la Asamblea Nacional». «Pero no veo todavía mucha gente en la plaza del Carrousel», responde Luis XVI, que angustiosamente quiere ganar tiempo. «Sire, una inmensa muchedumbre llega de los arrabales, arrastrando doce cañones».
«Un consejero municipal, un comerciante de encajes en cuya casa la reina, en otros tiempos, había realizado compras con frecuencia, une las suyas a las advertencias de Roederer: «Cállese usted, señor. Deje hablar al procurador general», le suelta al instante, como una ducha, María Antonieta (siempre siente igual cólera cuando alguien a quien ella no aprecia quiere salvarla). Se vuelve entonces hacia Roederer: «Pero, señor, tenemos una fuerza armada». «Señora, todo París está en marcha, la acción es inútil; la resistencia, imposible».María Antonieta no puede dominar ya su excitación; la sangre se le sube al rostro. Tiene que dominarse para no estallar contra aquellos hombres en toda su debilidad, ninguno de los cuales muestra un pensamiento viril. Pero la responsabilidad es inmensa; en presencia del rey de Francia, una mujer no debe dar órdenes para el combate. Espera, pues, la decisión del eternamente indeciso. Levanta éste por fin su pesada cabeza, mira a Roederer durante algunos segundos, después suspira y dice, feliz de haber resuelto: «¡Vámonos!».Y por medio de las filas nobles que lo contemplan sin ningún aprecio, ante sus soldados suizos, a quienes olvida decir algunas palabras para que sepan si deben o no combatir, por medio de la muchedumbre del pueblo, cada vez más compacta, que injuria públicamente al rey, a su mujer y a los escasos fieles, y hasta los amenaza, abandona Luis XVI, sin combate, sin una tentativa de resistencia, el palacio edificado por sus antepasados y que jamás debe volver a pisar. Recorren el jardín, delante el rey con Roederer, detrás la reina del brazo del ministro de Marina, con su hijito al lado. Se dirigen con indigna prisa hacia el manège cubierto, donde en otro tiempo se divertía con cabalgatas la corte, alegre y despreocupada, y donde ahora la Asamblea Nacional del pueblo presencia, orgullosa, cómo un rey, temblando por su vida, busca su protección sin haber luchado. Son aproximadamente doscientos pasos de camino. Pero con estos doscientos pasos, María Antonieta y Luis XVI han caído irreparablemente del poder. Ha terminado la monarquía».
El intento de fuga, en «María Antonieta» de Stefan Zweig
«Por fin, una sombra de esperanza: descanso nocturno en Châions. Aguardan allí todos los ciudadanos detrás de un arco de triunfo de piedra, el cual -¡ironía de la historia!- es el mismo que hace veintiún años fue erigido en honor de María Antonieta cuando pasó por allí, en un coche de gala encristala do, aclamada por el pueblo, viniendo de Austria al encuentro de su futuro esposo. Sobre el friso de piedra está grabada esta inscripción: «Perstet oeterna ut amor», «Persista eterno como el amor». Pero el amor es más transitorio que el buen mármol y la piedra tallada. Como un sueño le parece ahora a María Antonieta que cierta vez, bajo este mismo arco, haya recibido a la nobleza vestida de gala, que las calles hayan estado sembradas de luces y llenas de gente y que de las fuentes haya manado vino en honor suyo. Ahora sólo la espera una fría cortesía, compasiva en el mejor de los casos, pero que siempre hace bien después de tanto descarado, ruidoso a inoportuno odio. Pueden dormir, mudarse de ropa; pero a la siguiente mañana el enemigo sol abrasa de nuevo y tienen que proseguir el camino de su martirio. Cuanto más se acercan a París, tanto más se muestra hostil la población; suplica el rey que le den una esponja mojada para quitarse del rostro el polvo y la suciedad, y un empleado le responde con escarnio: « Eso es lo que se saca viajando». Vuelve a subir la reina al estribo de la carroza después de breve descanso, cuando detrás de ella oye silbar, como serpiente, una voz femenina: «¡Vamos, pequeña; más negras las pasarás aún!». Un noble que la saluda es arrancado de su caballo y asesinado a tiros y cuchilladas. Sólo ahora comprenden el rey y la reina que no es únicamente París el que ha caído en el «error» de la Revolución, sino que en todos los campos de su reino ha brotado en fertilísima floración la nueva simiente; pero acaso no conservan ya fuerzas para sentir todo esto; poco a poco, la fatiga los va haciendo plenamente insensibles. En su agotamiento, permanecen en el coche, indiferentes ya a lo que les reserva el destino, cuando, por fin, en el último momento, llegan correos a caballo que anuncian que tres miembros de la Asamblea Nacional salen a su encuentro para proteger el viaje de la familia real. La vida está salvada, pero nada más».
Camille Desmoulins y la toma de la Bastilla, en «María Antonieta» de Stefan Zweig
«El día 12 de julio, antes del mediodía, llegan a París informes de la destitución de Necker, y con ello la chispa cae en el polvorín. En el Palais Royal, Camille Desmoulins, uno de los miembros del club del duque de Orleans, se encarama sobre una silla empuñando una pistola, proclama que el rey prepara una noche de San Bartolomé y grita «al arma». En un minuto encuentra el símbolo de la sublevación, la escarapela tricolor que llega a ser bandera de la república; algunas horas más tarde, el ejército es atacado en todas partes, son saqueados los arsenales y cerradas con barricadas las calles. El 14 de julio, veinte mil hombres salidos del Palais Royal marchan contra la aborrecida fortaleza de París, la Bastilla, la cual, horas más tarde, es tomada por asalto y la cabeza del gobernador que había querido defenderla oscila lívida sobre la punta de una pica; por primera vez lanza sus rayos esta cruenta linterna de la Revolución. Nadie osa ya oponer resistencia contra esta elemental explosión de la furia popular; las tropas, que no han recibido de Versalles ninguna orden clara, se retiran, y por la noche, con millones de antorchas, se dispone París a celebrar su victoria (…) El duque de Lianncout llega a todo galope a Versalles, en un caballo cubierto de espuma, para traer noticias de los sucesos de París. Le declaran que el rey está durmiendo. Insiste en que lo despierten; por último lo dejan penetrar en el santuario del sueño. Comunica: «La Bastilla, tomada por asalto. El gobernador, asesinado. Su cabeza clavada en una pica, es llevada por toda la ciudad».
«Pero ¡eso es una revuelta!», balbucea, espantado, el infeliz soberano.
Mas con despiadada severidad corrige el mal mensajero: «No, Sire, es una revolución».
La caída de La Fayette, en «María Antonieta» de Stefan Zweig
«La muchedumbre de diez mil sublevados tiene el palacio entre sus negras manos manchadas de sangre como si fuese un cascaroncito de nuez, delgado y quebradizo; de este abrazo no hay ya posibilidad de huir ni de escapar. Están acabadas las negociaciones y los tratos del vencedor con el vencido; gritando con millares de voces, la masa hace retumbar al pie de las ventanas la exigencia que ayer y hoy le han sugerido secretamente, murmurando en su oído, los agentes de los clubes: «¡El rey a París! ¡El rey a París!». Las vidrieras vibran con el rebotar de las amenazadoras voces, y los retratos de los antepasados regios se estremecen de espanto en las paredes del viejo palacio. Ante este grito que ordena imperiosamente, el rey dirige a La Fayette una mirada interrogadora ¿Debe obedecer o, más bien, le es indispensable obedecer? La Fayette baja los ojos. Desde ayer, este ídolo del pueblo sabe que está destronado».
La Asamblea Nacional, en «María Antonieta» de Stefan Zweig
«Al cabo de pocos días, los dos brazos privilegiados, la nobleza y el clero, están ya en agria hostilidad contra el Tercer Estado; rechazado este, se declara constituido en Asamblea Nacional por su propio poder, y en la sala del Juego de Pelota presta juramento de no disolverse antes de que esté cumplida la voluntad del pueblo y votada la Constitución. La corte se espanta ante ese demonio popular que ella misma ha ido a sacar de su guarida (…) De un día a otro, la muda criatura llamada «pueblo» ha adquirido voz por medio de la libertad de prensa, proclama sus derechos en centenares de folletos, y en inflamados artículos de periódicos descarga su furor revolucionario».
La convocatoria de los Estados Generales, en «María Antonieta» de Stefan Zweig
«…resuelve el rey, en el último momento, después de las habituales vacilaciones, convocar los Estados Generales, que desde hace doscientos años representan realmente a todo el pueblo. Para privar de su supremacía anticipadamente a aquellos en cuyas manos están todavía los derechos y la riqueza, el primero y el segundo Estado, la nobleza y el clero, ha duplicado el rey, por consejo de Necker, el número de representantes del tercer Estado. Así, ambas fuerzas están en equilibrio y el monarca se reserva con ello el poder decidir en última instancia. La convocatoria de la Asamblea Nacional aminorará la responsabilidad del rey y fortalecerá su autoridad: así se piensa en la corte. Pero el pueblo piensa de otro modo; por primera vez se siente convocado, y sabe que sólo por desesperación, y nunca por bondad, llaman los reyes a sus consejos al pueblo. Una tarea inmensa es atribuida con ello a la nación, pero también se da la ocasión que no volverá a presentarse; el pueblo está decidido a aprovecharla. Un arrebato de entusiasmo se desborda por ciudades y aldeas; las elecciones son una fiesta; las reuniones, lugares de mística exaltación nacional. Por fin puede comenzar la obra: el 5 de mayo de 1789, día de la apertura de los Estados Generales, por primera vez es Versalles no sólo residencia de un rey, sino la capital, el cerebro, el corazón y el alma de todo Francia».
