Camille Desmoulins y la toma de la Bastilla, en «María Antonieta» de Stefan Zweig


«El día 12 de julio, antes del mediodía, llegan a París informes de la destitución de Necker, y con ello la chispa cae en el polvorín. En el Palais Royal, Camille Desmoulins, uno de los miembros del club del duque de Orleans, se encarama sobre una silla empuñando una pistola, proclama que el rey prepara una noche de San Bartolomé y grita «al arma». En un minuto encuentra el símbolo de la sublevación, la escarapela tricolor que llega a ser bandera de la república; algunas horas más tarde, el ejército es atacado en todas partes, son saqueados los arsenales y cerradas con barricadas las calles. El 14 de julio, veinte mil hombres salidos del Palais Royal marchan contra la aborrecida fortaleza de París, la Bastilla, la cual, horas más tarde, es tomada por asalto y la cabeza del gobernador que había querido defenderla oscila lívida sobre la punta de una pica; por primera vez lanza sus rayos esta cruenta linterna de la Revolución. Nadie osa ya oponer resistencia contra esta elemental explosión de la furia popular; las tropas, que no han recibido de Versalles ninguna orden clara, se retiran, y por la noche, con millones de antorchas, se dispone París a celebrar su victoria (…) El duque de Lianncout llega a todo galope a Versalles, en un caballo cubierto de espuma, para traer noticias de los sucesos de París. Le declaran que el rey está durmiendo. Insiste en que lo despierten; por último lo dejan penetrar en el santuario del sueño. Comunica: «La Bastilla, tomada por asalto. El gobernador, asesinado. Su cabeza clavada en una pica, es llevada por toda la ciudad».

«Pero ¡eso es una revuelta!», balbucea, espantado, el infeliz soberano.

Mas con despiadada severidad corrige el mal mensajero: «No, Sire, es una revolución».

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