La Rusia de los zares: población y territorio


A comienzos del siglo XX, el Imperio Ruso era, aparentemente, grande y poderoso. Se extendía sobre un territorio de casi 22 millones de kilómetros cuadrados y tenía una población aproximada de 170 millones de habitantes.

El inmenso Imperio de los zares se extendía desde el centro de Europa hasta el océano Pacífico. La parte asiática de Siberia era prácticamente un desierto despoblado, mientras que en la parte europea se concentraba la mayoría de la población y de las actividades económicas.

El Imperio agrupaba a una serie de pueblos muy diversos, que englobaban 91 nacionalidades y un número de etnias todavía mayor. Predominaban los eslavos, que estaban divididos en rusos (44%), ucranianos (17%), polacos (6%) y bielorrusos (4%). Entre las minorías más importantes destacaban los turcos (10%), judíos (4%), finlandeses (2%) y alemanes (1%)

En Transcaucásica los habitantes eran georgianos y armenios, mientras que en Asia central había población de origen turco. En las regiones polares y las estepas vivían pueblos de raza amarilla, descendientes de las poblaciones de mongoles.

Esta fuerza, no obstante, era más aparente que real, pues su estructura social y económica reflejaba un gran desequilibrio entre:

  • Una Rusia arcaica y rural, numéricamente importante.
  • Una Rusia, muy localizada y minoritaria, que se industrializaba rápidamente.

Introducción a la Revolución Rusa


En el año 1917 tuvo lugar en Rusia un proceso revolucionario que culminó con la instauración del primer régimen socialista del mundo.

La Revolución Rusa es, sin lugar a dudas, uno de los principales acontecimientos del siglo XX. De ella surgió un Estado que transformó los modelos de la sociedad y la política de la época. Además, significó el triunfo del movimiento obrero organizado en un país, constituyéndose el primer Estado anticapitalista.

Fue el modelo que seguirían muchos partidos políticos, organizaciones y personas que, en todo el mundo, consideraban injusta la sociedad liberal y capitalista.

La Revolución Rusa de 1917 tuvo dos fases bien diferenciadas:

  • La primera, en febrero, dio lugar a la caída del zarismo y a la instauración de un régimen parlamentario y constitucional.
  • La segunda, en octubre, tuvo un carácter socialista y configuró un nuevo modelo de Estado a partir de las organizaciones obreras, de los soviets de obreros y campesinos.

En ocho meses, Rusia pasó de una monarquía anacrónica y casi absoluta a la dictadura del proletariado. Una figura brilla con luz propia en este proceso, Vladimir Ilich Uliánov, apodado Lenin, ideólogo del marxismo-leninismo y primer dirigente del nuevo régimen bolchevique.

El nuevo régimen, sin embargo, sólo consiguió consolidarse después de una cruenta guerra civil, que se prolongó durante más de tres años. En un primer momento, pareció que las revoluciones en Alemania y Hungría significarían la expansión de la revolución obrera por toda Europa. Sin embargo, el aplastamiento de estas revueltas desvaneció el sueño bolchevique de una revolución mundial.

La URSS inició en solitario la construcción del socialismo, contando solo tras la II Guerra Mundial con la colaboración y subordinación de otros regímenes socialistas.

La Rusia de los zares


Al tiempo que se desarrollaba la expansión imperialista, cada una de las potencias europeas desarrolla su propia política internacional -rivalidades, alianzas y conflictos bélicos- dentro del Viejo Continente. A esa cuestión, así como a la situación interna de esos estados, está dedicado este conjunto de vídeos. Después de la introducción, en esta clase abordaremos la situación de Rusia e finales del XIX. Este apartado también incluye vídeos dedicados a la Inglaterra Victoriana, la Tercera República Francesa, la Alemania de Bismarck, el Imperio Austrohúngaro y el territorio otomano. Esto se complementa con otros vídeos dedicados a potencias no europeas, como los EE.UU., Japón y China.

 

Desarrollo de la Revolución I


El régimen zarista

El modelo político de los zares rusos se definía por un marcado carácter autoritario y un desarrollado aparato represivo. Esta sólida estructura comenzó a tambalearse a causa de los profundos cambios experimentados por la Humanidad a finales del siglo XIX y principios del XX. De esta manera, dos catástrofes, la derrota en la guerra contra Japón (1905) y la Gran Guerra (1914-1918), provocaron el advenimiento de la Revolución y, por tanto, el fin de los Romanov.

La marcha de la guerra y la situación crítica que se vivía en la propia retaguardia, hicieron que la caída del zar fuera algo inminente a principios de 1917. De esta manera, no es de extrañar que la correspondencia entre el zar y la zarina girase en torno a los desórdenes que a diario se producían en San Petersburgo:

(Correspondencia de la zarina con el zar, 10 de marzo de 1917) “Los huelguistas y alborotadores se manifiestan ahora más retadores que nunca en la ciudad. Los provocadores de los disturbios son los golfillos, chicos y chicas que se pasan el día dando vueltas y gritando que no tienen pan; lo hacen precisamente para incitar al alboroto. Si hiciese frío, probablemente se estarían en sus casas. Pero la agitación va disminuyendo y desaparecerá…”

Sin embargo, el optimismo de la zarina distaba mucho de adecuarse a la auténtica realidad de Rusia:

(Correspondencia de Mikhail Rodzianko con Nicolás II, 11 de marzo de 1917) “La situación es grave. La capital se halla en un estado de anarquía. La gobernación está paralizada: los servicios de transporte no funcionan; el suministro de alimentos y de combustible está totalmente desorganizado. El descontento es general y va en aumento”.

Así, en febrero de 1917 –calendario occidental-, estallaba la revolución:

(Correspondencia de Mikhail Rodzianko con Nicolás II, 12 de marzo de 1917) “Por orden de Su Majestad se han aplazado hasta marzo las sesiones de la Duma Imperial. Las últimas defensas del orden han sido desbordadas; el gobierno es impotente para frenar las revueltas. No se puede confiar en las tropas de la guarnición: los batallones de reserva de los regimientos de la Guardia se han amotinado y están ejecutando a sus oficiales; unidos al populacho y a los revoltosos, se dirigen hacia el Ministerio del Interior y al Palacio de la Duma. La guerra civil ha estallado y va extendiéndose”.

La revolución de febrero

La Revolución de febrero se caracterizó por su popularidad –la secundó, de manera entusiasta, buena parte de la población rusa-, su espontaneidad –surgió fruto del malestar del pueblo ruso: sin preparación previa-, y por la ausencia de violencia –los postulados revolucionarios no encontraron, en un principio, una fuerte oposición por parte de las fuerzas reaccionarias-. Precisamente sobre la popularidad, la totalidad, de la Revolución de febrero nos habla Nikolay Sergeyevich Trubetskoy:

“Esta revolución es única. Ha habido revoluciones burguesas y revoluciones proletarias, pero dudo que haya habido jamás una revolución tan auténticamente nacional, en el más amplio sentido del término, como la que hoy conoce Rusia. Todos la han hecho. Todos han tomado parte en ella: los trabajadores, los soldados, los burgueses, hasta la nobleza: todas las fuerzas sociales del país”.

De esta forma, tras el triunfo de los revolucionarios, se implantó en el país una dirección política plural y heterogénea –Gobierno Provisional- que tenía como misión fundamental transformar Rusia en un régimen constitucional y democrático:

(Alexandr Fiódorovich Kerenski, mitin en Odesa ante las fuerzas armadas) “Estoy viendo el enorme entusiasmo que se ha despertado en todo el país. Milagros como esta revolución rusa que ha hecho libre a un pueblo de esclavos sólo se producen una vez cada siglo… Ya hemos sufrido bastante. Los corazones de todos los rusos laten ahora al unísono. Pongamos todas nuestras energías en la lucha por la paz para todo el universo. Creemos en la felicidad y en la gloriosa libertad de todos los pueblos… Nuestra consigna será “libertad, igualdad, fraternidad”.

A lo largo de los ocho meses de experiencia democrático-liberal rusa, se sucedieron tres gobiernos provisionales, presididos por Georgy Yevgenievich Lvov –dos veces- y Alexandr Kerenski respectivamente. Esta inestabilidad dentro del ejecutivo ruso se debió principalmente a dos razones: la heterogeneidad de los miembros del gobierno, lo que repercutía sin duda en su eficacia, y la convulsa situación internacional, que tenía importante consecuencias en la situación interna de Rusia.

Las medidas democratizadoras previstas por los gobiernos surgidos tras la Revolución de febrero fueron las siguientes:

– Reunir una Asamblea Constituyente elegida por sufragio universal.

– Convocar elecciones a los consejos municipales.

– Elaborar una declaración de Derechos.

– Reconocer el derecho de Polonia y Finlandia a la autodeterminación.

– Liberar a numerosos presos políticos y repatriar a los exiliados mediante una amplia amnistía.

Además de promover estas medidas, el nuevo gobierno se había propuesto también alcanzar tres objetivos:

– Que la sociedad rusa alcanzase cierto grado de cohesión.

– Exaltación de la nación como medio para unir a los distintos grupos que integraban el país. En definitiva, promover un estado de euforia similar al de 1914.

– Lograr la victoria en la guerra; es decir, continuar con el apoyo prestado por Nicolás II a los aliados occidentales frente a los Imperios Centrales.

El fracaso del proyecto liberal

El proyecto democratizador fracasó; todos esas primeras intenciones no alcanzaron su fin. La incapacidad del gobierno provisional para hacer frente a la crisis económica, a la guerra, al problema agrario, y a la cuestión obrera, acabó por exasperar a una agotada ciudadanía rusa, que poco a poco les fue retirando su confianza. Exigían pan, paz y tierra, y el gobierno, empeñado en su provisionalidad, en atarse de pies y manos, no aportaba soluciones. El nuevo ejecutivo, con el fin de respetar la legalidad, los tiempos marcados por la doctrina política democrático-liberal, se comprometió a no tomar medidas importantes hasta que la Constituyente, que todavía no se había reunido, finalizase su tarea. De esta forma, los problemas se iban acumulando, tomando cada vez un mayor grado de gravedad, lo que provocaba el descontento del pueblo ruso hacia sus gobernantes.

En definitiva, el gran error de los demócratas rusos fue pretender funcionar con normalidad, con legalidad, en un periodo de grandes convulsiones, crisis y anormalidad. No poner remedio a estas equivalía al hundimiento del nuevo sistema, ya que, el cambio político promovido por el pueblo se llevó a cabo con el fin de buscar soluciones.

El gobierno provisional, pues, pagó caro este empeño por continuar actuando de manera provisional. Además, la decisión de continuar la guerra, sin duda bastante impopular, lastró la labor del ejecutivo. El precio que tuvieron que pagar los gobernantes por su empeño de ser fieles a sus aliados acabó siendo, a la postre, demasiado alto: la desaparición de la construcción democrática. De esta manera, no es de extrañar que, como principal arma contra los hombres de febrero, Lenin utilizase el argumento de la guerra; aquellas mismas ideas que defendía desde 1914:

(Vladimir Illich Ulianov Lenin, manifiesto de 1914 publicado en Sotsial-Demokrat) “Cuanto mayores sean las destrucciones causadas por la guerra, más claramente se darán cuenta las clases trabajadoras de que los oportunistas han traicionado la causa obrera y de que es necesario volver las armas contra los gobiernos y la burguesía de los respectivos países… Convertir esta guerra imperialista en guerra civil es la única consigna acertada para el proletariado”.

De esta forma, las masas populares fueron radicalizándose progresivamente al tiempo que se movilizaban contra el gobierno provisional. Los lemas bajo los que se desarrollaban las protestas, muy similares a los que propugnaban los dirigentes bolcheviques, contribuyeron a que entre estos movimientos de soldados, campesinos y obreros, y el partido de Lenin se fueran tendiendo puentes:

(Vladimir Illich Ulianov Lenin, Obras completas) “Los desórdenes aumentan en el campo y el gobierno está empleando los medios más despiadados contra los campesinos. Crece la simpatía por nuestra causa en el seno del ejército…”

(Fragmento del editorial de Izvestiya el 7 de noviembre de 1917) “Sólo faltan tres semanas para la Asamblea Constituyente, sólo unos pocos días para el Congreso de los Soviets, y, aún así, los bolcheviques han decidido llevar a efecto otro golpe de Estado. Utilizan el descontento general y la gran ignorancia que reina entre las masas de obreros y soldados. Se han arrogado la osadía de prometer al pueblo pan, paz y tierra…”

La experiencia bolchevique

El partido bolchevique, surgido tras la escisión de la socialdemocracia rusa –bolcheviques y mencheviques-, fue el protagonista y motor de la Revolución de octubre. Así relataban Lenin y Bujarin el cisma desatado en el seno del socialismo:

(Vladimir Illich Ulianov Lenin, Obras completas) “Se me dice que he sembrado la confusión en las filas de la clase obrera. Pues bien, sí, la he sembrado deliberada y calculadamente en la parte del proletariado de San Petersburgo, que se ha dejado arrastrar por los seccionistas mencheviques, y obraré siempre del mismo modo mientras dure la escisión”.

(Nikolai Ivanovich Bujarin, Memorias) “Recuerdo las interminables discusiones que se suscitaron en nuestro pequeño círculo cuando Lenin planteó sin ambages la cuestión no sólo de dividir el partido, sino hasta de renunciar al mismo nombre de «socialdemócrata». Cuando Gregori (Zinoviev) empezó a hablar de la tradición y también de números, Lenin comentó con ira, realmente enfurecido, sin tomar en consideración que había mujeres presentes: “¡Oh, sí, mucha gente y mucha basura entre ella! (sólo que utilizó palabras bastante más fuertes). Y con rabiosa energía empezó a exponer sus ideas sobre los partidos comunistas y una nueva Internacional revolucionaria…”

Se trataba este de un partido de cuadros –no de masas-, celoso de su propia pureza ideológica, y contrario a cualquier tipo de lazo con otro grupo político. Desde un primer momento, Lenin rechazó totalmente cualquier relación con la Revolución de febrero y con el régimen surgido de ella (Tesis de Abril). Además, los bolcheviques trataron de aprovechar el poder de los soviets, donde el número de miembros del partido crecía congreso tras congreso hasta llegar a alcanzar la mayoría, para fortalecerlos. Es decir, que aparecieran como una alternativa firme y real al gobierno provisional.

Bibliografía:

[1] Historia Universal Contemporánea II; Javier Paredes (Coord.) – Barcelona – Ariel – 2004.

[2] Obras completas; Vladimir Ilich Lenin – Madrid – Akal – 1975.

[3] La guerra del mundo: los conflictos del siglo XX y el declive de occidente (1904-1953); Niall Ferguson – Barcelona – Debate – 2007.

[4] El mundo de ayer. Memorias de un europeo; Stefan Zweig – Barcelona – El Acantilado – 2002.

Las fuerzas revolucionarias en tiempos de Nicolás II

Artículo publicado por la web Club Lorem Ipsum el 12 de febrero de 2008.


El contraste entre una Europa liberal y un Imperio Ruso absolutista y feudal suscitó, a mediados del XIX, una oposición al zarismo en el seno de una minoritaria clase intelectual que los rusos denominaban “intelligentsia”. Con frecuencia, esta se encontró aislada por carecer el país de una burguesía en la que apoyarse y de un proletariado al que dirigir su mensaje.

Dos grandes corrientes se perfilaron desde los primeros momentos: los occidentalistas, partidarios de imitar los logros del liberalismo occidental, y la “eslavófila”, contraria a los corrompidos modelos occidentales.

Esta última centraba sus esfuerzos en ensalzar las virtudes del campesinado ruso, al tiempo que pretendía implantar un socialismo de carácter agrario. En su seno surgieron, además, los dos movimientos socializantes más típicamente rusos: el nihilismo y el populismo.

El nihilismo, término acuñado por Ivan Turgéniev en su novela Padres e hijos, cuajó en 1862 con el movimiento de “La joven Rusia”. Este defendía la acción terrorista como la única forma de destruir el orden social y político existente. Nos encontramos, pues, ante un planteamiento muy cercano al anarquismo de Bakunin. En la década de 1870 surgió un movimiento populista -“narodnik”-, que reconocía en el campesinado ruso la fuerza revolucionaria por excelencia y el futuro protagonista de la revolución.

No obstante, el fracaso del populismo en su acercamiento al campesinado ruso provocó su escisión. Por un lado Voluntad del Pueblo, grupo mayoritario anclado en la acción terrorista y responsable del asesinato del zar Alejandro II en 1881; y por el otro un grupo minoritario que acabó por formar en 1890 el Partido Socialista Revolucionario o social-revolucionarios.

A comienzos del siglo XX frente a los decimonónicos defensores de una vía revolucionaria distinta a la del resto de Europa Occidental, aparecieron corrientes ideológicas y partidos de clara inspiración occidentalista.

De un lado, la corriente liberal se plasmó en la constitución, en 1905, del Partido Constitucional-Demócrata o partido Kadet. Su objetivo era transformar el Imperio zarista en un régimen de carácter constitucional basado en el respeto a las libertades individuales. Eran partidarios tanto de una reforma agraria liberal como de una amplia autonomía para los territorios polacos, finlandeses y ucranianos. Su principal líder fue Miliukov.

De otro lado, las corrientes socialistas revolucionarias estaban integradas por el Partido Socialista Revolucionario (PSR o “eseritas”) y por el Partido Obrero Socialdemócrata Ruso (POSDR). El primero se constituyó en 1901 bajo las tesis populistas del socialismo agrario. Sostenían que la revolución en Rusia sería política, y traería consigo el fin de la autocracia zarista. Además, sus protagonistas habrían de ser los campesinos, no los burgueses.

Eran partidarios de un Estado federal que conciliase los intereses de las diversas nacionalidades del Imperio Ruso. Sus hombres más representativos fueron Tchernov y Kerenski.

La trayectoria del Partido Obrero Socialdemócrata Ruso es más compleja e interesante por sus repercusiones futuras. Sus orígenes se remontan a 1883, con la creación, por parte de Giorgi Plejánov, de Unión de lucha para la liberación de la clase obrera. A este grupo se unió, en 1888, el joven Vladimir Ilich Ulianov, conocido más tarde con el nombre de Lenin.

Ambos rechazaron de los populistas y de los socialrevolucionarios el agrarismo utópico; dando por sentado que la sociedad rusa de finales del XIX era capitalista. En el congresos clandestino celebrado en Minsk (1898) fundaron el POSDR de clara inspiración marxista. Sin embargo, en el seno del segundo congreso del partido, celebrado entre Bruselas y Londres en 1903, surgieron dos tendencias enfrentadas: mencheviques y bolcheviques.

Los primeros afirmaban que la revolución burguesa era un paso necesario para llegar al pleno desarrollo del capitalismo y de un proletariado numeroso capaz de encabezar la segunda fase de la revolución, la socialista-proletaria. Por ello, se inclinaban por una organización del partido abierta tanto a militantes como simpatizantes. Su líder fue Martov.

Los bolcheviques, liderados por Lenin, sostenían que la burguesía rusa era demasiado débil e incapaz de realizar su revolución.

Era el proletariado el que debía encabezarla, buscando para ello la alianza con el campesinado. En consecuencia, la militancia en el partido debía restringirse a quienes acatasen su programa, sometiéndose a su férrea disciplina. El objetivo primordial era la conquista revolucionaria del poder político para el inmediato establecimiento de la dictadura del proletariado.

Bibliografía:

[1] Historia Universal Contemporánea I y II; Javier Paredes (Coord.) – Barcelona – Ariel – 2004.

[2] La guerra del mundo: los conflictos del siglo XX y el declive de occidente (1904-1953); Niall Ferguson – Barcelona – Debate – 2007.

[3] La Rusia de los zares; Alejandro Muñoz-Alonso – Madrid – Espasa – 2007.

El descubrimiento de Lenin


“Y es que en marzo de 1917, Lenin no era de ninguna manera la figura conocida mundialmente en la que se convirtió medio año después (…) las más altas instancias del Reich se ocuparon de este emigrante ruso medio muerto de hambre, y él trato con ellas de igual a igual. Medio año más tarde daría un giro a la historia mundial. Pero ¿cómo llegaron los alemanes a él?” Ciertamente Lenin no resultaba una amenaza inminente para el sistema zarista. No era más que un mediocre revolucionario exiliado en Suiza desde comienzos de la Gran Guerra. Allí malvivía y se deprimía en medio de una situación miserable desde el punto de vista material e intelectual. Sin embargo, en su peor momento, lo fueron a buscar a ese preciso lugar los grandes jerarcas del Reich alemán.

Al llegar a este punto Sebastian Haffner se pregunta cómo descubrieron los alemanes a Lenin. A modo de respuesta da un nombre, Kesküla: un joven estonio de origen alemán. Este personaje de tendencias políticas izquierdistas dibujo en la mente del II Reich la figura del único revolucionario enemigo de Nicolás II y de la Gran Guerra. Si los líderes germanos buscaban eliminar a Rusia de la contienda, su hombre estaba en Zúrich. La lectura de sus textos acabó por convercerlos de ello. Fue así como, desde noviembre de 1914, la opción revolucionaria bolchevique contó en los planes de guerra de los miembros del alto mando alemán. Fueron ellos los que, tras descubrir a Lenin, lo trasladaron a Rusia para que allí mostrara al mundo su valía como revolucionario. El mérito fue del bolchevique, pero sin el II Reich hubiera sido imposible el octubre ruso de 1917.

Bibliografía:

[1] El pacto con el diablo; Sebastian Haffner – Barcelona – Destino – 2007.

[2] Los siete pecados capitales del Imperio Alemán en la Primera Guerra Mundial; Sebastian Haffner – Barcelona – Destino – 2006.

[3] Historia Universal Contemporánea II; Javier Paredes (Coord.) – Barcelona – Ariel – 2004.

[4] La guerra del mundo: los conflictos del siglo XX y el declive de occidente (1904-1953); Niall Ferguson – Barcelona – Debate – 2007.

[5] La Primera Guerra Mundial; Hew Strachan – Barcelona – Crítica – 2004.

Los últimos años de los zares

Artículo publicado por la web Club Lorem Ipsum el 18 de enero de 2008.


En la segunda mitad del siglo XIX Rusia era un enorme imperio gobernado de forma autocrática por los zares de la dinastía de los Romanov. Mientras en buena parte de Europa Occidental había triunfado el liberalismo y se desarrollaba la industria capitalista, el imperio ruso mostraba un gran atraso político y económico. Todavía a comienzos del siglo XX aparecía como el último bastión del absolutismo.

El zar ejercía un poder absoluto con el apoyo de la iglesia ortodoxa –era la cabeza de la misma-, del ejército, de una burocracia centralizada y de una policía política omnipresente –Okrana- encargada de reprimir cualquier oposición al régimen oficial. Se encarcelaba a las personas por delitos políticos y se les obligaba a emigrar a las nuevas tierras asiáticas.

En el régimen de la Rusia zarista no existían partidos políticos legales, ni tampoco elecciones. Además, la población era mayoritariamente analfabeta, y en muchos casos padecía las consecuencias del hambre.

La sociedad rusa era predominantemente rural –85% a finales del XIX-. Hasta la abolición de la servidumbre, en 1861, el sistema feudal seguía muy arraigado y la industria era casi inexistente. Ante ese enorme atraso económico, el zar Alejandro II (1855-1881) aconsejado por algunos de sus ministros, decidió impulsar una serie de reformas que lograsen apuntalar un régimen que padecía una lenta agonía.

En 1864 se crearon los “zemstvos”, consejos locales donde conjuntamente nobles, ciudadanos y campesinos adoptaban comunitariamente las medidas por las que se habían de regir las actividades municipales. Los “zemstvos” desarrollaron importantes iniciativas en la construcción de carreteras, en la sanidad y en la enseñanza (hacia 1881 se habían fundado 10.000 escuelas primarias).

Muchos miembros de la oposición al zarismo ejercieron de médicos o como profesores en estas instituciones. Durante estos años mejoraron también las Universidades que empezaron a acoger, además de hijos de la nobleza, a nuevos grupos sociales provenientes de la escasa clase media. La Justicia mejoró fomentando jueces y jurados independientes.

Sin embargo, esta labor reformista no pudo acabar con la lenta agonía del sistema: el propio zar Alejandro II moría, víctima de un atentado terrorista, en 1881.

De todo este proyecto reformista, la medida más importante fue la reforma agraria con la abolición de la servidumbre en 1861. Sin embargo, con esto no se alcanzaron los resultados esperados. Ni introdujo en Rusia una agricultura capitalista, a semejanza de las reformas agrarias liberales de la Europa occidental, ni atenuó la tensión social en el campo derivada de la miseria rural. Además, la ausencia de progreso agrícola frenó la industrialización.

En 1905, Stolypin, primer ministro del zar Nicolás II (1894-1917) emprendió una nueva reforma que pretendía crear una numerosa clase de campesinos prósperos y políticamente leales al régimen. Sin embargo, su alcance se vio limitado al no afectar a las propiedades de la nobleza y de la Iglesia; razón por la cual el campesinado más pobre no se benefició de ella. Además, suprimió definitivamente el “mir” y el pago de las redenciones, lo que favoreció la aparición de unos dos millones y medio de prósperos campesinos propietarios o “kulak”. La agricultura comercial cobró así un cierto auge.

El desarrollo industrial, lento hasta 1890, se aceleró con el cambio de siglo debido a las inversiones extranjeras y a la construcción del ferrocarril. En 1900 la participación de capital no ruso en las empresas privadas del país era del 25%, superando en 1913 el 33%. Ello planteó un grave problema, el endeudamiento y la dependencia del exterior, que llevaron a los gobiernos zaristas a aumentar la presión fiscal para saldar la deuda externa.

El desarrollo del ferrocarril (30.000 km en 1887; 75.000 en 1913) impulsó las industrias siderúrgicas y la minería del carbón. Creó importantes islotes industriales en las regiones de San Petersburgo y Moscú, en Ucrania, en la Polonia rusa y en el bajo Don. Aún así, en 1913 la población activa en la industria moderna era de dos millones y medio de obreros; es decir, sólo el 5% de la población activa total.

Por tanto, el Imperio Ruso conservaba muchos aspectos de una economía atrasada, aunque no estancada. El país estaba transformándose, pero el proceso era muy desigual: provocaba tensiones sociales y políticas en las ciudades, pero también en un mundo rural dominado por la miseria, el hambre y un reparto injusto de la tierra.

Bibliografía:

[1] Historia Universal Contemporánea I y II; Javier Paredes (Coord.) – Barcelona – Ariel – 2004.

[2] La guerra del mundo: los conflictos del siglo XX y el declive de occidente (1904-1953); Niall Ferguson – Barcelona – Debate – 2007.

[3] La Rusia de los zares; Alejandro Muñoz-Alonso – Madrid – Espasa – 2007.