El sistema político soviético


Bases del sistema soviético

Una vez alcanzado el poder, los bolcheviques debían lanzarse a construir un verdadero Estado socialista. Para ello era necesario llevar a cabo una revolución que tocase tres aspectos: el político, el económico y el cultural. Se trataba, pues, de construir un sistema de partido único, basado en el monopolio de un grupo político y la represión de aquellas ideas que no comulgasen con la ideología oficial; un nuevo sistema económico de marcado protagonismo estatal, es decir, nacionalización de la propiedad y planificación económica gubernamental; y una cultura socialista, caracterizada por la aparición del “nuevo hombre” soviético, regido por unos valores éticos y una mentalidad distinta.

De esta construcción del Estado socialista, y de la visión que en occidente se tenía de él, nos habla brevemente Stefan Zweig en sus memorias:

(Stefan Zweig, El mundo de ayer) “Con el experimento bolchevique, Rusia se había convertido para todos los intelectuales en el país más fascinante de la posguerra, admirado con tanto entusiasmo como fanáticamente combatido, y en ambos casos sin suficiente conocimiento de causa. Nadie sabía a ciencia cierta qué pasaba en aquel país. Pero sí sabíamos que allí se gestaba algo completamente nuevo, algo que, de buen grado o por la fuerza, podía resultar determinante para la futura forma de nuestro mundo”.

Con el fin de construir un sistema político de carácter socialista, los bolcheviques tomaron las siguientes medidas:

– Ruptura con el liberalismo; se disolvió, no sin oposición por parte de la población y de sus representantes, la Asamblea Constituyente. Las causas de ésta decisión habría que buscarlas en dos hechos: en primer lugar el lógico interés de los bolcheviques por eliminar todo posible atisbo de liberalismo; y, en segundo término, la situación de minoría en la que el partido de Lenin se hallaba en dicha Cámara.

(Aleksei Maksimovich Peshkov Gorki, Novaya Zhizn) “Ayer, las calles de Petrogrado y Moscú resonaron de vivas a la Asamblea Constituyente. Por dar rienda suelta a tales sentimientos, los pacíficos manifestantes fueron recibidos a tiros por el Gobierno del pueblo. La Asamblea Constituyente ha muerto el 19 de enero, y su muerte presagia nuevos sufrimientos para el martirizado país y para sus masas populares (…) Lo mejor de Rusia ha vivido durante casi cien años con la esperanza puesta en una Asamblea Constituyente que fuera órgano político capaz de instituir una democracia rusa integral, con la posibilidad de expresar libremente su voluntad en ella. En la lucha por ese ideal, miles de intelectuales, decenas de miles de obreros y campesinos, han perecido en las cárceles, en el exilio o en trabajos forzados, en la horca o bajo las balas de los soldados”.

– Supresión del pluralismo asociativo; las Checas y ejército fueron los encargados de perseguir estos delitos, que en numerosas ocasiones se castigaban con la pena de muerte. Precisamente a Félix Edmúndovich Dzerzhinski, una de las figuras más inquietantes de los primeros años de la experiencia soviética, se le encargo la supervisión de éste aparato represivo. Éste despiadado personaje es descrito por Naglovski de la siguiente manera:

(A. Naglovski, Los líderes rojos) “Alto, desaliñado, con sus enormes botas y su camisa sucia, Dzerzhinski era poco estimado en las altas esferas bolcheviques. Pero la gente se sentía ligada a él por el temor, temor que también llegaron a sentir los Comisarios del Pueblo”.

Sin embargo, no cabe duda de que, sin el apoyo de la cúpula del partido, Félix Edmúndovich Dzerzhinski no hubiera podido instaurar el terror en el nuevo Estado socialista:

(Vladimir Illich Ulianov Lenin, alocución a la Checa en 1918)“Cuando estudio las actividades de la Checa, y al mismo tiempo oigo las innumerables críticas de que es objeto, no puedo decir sino que todas éstas son palabras vacías de pequeños burgueses… la Checa está haciendo efectiva la dictadura del proletariado, y en ese sentido su valor es inestimable”.

– Sanción constitucional de la democracia socialista; se elaboraron tres textos básicos: 1918, 1922, 1936. Éstos establecían la sucesión de cuatro sistemas sucesivos de elección de los representantes: elecciones locales, provinciales, estatales y al comisariado. Se reforzó, de esta forma, el grupo bolchevique como partido de cuadros.

– Se consolidó el monopolio del partido y la omnipresencia del mismo en la vida de los rusos. Esto suponía, por tanto, eliminar de manera radical la libertad política, hecho que fue duramente criticado por Rosa Luxemburg:

(Rosa Luxemburg, La revolución rusa) “El remedio a que han recurrido Lenin y Trotski, eliminar radicalmente la democracia en sí misma, es peor que la enfermedad que está destinado a curar (…) La libertad sólo para los simpatizantes del Gobierno, para los miembros de un partido único –por numerosos que lleguen a ser- no es libertad en absoluto”.

– Construcción de un aparato represivo y de terror; en los primeros años fue la Checa la encargada de llevar a cabo las tareas de represión, pasando posteriormente a la jurisdicción del Comisariado de Asuntos Internos. Mención especial merecen las purgas acaecidas entre 1934 y 1941 que, bien por cuestiones políticas, militares o populares, acabaron por cobrarse más de diez millones de muertos.

La constitución real

La construcción política ratificada en los tres textos constitucionales resultó no ser más que teoría; en la práctica funcionaba la “constitución real”, según la cual al partido, como vanguardia del proletariado, acumulaba en sí mismo todos los poderes. Por tanto, se sometía todo a la “legalidad socialista”, subordinándose los soviets a los comisarios puestos por el partido; en definitiva, no existía separación de poderes. Como bien pudo comprobar Stefan Zweig en su visita a la Unión soviética, una cosa era lo que se mostraba, lo oficial, y otra muy distinta la verdad:

(Stefan Zweig, El mundo de ayer) “No crea todo lo que le dicen –me escribía el desconocido-. No olvide que, a pesar de todas las cosas que le enseñan, dejan de enseñarle otras muchas. No olvide que las personas que hablan con usted, por lo general no le cuentan lo que les gustaría contarle sino sólo aquello que se les permite decir. Nos vigilan a todos, incluido usted. Su teléfono está interceptado y controlados todos sus pasos”.

Podemos señalar, de ese omnipresente partido, las siguientes características:

– Se trataba de un partido de cuadros.

– Estaba sujeto a purgas.

– Existía dentro de él una unidad monolítica; en cierta medida facilitada por las purgas internas.

– Funcionaba con un férreo centralismo democrático; es decir, el control del mismo estaba en manos de unos pocos miembros pertenecientes Comité Central.

– Se fomentaba el liderazgo colectivo:

(Stefan Zweig, El mundo de ayer) “Estaban convencidos de que participaban en una gran causa que afectaba a toda la humanidad, profundamente convencidos de que las privaciones y restricciones que padecían las tenían que sufrir por mor de una misión superior. El viejo sentimiento de inferioridad respecto a Europa se había convertido en un orgullo embriagador de llevar ventaja, de haberse adelantado a todo el mundo. Ex oriente lux: de ellos venía la salvación; así lo creían sincera y honradamente. Ellos habían vista la verdad y a ellos les correspondía llevar a cabo aquello que los otros apenas si soñaban. Cuando enseñaban algo, por insignificante que fuera, les brillaban los ojos: Lo hemos hecho nosotros. Y ese nosotros representaba a todo el pueblo”.

– Se primaba la pureza ideológica por encima de todo.

El ascenso de Stalin

La forma como estaba concebido el partido y su manera de funcionar, explica el ascenso de Stalin al poder. Si desde el partido se controlaba el Estado -en el fondo ambos se identificaban-, entonces aquel que lograse adueñarse del partido conseguiría hacer lo propio con el Estado. De esto fue plenamente consciente Lenin en sus últimos meses de vida:

(Vladimir Illich Ulianov Lenin, Testamento del 25 de diciembre de 1922) “El camarada Stalin, al ser nombrado secretario general, ha concentrado en sus manos un enorme poder, y no estoy seguro de que sepa usarlo siempre con la necesaria cautela. En cuanto al camarada Trotski, (…) se distingue por su excepcional capacidad como por su excesiva confianza en sí mismo y su inclinación a recrearse en los aspectos estrictamente administrativos de los asuntos. Las cualidades personales de estos dos líderes, los más capacitados dentro del Comité Central, puede desembocar, del modo más inocente, en una escisión”.

Ese fue el camino seguido por Stalin que, aprovechando con gran maestría los errores de sus rivales, supo ocupar los puestos de decisión del partido y ganarse la adhesión de muchos dentro del mecanismo burocrático. De esta manera, distinguimos tres pugnas en el proceso de acumulación de poder y eliminación de los posibles rivales llevado a cabo por Stalin:

– Cuestión económica; que le enfrentó a Grigori Zinoviev y Lev Kamenev.

– Cuestión de la expansión del comunismo; que le enfrentó a Lev Davídovich Bronstein Trotski.

– Cuestión del ritmo de la industria y su naturaleza; en la que volvió a enfrentase con Grigori Zinoviev y Lev Kamenev.

Tras alcanzar la victoria en estos tres pulsos con sus máximos rivales, se procedió a la exclusión de éstos del Politburó. Quedaba, así, todo el poder en manos de Stalin, que se había asegurado de eliminar a todos lo líderes carismáticos de la Revolución; es decir, los que le podían hacer sombra.

Bibliografía:

[1] Historia Universal Contemporánea II; Javier Paredes (Coord.) – Barcelona – Ariel – 2004.

[2] Obras completas; Vladimir Ilich Lenin – Madrid – Akal – 1975.

[3] La guerra del mundo: los conflictos del siglo XX y el declive de occidente (1904-1953); Niall Ferguson – Barcelona – Debate – 2007.

[4] El mundo de ayer. Memorias de un europeo; Stefan Zweig – Barcelona – El Acantilado – 2002.

Desarrollo de la Revolución II


La intentona de julio

Tras la llegada de Lenin a San Petersburgo en abril de 1917, comenzó la lucha sin cuartel entre los bolcheviques y el gobierno provisional. Los unos trataron de debilitar lo más rápidamente al poder establecido tras los hechos de febrero, y los otros buscaron defenderse mediante un mayor control policial. Además, al tiempo que Lenin y sus camaradas utilizaron atrayentes slogans para ganarse el favor del pueblo, Alexandr Kerenski y los miembros de su gobierno hicieron uso de los discursos con el fin de desprestigiar a los bolcheviques:

(Alexandr Fiódorovich Kerenski, 1917) “Vosotros, bolcheviques, que proponéis expedientes tan primitivos -¡detened, matad, destruid!-, ¿qué sois, socialistas o policías del antiguo régimen? Nos recomendáis que sigamos la senda de la revolución francesa de 1792: recomendáis el camino para la futura desorganización del país… Si, con la ayuda de la reacción conseguís destruir nuestro poder, lo que acabaréis teniendo será un auténtico dictador”.

Éste enfrentamiento entre el gobierno provisional y los bolcheviques sólo podía terminar de una forma: con una intentona revolucionaria por parte de éstos últimos. Todos eran conscientes de que Lenin había vuelto a Rusia para hacer la revolución, de que el partido bolchevique no buscaba otra cosa que derrocar al gobierno provisional. De esta manera, el día en que esto sucediera tenía que acabar llegando. Y así fue, en julio de 1917 los bolcheviques fracasaron en su intento de tomar el poder, y, por consiguiente, sus principales líderes tuvieron que exiliarse. Sin embargo, como bien indicaba Stalin en los días posteriores, la lucha no había hecho más que empezar:

(Iósiv Vissariónovich Dzhugashvili Stalin, 23 de julio de 1917) “Los levantamientos del 16 y 17 de julio han servido para agudizar la crisis. Fue Karl Marx quien afirmó que cada paso delante de la revolución es seguido por otro paso de la contrarrevolución. Considerando los levantamientos como un paso adelante, los bolcheviques aceptamos el honor de que los socialistas renegados nos los atribuyan… Ha terminado la etapa pacífica de la revolución y ha empezado una nueva, un periodo de conflictos enconados y enfrentamientos; la vida continuará siendo agitada, se sucederán las crisis, los soldados y los obreros no se callarán…”

De Kornilov a Octubre

El levantamiento reaccionario de Lavr Georgevich Kornilov dio una nueva oportunidad a los revolucionarios. Éste, en lugar de lograr sus objetivos, favoreció el triunfo del bolchevismo, ya que el gobierno, acosado por las fuerzas de la reacción, tuvo que apoyarse en los activistas del partido de Lenin. De esta manera, una vez alejado el fantasma de Lavr Kornilov, el gobierno provisional quedó prácticamente a merced de los bolcheviques, que habían sido armados para repeler el levantamiento militar. Gracias a los reaccionarios, los revolucionarios, que en su mayoría habían regresado del exilio, estaban en situación de intentar un nuevo asalto al poder, hecho que Lenin percibió desde el primer instante:

(Vladimir Illich Ulianov Lenin, 12 de septiembre de 1917) “La insurrección de Kornilov era totalmente imprevisible en el momento y en la forma en que se ha producido; se puede decir que ha constituido un giro increíble en el curso de los acontecimientos. Como todo giro radical en los acontecimientos, exige una revisión y modificación de la táctica”.

En primer lugar, cabe plantearse por qué razón los bolcheviques, que iban a ratificar su control sobre los soviets el día 25 de octubre, decidieron llevar a cabo un golpe militar justamente el día anterior. La respuesta más lógica apunta a la cuestión de la legitimidad, del centro desde el que emana el poder. Si este emanaba de los soviets, entonces los bolcheviques, con o sin mayoría, tendrían que someterse a ellos. De ésta forma, mediante un Golpe de Estado, Lenin exigía todo el poder, no para los soviets, sino para los bolcheviques:

(Vladimir Illich Ulianov Lenin, 12 de octubre de 1917) “Esperar al Congreso de los Soviets es una idiotez porque eso significaría perder semanas en un asunto en el que, ya no las semanas, sino los días, son decisivos”.

A la hora de preparar éste Golpe de Estado, Lenin tuvo muy en cuenta que debían cumplirse dos requisitos: que no fuera frenado dentro del bolchevismo, es decir, por las fuerzas internas más moderadas –Grigori Evseegrad Apfelbaum Zinoviev y Lev Borisovich Kamenev-; y que no se viera desbordado por las masas populares que apoyaban el derrocamiento del gobierno provisional. Una vez cumplidas estas condiciones, se fijó la fecha del Golpe para la noche del 24 al 25 de octubre, momento en el que los simpatizantes bolcheviques ocuparon una serie de puestos fundamentales para el control de san Petersburgo y del país. Lenin lo expresa claramente en el siguiente fragmento, era el momento idóneo para llevar a cabo la revolución:

(Vladimir Illich Ulianov Lenin, Obras completas) “El éxito de la insurrección está garantizado ahora para los bolcheviques por las siguientes razones: 1ª, que podemos lanzar un ataque repentino desde tres puntos, Petrogrado, Moscú y la Flota del Báltico; 2ª, que tenemos consignas que aseguran un amplio respaldo; 3ª, que disponemos de mayoría en todo el país; 4ª, que la desorganización de mencheviques y social-revolucionarios es total; 5ª, que estamos en condiciones técnicas de conquistar el poder en Moscú; 6ª, que tenemos miles de obreros y soldados armados en Petrogrado, que pueden adueñarse enseguida del Palacio de Invierno, del Estado Mayor General, de las centrales telefónicas y de las grandes imprentas. Nada podrá hacernos evacuar nuestras posiciones y, mientras tanto, se irá desarrollando dentro del ejército una campaña de agitación tal que las tropas se negaran a luchar contra nuestro gobierno de paz, tierra para los campesinos…”

Así se produjo el triunfo de la Revolución de octubre: con la toma de control por parte de los revolucionarios de los puntos de decisión. Esto vendría a corroborar la teoría de que los hechos de octubre fueron más una serie de actuaciones bien organizadas que un movimiento de masas, tal como afirmaba el mito comunista. No obstante, fuese una cosa o la otra, lo cierto es que los bolcheviques se hicieron con el poder, la revolución había triunfado:

(Vladimir Illich Ulianov Lenin,16 de marzo de 1917) “Queridos camaradas, soldados, marineros y trabajadores: me siento feliz al saludaros en nombre de la victoriosa revolución rusa; de saludar en vosotros a la vanguardia del ejército proletario internacional… Ya no está lejos la hora en que, al llamamiento de nuestro camarada Karl Liebknecht, el pueblo volverá sus armas contra los capitalistas que le explotan… La revolución rusa, hechas por vosotros, ha abierto una nueva era ¡Viva la revolución socialista mundial!”

Paz y tierra

Tras la Revolución, Lenin cumplió una de sus promesas, poner todo el poder en manos de los soviets. Sin embargo, éste hecho escondía una realidad bien distinta, ya que, después de que las fuerzas más moderadas abandonasen los soviets, éstos estaban completamente controlados por los bolcheviques. Es decir, que Lenin, al entregar todo el poder a éstos organismos lo que estaba haciendo era dárselo a su propio partido. Además, con la creación de la figura del Comisario, el poder bolchevique sobre el Estado, la identificación de ambas entidades –Partido y Estado-, se acentuó notablemente. Otras dos medidas tomadas por los bolcheviques tras el triunfo revolucionario fueron:

– El acuerdo con Alemania; la Paz de Brest Litovsk ponía fin a la larga lucha que, de manera interesada, Lenin había mantenido con la Gran Guerra. A lo largo de esos tres años sus consignas habían sido claras, aquella era una guerra imperialista y capitalista, por tanto, el proletariado no debía secundarla. Los obreros debían unirse y volverse contra la clase dominante, hacerse con el control, convertir la guerra mundial en guerra civil. Más o menos, en todos los discursos de los años anteriores, venía a repetir lo que en éste fragmento nos narra Nikolai Bujarin:

(Nikolai Ivanovich Bujarin, Memorias) “Ilich paseaba a grandes zancadas, arriba y abajo, como un tigre enfurecido e indomable. Profundamente sagaz, aquel profeta revolucionario no había desesperado ni un solo momento, jamás se había cruzado de brazos, presa del desaliento. Su primera consigna, en respuesta a la declaración de guerra iba dirigida a los soldados de todos los ejércitos: “¡Volved los fusiles contra vuestros oficiales!” Esta consigna nunca fue publicada; su forma más corriente llegó a ser ésta: “Convertid la guerra imperialista en guerra civil”.

– Nacionalizar la propiedad:

(Vladimir Illich Ulianov Lenin, discurso ante el Comité Central) “Creemos unánimemente que nuestro primer paso en el camino hacia el socialismo ha de ser la adopción de medidas como la nacionalización de la banca y de los trust de inversión”.

La ayuda del II Reich

La Revolución de octubre, y, en consecuencia, la paz de Brest-Litovsk, no hubiera sido posible sin la ayuda que los dirigentes alemanes prestaron a Lenin. Éstos, con el fin de desestabilizar Rusia, facilitaron en todo lo posible el desplazamiento de los principales bolcheviques desde su exilio suizo hasta los territorios rusos. En sus memorias el general Erich Ludendorff explica el porqué de la actuación alemana:

(Erich Ludendorff, Memorias de Guerra) “Nuestro Gobierno asumió una tremenda responsabilidad al enviar a Lenin a Rusia; pero, desde el punto de vista militar, su repatriación estaba justificada, pues era necesario hacer lo imposible por precipitar la caída de Rusia”.

También M. Hoffmann nos describe aquellos acontecimientos:

(M. Hoffmann, La guerra de las ocasiones perdidas) “Uno de nuestros hombres, que mantenía contactos con los revolucionarios rusos exiliados en Suiza, sugirió la idea de utilizar a varios de éstos para acelerar el proceso de socavación e intoxicación de la moral del ejército ruso. La expuso a Erzberger y al delegado del Ministerio de Asuntos Exteriores. Y de aquí salió el proyecto de transportar a Lenin a Petrogrado a través de Alemania del modo que más adelante se llevó a efecto”.

No es de extrañar, pues, que los enemigos de los bolcheviques acusasen a éstos de haber conspirado con los alemanes para derrotar a Rusia. Sin embargo, como se puede observar en el siguiente discurso, la visión de Lenin era bien distinta:

(Vladimir Illich Ulianov Lenin, 26 de noviembre de 1920) “Podría parecer que el resultado fue parecido a un contubernio entre la primera república socialista y el imperio alemán en contra de otro imperialismo. Pero no hubo alianza ni bloque de ningún género; no traspasamos los límites aceptados, minando o deshonrando al poder socialista, sino que sacamos provecho de la hostilidad entre los dos imperialismos, de tal forma que, a largo plazo, ambos salieron perdiendo. Alemania no sacó de la paz de Brest más que algunos miles de toneladas de trigo, pero introdujo la desintegración bolchevique dentro del país. Pero nosotros ganamos algún tiempo para ir poniendo a punto la creación del Ejército Rojo…”

La ruptura del consenso

Una vez alcanzado el poder los bolcheviques toparon con la oposición de aquellos grupos que les habían apoyado en el derrocamiento del gobierno provisional. La alianza circunstancial, la convergencia, de Lenin con los movimientos contrarios a la política de Alexandr Kerenski, se rompió bien pronto: cuando se vio claramente que los fines del bolchevismo no eran los mismos que los de los demás grupos revolucionarios. De esta forma, uno tras otro, vieron como sus exigencias no encontraban respuesta en el nuevo gobierno surgido tras la revolución:

– El campesinado; en los planes de Lenin sólo cabía un objetivo final claro: la nacionalización de esas tierras, y es evidente que el movimiento campesino no comulgaba con las ideas nacionalizadoras.

– Los soviets; el partido bolchevique ejerció un férreo control sobre ellos. Estos consejos de obreros se convirtieron en meros instrumentos del régimen subordinados a él. Tal como profetizaba el socialista francés Charles Rappaport, el triunfo bolchevique supuso el fin de la revolución:

(Charles Rappaport, 1914) “Todos reconocemos los logros y méritos de Lenin. Es un hombre con voluntad de hierro y un incomparable organizador de grupos. Pero se ve a sí mismo como el único socialista de verdad. Cualquiera que se oponga a él sufrirá su condenación eterna (…) No estoy adscrito a ninguna de las facciones enfrentadas, pero la experiencia de muchos años me lleva a la convicción de que la victoria de Lenin sería la mayor amenaza para la revolución rusa: Lenin la sujetaría tan apretadamente entre sus brazos que acabaría ahogándolas”.

– Las nacionalidades; salvo tímidas concesiones –en su mayoría impuestas por la paz de Brest Litovsk-, la nueva República Socialista tendió a ocupar el puesto del antiguo imperio de los zares, y, en consecuencia, a cumplir su misión. Sin embargo, en un principio la idea de Lenin distaba mucho de coincidir con el imperialismo zarista. Parece que las circunstancias le obligaron, como en tantos otros aspectos, a variar sus planes. Éste fragmento de las memorias de Litvak es un buen ejemplo de cual fue su primera intención:

(Litvak, Memorias de la Primera Guerra Mundial) “Quedamos asombrados de que Lenin propugnase amputar de Rusia los territorios periféricos: Ucrania, las provincias bálticas y demás. Cuando apunté que tenía que estar bromeando, que debía de haber querido decir autonomía y federación, pero seguramente no amputación del Báltico y el mar negro, dos arterias de la economía rusa, replicó que hablaba completamente en serio”.

De esta forma, todas aquellas consignas entonadas en los días revolucionarios -“paz, pan y tierra” o “todo el poder para los soviets-, quedaron, si no en el olvido, si transformadas en su mayor parte al gusto de los bolcheviques. Las promesas de los revolucionarios de octubre se cumplieron en gran medida, pero según el modo de entender de los bolcheviques, que dejaron a un lado a aquellos compañeros de revolución con los que sólo habían coincidido, circunstancialmente, en un periodo de tiempo muy corto. Esto vendría a confirmar la teoría, antes citada, de la escuela independiente.

Bibliografía:

[1] Historia Universal Contemporánea II; Javier Paredes (Coord.) – Barcelona – Ariel – 2004.

[2] Obras completas; Vladimir Ilich Lenin – Madrid – Akal – 1975.

[3] La guerra del mundo: los conflictos del siglo XX y el declive de occidente (1904-1953); Niall Ferguson – Barcelona – Debate – 2007.

[4] El mundo de ayer. Memorias de un europeo; Stefan Zweig – Barcelona – El Acantilado – 2002.

Desarrollo de la Revolución I


El régimen zarista

El modelo político de los zares rusos se definía por un marcado carácter autoritario y un desarrollado aparato represivo. Esta sólida estructura comenzó a tambalearse a causa de los profundos cambios experimentados por la Humanidad a finales del siglo XIX y principios del XX. De esta manera, dos catástrofes, la derrota en la guerra contra Japón (1905) y la Gran Guerra (1914-1918), provocaron el advenimiento de la Revolución y, por tanto, el fin de los Romanov.

La marcha de la guerra y la situación crítica que se vivía en la propia retaguardia, hicieron que la caída del zar fuera algo inminente a principios de 1917. De esta manera, no es de extrañar que la correspondencia entre el zar y la zarina girase en torno a los desórdenes que a diario se producían en San Petersburgo:

(Correspondencia de la zarina con el zar, 10 de marzo de 1917) “Los huelguistas y alborotadores se manifiestan ahora más retadores que nunca en la ciudad. Los provocadores de los disturbios son los golfillos, chicos y chicas que se pasan el día dando vueltas y gritando que no tienen pan; lo hacen precisamente para incitar al alboroto. Si hiciese frío, probablemente se estarían en sus casas. Pero la agitación va disminuyendo y desaparecerá…”

Sin embargo, el optimismo de la zarina distaba mucho de adecuarse a la auténtica realidad de Rusia:

(Correspondencia de Mikhail Rodzianko con Nicolás II, 11 de marzo de 1917) “La situación es grave. La capital se halla en un estado de anarquía. La gobernación está paralizada: los servicios de transporte no funcionan; el suministro de alimentos y de combustible está totalmente desorganizado. El descontento es general y va en aumento”.

Así, en febrero de 1917 –calendario occidental-, estallaba la revolución:

(Correspondencia de Mikhail Rodzianko con Nicolás II, 12 de marzo de 1917) “Por orden de Su Majestad se han aplazado hasta marzo las sesiones de la Duma Imperial. Las últimas defensas del orden han sido desbordadas; el gobierno es impotente para frenar las revueltas. No se puede confiar en las tropas de la guarnición: los batallones de reserva de los regimientos de la Guardia se han amotinado y están ejecutando a sus oficiales; unidos al populacho y a los revoltosos, se dirigen hacia el Ministerio del Interior y al Palacio de la Duma. La guerra civil ha estallado y va extendiéndose”.

La revolución de febrero

La Revolución de febrero se caracterizó por su popularidad –la secundó, de manera entusiasta, buena parte de la población rusa-, su espontaneidad –surgió fruto del malestar del pueblo ruso: sin preparación previa-, y por la ausencia de violencia –los postulados revolucionarios no encontraron, en un principio, una fuerte oposición por parte de las fuerzas reaccionarias-. Precisamente sobre la popularidad, la totalidad, de la Revolución de febrero nos habla Nikolay Sergeyevich Trubetskoy:

“Esta revolución es única. Ha habido revoluciones burguesas y revoluciones proletarias, pero dudo que haya habido jamás una revolución tan auténticamente nacional, en el más amplio sentido del término, como la que hoy conoce Rusia. Todos la han hecho. Todos han tomado parte en ella: los trabajadores, los soldados, los burgueses, hasta la nobleza: todas las fuerzas sociales del país”.

De esta forma, tras el triunfo de los revolucionarios, se implantó en el país una dirección política plural y heterogénea –Gobierno Provisional- que tenía como misión fundamental transformar Rusia en un régimen constitucional y democrático:

(Alexandr Fiódorovich Kerenski, mitin en Odesa ante las fuerzas armadas) “Estoy viendo el enorme entusiasmo que se ha despertado en todo el país. Milagros como esta revolución rusa que ha hecho libre a un pueblo de esclavos sólo se producen una vez cada siglo… Ya hemos sufrido bastante. Los corazones de todos los rusos laten ahora al unísono. Pongamos todas nuestras energías en la lucha por la paz para todo el universo. Creemos en la felicidad y en la gloriosa libertad de todos los pueblos… Nuestra consigna será “libertad, igualdad, fraternidad”.

A lo largo de los ocho meses de experiencia democrático-liberal rusa, se sucedieron tres gobiernos provisionales, presididos por Georgy Yevgenievich Lvov –dos veces- y Alexandr Kerenski respectivamente. Esta inestabilidad dentro del ejecutivo ruso se debió principalmente a dos razones: la heterogeneidad de los miembros del gobierno, lo que repercutía sin duda en su eficacia, y la convulsa situación internacional, que tenía importante consecuencias en la situación interna de Rusia.

Las medidas democratizadoras previstas por los gobiernos surgidos tras la Revolución de febrero fueron las siguientes:

– Reunir una Asamblea Constituyente elegida por sufragio universal.

– Convocar elecciones a los consejos municipales.

– Elaborar una declaración de Derechos.

– Reconocer el derecho de Polonia y Finlandia a la autodeterminación.

– Liberar a numerosos presos políticos y repatriar a los exiliados mediante una amplia amnistía.

Además de promover estas medidas, el nuevo gobierno se había propuesto también alcanzar tres objetivos:

– Que la sociedad rusa alcanzase cierto grado de cohesión.

– Exaltación de la nación como medio para unir a los distintos grupos que integraban el país. En definitiva, promover un estado de euforia similar al de 1914.

– Lograr la victoria en la guerra; es decir, continuar con el apoyo prestado por Nicolás II a los aliados occidentales frente a los Imperios Centrales.

El fracaso del proyecto liberal

El proyecto democratizador fracasó; todos esas primeras intenciones no alcanzaron su fin. La incapacidad del gobierno provisional para hacer frente a la crisis económica, a la guerra, al problema agrario, y a la cuestión obrera, acabó por exasperar a una agotada ciudadanía rusa, que poco a poco les fue retirando su confianza. Exigían pan, paz y tierra, y el gobierno, empeñado en su provisionalidad, en atarse de pies y manos, no aportaba soluciones. El nuevo ejecutivo, con el fin de respetar la legalidad, los tiempos marcados por la doctrina política democrático-liberal, se comprometió a no tomar medidas importantes hasta que la Constituyente, que todavía no se había reunido, finalizase su tarea. De esta forma, los problemas se iban acumulando, tomando cada vez un mayor grado de gravedad, lo que provocaba el descontento del pueblo ruso hacia sus gobernantes.

En definitiva, el gran error de los demócratas rusos fue pretender funcionar con normalidad, con legalidad, en un periodo de grandes convulsiones, crisis y anormalidad. No poner remedio a estas equivalía al hundimiento del nuevo sistema, ya que, el cambio político promovido por el pueblo se llevó a cabo con el fin de buscar soluciones.

El gobierno provisional, pues, pagó caro este empeño por continuar actuando de manera provisional. Además, la decisión de continuar la guerra, sin duda bastante impopular, lastró la labor del ejecutivo. El precio que tuvieron que pagar los gobernantes por su empeño de ser fieles a sus aliados acabó siendo, a la postre, demasiado alto: la desaparición de la construcción democrática. De esta manera, no es de extrañar que, como principal arma contra los hombres de febrero, Lenin utilizase el argumento de la guerra; aquellas mismas ideas que defendía desde 1914:

(Vladimir Illich Ulianov Lenin, manifiesto de 1914 publicado en Sotsial-Demokrat) “Cuanto mayores sean las destrucciones causadas por la guerra, más claramente se darán cuenta las clases trabajadoras de que los oportunistas han traicionado la causa obrera y de que es necesario volver las armas contra los gobiernos y la burguesía de los respectivos países… Convertir esta guerra imperialista en guerra civil es la única consigna acertada para el proletariado”.

De esta forma, las masas populares fueron radicalizándose progresivamente al tiempo que se movilizaban contra el gobierno provisional. Los lemas bajo los que se desarrollaban las protestas, muy similares a los que propugnaban los dirigentes bolcheviques, contribuyeron a que entre estos movimientos de soldados, campesinos y obreros, y el partido de Lenin se fueran tendiendo puentes:

(Vladimir Illich Ulianov Lenin, Obras completas) “Los desórdenes aumentan en el campo y el gobierno está empleando los medios más despiadados contra los campesinos. Crece la simpatía por nuestra causa en el seno del ejército…”

(Fragmento del editorial de Izvestiya el 7 de noviembre de 1917) “Sólo faltan tres semanas para la Asamblea Constituyente, sólo unos pocos días para el Congreso de los Soviets, y, aún así, los bolcheviques han decidido llevar a efecto otro golpe de Estado. Utilizan el descontento general y la gran ignorancia que reina entre las masas de obreros y soldados. Se han arrogado la osadía de prometer al pueblo pan, paz y tierra…”

La experiencia bolchevique

El partido bolchevique, surgido tras la escisión de la socialdemocracia rusa –bolcheviques y mencheviques-, fue el protagonista y motor de la Revolución de octubre. Así relataban Lenin y Bujarin el cisma desatado en el seno del socialismo:

(Vladimir Illich Ulianov Lenin, Obras completas) “Se me dice que he sembrado la confusión en las filas de la clase obrera. Pues bien, sí, la he sembrado deliberada y calculadamente en la parte del proletariado de San Petersburgo, que se ha dejado arrastrar por los seccionistas mencheviques, y obraré siempre del mismo modo mientras dure la escisión”.

(Nikolai Ivanovich Bujarin, Memorias) “Recuerdo las interminables discusiones que se suscitaron en nuestro pequeño círculo cuando Lenin planteó sin ambages la cuestión no sólo de dividir el partido, sino hasta de renunciar al mismo nombre de «socialdemócrata». Cuando Gregori (Zinoviev) empezó a hablar de la tradición y también de números, Lenin comentó con ira, realmente enfurecido, sin tomar en consideración que había mujeres presentes: “¡Oh, sí, mucha gente y mucha basura entre ella! (sólo que utilizó palabras bastante más fuertes). Y con rabiosa energía empezó a exponer sus ideas sobre los partidos comunistas y una nueva Internacional revolucionaria…”

Se trataba este de un partido de cuadros –no de masas-, celoso de su propia pureza ideológica, y contrario a cualquier tipo de lazo con otro grupo político. Desde un primer momento, Lenin rechazó totalmente cualquier relación con la Revolución de febrero y con el régimen surgido de ella (Tesis de Abril). Además, los bolcheviques trataron de aprovechar el poder de los soviets, donde el número de miembros del partido crecía congreso tras congreso hasta llegar a alcanzar la mayoría, para fortalecerlos. Es decir, que aparecieran como una alternativa firme y real al gobierno provisional.

Bibliografía:

[1] Historia Universal Contemporánea II; Javier Paredes (Coord.) – Barcelona – Ariel – 2004.

[2] Obras completas; Vladimir Ilich Lenin – Madrid – Akal – 1975.

[3] La guerra del mundo: los conflictos del siglo XX y el declive de occidente (1904-1953); Niall Ferguson – Barcelona – Debate – 2007.

[4] El mundo de ayer. Memorias de un europeo; Stefan Zweig – Barcelona – El Acantilado – 2002.

Interpretaciones sobre la Revolución Soviética


La escuela liberal.

En opinión de estos investigadores no hemos de calificar los sucesos de octubre como revolucionarios, sino como golpe de Estado llevado a cabo por una minoría de fanáticos que no contaba con el apoyo popular. Según la escuela liberal, la verdadera revolución fue la de febrero. Esta si gozó del respaldo de la población rusa.

Los defensores de esta teoría hacen especial hincapié en señalar que, durante las décadas anteriores a la Gran Guerra, la nación rusa había experimentado un importante proceso de modernización que le acercó a las grandes potencias económicas del momento. Sin embargo, el estallido del conflicto sumió a Rusia en el caos, que fue aprovechado por los bolcheviques para hacerse con el poder. Sólo estas circunstancias hicieron posible la que en el antiguo imperio de los zares se instaurara un Estado socialista caracterizado por la represión política, la colectivización de los medios de producción, y el culto a la personalidad del líder.

La escuela oficial.

La interpretación de los hechos realizada por los defensores del régimen soviético dista mucho de la explicada anteriormente. Según estos la revolución de octubre fue el culmen de un proceso de liberación inevitable que, además, contó con el apoyo de las masas populares rusas. Por lo tanto, no se trataría de un golpe de Estado, como afirmaba la teoría liberal, sino de un cambio de poder legítimo.

Los teóricos de esa escuela afirman que, el poder surgido en octubre, convirtió la antigua Rusia imperialista y opresora en la unión y hermandad de las repúblicas soviéticas creadas tras el triunfo bolchevique. Estas, como organizaciones políticas de la clase obrera, fueron las encargadas de vencer a los enemigos del proletariado y construir una sociedad sin clases y, por tanto, sin lucha entre los distintos estratos de la misma. En este proceso jugó un papel fundamental el Partido Comunista, que, a modo de catalizador, fue el encargado organizar todas las tareas dentro de esta unión de repúblicas.

Aunque se reconoce que en todo este proceso pudieron existir desviaciones -véase el caso estalinista-, estas no restarían legitimidad a los sucesos de octubre, que de por sí se consideran puros y acordes a la teoría comunista. Con el fin de resaltar la independencia de la revolución con respecto a las posibles desviaciones, surgió una corriente de pensamiento tendente a mitificar los hechos de 1917.

La escuela independiente.

Por su parte, situada a medio camino entre las dos anteriores, y sin ningún aparente interés político tras sus investigaciones, encontramos la interpretación de la que podríamos denominar “escuela independiente”. Esta defiende que la revolución de octubre fue un movimiento de masas, al frente del cual había un pequeño grupo bien organizado: los bolcheviques. Se trató, pues, de la convergencia entre dos fuerzas:

– Una revolución de tipo social, dentro de la que podemos distinguir cuatro grupos: movimientos de protesta de los campesinos, movimientos de protesta de los obreros, proceso de descomposición del ejército ruso, y movimiento de las nacionalidades.

– Un golpe de Estado; planeado por los bolcheviques, que sacaron provecho del descontento de social existente en Rusia para atraerse a las masas populares.

Buscando los posibles puentes de unión con el descontento popular, los bolcheviques fueron atrayendo hacia sí a campesinos, obreros, militares y nacionalistas. Estos dos movimientos convergentes fueron destruyendo, poco a poco, toda forma de autoridad existente en Rusia hasta dar el paso definitivo en octubre de 1917; ahí esa unión de intereses se hizo más patente: era el momento propicio.

Se trataron de dos movimientos, uno revolucionario y otro golpista, que coincidieron en sus intereses a finales de 1917. Sin embargo, la diferencia entre ambos se hizo patente al finalizar ese periodo de casual afinidad. Después estuvieron separados durante décadas.

Bibliografía:

[1] Historia Universal Contemporánea II; Javier Paredes (Coord.) – Barcelona – Ariel – 2004.

[2] Obras completas; Vladimir Ilich Lenin – Madrid – Akal – 1975.

[3] La guerra del mundo: los conflictos del siglo XX y el declive de occidente (1904-1953); Niall Ferguson – Barcelona – Debate – 2007.

[4] El mundo de ayer. Memorias de un europeo; Stefan Zweig – Barcelona – El Acantilado – 2002.

La experiencia soviética


Los siguientes artículos están dedicados a la revolución rusa y el desarrollo soviético de los años veinte. Este bloque se inserta dentro de un grupo más amplio que, emulando a Stefan Zweig, he titulado El mundo de ayer. Les dejo con la cita introductoria que he sacado del citado autor:

(Stefan Zweig, El mundo de ayer) “Finalmente llegamos a la estación fronteriza de Negorolie. Por encima de la vía se extendía una tira de tela roja como la sangre con una inscripción cuyas letras cirílicas yo era incapaz de leer. Me las descifraron: ¡Proletarios de todos los países, uníos! Al pasar por debajo de esa cinta de color rojo ardiente se entraba en el imperio del proletariado, la Unión Soviética, un mundo nuevo (…) en aquellos días en que la Revolución rusa todavía celebraba sus esponsales con la idea de la humanidad y el pensamiento idealista, veíamos nacer en Oriente un incierto resplandor. Éramos unos necios, lo sé”.

Interpretaciones sobre la Revolución Soviética
Desarrollo de la Revolución I
Desarrollo de la Revolución II
El sistema político soviético
Economía, sociedad y cultura en la Unión Soviética

Bibliografía:

[1] Historia Universal Contemporánea II; Javier Paredes (Coord.) – Barcelona – Ariel – 2004.

[2] Obras completas; Vladimir Ilich Lenin – Madrid – Akal – 1975.

[3] La guerra del mundo: los conflictos del siglo XX y el declive de occidente (1904-1953); Niall Ferguson – Barcelona – Debate – 2007.

[4] El mundo de ayer. Memorias de un europeo; Stefan Zweig – Barcelona – El Acantilado – 2002.

Egipto en la era post-Mubarak

Esta entrada forma parte de un conjunto de artículos que he escrito sobre el origen y desarrollo de la «Primavera Árabe» en Túnez y Egipto. Para leer los restantes textos dedicados a esta cuestión, haz clic aquí.

*Esta texto se terminó de escribir en marzo de 2012, por lo que no incluye los acontecimientos históricos posteriores a esa fecha.


La revolución en manos del ejército

El mensaje televisado de Omar Suleiman anunciando la renuncia del presidente Hosni Mubarak devolvió temporalmente la calma a las plazas y calles de Egipto. El poder se entregó, de manera temporal, al Consejo Supremo de las Fuerzas Armadas. Este, mediante un comunicado hecho público el 12 de febrero se comprometía a «traspasar pacíficamente el poder, en el marco de un sistema democrático, a una autoridad civil». Es decir, a convocar elecciones legislativas para la constitución de una nueva cámara que tuviese como misión fundamental la redacción de una constitución para el país.

Al abrigo de la nueva autoridad militar, los distintos grupos de oposición comenzaron a prepararse para las primeras elecciones de la era post-Mubarak. El mejor organizado de todos era, sin lugar a dudas, el partido de los Hermanos Musulmanes.

El largo periodo de clandestinidad al que se habían visto relegados los islamistas durante los treinta años de dictadura no había sido suficiente para terminar con su prestigio entre determinados sectores de la sociedad. Los resultados de las elecciones de 2005, a las que habían concurrido bajo otras siglas obteniendo el 20% de los escaños, constituían buena prueba de ello.

Entre los restantes grupos políticos con posibilidades de obtener representación parlamentaria destacaba el partido laico Al Ghad, bajo el liderazgo de Ayman Nur; la Coalición de Jóvenes de la Revolución, formada por algunas de las organizaciones responsables de las revueltas; el partido de Mohamed el-Baradei, Premio Nobel de la Paz y ex Director General de la Agencia Internacional de la Energía Atómica; y el Partido Nour, otro grupo integrista, en este caso de corte salafista.

Además, algunas de las principales figuras del régimen no descartaban su participación en los comicios. Este era el caso del diplomático Amr Musa o del propio ex vicepresidente Omar Suleiman.

Mientras tanto, el nuevo hombre fuerte de Egipto, si bien de manera interina, era Mohamed Hussein Tantawi, mariscal que ostentaba la presidencia del Consejo Supremo de las Fuerzas Armadas.

En su haber, al margen de su historial militar, cabe destacar su condición de ministro de Defensa y Armamento desde 1991, así como de viceprimer ministro desde el 31 de enero de 2011. Sobre él recaía la compleja tarea de lleva al país a un régimen democrático, sin despertar por el camino los recelos de los revolucionarios, islamistas, aliados occidentales o del propio ejército al que representaba.

Si bien las manifestaciones disminuyeron en las primeras semanas tras la marcha de Mubarak, pronto la tensión volvió a ser frecuente en las calles. A comienzos de marzo la crisis económica se convirtió en la protagonista de las protestas de miles de egipcios. Los bajos salarios y el alto índice de paro, monopolizaron unas consignas que poco a poco fueron volviéndose más críticas con el gobierno interino y con el mariscal Tantawi.

La frustración por la falta de recursos acabó por transformarse en un clamor contra la lentitud con la que las autoridades estaban llevando a cabo la transición política. En las calles y plazas del país comenzaba a circular la sospecha de que habían hecho la revolución para cambiar un dictador, Mubarak, por otro, Tantawi.

Lo cierto es que, a la mala situación económica de finales de 2010, se unían las consecuencias negativas que para el sector del turismo había tenido la revolución de enero y febrero de 2011.

La crisis política se dejó notar en el producto interior bruto de Egipto, que se contrajo un 7% en ese periodo. Además, la ausencia de turistas afectó a casi dos millones de trabajadores, lo que suponía elevar la tasa de desempleo por encima del 10%. El gobierno, temiendo que esta situación llevase a un estancamiento de la economía que contribuiría a elevar la pobreza y, por ende, la tensión social, pidió al Fondo Monetario Internacional un préstamo de tres mil millones de dólares. Buena parte de estos fondos fueron dirigidos, de manera inmediata an aumento en los subsidios de alimentos y comestibles.

Una vez solventada la papeleta económica, el gobierno de Tantawi inició una serie de actuaciones con el fin de dar a entender a la población que la transición real estaba en marcha. En primer lugar, el mariscal ratificó que su único objetivo era conducir al país a unas elecciones legislativas que le llevaran a convertirse en una democracia.

Al mismo tiempo, para de demostrar el compromiso del Consejo Supremo de las Fuerzas Armadas con la revolución, se despidieron a más de cien policías de alto rango por los actos llevados a cabo contra los manifestantes de la plaza de Tahrir en el mes de enero. Además, se condenó a muerte a un policía por el asesinato de varios manifestantes durante la jornada del 28 de enero, y se condenó a doce años de prisión al ex ministro del Interior, Habib El Adly.

En el viaje emprendido por Tantawi para romper los puentes con el régimen de Hosni Mubarak cabe destacar el propio juicio del antiguo dirigente egipcio. En el mes de agosto, bajo la atenta mirada de millones de televidentes, el octogenario dictador comparecía por primera vez ante un tribunal.

Permaneció toda la vista tumbado en una camilla y acompañado por sus hijos Gamal y Alaa, también acusados de corrupción.

La agenda democrática egipcia

A finales de 2011, en los meses de noviembre y diciembre, la Junta Militar cumplió su promesa de convocar elecciones legislativas. Los comicios se llevaron a cabo en tres rondas –dos en noviembre y una en diciembre-, de tal modo que los ciudadanos acudían a las urnas en una fecha u otra en función de su territorio de residencia.

Ahora bien, ni siquiera reinó la calma en el país durante el periodo electoral. Un grupo de personas volvió a acudir a la plaza de Tahrir para protestar contra lo que consideraban un secuestro de su revolución. Estos manifestantes, muy inferiores en número a los reunidos en los meses de enero y febrero, acusaban a la Junta Militar de retrasar la transición democrática, al tiempo que denunciaban su alianza con el partido Libertad y Justicia (FJP) de los Hermanos Musulmanes.

La protesta de estos jóvenes no andaba del todo desencaminada, puesto que no es descabellado pensar que un ejército con más de medio siglo de gobierno a sus espaldas le cueste dejar el poder y los privilegios que ello conlleva.

Sin embargo, el tiempo ha terminado por demostrar que la Junta Militar no pretendía mantener el poder, sino pilotar el cambio político de tal modo que no afectara negativamente a sus intereses. De ahí que muchos analistas hayan afirmado que el modelo turco era el preferiodo del mariscal Tantawi y de sus correligionarios. Según este esquema, el ejército se convertiría en el defensor de la república y garante de la constitución frente a las desviaciones de los grupos extremistas que pudieran llegar a hacerse con el poder.

En esa situación, sobre cualquier gobierno con ambiciones demasiado reformistas, pendería la espada de Damocles del ejército. Esto es lo que sucede en Turquía desde que, en el año 2002, el partido islamista Justicia y Desarrollo (AKP) ganara las elecciones legislativas llevando a su candidato, Recep Tayyip Erdogan, al cargo de primer ministro del país.

En Egipto, con las encuestas dando la victoria al partido Libertad y Justicia (FJP), primo hermano del AKP turco, no era extraño pensar por aquel entonces en una posible alianza entre los militares y los islamistas.

Un pacto que permitiría a los primeros conservar ciertos privilegios y, a los segundos, llegar al poder; si bien bajo la tutela y vigilancia del ejército.

Tal como indicaban las encuestas, los grupos islamistas fueron los grandes triunfadores de las elecciones legislativas. Sus dos ramas, el partido Libertad y Justicia (FJP), con un 47% de los escaños, y el partido Nour de los salafistas, con un 23%, sumaban el 70 % de los asientos de la nueva cámara legislativa. No obstante, esa superioridad en la cámara no les otorgaba más poder que el propio del legislativo, puesto que el ejecutivo permanecerá en manos de la Junta Militar hasta las elecciones presidenciales previstas para junio de 2012.

El 24 de enero, trescientos sesenta y cuatro días después de la Jornada de la Ira, se reunían por primera vez los quinientos ocho miembros del nuevo parlamento egipcio. Previamente, en una carta dirigida al Consejo de ministros y hecha pública por la prensa del país, el mariscal Tantawi renunciaba al poder legislativo en favor de la nueva asamblea. A su vez, especificaba que el parlamento debía ser el encargado de nombrar una comisión constitucional que redactara la nueva Carta Magna.

Desde entonces Egipto sigue una apretada agenda que le encamina, en principio, hacia un régimen democrático vigilado por el ejército.

En mayo de 2012 debe estar terminado el texto constitucional, y, un mes después, se llevarán a acabo las elecciones presidenciales. Mientras tanto, no hay que descartar que se produzcan nuevas protestas, como la de la plaza de Tahrir en el primer aniversario de la revolución, o incluso actos violentos, como los acaecidos en Port Said durante un partido de fútbol o en octubre contra la comunidad cristina copta de El Cairo.

Wael Ghonim

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En el seno de una familia cairota de clase media nació, el 23 de diciembre de 1980, Wael Said Abbas Ghonim. Siendo todavía un niño, sus padres se trasladaron Dubai, ciudad de los Emiratos Árabes Unidos donde Ghonim pasó los trece primeros años de su vida. Sus conocimientos en materia informática le permitieron colaborar, desde los dieciocho años, en Islamway.com, una empresa dedicada a la apertura de sitios web en el mundo árabe.

Desde esa modesta ocupación dio, en 2002, el salto al departamento de marketing de Gawar.com, un servidor de correo electrónico bastante extendido en Medio Oriente.

A los veinticuatro, Wael Ghonim no sólo había obtenido su primer título universitario -la licenciatura de ingeniería informática por la Universidad de El Cairo-, sino que también había adquirido un marcado espíritu emprendedor. Un año después, en 2005, abandonó el departamento de marketing de Gawar.com para fundar su propio portal con información financiera de Medio Oriente: Mubasher.info. Mientras desempeñaba la tarea de gerente de esta empresa, cursó en la Universidad Americana de El Cairo un MBA en Marketing y Finanzas.

Tras una década dedicado a diversas actividades dentro del mundo de las nuevas tecnologías, Google.INC se cruzó en la vida de este joven egipcio. En 2008, con apenas veintiocho años, Wael Ghonim se convirtió en trabajador de uno de los gigantes de la informática a nivel mundial.

En 2010, apenas unos meses antes de poner en marcha la página de Facebook “Mi nombre es Khaled Saeed”, fue nombrado director de Marketing de Google.INC para Medio Oriente y África del Norte.

A las puertas de la tercera década de su vida, se abría ante Wael Said Abbas Ghonim un futuro prometedor en el sector de las nuevas tecnologías. Las circunstancias, sin embargo, iban a encargarse de llevarle por otro camino: el de la lucha cívica contra el régimen de Hosni Mubarak.

Desconocemos en qué momento desperto ese anhelo por convertir su país en un estado de derecho. Sin embargo, su primer compromiso lo adquirió en la primavera de 2010, poco después de convertirse en director de Marketing de Google.INC. Ghonim colaboró de manera activa en la campaña electoral del opositor Mohamed El Baradei, encargándose, entre otras cosas, de crear y actualizar su perfil de Facebook.

En los días de la revolución egipcia podía verse aún una imagen en el perfil del informático con el siguiente pie de foto: “Mi nombre es Wael Ghonim y apoyo públicamente a El Baradei”. Sobre el texto aparecía él junto al líder de la oposición. De ese “mi nombre es Wael Ghonim…” al “Mi nombre es Khaled Saeed” pasaron menos de tres meses.

A partir de entonces cambió de nombre a la hora de hacer oposición -adoptó ElShaheed (el mártir) como apodo- pero sin abandonar sus armas. Internet seguía siendo su hábitat natural, y desde allí pretendía llevar al pueblo a la calle.

El 23 de enero de 2011, desde el aeropuerto Al Maktoum de Dubai, Wael Ghonim tomaba un vuelo con destino a El Cairo. Su objetivo: participar en “El Día de la Ira”, la protesta masiva contra el régimen de Hosni Mubarak que él mismo había contribuido a organizar.

Al igual que Asmaa Mahfouz, del Movimiento Juvenil 6 de Abril, participó con miles de jóvenes egipcios en una jornada que marcaría el inicio de la revolución. El éxito de esa convocatoria le convenció de la necesidad de continuar adelante. Por esta razón, desde la página homenaje a Khaled Shaeed, promovió una nueva protesta para el 28 de enero.

En la víspera de esa jornada, Wael Ghonim escribía el siguiente mensaje en Facebook: “Nuestro día es mañana. Dios mío, trabajemos para congreguemos a ese millón de personas”. Poco después de teclear esas palabras en su ordenador, era arrestado en plena calle por cuatro agentes de la Mujabarat, el servicio de inteligencia egipcio.

El hombre que había encendido la chispa de la revolución iba a pasar once días incomunicado y, por consiguiente, al margen de la evolución del incendio que él mismo había iniciado. Mientras, al desconocer su paradero, tanto su familiares como los responsables de Google.INC., lo buscaban por los hospitales de El Cairo.

Finalmente, tres días después del primer “Día de la Despedida”, también conocido por los fieles al régimen como “El Día de la Lealtad”, Wael Ghonim fue liberado.

El 7 de febrero la multitud reunida en la Plaza de Tahrir lo recibió como a un héroe. Al ser preguntado por su detención, el ejecutivo de Google.INC. afirmó que en ningún momento había sido objeto de tortura. Si bien había permanecido aislado y con los ojos vendados la mayor parte de ese periodo. Así lo describía él en la página de Facebook sobre Khaled Saeed: “Nadie me amenazó ni me torturó. Los agentes de la seguridad que me interrogaron salieron el último día con lágrimas en los ojos. A la hora de liberarme, algunos me abrazaron y se alegraban de ver a jóvenes que aman y se preocupan por Egipto”.

El triunfo de la revolución

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Una semana del mes de enero había bastado para demostrar tanto la importancia de las redes sociales como plataformas para la protesta como la indefensión del régimen egipcio ante semejante novedad.

Además, el movimiento iniciado el día 25 había ido ganando apoyos en las jornadas siguientes, hasta el punto de gozar de cierta simpatía en determinados ambientes del ejército. La caída de Mubarak parecía inminente, tan sólo hacía falta un último empujón.

Conscientes del estado de shock en el que se encontraba el régimen, los opositores se conjuraron para no dejar pasar la oportunidad: era necesario rematar la revolución cuanto antes. Con ese fin, se programó para el primero de febrero una marcha que pretendía reunir a un millón de participantes. Según datos de Al Jazeera, el objetivo se cumplió con creces: dos millones de personas acudieron ese día a la convocatoria de El Cairo.

Una vez más, el epicentro de la manifestación fue la plaza de Tahrir. Desde allí, bajo la atenta mirada de unos soldados cada vez más comprensivos con las exigencias del pueblo, los opositores se dirigieron al palacio presidencial. El objetivo era, tal como se podía leer en los cientos de pancartas que portaban, pedir la dimisión de Hosni Mubarak.

La situación, no obstante, era delicada, pues un empecinamiento del presidente por mantenerse en el poder podía conducir a una guerra civil entre partidarios de uno y otro bando.

A principios de febrero la actitud de Mubarak podía conducir a una transición pacífica, como la que se había producido Túnez, o a un conflicto bélico similar al que meses después vivió Libia.

Al respecto cabe destacar las palabras que, ese mismo día, pronunciaba en una entrevista Mohamed el-Baradei: «Ahora Mubarak debería abandonar el país para evitar que se extienda la violencia (…) la negociación no llegará hasta que se acepten las exigencias de los egipcios, y la primera de ellas es que el presidente Mubarak abandone el cargo. Deseo ver un Egipto en paz; si el presidente se va, entonces todo se desarrollará correctamente».

Los temores de El Baradei empezaron a tomar forma apenas veinticuatro horas después. El día 2 de febrero los habitantes de El Cairo fueron testigos directos de los duros enfrentamientos que, a base de piedras y palos, protagonizaron los partidarios de Mubarak y los opositores al régimen. La plaza de Tahrir fue el principal escenario de una auténtica batalla campal que ni siquiera el ejército pudo detener. La lucha de ese miércoles dejó como legado un nuevo muerto y más de medio millar de heridos.

El viernes 4 de febrero, tal como había sucedido la semana anterior, la salida de la mezquita se convertía en una oportunidad única para organizar una nueva manifestación.

Así lo percibieron los opositores que, a las puertas del propio palacio presidencial, exigieron el final de la dictadura, en lo que bautizaron como el “Viernes de la Despedida”. Sin embargo, el régimen no se iba a dejar sorprender tan fácilmente en esta ocasión. Los fieles a Mubarak convocaron una contra-manifestación que denominaron el “Día de la Lealtad”.

Ambas marchas coincidieron, como dos días antes, en la plaza de Tahrir. Fue necesaria la intervención de el ejército que, haciendo uso de las tanquetas, dividió a los dos grupos. Tan sólo se produjeron tumultos sin relevancia en una jornada donde la tensión existente podía haber llevado a algo mucho más grave.

Según estimaciones de Al Jazeera, más de un millón de opositores se congregaron en la plaza de Tahrir, y muchos de ellos pasaron allí la noche. Además, otras de las principales ciudades del país celebraron también su particular “Viernes de la Despedida”. De entre ellas hay que destacar una vez más a la segunda ciudad del país, Alejandría, que registró una asistencia de medio millón de personas según datos de Al Jazeera.

Mientras tanto, en el palacio presidencial todo era silencio. De sus salones, pasillos y despachos no salía ninguna declaración pública, nada que arrojara luz sobre las intenciones de Hosni Mubarak. La cabeza visible del régimen, salvo breves entrevistas a medios extranjeros, no hizo acto de presencia hasta el día 10 de febrero, casi una semana después del “Viernes de la Despedida”.

En un discurso televisado, el presidente desmintió los rumores que anunciaban su inminente salida del poder.

Reconocía el descontento del pueblo egipcio y sus deseos de cambio, pero imponía un calendario a su medida para llevar a cabo la ansiada transición: Mubarak manifestó su intención de dejar el poder en el mes de septiembre. Hasta entonces delegaría sus funciones ejecutivas en el vicepresidente Omar Suleiman, que sería el encargado de organizar las elecciones, reformar la constitución y derogar la Ley de Emergencia de 1981.

La instalación de varias pantallas gigantes permitió a los opositores que permanecían en la plaza de Tahrir seguir en directo la declaración pública de Mubarak. Todos esperaban que el presidente anunciara su renuncia inmediata. De ahí que, tras las primeras palabras la expectación inicial se tornara en indignación al hacerse evidente que no sería así. Esa misma noche se convocó un nuevo “Día de la Despedida” para la jornada siguiente.

Los egipcios volvieron a salir a la calle un viernes más para exigir la dimisión inmediata del presidente Mubarak. Argumentaban que las medidas de reforma anunciadas en la declaración pública del día anterior llegaban tarde y era insuficientes.

Mientras miles de personas iniciaban a mediodía una nueva concentración, Al Arabiya informó que el presidente había abandonado el país con toda su familia. La noticia fue seguida con espectación por todo el país, si bien pronto se descubrió que la información no era correcta.

Al parecer, el que había salido del país era Youssef Butros Gali, antiguo ministro de Finanzas. Según fuentes gubernamentales, Hosni Mubarak permanecía en Egipto. En concreto se había desplazado a Sharm el Sheij, ciudad del Sinaí, para descansar tras los agitados días que había vivido.

Un nuevo viernes de concentraciones, unido al malentendido sobre la huída del presidente, acabó por derribar definitivamente el régimen. El encargado de anunciar su defunción fue el vicepresidente Omar Suleimán. En un breve comunicado se dirigía a la nación para informar de que Hosni Mubarak abandonaba definitivamente el poder. En su lugar, el Consejo Supremo de las Fuerzas Armadas, dirigido por el ministro de Defensa, Hussein Tantawi, sería el encargado de supervisar la transición.

La plaza de Tahrir, desde el 25 de enero principal escenario de las protestas, se convirtió en una auténtica fiesta. El sacrificio de Khaled Saeed no había sido en vano. Su labor a través de la red y su asesinato a manos de la policía habían encendido la mecha de la revolución. Es difícil imaginar el cambio político en Egipto, el final de treinta años de dictadura, sin la figura de este martir.

Sin embargo, la primavera egipcia tuvo otros protagonistas. Ha llegado el momento de hablar del organizador en la sombra: Wael Ghonim.

El pulso por el poder

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El régimen de Hosni Mubarak sobrevivió diecisiete días a la presión popular. Un periodo de tiempo -del 25 de enero y el 11 de febrero- en el que Egipto fue el centro de la opinión pública internacional.

#Día26. Sin tiempo para asimilar lo acaecido en la jornada anterior, los egipcios volvieron a lanzarse a la calle. En El Cairo la violencia entre manifestantes y miembros de los cuerpos de seguridad aumentaba por momentos, hasta el punto de registrarse dos nuevas muertes: una por cada bando.

Sin embargo, donde mayor virulencia tomaron los enfrentamientos fue en Suez, donde los manifestantes tomaron y prendieron fuego a varios edificios gubernamentales. Acosada por la presión popular, la policía tuvo que abandonar la ciudad, quedando esta bajo la custodia del ejército. Era la primera vez que los militares intervenían para sofocar las protestas. De su fidelidad o desobediencia al régimen iba a depender en gran medida el triunfo o el fracaso de la revolución.

La tarde del día 26 tenía reservada una nueva sorpresa para los habitantes de Egipto. Desde el aeropuerto de la capital, en un jet privado, huía a Inglaterra, con su mujer y su hija, Gamal Mubarak, hijo del dictador. La imagen del régimen sufría así un duro golpe, asemejándose a un muro que se resquebraja poco a poco. Sin duda el ejemplo tunecino hacía mella entre los gobernantes del país y sus familias.

#Día27. El 27 de enero fue bautizado por los opositores al régimen como “jornada de descanso”. El motivo de esta interrupción de las protestas no era otro que preparar la manifestación masiva que se había convocado para el día 28. No obstante, en Suez continuaban los enfrentamientos violentos entre la población y las fuerzas de seguridad.

Volvieron a producirse incendios en varios edificios públicos, entre ellos una comisaria. A su vez, los saqueos permitieron a los manifestantes hacerse con armas de fuego. En una nueva jornada de violencia en esta ciudad, el número de muertos se elevó a ocho personas.

Mientras todo esto sucedía dentro del país, Mohamed el-Baradei, líder de la oposición, Premio Nobel de la Paz 2005 y director general de la Agencia Internacional de la Energía Atómica (AIEA) entre 1997 y 2009, anunciaba su intención de volver del exilio para estar el la protesta del día siguiente.

Esa misma tarde, los Hermanos Musulmanes hicieron su primera declaración pública relacionada con los sucesos que venían sacudiendo el país desde “El Día de la Ira”. El grupo islamista mostró su apoyo a las protestas, al tiempo que anunciaban su intención de participar en la manifestación prevista para el viernes 28.

#Día28. El objetivo de las manifestaciones era sacar a la calle a todas aquellas personas que, por miedo, se habían quedado en sus casas durante “El Día de la Ira”. Tanto la revolución de los jazmines en Túnez, como el 25 de enero egipcio habían contribuido a disipar ese temor; por tanto, se esperaba una gran afluencia. Además, la elección del día, un viernes, favorecía que las personas se unieran a la protesta a la salida de las mezquitas.

Las previsiones se cumplieron: pocos minutos después de terminar la oración, cientos de miles de egipcios salieron a la calle con intención de manifestarse contra el régimen de Hosni Mubarak. Según cifras de los organizadores, el número de asistentes sobrepasó el millón de personas. Entre ellos, avanzando por el barrio de Guiza, se encontraba Mohamed el-Baradei.

Por su parte, el gobierno también había aprovechado la jornada de descanso para preparar su defensa. En la noche del 27 de enero el servicio de internet y buena parte de la telefonía móvil quedaron cortados en todo el país; si bien algunas personas lograron comunicarse mediante software alternativo. A su vez, se ordenó la inmediata detención de el-Baradei, que se produjo a pocos metros de la mezquita del barrio de Guiza. Por último, se preparó un amplio dispositivo policial capaz de hacer frente a la multitud mediante la utilizacion de gases lacrimógenos y cañones de agua.

No obstante, a pesar de los esfuerzos del régimen, la convocatoria del 28 de enero fue un éxito sin precedentes en la historia del país.

Esto obligó a Hosni Mubarak a hacer las primeras concesiones: nombró un nuevo gabinete, al tiempo que se comprometía a llevar a cabo un plan de amplias reformas. Era demasiado tarde. Con unos opositores conscientes de su fuerza y más de cuarenta muertos entre El Cairo y Suez, no había marcha atrás.

#Día29. La historia nos enseña que en toda revolución, en tanto que poseedores de la mayor fuerza existente, resulta casi decisiva la postura del ejército. Su fidelidad al poder establecido permite a este enfrentarse a los insurrectos. Ahora bien, el hecho de que los militares apoyen a la oposición o, como mínimo, se mantengan al margen, conlleva, casi con total seguridad, el derrumbe del gobierno.

La jornada del 29 de enero marcó un hito al respecto. Tras las protestas del viernes 28, el gobierno sacó al ejército a la calle con el fin de mantener el orden y evitar disturbios como los del día anterior. Se trataba de una medida desesperada tras el fracaso de la acción policial, pero también de una prueba de fuego para Hosni Mubarak: si los militares no respondían a las expectativas, su régimen comenzaría a tambalearse.

La plaza cairota de Tahrir fue tomada por cerca de 50.000 manifestantes en torno a las 14.00 horas.

Se trataba de una masa envalentonada por los resultados de las últimas protestas, pero también enfurecida por la situación del país y por las muertes que se estaban produciendo. En un primer momento, los soldados cumplieron con las órdenes recibidas: tomaron posiciones en las inmediaciones de la plaza y se limitaron a vigilar a la multitud.

Viendo el cariz que tomaba la situación en la plaza, así como en otros puntos de las principales ciudades del país, el régimen dio un paso más: decretó el toque de queda en la capital, así como en Alejandría y Suez, entre las 16.00 de la tarde del sábado y las 8.00 de la mañana del domingo. Al ejército se le encomendó la tarea de velar por su cumplimiento.

Sin embargo, no pudieron -o no quisieron- conseguir que este se respetara. Por la tarde, una vez sobrepasadas las 16.00, las calles volvieron a llenarse de manifestantes. La respuesta del ejército fue ambigua: en algunos puntos se actuó, y en otros su pasividad demostró que su fidelidad al régimen se estaba resquebrajando.

#Día30. Tras una noche de desórdenes, saqueos y enfrentamientos entre policía y manifestantes; una noche en la que no se respeto, al fin y al cabo, el toque de queda. La plaza de Tahrir amaneció llena egipcios que pedían el final del régimen.

Conforme la luz se iba haciendo dueña de las calles de El Cairo, miles de personas se dirigían a ese punto de encuentro para iniciar una nueva jornada de lucha. Dos dudas flotaban en el ambiente después de comprobar la pasividad del ejército a la hora de hacer respetar el toque de queda. La primera de ellas era si el gobierno volvería a hacer uso de los militares, y la segunda era la reacción de estos.

No hizo falta mucho tiempo para resolver esas dos incógnitas. Mientras la plaza se llenaba de gente, las autoridades dieron orden al ejército de tomar posiciones y disparar contra la multitud. La respuesta de estos no fue simplemente negarse, sino que se unieron al pueblo en su protesta.

El pulso entre el régimen y la oposición había terminado; la caída de Hosni Mubarak era únicamente cuestión de tiempo.