El pacto con el diablo


En los siguientes artículos he tratado de profundizar en el contenido de El Pacto con el diablo, obra del periodista e historiador alemán Sebastian Haffner que estudia las relaciones entre Rusia y Alemania de 1914 a 1945. Siguiendo el índice del propio libro, he agrupado mis artículos en los siguientes bloques:

Introducción a El pacto con el diablo
Alemania y la Revolución Soviética
Brest-Litovsk
La soga y el ahorcado
Rusia y la revolución alemana
Rapallo
El ejercito alemán y el Ejército Rojo
Hitler y Stalin: Alemania y la Unión Soviética

Los siete pecados capitales del Imperio Alemán en la Primera Guerra Mundial


A lo largo de siete artículos he tratado de resumir Los siete pecados del Imperio Alemán en la Primera Guerra Mundial. Esta obra de Sebastian Haffner relata, en siete capítulos, los principales errores de los germanos en ese conflicto. Se pueden consultar el resto de “pecados” en los siguientes enlaces:

Primer pecado: El alejamiento de Bismarck
Segundo pecado: el Plan Schlieffen
Tercer pecado: Bélgica y Polonia o la huída de la realidad
Cuarto pecado: la guerra submarina sin cuartel
Quinto pecado: el juego de la revolución mundial y la bolchevización de Rusia
Sexto pecado: Brest-Litovsk o la última oportunidad desaprovechada
Séptimo pecado: la verdadera puñalada

Economía, sociedad y cultura en la Unión Soviética


La Nueva Política Económica (NEP)

Durante los primeros años de régimen soviético se hizo patente la incapacidad de los líderes bolcheviques para llevar a cabo su programa en Rusia: el país no estaba, ni mucho menos, preparado para semejante cambio. El escaso desarrollo del capitalismo en aquel territorio hacía prácticamente imposible implantar en ellos un sistema económico de tipo socialista.

(Vladimir Illich Ulianov Lenin, Obras completas) “Sabemos muy bien que el proletariado ruso está peor organizado y menos preparado intelectualmente para esta tarea que las clases trabajadoras de otros países… Rusia es un país agrícola, uno de los más atrasados de Europa. El socialismo no puede imponerse de forma inmediata en Rusia; pero el carácter campesino del país puede conducir, como se demostró en los acontecimientos de 1905, al desarrollo de una revolución democrático-capitalista en Rusia y convertirla en el prólogo de una revolución socialista de ámbito mundial…”

Además, a esta incapacidad para llevar a cabo su propio programa, a los líderes bolcheviques les surgió un problema más: el descontento de la población ante las medidas impopulares que ellos tomaban. De esta manera, los levantamientos se hicieron cada vez más frecuentes, y con ello también el desarrollo y endurecimiento de los mecanismos de represión. Entre los levantamientos que se produjeron en los años de consolidación bolchevique en el poder, destaca, por su carácter simbólico, el de la marinería del Kronstadt (1921):

(Arenga de un marinero del Kronstadt) “Camaradas, mirad a vuestro alrededor y veréis que estamos metidos en un fangal espantoso. U grupo de burócratas comunistas que, bajo la máscara de su comunismo, han anidado en lo más alto de nuestra república, son los que nos han empujado a este barrizal”.

(Gool, Tujachevski) “Estuve en la guerra cinco años, pero no puedo recordar una carnicería como aquella. No era una batalla, era un infierno. El tronar de la artillería pesada duró toda la noche, y alcanzó tal magnitud que todas las ventanas de Oranienbaum saltaron en pedazos. Los marinos luchaban como bestias salvajes. No puedo comprender de dónde sacaron tanta fiereza. Hubo que tomar al asalto los edificios en que se atrincheraron…”

Ante ésta situación, los dirigentes soviéticos no tuvieron más remedio que dejar para más adelante sus planes y elaborar nuevos programas económicos: una serie de medidas de urgencia que se mantuvieron vigentes casi diez años. En un principio, durante el enfrentamiento civil, se desarrolló el “Comunismo de Guerra”, que trataba de adaptar la economía del país a la penosa situación en la que éste se encontraba y sostener el conflicto contra los “blancos”. Sin embargo, la política económica que marcó esa época fue, sin lugar a dudas, la NEP; una alianza de los bolcheviques con el capitalismo para poder llegar con garantías a una economía de tipo socialista:

(Vladimir Illich Ulianov Lenin, Discursos: la NEP) “Esperábamos fundar industrias estatales y organizar la distribución de una producción nacionalizada sobre bases comunistas en un país intrínsecamente pequeño-burgués. Los hechos han demostrado que estábamos equivocados. Se requiere una sucesión de periodos transitorios, como el capitalismo de Estado y el socialismo, para preparar el terreno, a lo largo de muchos años de trabajos previos, para el advenimiento del comunismo (…) No importan ya las dificultades, ni los obstáculos por vencer, ni cuantas complicaciones trae consigo; lograremos encauzar esta Rusia de la N. E. P. para convertirla en la Rusia socialista (…) el capitalismo es un mal en relación con el socialismo. El capitalismo es un bien en relación con el período medieval, en relación con la pequeña producción, en relación con la burocracia ligada a la fragmentación de los pequeños empresarios… Debemos utilizar al capitalismo… como cadena de transmisión entre la pequeña producción y el socialismo…”

Ésta se regía en base a tres principios:

– Poner fin al aislamiento internacional.

– Recuperar económicamente al campesinado.

– Reactivar la economía de la Unión Soviética partiendo de la agricultura.

Los planes quinquenales

A partir de 1929 la política económica soviética volvió a experimentar un profundo cambio: el periodo de la NEP había llegado a su fin, la URSS estaba preparada para el socialismo. Se trataba de alcanzar tres objetivos:

– La rápida industrialización del país; tenía como fin responder a los posibles ataques de las potencias imperialistas.

– La intensa reforma de la agricultura; plasmada en la colectivización de la tierra, la adecuación de la producción a las necesidades del Estado, y la exportación de cereales con el fin de obtener divisas.

– La total y exclusiva planificación de la economía por parte del Estado, que era el encargado de asignar los recursos dedicados a las distintas tareas productivas.

Sin embargo, para llevar a cabo este magno proyecto y vencer la más que previsible oposición, los dirigentes soviéticos tuvieron que utilizar tres instrumentos: la coerción, la propaganda y la represión. De esta manera, en vísperas de la II Guerra Mundial, podemos señalar los siguientes logros y fracasos de los planes quinquenales:

– Transformación económica de la Unión Soviética.

– Transformación social del país.

– Desarrollo de un nuevo marco de gestión: el Estado. El Gosplan, institución creada para tal fin, era el encargado de controlar los medios de producción y distribución, y los niveles de renta.

– Utilización de instrumentos que favorecían el desarrollo de los planes: propaganda, figura del trabajador ejemplar, mano de obra sana e instruida, disciplina en el trabajo (supresión de las huelgas y los sindicatos)…

– Alto coste social y humano del proceso.

A modo de balance habría que señalar que se trató de una transformación radical de la estructura económica de la Unión Soviética llevada a cabo mediante un intenso proceso industrializador –centrado en la industria pesada-, especialmente significativo en un determinado número de núcleos industriales. Se apreció, pues, un elevado crecimiento de la renta nacional, lo que contrastó con un contexto internacional adverso.

El campesinado

En el caso concreto de la agricultura, los planes quinquenales se centraron en la colectivización de la tierra, bien fuera mediante la instauración de koljos –comunas campesinas- o soljos –comunas estatales-. Los objetivos de esta política eran fundamentalmente dos: la erradicación de los kulaks, y el aumento de la producción de grano mediante un amplio programa de mecanización de la actividad agrícola. Sin embargo, la cuestión de los kulaks, la incompatibilidad entre éstos y el bolchevismo, se rastrea ya desde los primeros años de régimen soviético:

(Vladimir Illich Ulianov Lenin, Obras completas) “Los kulaks son enemigos irreconciliables del Gobierno soviético. O los kulaks exterminan a una masa considerable de trabajadores, o éstos, sin compasión, aplastan la insurrección de esa rapaz minoría kulak del pueblo frente al gobierno de los obreros; no puede haber término medio”.

No obstante, Stalin encontró una férrea oposición a su programa entre las clases campesinas. Esta fue duramente reprimida. Muchos fueron deportados, otros ejecutados, y la gran mayoría murió de hambre, pero a pesar de todo el plan del Estado salió adelante. El balance de este proceso de colectivización agraria es bien sencillo:

– A la larga se produjo un gran crecimiento de la producción, lo que permitió al Estado exportar el grano sobrante y conseguir así divisas.

– El desarrollo de este sistema tuvo un alto coste social, plasmado en protestas campesinas, hambrunas y actuaciones represivas.

También se aprecia un alto coste económico durante los primeros años, fruto de la crisis que estos hechos desataron.

Inteligencia y alfabetización

En lo que al nuevo sistema sociocultural se refiere, hemos de destacar en primer término el dominio –casi monopolio- del realismo socialista en el campo artístico. Este movimiento cultural se caracterizó por:

– Propagar la ideología del régimen.

– Dar culto a través de sus creaciones a la personalidad de Stalin.

– Elaborar un cine de carácter documental y testimonial.

A todo aquel intelectual que no comulgase con las ideas del partido no le quedaba más remedio que el exilio, el olvido o la muerte.

La gran campaña para eliminar el analfabetismo fue, en éstos primeros años de experiencia bolchevique, otro de los pilares de la política cultural soviética. El avance en materia educativa fue más que notable:

– Se ofreció una escolarización gratuita durante los primeros cursos.

– El país experimentó también un importante crecimiento en el ámbito de la secundaria y en el universitario. Como nos muestra Stefan Zweig, el afán por saber, por la instrucción del proletariado, inundó Rusia desde los primeros momentos:

(Stefan Zweig, El mundo de ayer) “Los maestros conducían a niños mofletudos a través de las salas, los comisarios de arte explicaban la obra de Rembrandt y de Tiziano a campesinos que los escuchaban un tanto cohibidos: cada vez que se les indicaba un detalle, levantaban tímidamente la mirada bajo sus gruesos párpados. Tanto en éste como en todos los demás casos, ese esfuerzo puro y honrado de sacar al “pueblo” del analfabetismo de la noche a la mañana y llevarlo directamente a la comprensión de Beethoven y de Vermeer encerraba un cierto toque de ridículo (…) En las escuelas, a los alumnos se les hacía pintar cosas absurdas y extravagantes y en los bancos de niñas de doce años se veían obras de Hegel y de Sorel; cocheros que aún no sabían leer del todo tenían libros en las manos, simplemente porque eran eso: libros, y libros quería decir “instrucción”, es decir, el honor y el deber del nuevo proletariado”.

– Todo esto se complementó con las organizaciones juveniles del Estado, que se ocupaban de organizar el ocio de los más jóvenes al tiempo que les adoctrinaban en la ideología del régimen.

Urbanismo, demografía y estructura social

En esos años el país fue víctima de un rápido y mal organizado proceso de urbanización, que llevó a muchas personas a vivir durante años hacinadas en alojamientos pequeños y mal acondicionados.

En lo relativo al comportamiento demográfico de los soviéticos, hay que señalar su debilidad durante éstos primeros años de socialismo. Los sucesos nefastos – hambrunas, guerras y represión- y la política antinatalista del Estado –regulación del aborto, aprobación del divorcio e incorporación de la mujer al mundo laboral- contribuyeron de manera importante a la debilidad del sistema demográfico de la Unión Soviética. Sin embargo, a partir de 1930, con la relativa normalización de la situación político-militar y el viraje pronatalista del Estado, la tendencia se invirtió.

En los años anteriores a la II Guerra Mundial, la composición social de la Unión Soviética varió notablemente en relación con la época de Nicolás II. En cierta medida esto tuvo su origen en los intensos cambios económicos y políticos que experimentó la nación; es decir, el proceso de industrialización, que exigía un número mayor de obreros, y el desarrollo de una nueva burocracia. Se aprecian, pues, dos cambios fundamentales:

– El descenso de la población dedicada a labores campesinas a favor del grupo de los obreros industriales.

– La aparición de una élite dirigente –inteligentsia- que, ocupando los puestos del funcionariado y dedicándose a las profesiones liberales, sustituyó a la antigua burguesía.

Bibliografía:

[1] Historia Universal Contemporánea II; Javier Paredes (Coord.) – Barcelona – Ariel – 2004.

[2] Obras completas; Vladimir Ilich Lenin – Madrid – Akal – 1975.

[3] La guerra del mundo: los conflictos del siglo XX y el declive de occidente (1904-1953); Niall Ferguson – Barcelona – Debate – 2007.

[4] El mundo de ayer. Memorias de un europeo; Stefan Zweig – Barcelona – El Acantilado – 2002.

El sistema político soviético


Bases del sistema soviético

Una vez alcanzado el poder, los bolcheviques debían lanzarse a construir un verdadero Estado socialista. Para ello era necesario llevar a cabo una revolución que tocase tres aspectos: el político, el económico y el cultural. Se trataba, pues, de construir un sistema de partido único, basado en el monopolio de un grupo político y la represión de aquellas ideas que no comulgasen con la ideología oficial; un nuevo sistema económico de marcado protagonismo estatal, es decir, nacionalización de la propiedad y planificación económica gubernamental; y una cultura socialista, caracterizada por la aparición del “nuevo hombre” soviético, regido por unos valores éticos y una mentalidad distinta.

De esta construcción del Estado socialista, y de la visión que en occidente se tenía de él, nos habla brevemente Stefan Zweig en sus memorias:

(Stefan Zweig, El mundo de ayer) “Con el experimento bolchevique, Rusia se había convertido para todos los intelectuales en el país más fascinante de la posguerra, admirado con tanto entusiasmo como fanáticamente combatido, y en ambos casos sin suficiente conocimiento de causa. Nadie sabía a ciencia cierta qué pasaba en aquel país. Pero sí sabíamos que allí se gestaba algo completamente nuevo, algo que, de buen grado o por la fuerza, podía resultar determinante para la futura forma de nuestro mundo”.

Con el fin de construir un sistema político de carácter socialista, los bolcheviques tomaron las siguientes medidas:

– Ruptura con el liberalismo; se disolvió, no sin oposición por parte de la población y de sus representantes, la Asamblea Constituyente. Las causas de ésta decisión habría que buscarlas en dos hechos: en primer lugar el lógico interés de los bolcheviques por eliminar todo posible atisbo de liberalismo; y, en segundo término, la situación de minoría en la que el partido de Lenin se hallaba en dicha Cámara.

(Aleksei Maksimovich Peshkov Gorki, Novaya Zhizn) “Ayer, las calles de Petrogrado y Moscú resonaron de vivas a la Asamblea Constituyente. Por dar rienda suelta a tales sentimientos, los pacíficos manifestantes fueron recibidos a tiros por el Gobierno del pueblo. La Asamblea Constituyente ha muerto el 19 de enero, y su muerte presagia nuevos sufrimientos para el martirizado país y para sus masas populares (…) Lo mejor de Rusia ha vivido durante casi cien años con la esperanza puesta en una Asamblea Constituyente que fuera órgano político capaz de instituir una democracia rusa integral, con la posibilidad de expresar libremente su voluntad en ella. En la lucha por ese ideal, miles de intelectuales, decenas de miles de obreros y campesinos, han perecido en las cárceles, en el exilio o en trabajos forzados, en la horca o bajo las balas de los soldados”.

– Supresión del pluralismo asociativo; las Checas y ejército fueron los encargados de perseguir estos delitos, que en numerosas ocasiones se castigaban con la pena de muerte. Precisamente a Félix Edmúndovich Dzerzhinski, una de las figuras más inquietantes de los primeros años de la experiencia soviética, se le encargo la supervisión de éste aparato represivo. Éste despiadado personaje es descrito por Naglovski de la siguiente manera:

(A. Naglovski, Los líderes rojos) “Alto, desaliñado, con sus enormes botas y su camisa sucia, Dzerzhinski era poco estimado en las altas esferas bolcheviques. Pero la gente se sentía ligada a él por el temor, temor que también llegaron a sentir los Comisarios del Pueblo”.

Sin embargo, no cabe duda de que, sin el apoyo de la cúpula del partido, Félix Edmúndovich Dzerzhinski no hubiera podido instaurar el terror en el nuevo Estado socialista:

(Vladimir Illich Ulianov Lenin, alocución a la Checa en 1918)“Cuando estudio las actividades de la Checa, y al mismo tiempo oigo las innumerables críticas de que es objeto, no puedo decir sino que todas éstas son palabras vacías de pequeños burgueses… la Checa está haciendo efectiva la dictadura del proletariado, y en ese sentido su valor es inestimable”.

– Sanción constitucional de la democracia socialista; se elaboraron tres textos básicos: 1918, 1922, 1936. Éstos establecían la sucesión de cuatro sistemas sucesivos de elección de los representantes: elecciones locales, provinciales, estatales y al comisariado. Se reforzó, de esta forma, el grupo bolchevique como partido de cuadros.

– Se consolidó el monopolio del partido y la omnipresencia del mismo en la vida de los rusos. Esto suponía, por tanto, eliminar de manera radical la libertad política, hecho que fue duramente criticado por Rosa Luxemburg:

(Rosa Luxemburg, La revolución rusa) “El remedio a que han recurrido Lenin y Trotski, eliminar radicalmente la democracia en sí misma, es peor que la enfermedad que está destinado a curar (…) La libertad sólo para los simpatizantes del Gobierno, para los miembros de un partido único –por numerosos que lleguen a ser- no es libertad en absoluto”.

– Construcción de un aparato represivo y de terror; en los primeros años fue la Checa la encargada de llevar a cabo las tareas de represión, pasando posteriormente a la jurisdicción del Comisariado de Asuntos Internos. Mención especial merecen las purgas acaecidas entre 1934 y 1941 que, bien por cuestiones políticas, militares o populares, acabaron por cobrarse más de diez millones de muertos.

La constitución real

La construcción política ratificada en los tres textos constitucionales resultó no ser más que teoría; en la práctica funcionaba la “constitución real”, según la cual al partido, como vanguardia del proletariado, acumulaba en sí mismo todos los poderes. Por tanto, se sometía todo a la “legalidad socialista”, subordinándose los soviets a los comisarios puestos por el partido; en definitiva, no existía separación de poderes. Como bien pudo comprobar Stefan Zweig en su visita a la Unión soviética, una cosa era lo que se mostraba, lo oficial, y otra muy distinta la verdad:

(Stefan Zweig, El mundo de ayer) “No crea todo lo que le dicen –me escribía el desconocido-. No olvide que, a pesar de todas las cosas que le enseñan, dejan de enseñarle otras muchas. No olvide que las personas que hablan con usted, por lo general no le cuentan lo que les gustaría contarle sino sólo aquello que se les permite decir. Nos vigilan a todos, incluido usted. Su teléfono está interceptado y controlados todos sus pasos”.

Podemos señalar, de ese omnipresente partido, las siguientes características:

– Se trataba de un partido de cuadros.

– Estaba sujeto a purgas.

– Existía dentro de él una unidad monolítica; en cierta medida facilitada por las purgas internas.

– Funcionaba con un férreo centralismo democrático; es decir, el control del mismo estaba en manos de unos pocos miembros pertenecientes Comité Central.

– Se fomentaba el liderazgo colectivo:

(Stefan Zweig, El mundo de ayer) “Estaban convencidos de que participaban en una gran causa que afectaba a toda la humanidad, profundamente convencidos de que las privaciones y restricciones que padecían las tenían que sufrir por mor de una misión superior. El viejo sentimiento de inferioridad respecto a Europa se había convertido en un orgullo embriagador de llevar ventaja, de haberse adelantado a todo el mundo. Ex oriente lux: de ellos venía la salvación; así lo creían sincera y honradamente. Ellos habían vista la verdad y a ellos les correspondía llevar a cabo aquello que los otros apenas si soñaban. Cuando enseñaban algo, por insignificante que fuera, les brillaban los ojos: Lo hemos hecho nosotros. Y ese nosotros representaba a todo el pueblo”.

– Se primaba la pureza ideológica por encima de todo.

El ascenso de Stalin

La forma como estaba concebido el partido y su manera de funcionar, explica el ascenso de Stalin al poder. Si desde el partido se controlaba el Estado -en el fondo ambos se identificaban-, entonces aquel que lograse adueñarse del partido conseguiría hacer lo propio con el Estado. De esto fue plenamente consciente Lenin en sus últimos meses de vida:

(Vladimir Illich Ulianov Lenin, Testamento del 25 de diciembre de 1922) “El camarada Stalin, al ser nombrado secretario general, ha concentrado en sus manos un enorme poder, y no estoy seguro de que sepa usarlo siempre con la necesaria cautela. En cuanto al camarada Trotski, (…) se distingue por su excepcional capacidad como por su excesiva confianza en sí mismo y su inclinación a recrearse en los aspectos estrictamente administrativos de los asuntos. Las cualidades personales de estos dos líderes, los más capacitados dentro del Comité Central, puede desembocar, del modo más inocente, en una escisión”.

Ese fue el camino seguido por Stalin que, aprovechando con gran maestría los errores de sus rivales, supo ocupar los puestos de decisión del partido y ganarse la adhesión de muchos dentro del mecanismo burocrático. De esta manera, distinguimos tres pugnas en el proceso de acumulación de poder y eliminación de los posibles rivales llevado a cabo por Stalin:

– Cuestión económica; que le enfrentó a Grigori Zinoviev y Lev Kamenev.

– Cuestión de la expansión del comunismo; que le enfrentó a Lev Davídovich Bronstein Trotski.

– Cuestión del ritmo de la industria y su naturaleza; en la que volvió a enfrentase con Grigori Zinoviev y Lev Kamenev.

Tras alcanzar la victoria en estos tres pulsos con sus máximos rivales, se procedió a la exclusión de éstos del Politburó. Quedaba, así, todo el poder en manos de Stalin, que se había asegurado de eliminar a todos lo líderes carismáticos de la Revolución; es decir, los que le podían hacer sombra.

Bibliografía:

[1] Historia Universal Contemporánea II; Javier Paredes (Coord.) – Barcelona – Ariel – 2004.

[2] Obras completas; Vladimir Ilich Lenin – Madrid – Akal – 1975.

[3] La guerra del mundo: los conflictos del siglo XX y el declive de occidente (1904-1953); Niall Ferguson – Barcelona – Debate – 2007.

[4] El mundo de ayer. Memorias de un europeo; Stefan Zweig – Barcelona – El Acantilado – 2002.

Desarrollo de la Revolución II


La intentona de julio

Tras la llegada de Lenin a San Petersburgo en abril de 1917, comenzó la lucha sin cuartel entre los bolcheviques y el gobierno provisional. Los unos trataron de debilitar lo más rápidamente al poder establecido tras los hechos de febrero, y los otros buscaron defenderse mediante un mayor control policial. Además, al tiempo que Lenin y sus camaradas utilizaron atrayentes slogans para ganarse el favor del pueblo, Alexandr Kerenski y los miembros de su gobierno hicieron uso de los discursos con el fin de desprestigiar a los bolcheviques:

(Alexandr Fiódorovich Kerenski, 1917) “Vosotros, bolcheviques, que proponéis expedientes tan primitivos -¡detened, matad, destruid!-, ¿qué sois, socialistas o policías del antiguo régimen? Nos recomendáis que sigamos la senda de la revolución francesa de 1792: recomendáis el camino para la futura desorganización del país… Si, con la ayuda de la reacción conseguís destruir nuestro poder, lo que acabaréis teniendo será un auténtico dictador”.

Éste enfrentamiento entre el gobierno provisional y los bolcheviques sólo podía terminar de una forma: con una intentona revolucionaria por parte de éstos últimos. Todos eran conscientes de que Lenin había vuelto a Rusia para hacer la revolución, de que el partido bolchevique no buscaba otra cosa que derrocar al gobierno provisional. De esta manera, el día en que esto sucediera tenía que acabar llegando. Y así fue, en julio de 1917 los bolcheviques fracasaron en su intento de tomar el poder, y, por consiguiente, sus principales líderes tuvieron que exiliarse. Sin embargo, como bien indicaba Stalin en los días posteriores, la lucha no había hecho más que empezar:

(Iósiv Vissariónovich Dzhugashvili Stalin, 23 de julio de 1917) “Los levantamientos del 16 y 17 de julio han servido para agudizar la crisis. Fue Karl Marx quien afirmó que cada paso delante de la revolución es seguido por otro paso de la contrarrevolución. Considerando los levantamientos como un paso adelante, los bolcheviques aceptamos el honor de que los socialistas renegados nos los atribuyan… Ha terminado la etapa pacífica de la revolución y ha empezado una nueva, un periodo de conflictos enconados y enfrentamientos; la vida continuará siendo agitada, se sucederán las crisis, los soldados y los obreros no se callarán…”

De Kornilov a Octubre

El levantamiento reaccionario de Lavr Georgevich Kornilov dio una nueva oportunidad a los revolucionarios. Éste, en lugar de lograr sus objetivos, favoreció el triunfo del bolchevismo, ya que el gobierno, acosado por las fuerzas de la reacción, tuvo que apoyarse en los activistas del partido de Lenin. De esta manera, una vez alejado el fantasma de Lavr Kornilov, el gobierno provisional quedó prácticamente a merced de los bolcheviques, que habían sido armados para repeler el levantamiento militar. Gracias a los reaccionarios, los revolucionarios, que en su mayoría habían regresado del exilio, estaban en situación de intentar un nuevo asalto al poder, hecho que Lenin percibió desde el primer instante:

(Vladimir Illich Ulianov Lenin, 12 de septiembre de 1917) “La insurrección de Kornilov era totalmente imprevisible en el momento y en la forma en que se ha producido; se puede decir que ha constituido un giro increíble en el curso de los acontecimientos. Como todo giro radical en los acontecimientos, exige una revisión y modificación de la táctica”.

En primer lugar, cabe plantearse por qué razón los bolcheviques, que iban a ratificar su control sobre los soviets el día 25 de octubre, decidieron llevar a cabo un golpe militar justamente el día anterior. La respuesta más lógica apunta a la cuestión de la legitimidad, del centro desde el que emana el poder. Si este emanaba de los soviets, entonces los bolcheviques, con o sin mayoría, tendrían que someterse a ellos. De ésta forma, mediante un Golpe de Estado, Lenin exigía todo el poder, no para los soviets, sino para los bolcheviques:

(Vladimir Illich Ulianov Lenin, 12 de octubre de 1917) “Esperar al Congreso de los Soviets es una idiotez porque eso significaría perder semanas en un asunto en el que, ya no las semanas, sino los días, son decisivos”.

A la hora de preparar éste Golpe de Estado, Lenin tuvo muy en cuenta que debían cumplirse dos requisitos: que no fuera frenado dentro del bolchevismo, es decir, por las fuerzas internas más moderadas –Grigori Evseegrad Apfelbaum Zinoviev y Lev Borisovich Kamenev-; y que no se viera desbordado por las masas populares que apoyaban el derrocamiento del gobierno provisional. Una vez cumplidas estas condiciones, se fijó la fecha del Golpe para la noche del 24 al 25 de octubre, momento en el que los simpatizantes bolcheviques ocuparon una serie de puestos fundamentales para el control de san Petersburgo y del país. Lenin lo expresa claramente en el siguiente fragmento, era el momento idóneo para llevar a cabo la revolución:

(Vladimir Illich Ulianov Lenin, Obras completas) “El éxito de la insurrección está garantizado ahora para los bolcheviques por las siguientes razones: 1ª, que podemos lanzar un ataque repentino desde tres puntos, Petrogrado, Moscú y la Flota del Báltico; 2ª, que tenemos consignas que aseguran un amplio respaldo; 3ª, que disponemos de mayoría en todo el país; 4ª, que la desorganización de mencheviques y social-revolucionarios es total; 5ª, que estamos en condiciones técnicas de conquistar el poder en Moscú; 6ª, que tenemos miles de obreros y soldados armados en Petrogrado, que pueden adueñarse enseguida del Palacio de Invierno, del Estado Mayor General, de las centrales telefónicas y de las grandes imprentas. Nada podrá hacernos evacuar nuestras posiciones y, mientras tanto, se irá desarrollando dentro del ejército una campaña de agitación tal que las tropas se negaran a luchar contra nuestro gobierno de paz, tierra para los campesinos…”

Así se produjo el triunfo de la Revolución de octubre: con la toma de control por parte de los revolucionarios de los puntos de decisión. Esto vendría a corroborar la teoría de que los hechos de octubre fueron más una serie de actuaciones bien organizadas que un movimiento de masas, tal como afirmaba el mito comunista. No obstante, fuese una cosa o la otra, lo cierto es que los bolcheviques se hicieron con el poder, la revolución había triunfado:

(Vladimir Illich Ulianov Lenin,16 de marzo de 1917) “Queridos camaradas, soldados, marineros y trabajadores: me siento feliz al saludaros en nombre de la victoriosa revolución rusa; de saludar en vosotros a la vanguardia del ejército proletario internacional… Ya no está lejos la hora en que, al llamamiento de nuestro camarada Karl Liebknecht, el pueblo volverá sus armas contra los capitalistas que le explotan… La revolución rusa, hechas por vosotros, ha abierto una nueva era ¡Viva la revolución socialista mundial!”

Paz y tierra

Tras la Revolución, Lenin cumplió una de sus promesas, poner todo el poder en manos de los soviets. Sin embargo, éste hecho escondía una realidad bien distinta, ya que, después de que las fuerzas más moderadas abandonasen los soviets, éstos estaban completamente controlados por los bolcheviques. Es decir, que Lenin, al entregar todo el poder a éstos organismos lo que estaba haciendo era dárselo a su propio partido. Además, con la creación de la figura del Comisario, el poder bolchevique sobre el Estado, la identificación de ambas entidades –Partido y Estado-, se acentuó notablemente. Otras dos medidas tomadas por los bolcheviques tras el triunfo revolucionario fueron:

– El acuerdo con Alemania; la Paz de Brest Litovsk ponía fin a la larga lucha que, de manera interesada, Lenin había mantenido con la Gran Guerra. A lo largo de esos tres años sus consignas habían sido claras, aquella era una guerra imperialista y capitalista, por tanto, el proletariado no debía secundarla. Los obreros debían unirse y volverse contra la clase dominante, hacerse con el control, convertir la guerra mundial en guerra civil. Más o menos, en todos los discursos de los años anteriores, venía a repetir lo que en éste fragmento nos narra Nikolai Bujarin:

(Nikolai Ivanovich Bujarin, Memorias) “Ilich paseaba a grandes zancadas, arriba y abajo, como un tigre enfurecido e indomable. Profundamente sagaz, aquel profeta revolucionario no había desesperado ni un solo momento, jamás se había cruzado de brazos, presa del desaliento. Su primera consigna, en respuesta a la declaración de guerra iba dirigida a los soldados de todos los ejércitos: “¡Volved los fusiles contra vuestros oficiales!” Esta consigna nunca fue publicada; su forma más corriente llegó a ser ésta: “Convertid la guerra imperialista en guerra civil”.

– Nacionalizar la propiedad:

(Vladimir Illich Ulianov Lenin, discurso ante el Comité Central) “Creemos unánimemente que nuestro primer paso en el camino hacia el socialismo ha de ser la adopción de medidas como la nacionalización de la banca y de los trust de inversión”.

La ayuda del II Reich

La Revolución de octubre, y, en consecuencia, la paz de Brest-Litovsk, no hubiera sido posible sin la ayuda que los dirigentes alemanes prestaron a Lenin. Éstos, con el fin de desestabilizar Rusia, facilitaron en todo lo posible el desplazamiento de los principales bolcheviques desde su exilio suizo hasta los territorios rusos. En sus memorias el general Erich Ludendorff explica el porqué de la actuación alemana:

(Erich Ludendorff, Memorias de Guerra) “Nuestro Gobierno asumió una tremenda responsabilidad al enviar a Lenin a Rusia; pero, desde el punto de vista militar, su repatriación estaba justificada, pues era necesario hacer lo imposible por precipitar la caída de Rusia”.

También M. Hoffmann nos describe aquellos acontecimientos:

(M. Hoffmann, La guerra de las ocasiones perdidas) “Uno de nuestros hombres, que mantenía contactos con los revolucionarios rusos exiliados en Suiza, sugirió la idea de utilizar a varios de éstos para acelerar el proceso de socavación e intoxicación de la moral del ejército ruso. La expuso a Erzberger y al delegado del Ministerio de Asuntos Exteriores. Y de aquí salió el proyecto de transportar a Lenin a Petrogrado a través de Alemania del modo que más adelante se llevó a efecto”.

No es de extrañar, pues, que los enemigos de los bolcheviques acusasen a éstos de haber conspirado con los alemanes para derrotar a Rusia. Sin embargo, como se puede observar en el siguiente discurso, la visión de Lenin era bien distinta:

(Vladimir Illich Ulianov Lenin, 26 de noviembre de 1920) “Podría parecer que el resultado fue parecido a un contubernio entre la primera república socialista y el imperio alemán en contra de otro imperialismo. Pero no hubo alianza ni bloque de ningún género; no traspasamos los límites aceptados, minando o deshonrando al poder socialista, sino que sacamos provecho de la hostilidad entre los dos imperialismos, de tal forma que, a largo plazo, ambos salieron perdiendo. Alemania no sacó de la paz de Brest más que algunos miles de toneladas de trigo, pero introdujo la desintegración bolchevique dentro del país. Pero nosotros ganamos algún tiempo para ir poniendo a punto la creación del Ejército Rojo…”

La ruptura del consenso

Una vez alcanzado el poder los bolcheviques toparon con la oposición de aquellos grupos que les habían apoyado en el derrocamiento del gobierno provisional. La alianza circunstancial, la convergencia, de Lenin con los movimientos contrarios a la política de Alexandr Kerenski, se rompió bien pronto: cuando se vio claramente que los fines del bolchevismo no eran los mismos que los de los demás grupos revolucionarios. De esta forma, uno tras otro, vieron como sus exigencias no encontraban respuesta en el nuevo gobierno surgido tras la revolución:

– El campesinado; en los planes de Lenin sólo cabía un objetivo final claro: la nacionalización de esas tierras, y es evidente que el movimiento campesino no comulgaba con las ideas nacionalizadoras.

– Los soviets; el partido bolchevique ejerció un férreo control sobre ellos. Estos consejos de obreros se convirtieron en meros instrumentos del régimen subordinados a él. Tal como profetizaba el socialista francés Charles Rappaport, el triunfo bolchevique supuso el fin de la revolución:

(Charles Rappaport, 1914) “Todos reconocemos los logros y méritos de Lenin. Es un hombre con voluntad de hierro y un incomparable organizador de grupos. Pero se ve a sí mismo como el único socialista de verdad. Cualquiera que se oponga a él sufrirá su condenación eterna (…) No estoy adscrito a ninguna de las facciones enfrentadas, pero la experiencia de muchos años me lleva a la convicción de que la victoria de Lenin sería la mayor amenaza para la revolución rusa: Lenin la sujetaría tan apretadamente entre sus brazos que acabaría ahogándolas”.

– Las nacionalidades; salvo tímidas concesiones –en su mayoría impuestas por la paz de Brest Litovsk-, la nueva República Socialista tendió a ocupar el puesto del antiguo imperio de los zares, y, en consecuencia, a cumplir su misión. Sin embargo, en un principio la idea de Lenin distaba mucho de coincidir con el imperialismo zarista. Parece que las circunstancias le obligaron, como en tantos otros aspectos, a variar sus planes. Éste fragmento de las memorias de Litvak es un buen ejemplo de cual fue su primera intención:

(Litvak, Memorias de la Primera Guerra Mundial) “Quedamos asombrados de que Lenin propugnase amputar de Rusia los territorios periféricos: Ucrania, las provincias bálticas y demás. Cuando apunté que tenía que estar bromeando, que debía de haber querido decir autonomía y federación, pero seguramente no amputación del Báltico y el mar negro, dos arterias de la economía rusa, replicó que hablaba completamente en serio”.

De esta forma, todas aquellas consignas entonadas en los días revolucionarios -“paz, pan y tierra” o “todo el poder para los soviets-, quedaron, si no en el olvido, si transformadas en su mayor parte al gusto de los bolcheviques. Las promesas de los revolucionarios de octubre se cumplieron en gran medida, pero según el modo de entender de los bolcheviques, que dejaron a un lado a aquellos compañeros de revolución con los que sólo habían coincidido, circunstancialmente, en un periodo de tiempo muy corto. Esto vendría a confirmar la teoría, antes citada, de la escuela independiente.

Bibliografía:

[1] Historia Universal Contemporánea II; Javier Paredes (Coord.) – Barcelona – Ariel – 2004.

[2] Obras completas; Vladimir Ilich Lenin – Madrid – Akal – 1975.

[3] La guerra del mundo: los conflictos del siglo XX y el declive de occidente (1904-1953); Niall Ferguson – Barcelona – Debate – 2007.

[4] El mundo de ayer. Memorias de un europeo; Stefan Zweig – Barcelona – El Acantilado – 2002.

Desarrollo de la Revolución I


El régimen zarista

El modelo político de los zares rusos se definía por un marcado carácter autoritario y un desarrollado aparato represivo. Esta sólida estructura comenzó a tambalearse a causa de los profundos cambios experimentados por la Humanidad a finales del siglo XIX y principios del XX. De esta manera, dos catástrofes, la derrota en la guerra contra Japón (1905) y la Gran Guerra (1914-1918), provocaron el advenimiento de la Revolución y, por tanto, el fin de los Romanov.

La marcha de la guerra y la situación crítica que se vivía en la propia retaguardia, hicieron que la caída del zar fuera algo inminente a principios de 1917. De esta manera, no es de extrañar que la correspondencia entre el zar y la zarina girase en torno a los desórdenes que a diario se producían en San Petersburgo:

(Correspondencia de la zarina con el zar, 10 de marzo de 1917) “Los huelguistas y alborotadores se manifiestan ahora más retadores que nunca en la ciudad. Los provocadores de los disturbios son los golfillos, chicos y chicas que se pasan el día dando vueltas y gritando que no tienen pan; lo hacen precisamente para incitar al alboroto. Si hiciese frío, probablemente se estarían en sus casas. Pero la agitación va disminuyendo y desaparecerá…”

Sin embargo, el optimismo de la zarina distaba mucho de adecuarse a la auténtica realidad de Rusia:

(Correspondencia de Mikhail Rodzianko con Nicolás II, 11 de marzo de 1917) “La situación es grave. La capital se halla en un estado de anarquía. La gobernación está paralizada: los servicios de transporte no funcionan; el suministro de alimentos y de combustible está totalmente desorganizado. El descontento es general y va en aumento”.

Así, en febrero de 1917 –calendario occidental-, estallaba la revolución:

(Correspondencia de Mikhail Rodzianko con Nicolás II, 12 de marzo de 1917) “Por orden de Su Majestad se han aplazado hasta marzo las sesiones de la Duma Imperial. Las últimas defensas del orden han sido desbordadas; el gobierno es impotente para frenar las revueltas. No se puede confiar en las tropas de la guarnición: los batallones de reserva de los regimientos de la Guardia se han amotinado y están ejecutando a sus oficiales; unidos al populacho y a los revoltosos, se dirigen hacia el Ministerio del Interior y al Palacio de la Duma. La guerra civil ha estallado y va extendiéndose”.

La revolución de febrero

La Revolución de febrero se caracterizó por su popularidad –la secundó, de manera entusiasta, buena parte de la población rusa-, su espontaneidad –surgió fruto del malestar del pueblo ruso: sin preparación previa-, y por la ausencia de violencia –los postulados revolucionarios no encontraron, en un principio, una fuerte oposición por parte de las fuerzas reaccionarias-. Precisamente sobre la popularidad, la totalidad, de la Revolución de febrero nos habla Nikolay Sergeyevich Trubetskoy:

“Esta revolución es única. Ha habido revoluciones burguesas y revoluciones proletarias, pero dudo que haya habido jamás una revolución tan auténticamente nacional, en el más amplio sentido del término, como la que hoy conoce Rusia. Todos la han hecho. Todos han tomado parte en ella: los trabajadores, los soldados, los burgueses, hasta la nobleza: todas las fuerzas sociales del país”.

De esta forma, tras el triunfo de los revolucionarios, se implantó en el país una dirección política plural y heterogénea –Gobierno Provisional- que tenía como misión fundamental transformar Rusia en un régimen constitucional y democrático:

(Alexandr Fiódorovich Kerenski, mitin en Odesa ante las fuerzas armadas) “Estoy viendo el enorme entusiasmo que se ha despertado en todo el país. Milagros como esta revolución rusa que ha hecho libre a un pueblo de esclavos sólo se producen una vez cada siglo… Ya hemos sufrido bastante. Los corazones de todos los rusos laten ahora al unísono. Pongamos todas nuestras energías en la lucha por la paz para todo el universo. Creemos en la felicidad y en la gloriosa libertad de todos los pueblos… Nuestra consigna será “libertad, igualdad, fraternidad”.

A lo largo de los ocho meses de experiencia democrático-liberal rusa, se sucedieron tres gobiernos provisionales, presididos por Georgy Yevgenievich Lvov –dos veces- y Alexandr Kerenski respectivamente. Esta inestabilidad dentro del ejecutivo ruso se debió principalmente a dos razones: la heterogeneidad de los miembros del gobierno, lo que repercutía sin duda en su eficacia, y la convulsa situación internacional, que tenía importante consecuencias en la situación interna de Rusia.

Las medidas democratizadoras previstas por los gobiernos surgidos tras la Revolución de febrero fueron las siguientes:

– Reunir una Asamblea Constituyente elegida por sufragio universal.

– Convocar elecciones a los consejos municipales.

– Elaborar una declaración de Derechos.

– Reconocer el derecho de Polonia y Finlandia a la autodeterminación.

– Liberar a numerosos presos políticos y repatriar a los exiliados mediante una amplia amnistía.

Además de promover estas medidas, el nuevo gobierno se había propuesto también alcanzar tres objetivos:

– Que la sociedad rusa alcanzase cierto grado de cohesión.

– Exaltación de la nación como medio para unir a los distintos grupos que integraban el país. En definitiva, promover un estado de euforia similar al de 1914.

– Lograr la victoria en la guerra; es decir, continuar con el apoyo prestado por Nicolás II a los aliados occidentales frente a los Imperios Centrales.

El fracaso del proyecto liberal

El proyecto democratizador fracasó; todos esas primeras intenciones no alcanzaron su fin. La incapacidad del gobierno provisional para hacer frente a la crisis económica, a la guerra, al problema agrario, y a la cuestión obrera, acabó por exasperar a una agotada ciudadanía rusa, que poco a poco les fue retirando su confianza. Exigían pan, paz y tierra, y el gobierno, empeñado en su provisionalidad, en atarse de pies y manos, no aportaba soluciones. El nuevo ejecutivo, con el fin de respetar la legalidad, los tiempos marcados por la doctrina política democrático-liberal, se comprometió a no tomar medidas importantes hasta que la Constituyente, que todavía no se había reunido, finalizase su tarea. De esta forma, los problemas se iban acumulando, tomando cada vez un mayor grado de gravedad, lo que provocaba el descontento del pueblo ruso hacia sus gobernantes.

En definitiva, el gran error de los demócratas rusos fue pretender funcionar con normalidad, con legalidad, en un periodo de grandes convulsiones, crisis y anormalidad. No poner remedio a estas equivalía al hundimiento del nuevo sistema, ya que, el cambio político promovido por el pueblo se llevó a cabo con el fin de buscar soluciones.

El gobierno provisional, pues, pagó caro este empeño por continuar actuando de manera provisional. Además, la decisión de continuar la guerra, sin duda bastante impopular, lastró la labor del ejecutivo. El precio que tuvieron que pagar los gobernantes por su empeño de ser fieles a sus aliados acabó siendo, a la postre, demasiado alto: la desaparición de la construcción democrática. De esta manera, no es de extrañar que, como principal arma contra los hombres de febrero, Lenin utilizase el argumento de la guerra; aquellas mismas ideas que defendía desde 1914:

(Vladimir Illich Ulianov Lenin, manifiesto de 1914 publicado en Sotsial-Demokrat) “Cuanto mayores sean las destrucciones causadas por la guerra, más claramente se darán cuenta las clases trabajadoras de que los oportunistas han traicionado la causa obrera y de que es necesario volver las armas contra los gobiernos y la burguesía de los respectivos países… Convertir esta guerra imperialista en guerra civil es la única consigna acertada para el proletariado”.

De esta forma, las masas populares fueron radicalizándose progresivamente al tiempo que se movilizaban contra el gobierno provisional. Los lemas bajo los que se desarrollaban las protestas, muy similares a los que propugnaban los dirigentes bolcheviques, contribuyeron a que entre estos movimientos de soldados, campesinos y obreros, y el partido de Lenin se fueran tendiendo puentes:

(Vladimir Illich Ulianov Lenin, Obras completas) “Los desórdenes aumentan en el campo y el gobierno está empleando los medios más despiadados contra los campesinos. Crece la simpatía por nuestra causa en el seno del ejército…”

(Fragmento del editorial de Izvestiya el 7 de noviembre de 1917) “Sólo faltan tres semanas para la Asamblea Constituyente, sólo unos pocos días para el Congreso de los Soviets, y, aún así, los bolcheviques han decidido llevar a efecto otro golpe de Estado. Utilizan el descontento general y la gran ignorancia que reina entre las masas de obreros y soldados. Se han arrogado la osadía de prometer al pueblo pan, paz y tierra…”

La experiencia bolchevique

El partido bolchevique, surgido tras la escisión de la socialdemocracia rusa –bolcheviques y mencheviques-, fue el protagonista y motor de la Revolución de octubre. Así relataban Lenin y Bujarin el cisma desatado en el seno del socialismo:

(Vladimir Illich Ulianov Lenin, Obras completas) “Se me dice que he sembrado la confusión en las filas de la clase obrera. Pues bien, sí, la he sembrado deliberada y calculadamente en la parte del proletariado de San Petersburgo, que se ha dejado arrastrar por los seccionistas mencheviques, y obraré siempre del mismo modo mientras dure la escisión”.

(Nikolai Ivanovich Bujarin, Memorias) “Recuerdo las interminables discusiones que se suscitaron en nuestro pequeño círculo cuando Lenin planteó sin ambages la cuestión no sólo de dividir el partido, sino hasta de renunciar al mismo nombre de «socialdemócrata». Cuando Gregori (Zinoviev) empezó a hablar de la tradición y también de números, Lenin comentó con ira, realmente enfurecido, sin tomar en consideración que había mujeres presentes: “¡Oh, sí, mucha gente y mucha basura entre ella! (sólo que utilizó palabras bastante más fuertes). Y con rabiosa energía empezó a exponer sus ideas sobre los partidos comunistas y una nueva Internacional revolucionaria…”

Se trataba este de un partido de cuadros –no de masas-, celoso de su propia pureza ideológica, y contrario a cualquier tipo de lazo con otro grupo político. Desde un primer momento, Lenin rechazó totalmente cualquier relación con la Revolución de febrero y con el régimen surgido de ella (Tesis de Abril). Además, los bolcheviques trataron de aprovechar el poder de los soviets, donde el número de miembros del partido crecía congreso tras congreso hasta llegar a alcanzar la mayoría, para fortalecerlos. Es decir, que aparecieran como una alternativa firme y real al gobierno provisional.

Bibliografía:

[1] Historia Universal Contemporánea II; Javier Paredes (Coord.) – Barcelona – Ariel – 2004.

[2] Obras completas; Vladimir Ilich Lenin – Madrid – Akal – 1975.

[3] La guerra del mundo: los conflictos del siglo XX y el declive de occidente (1904-1953); Niall Ferguson – Barcelona – Debate – 2007.

[4] El mundo de ayer. Memorias de un europeo; Stefan Zweig – Barcelona – El Acantilado – 2002.

Interpretaciones sobre la Revolución Soviética


La escuela liberal.

En opinión de estos investigadores no hemos de calificar los sucesos de octubre como revolucionarios, sino como golpe de Estado llevado a cabo por una minoría de fanáticos que no contaba con el apoyo popular. Según la escuela liberal, la verdadera revolución fue la de febrero. Esta si gozó del respaldo de la población rusa.

Los defensores de esta teoría hacen especial hincapié en señalar que, durante las décadas anteriores a la Gran Guerra, la nación rusa había experimentado un importante proceso de modernización que le acercó a las grandes potencias económicas del momento. Sin embargo, el estallido del conflicto sumió a Rusia en el caos, que fue aprovechado por los bolcheviques para hacerse con el poder. Sólo estas circunstancias hicieron posible la que en el antiguo imperio de los zares se instaurara un Estado socialista caracterizado por la represión política, la colectivización de los medios de producción, y el culto a la personalidad del líder.

La escuela oficial.

La interpretación de los hechos realizada por los defensores del régimen soviético dista mucho de la explicada anteriormente. Según estos la revolución de octubre fue el culmen de un proceso de liberación inevitable que, además, contó con el apoyo de las masas populares rusas. Por lo tanto, no se trataría de un golpe de Estado, como afirmaba la teoría liberal, sino de un cambio de poder legítimo.

Los teóricos de esa escuela afirman que, el poder surgido en octubre, convirtió la antigua Rusia imperialista y opresora en la unión y hermandad de las repúblicas soviéticas creadas tras el triunfo bolchevique. Estas, como organizaciones políticas de la clase obrera, fueron las encargadas de vencer a los enemigos del proletariado y construir una sociedad sin clases y, por tanto, sin lucha entre los distintos estratos de la misma. En este proceso jugó un papel fundamental el Partido Comunista, que, a modo de catalizador, fue el encargado organizar todas las tareas dentro de esta unión de repúblicas.

Aunque se reconoce que en todo este proceso pudieron existir desviaciones -véase el caso estalinista-, estas no restarían legitimidad a los sucesos de octubre, que de por sí se consideran puros y acordes a la teoría comunista. Con el fin de resaltar la independencia de la revolución con respecto a las posibles desviaciones, surgió una corriente de pensamiento tendente a mitificar los hechos de 1917.

La escuela independiente.

Por su parte, situada a medio camino entre las dos anteriores, y sin ningún aparente interés político tras sus investigaciones, encontramos la interpretación de la que podríamos denominar “escuela independiente”. Esta defiende que la revolución de octubre fue un movimiento de masas, al frente del cual había un pequeño grupo bien organizado: los bolcheviques. Se trató, pues, de la convergencia entre dos fuerzas:

– Una revolución de tipo social, dentro de la que podemos distinguir cuatro grupos: movimientos de protesta de los campesinos, movimientos de protesta de los obreros, proceso de descomposición del ejército ruso, y movimiento de las nacionalidades.

– Un golpe de Estado; planeado por los bolcheviques, que sacaron provecho del descontento de social existente en Rusia para atraerse a las masas populares.

Buscando los posibles puentes de unión con el descontento popular, los bolcheviques fueron atrayendo hacia sí a campesinos, obreros, militares y nacionalistas. Estos dos movimientos convergentes fueron destruyendo, poco a poco, toda forma de autoridad existente en Rusia hasta dar el paso definitivo en octubre de 1917; ahí esa unión de intereses se hizo más patente: era el momento propicio.

Se trataron de dos movimientos, uno revolucionario y otro golpista, que coincidieron en sus intereses a finales de 1917. Sin embargo, la diferencia entre ambos se hizo patente al finalizar ese periodo de casual afinidad. Después estuvieron separados durante décadas.

Bibliografía:

[1] Historia Universal Contemporánea II; Javier Paredes (Coord.) – Barcelona – Ariel – 2004.

[2] Obras completas; Vladimir Ilich Lenin – Madrid – Akal – 1975.

[3] La guerra del mundo: los conflictos del siglo XX y el declive de occidente (1904-1953); Niall Ferguson – Barcelona – Debate – 2007.

[4] El mundo de ayer. Memorias de un europeo; Stefan Zweig – Barcelona – El Acantilado – 2002.

Alemania como bandera de la revolución mundial

“Y es que para los marxistas rusos la cosa estaba muy clara: una revolución proletario-socialista sólo podía tener lugar en un país plenamente industrial, en el que se pudiera relevar al capitalismo, y no en un país cuya mitad o sus tres cuartas partes todavía eran feudales, como Rusia, que primero debía realizar su revolución burguesa-capitalista. Y de todos los países capitalistas, Alemania, la tierra de Marx y Engels, que tenía el partido socialdemócrata más grande y fuerte y mejor organizado, era evidentemente el elegido para liderar el gran proceso histórico de transición del capitalismo al socialismo a escala mundial”.

Antes de 1917 ningún marxista serio y buen conocedor de la doctrina socialista hubiera podido imaginar que la revolución iba a iniciarse precisamente en Rusia. Es más, cuando Lenin tomó el tren que le llevó de Suiza a su tierra natal, muchos pensaron –eso afirma Sebastian Haffner- que había enloquecido.

Sin embargo, el líder de los bolcheviques no quería dejar pasar la oportunidad de hacer triunfar el socialismo en algún país, aunque fuese el menos indicado para ello.

Lenin creía que la revolución en Rusia era posible, pero no como un elemento independiente. Según se desprende de sus escritos y discursos, era imprescindible que en poco tiempo alguna nación capitalista con un alto grado de desarrollo económico siguiera el ejemplo ruso para convertirse en la bandera de la revolución mundial. Ese papel, no cabía la menor duda, debía desempeñarlo Alemania. La rusa debía quedar en la Historia socialista como la que dio el impulso a la verdadera revolución: la alemana. De ahí el empeño de los bolcheviques por extender las ideas revolucionarias a lo largo del territorio del II Reich. Así se entiende también ese pacto con el diablo imperial germano; esperaban que, de un momento a otro, ese aliado incómodo se convirtiera en fraternal amigo.

Bibliografía:

[1] El pacto con el diablo; Sebastian Haffner – Barcelona – Destino – 2007.

[2] Los siete pecados capitales del Imperio Alemán en la Primera Guerra Mundial; Sebastian Haffner – Barcelona – Destino – 2006.

[3] La revolución alemana de 1918-1919; Sebastian Haffner – Inédita – Barcelona – 2005.

[4] Historia Universal Contemporánea II; Javier Paredes (Coord.) – Barcelona – Ariel – 2004.

[5] La guerra del mundo: los conflictos del siglo XX y el declive de occidente (1904-1953); Niall Ferguson – Barcelona – Debate – 2007.

[6] La Primera Guerra Mundial; Hew Strachan – Barcelona – Crítica – 2004.

El triunfo de la alianza antinatural sobre la natural

“La alianza del imperio alemán con la revolución rusa fue antinatural e insincera, pero sumamente eficaz. La alianza de la Rusia bolchevique con la revolución alemana era absolutamente sincera, lo más natural del mundo; pero prontose evidenciaría como totalmente ineficaz”.

La paradoja que explicábamos en el artículo introductorio a este capítulo está presente también en la cita anterior de Sebastian Haffner. Consiste básicamente en comprobar la eficacia de la colaboración entre realidades tan distintas como el II Reich y la Rusia bolchevique; y, al mismo tiempos, la falta de entendimiento entre esta última y la Alemania revolucionaria.

Con todo en contra alemanes y rusos fueron capaces de ponerse de acuerdo –por interés propio, no desde luego por altruismo o afán de alcanzar algo juntos-, y con todo a favor, cuando parecía que las cosas iban a resultar sencillas, ambos se empantanaron.

Sin embargo, estos hechos no resultan tan incomprensibles como en principio nos los muestra Sebastian Haffner. La paradoja tiene su explicación. En primer lugar, no hemos de olvidar la situación bélica que acompañó a la relación de Lenin con los jerifantes del II Reich. El primero veía, tras muchos años de esfuerzo, la posibilidad de sacar adelante la revolución en su país. Mientras que los alemanes, si querían ganar la guerra, no tenían más remedio que centrarse en un solo frente; para ello había que eliminar al enemigo oriental fuese como fuese. Ninguno lo dudó, todos los esfuerzos, locuras y humillaciones merecían la pena. Alemania no podía ser derrotada en el conflicto, y los bolcheviques no querían desaprovechar el caldo revolucionario que les brindaba el contexto bélico. Así se entiende mejor que esta antinatural relación, no sin dificultades y retrocesos, funcionara.

Lo escrito en el anterior párrafo explicaría porque salió adelante el pacto de estos dos diablos en la parte final de la Gran Guerra. En los siguientes artículos relataremos por qué no sucedió lo mismo entre los bolcheviques y la revolución alemana.

Bibliografía:

[1] El pacto con el diablo; Sebastian Haffner – Barcelona – Destino – 2007.

[2] Los siete pecados capitales del Imperio Alemán en la Primera Guerra Mundial; Sebastian Haffner – Barcelona – Destino – 2006.

[3] La revolución alemana de 1918-1919; Sebastian Haffner – Inédita – Barcelona – 2005.

[4] Historia Universal Contemporánea II; Javier Paredes (Coord.) – Barcelona – Ariel – 2004.

[5] La guerra del mundo: los conflictos del siglo XX y el declive de occidente (1904-1953); Niall Ferguson – Barcelona – Debate – 2007.

[6] La Primera Guerra Mundial; Hew Strachan – Barcelona – Crítica – 2004.

Rusia y la revolución alemana


Nos adentramos en un nuevo capítulo de El pacto con el diablo, sobre él podrán leer los siguiente artículos: El triunfo de la alianza antinatural sobre la natural, Alemania como bandera de la revolución mundial, El bacilo bolchevique de la aventura asiática, Poner fin a la guerra con un levantamiento. En esta ocasión el autor analiza las relaciones entre Alemania y la Unión Soviética en el momento en que la primera de ellas cae en manos de la revolución (1918-1919). Se trata, pues, de un tiempo inmediatamente posterior a la derrota germana en la Gran Guerra. Los acontecimientos que Lenin había predicho, el estallido revolucionario en territoria del II Reich, parecían cumplirse. Alemania, urgida por la situación bélica, había favorecido el triunfo de los bolcheviques en Rusia. Posteriormente estos se vengaron: abandonaron su posición de marionetas y pusieron todos los medios para que los alemanes siguieran sus pasos. No obstante, las predicciones del líder bolchevique no se cumplieron: el II Reich se convirtió en república democrática en lugar de soviética.

La enorme paradoja que este desenlace esconde la muestra Sebastian Haffner en la siguiente cita:

“En 1917 Alemania había promovido la revolución rusa para perjudicar a ese país, y esa revolución promovida había triunfado. En 1918 –y durante unos años más- Rusia promovió la revolución alemana para favorecer a ese país (y de paso a sí misma). Pero esa revolución fracasó”.

Bibliografía:

[1] El pacto con el diablo; Sebastian Haffner – Barcelona – Destino – 2007.

[2] Los siete pecados capitales del Imperio Alemán en la Primera Guerra Mundial; Sebastian Haffner – Barcelona – Destino – 2006.

[3] La revolución alemana de 1918-1919; Sebastian Haffner – Inédita – Barcelona – 2005.

[4] Historia Universal Contemporánea II; Javier Paredes (Coord.) – Barcelona – Ariel – 2004.

[5] La guerra del mundo: los conflictos del siglo XX y el declive de occidente (1904-1953); Niall Ferguson – Barcelona – Debate – 2007.

[6] La Primera Guerra Mundial; Hew Strachan – Barcelona – Crítica – 2004.