El fortalecimiento del bacilo soviético


“Las cosas habían cambiado respecto a 1917, cuando Rusia le había puesto el bolchevismo como una mosca detrás de la oreja a fin de inocularle una enfermedad que le haría languidecer. Increíblemente, los bolcheviques se habían convertido en un gobierno de verdad, en marcha, se habían impuesto, habían creado un ejército de la nada y habían vencido una terrible guerra civil: ahora había que tomarlos en serio”.

El primer pacto entre el diablo soviético y el alemán tenía, por parte de esto últimos, un claro objetivo: debilitar a Rusia con el fin de vencer la guerra en el frente oriental. Para ello los dirigentes del II Reich se habían sevido de lo que ellos consideraban una “enfermedad política”: el bolchevismo. En opinión del alto mando alemán, Lenin y sus seguidores eran incapaces de gobernar la gran nación rusa; el experimento soviético tenía que acabar, a todas luces, en desastre.

No obstante, los alemanes se equivocaron. Los bolcheviques no sólo lograron asentar su poder en Rusia, sino que poco a poco la estaban convirtiendo de nuevo en una nación poderosa. Fue entonces cuando la relación entre los dos diablos cambió. El germano empezó a tomarse en serio a su compañero de viaje.

Bibliografía:

[1] El pacto con el diablo; Sebastian Haffner – Barcelona – Destino – 2007.

[2] Historia Universal Contemporánea II; Javier Paredes (Coord.) – Barcelona – Ariel – 2004.

[3] La guerra del mundo: los conflictos del siglo XX y el declive de occidente (1904-1953); Niall Ferguson – Barcelona – Debate – 2007.

[4] Sociedad y cultura en la República de Weimar: el fracaso de una ilusión; José Ramón Díez Espinosa – Valladolid – Universidad – 1996.

Alemania como bandera de la revolución mundial

“Y es que para los marxistas rusos la cosa estaba muy clara: una revolución proletario-socialista sólo podía tener lugar en un país plenamente industrial, en el que se pudiera relevar al capitalismo, y no en un país cuya mitad o sus tres cuartas partes todavía eran feudales, como Rusia, que primero debía realizar su revolución burguesa-capitalista. Y de todos los países capitalistas, Alemania, la tierra de Marx y Engels, que tenía el partido socialdemócrata más grande y fuerte y mejor organizado, era evidentemente el elegido para liderar el gran proceso histórico de transición del capitalismo al socialismo a escala mundial”.

Antes de 1917 ningún marxista serio y buen conocedor de la doctrina socialista hubiera podido imaginar que la revolución iba a iniciarse precisamente en Rusia. Es más, cuando Lenin tomó el tren que le llevó de Suiza a su tierra natal, muchos pensaron –eso afirma Sebastian Haffner- que había enloquecido.

Sin embargo, el líder de los bolcheviques no quería dejar pasar la oportunidad de hacer triunfar el socialismo en algún país, aunque fuese el menos indicado para ello.

Lenin creía que la revolución en Rusia era posible, pero no como un elemento independiente. Según se desprende de sus escritos y discursos, era imprescindible que en poco tiempo alguna nación capitalista con un alto grado de desarrollo económico siguiera el ejemplo ruso para convertirse en la bandera de la revolución mundial. Ese papel, no cabía la menor duda, debía desempeñarlo Alemania. La rusa debía quedar en la Historia socialista como la que dio el impulso a la verdadera revolución: la alemana. De ahí el empeño de los bolcheviques por extender las ideas revolucionarias a lo largo del territorio del II Reich. Así se entiende también ese pacto con el diablo imperial germano; esperaban que, de un momento a otro, ese aliado incómodo se convirtiera en fraternal amigo.

Bibliografía:

[1] El pacto con el diablo; Sebastian Haffner – Barcelona – Destino – 2007.

[2] Los siete pecados capitales del Imperio Alemán en la Primera Guerra Mundial; Sebastian Haffner – Barcelona – Destino – 2006.

[3] La revolución alemana de 1918-1919; Sebastian Haffner – Inédita – Barcelona – 2005.

[4] Historia Universal Contemporánea II; Javier Paredes (Coord.) – Barcelona – Ariel – 2004.

[5] La guerra del mundo: los conflictos del siglo XX y el declive de occidente (1904-1953); Niall Ferguson – Barcelona – Debate – 2007.

[6] La Primera Guerra Mundial; Hew Strachan – Barcelona – Crítica – 2004.

El triunfo de la alianza antinatural sobre la natural

“La alianza del imperio alemán con la revolución rusa fue antinatural e insincera, pero sumamente eficaz. La alianza de la Rusia bolchevique con la revolución alemana era absolutamente sincera, lo más natural del mundo; pero prontose evidenciaría como totalmente ineficaz”.

La paradoja que explicábamos en el artículo introductorio a este capítulo está presente también en la cita anterior de Sebastian Haffner. Consiste básicamente en comprobar la eficacia de la colaboración entre realidades tan distintas como el II Reich y la Rusia bolchevique; y, al mismo tiempos, la falta de entendimiento entre esta última y la Alemania revolucionaria.

Con todo en contra alemanes y rusos fueron capaces de ponerse de acuerdo –por interés propio, no desde luego por altruismo o afán de alcanzar algo juntos-, y con todo a favor, cuando parecía que las cosas iban a resultar sencillas, ambos se empantanaron.

Sin embargo, estos hechos no resultan tan incomprensibles como en principio nos los muestra Sebastian Haffner. La paradoja tiene su explicación. En primer lugar, no hemos de olvidar la situación bélica que acompañó a la relación de Lenin con los jerifantes del II Reich. El primero veía, tras muchos años de esfuerzo, la posibilidad de sacar adelante la revolución en su país. Mientras que los alemanes, si querían ganar la guerra, no tenían más remedio que centrarse en un solo frente; para ello había que eliminar al enemigo oriental fuese como fuese. Ninguno lo dudó, todos los esfuerzos, locuras y humillaciones merecían la pena. Alemania no podía ser derrotada en el conflicto, y los bolcheviques no querían desaprovechar el caldo revolucionario que les brindaba el contexto bélico. Así se entiende mejor que esta antinatural relación, no sin dificultades y retrocesos, funcionara.

Lo escrito en el anterior párrafo explicaría porque salió adelante el pacto de estos dos diablos en la parte final de la Gran Guerra. En los siguientes artículos relataremos por qué no sucedió lo mismo entre los bolcheviques y la revolución alemana.

Bibliografía:

[1] El pacto con el diablo; Sebastian Haffner – Barcelona – Destino – 2007.

[2] Los siete pecados capitales del Imperio Alemán en la Primera Guerra Mundial; Sebastian Haffner – Barcelona – Destino – 2006.

[3] La revolución alemana de 1918-1919; Sebastian Haffner – Inédita – Barcelona – 2005.

[4] Historia Universal Contemporánea II; Javier Paredes (Coord.) – Barcelona – Ariel – 2004.

[5] La guerra del mundo: los conflictos del siglo XX y el declive de occidente (1904-1953); Niall Ferguson – Barcelona – Debate – 2007.

[6] La Primera Guerra Mundial; Hew Strachan – Barcelona – Crítica – 2004.

Rusia y la revolución alemana


Nos adentramos en un nuevo capítulo de El pacto con el diablo, sobre él podrán leer los siguiente artículos: El triunfo de la alianza antinatural sobre la natural, Alemania como bandera de la revolución mundial, El bacilo bolchevique de la aventura asiática, Poner fin a la guerra con un levantamiento. En esta ocasión el autor analiza las relaciones entre Alemania y la Unión Soviética en el momento en que la primera de ellas cae en manos de la revolución (1918-1919). Se trata, pues, de un tiempo inmediatamente posterior a la derrota germana en la Gran Guerra. Los acontecimientos que Lenin había predicho, el estallido revolucionario en territoria del II Reich, parecían cumplirse. Alemania, urgida por la situación bélica, había favorecido el triunfo de los bolcheviques en Rusia. Posteriormente estos se vengaron: abandonaron su posición de marionetas y pusieron todos los medios para que los alemanes siguieran sus pasos. No obstante, las predicciones del líder bolchevique no se cumplieron: el II Reich se convirtió en república democrática en lugar de soviética.

La enorme paradoja que este desenlace esconde la muestra Sebastian Haffner en la siguiente cita:

“En 1917 Alemania había promovido la revolución rusa para perjudicar a ese país, y esa revolución promovida había triunfado. En 1918 –y durante unos años más- Rusia promovió la revolución alemana para favorecer a ese país (y de paso a sí misma). Pero esa revolución fracasó”.

Bibliografía:

[1] El pacto con el diablo; Sebastian Haffner – Barcelona – Destino – 2007.

[2] Los siete pecados capitales del Imperio Alemán en la Primera Guerra Mundial; Sebastian Haffner – Barcelona – Destino – 2006.

[3] La revolución alemana de 1918-1919; Sebastian Haffner – Inédita – Barcelona – 2005.

[4] Historia Universal Contemporánea II; Javier Paredes (Coord.) – Barcelona – Ariel – 2004.

[5] La guerra del mundo: los conflictos del siglo XX y el declive de occidente (1904-1953); Niall Ferguson – Barcelona – Debate – 2007.

[6] La Primera Guerra Mundial; Hew Strachan – Barcelona – Crítica – 2004.

La tragicomedia de la indecisión alemana


“¡Agosto de 1918! Fue cuando empezó la ofensiva inglesa en Amiens, el día negro del ejército alemán, cuando se perdió la guerra en el oeste definitiva e irreversiblemente. Resulta grotesco imaginar que en ese momento los hombres decisivos de Alemania no tuvieran nada mejor que hacer que discutir sobre cómo debían colonizar Rusia”.

Podríamos decir que en 1918 Lenin engañó al Imperio Alemán: le ofreció Rusia como colonia con tal que la limpiara de “blancos”. Los germanos aceptaron, y eso fue su tumba. Mantener los ejércitos en el frente oriental impidió que Alemania protagonizara una ofensiva en Francia con opciones de victoria.

Sin embargo, parece que el alto mando alemán no fue engañado por los bolcheviques, sino por su propia ambición. La idea de continuar avanzando por tierras rusas había calado en el seno del II Reich antes del ofrecimiento de Lenin. Este tan sólo vino a facilitar ese acontecimiento: proporcionó una excusa perfecta.

Alemania se empantanó en su aventura oriental. Ahí, como explica Sebastian Haffner en el sexto pecado de su obra “Los siete pecados capitales del Imperio Alemán durante la Primera Guerra Mundial, perdió su última oportunidad de ganar la guerra. Por su parte, los bolcheviques supieron aprovechar muy bien esa última alianza con el II Reich. Gracias a ella lograron sobrevivir al acoso de sus enemigos, al tiempo que la derrota alemana condujo al estallido revolucionario en ese país.

Bibliografía:

[1] El pacto con el diablo; Sebastian Haffner – Barcelona – Destino – 2007.

[2] Los siete pecados capitales del Imperio Alemán en la Primera Guerra Mundial; Sebastian Haffner – Barcelona – Destino – 2006.

[3] Historia Universal Contemporánea II; Javier Paredes (Coord.) – Barcelona – Ariel – 2004.

[4] La guerra del mundo: los conflictos del siglo XX y el declive de occidente (1904-1953); Niall Ferguson – Barcelona – Debate – 2007.

[5] La Primera Guerra Mundial; Hew Strachan – Barcelona – Crítica – 2004.

La soga y el ahorcado


“Un par de años después, Lenin aconsejó a un partido comunista occidental que apoyara a cierto gobierno “del mismo modo que la soga sostenía al ahorcado”. No es posible inventarse una imagen tan horrorosamente fácil de retener si lo que ésta expresa no se ha vivido en carne propia. Lenin lo había experimentado en agosto de 1918. Es la imagen exacta del tipo de apoyo que recibió entonces, cuando estaba en peligro de muerte, por parte del imperio alemán”.

Este tercer capítulo de El pacto con el diablo -en el incluimos La revolución bolchevique en su peor hora y La tragicomedia de la indecisión alemana– muestra como después de Brest-Litovsk los bolcheviques se vieron acosados por numerosos frentes; y lo peor de todo es que no tenían medios materiales, humanos y militares con que defenderse de la embestida conjunta protagonizada por la oposición rusa y las potencias occidentales.

Sin embargo, Lenin supo hacer del limón limonada, mostrando nuevamente su enorme capacidad para humillarse ante los alemanes con tal de salvar la revolución. Cuando todo parecía perdido para los “rojos”, estos procedieron a reemprender las negociaciones con Alemania. Se trataba, al fin y al cabo, de legitimar su colonización de Rusia a cambio de ayuda militar contra los “blancos”. Esto, como bien indica Sebastian Haffner, no era una idea tan descabellada ya que la oposición a los bolcheviques se había aliado con los enemigos del II Reich. Se trataba, pues, de un juego de doble alianza en el que los germanos creían tener mucho que ganar.

La ayuda de Alemania permitió a los bolcheviques ganar tiempo. En concreto les ayudó a sobrevivir hasta el final de la Gran Guerra. Una vez derrotados los ejércitos del II Reich en el frente occidental, las potencias de la Entente, deseosas de evitar nuevos conflictos, se fueron retirando poco a poco del territorio ruso. Fue así como los “blancos” perdieron una importante ayuda, que a la postre facilitó la victoria de los “rojos”.

Bibliografía:

[1] El pacto con el diablo; Sebastian Haffner – Barcelona – Destino – 2007.

[2] Los siete pecados capitales del Imperio Alemán en la Primera Guerra Mundial; Sebastian Haffner – Barcelona – Destino – 2006.

[3] Historia Universal Contemporánea II; Javier Paredes (Coord.) – Barcelona – Ariel – 2004.

[4] La guerra del mundo: los conflictos del siglo XX y el declive de occidente (1904-1953); Niall Ferguson – Barcelona – Debate – 2007.

[5] La Primera Guerra Mundial; Hew Strachan – Barcelona – Crítica – 2004.

Segundo acto: el combate


“De esta manera, a mediados de febrero de 1918 los ejércitos alemanes del este volvieron a ponerse en marcha para “liberar del terror bolchevique” a los territorios que iban ocupando, al mismo tiempo que el gobierno alemán lanzaba un ultimátum a los propios bolcheviques dándoles un plazo de dos días para que aceptaran las condiciones de paz de Alemania…”Ante las exigencias alemanas, a los bolcheviques no les quedó más remedio que replantear la situación. Trotski, que en aquel momento comandaba la embajada rusa en Brest-Litovsk, abandono ese lugar para consultar a Lenin el camino a seguir. El primero era partidario de no aceptar las condiciones alemanas y continuar el conflicto bajo la careta de “guerra revolucionaria”.

Consciente de que habían alcanzado el poder gracias a su postura en pro de la paz, el líder del partido era contrario a esa medida; Lenin estaba dispuesto a humillarse ante Alemania y plegarse ante sus exigencias. Finalmente ambos llegaron a un acuerdo: Trotski volvería a Brest-Litovsk y anunciaría que Rusia abandonaba la guerra. Así, sin más.

Eso fue lo que sucedió, pero Alemania, como ya hemos visto en artículos anteriores, no estaba dispuesta a conformarse con el final de la guerra en uno de los frentes; los dirigentes germanos aspiraban a mucho más. Por esa razón, tras mostrar su enfado ante la actitud de los bolcheviques, reanudaron las hostilidades. Sin embargo, no podían atacar a una nación que había mostrado sus deseos de paz. Necesitaban una excusa: la liberación del terror bolchevique. La paradoja, como bien indica Sebastian Haffner, es que habían sido ellos mismos los que llevaron ese terror a Rusia.

Bibliografía:

[1] El pacto con el diablo; Sebastian Haffner – Barcelona – Destino – 2007.

[2] Los siete pecados capitales del Imperio Alemán en la Primera Guerra Mundial; Sebastian Haffner – Barcelona – Destino – 2006.

[3] Historia Universal Contemporánea II; Javier Paredes (Coord.) – Barcelona – Ariel – 2004.

[4] La guerra del mundo: los conflictos del siglo XX y el declive de occidente (1904-1953); Niall Ferguson – Barcelona – Debate – 2007.

[5] La Primera Guerra Mundial; Hew Strachan – Barcelona – Crítica – 2004.

El drama de la paz y la victoria en el último momento


“Para los alemanes la conferencia de Brest-Litovsk no sólo tenía por finalidad firmar rápidamente una paz (pues contaban con muy poco tiempo para efectuar la ofensiva decisiva en el oeste), sino también construir un poderoso imperio alemán con el este extirpado a Rusia. Si eso no era posible, la conferencia les parecería un fracaso. Y para los rusos, ésta no sólo debía servir para obtener la paz (que necesitaban), sino para hacer asimismo propaganda de la revolución, para proporcionar a la revolución alemana sus propios lemas”.En la conferencia de paz con Rusia el Imperio Alemán comenzó a andar el camino hacia uno de los pecados capitales que el propio Sebastian Haffner nos relata en una de sus obras. Los dirigentes germanos, como bien indica el autor, no sólo aspiraban a librarse del frente oriental tras una paz victoriosa con los bolcheviques. Alemania no se conformaba con volcar todo su potencial sobre Francia para, así, ganar la Gran Guerra. Quería levantar un gran imperio en el este: convertir buena parte de Rusia en su gran colonia. La falta capital alemana consistió en tratar de abarcar más de lo que podía; un pecado de ambición sin medida. Así, mientras sus ejércitos conquistaban grandes porciones de terreno a costa de una Rusia postrada, perdía la oportunidad de acabar con el frente occidental y, en consecuencia, con la guerra.

Alemania llegó a Brest-Litovsk con la firme postura de alcanzar la paz sólo si se aceptaban sus términos. Los representantes del II Reich no iban, pues, a una reunión entre iguales: se trataba de una relación entre vencedores y vencidos. Por esa razón, no estaban dispuestos a dejar pasar la oportunidad de ganar territorio a costa de los rusos; la paz, aún con algunas importantes compensaciones, no les valía. Por su parte, los bolcheviques viajaron a Brest-Litovsk con una idea muy distinta. Se veían como triunfadores, no de la guerra, pero si de la revolución. Estaban dispuestos a ceder ciertas cosas ante Alemania –desde luego, no tanto como esta pedía-, pero en el fondo se veían como vencedores. Necesitaban a toda costa que la maquinaria militar germana dejara de hostigarlos, pero estaban convencidos de que al final la revolución triunfaría. Es más, Alemania sería la primera gran escala de la misma. De ahí el valor propagandístico de la conferencia de paz al que alude Sebastian Haffner.

Bibliografía:

[1] El pacto con el diablo; Sebastian Haffner – Barcelona – Destino – 2007.

[2] Los siete pecados capitales del Imperio Alemán en la Primera Guerra Mundial; Sebastian Haffner – Barcelona – Destino – 2006.

[3] Historia Universal Contemporánea II; Javier Paredes (Coord.) – Barcelona – Ariel – 2004.

[4] La guerra del mundo: los conflictos del siglo XX y el declive de occidente (1904-1953); Niall Ferguson – Barcelona – Debate – 2007.

[5] La Primera Guerra Mundial; Hew Strachan – Barcelona – Crítica – 2004.

Brest-Litovsk


Nos adentramos en las páginas dedicadas a Brest-Litovsk, el segundo capítulo de El pacto con el diablo, donde podrás leer: El drama de la paz y la victoria en el último momento, Primer acto: la danza tragicómica, Segundo acto: el combate, y Tercer acto: la derrota en el último momento. Seguramente en ningún momento de la Historia germano-soviética ambos fueron más conscientes de sus diferencias. El carácter peculiar de las conversaciones da buena fe de ello. Se reunieron campesinos con personajes de la alta nobleza, obreros con burgueses adinerados, profesionales e la revolución con altos cargos militares. Al fin y al cabo, tal como afirma la siguiente cita de Sebastian Haffner, los dos diablos divergían en sus intereses.

“Hasta aquí coincidían los intereses de ambas partes: ambas deseaban la paz; ambas necesitaban la paz. Pero más allá de estas convergencias, las dos partes del negocio querían obtener otra cosa, y allí divergían enormemente sus intereses. Los alemanes aspiraban a grandes conquistas en el este a costa de Rusia; los bolcheviques esperaban la revolución alemana”.

Bibliografía:

[1] El pacto con el diablo; Sebastian Haffner – Barcelona – Destino – 2007.

[2] Los siete pecados capitales del Imperio Alemán en la Primera Guerra Mundial; Sebastian Haffner – Barcelona – Destino – 2006.

[3] Historia Universal Contemporánea II; Javier Paredes (Coord.) – Barcelona – Ariel – 2004.

[4] La guerra del mundo: los conflictos del siglo XX y el declive de occidente (1904-1953); Niall Ferguson – Barcelona – Debate – 2007.

[5] La Primera Guerra Mundial; Hew Strachan – Barcelona – Crítica – 2004.

Sacar a Lenin de «una botella»


«Lenin sabía que el era el hombre que podía hacerlo, que, de hecho, era el único que podía hacerlo. Pero se hallaba en Suiza, “como encerrado en una botella”. Si alguno de los gobiernos imperialistas fuera tan tonto como para ayudarle a salir de allí y le ofreciera la oportunidad de pasar a la acción…” El primer capítulo de El pacto con el diablo finaliza explicando algo que, a todas luces, parece evidente: Lenin jamás hubiera llegado a tiempo a Rusia sin la ayuda alemana. Es más, habría tenido que esperar al final del conflicto para trasladarse desde Suiza a su tierra natal; y, sin duda, en un contexto de paz, no hubiera podido llevar a cabo su tan ansiada revolución.

Los bolcheviques necesitaban a su líder, pero este estaba al otro lado de un frente impermeable que resultaba imposible traspasar. Tan sólo la larga mano del II Reich podía llevar a Lenin a Rusia, y así fue. Alemania quería librarse del frente oriental, y para eso nada mejor que ese exiliado ruso. Por tanto, a pesar de sus diferencias, a pesar de ser diablos el uno para el otro, la revolución y el káiser se necesitaban. Fueron los alemanes los que sacaron a Ulianov de su botella suiza –sólo ellos podían hacerlo- hasta trasladarlo en un tren blindado más allá del frente de batalla. Fueron ellos los que despertaron al demonio revolucionario; y fue este el que aceptó la ayuda del diablo imperial. Como bien narra esta obra de Sebastian Haffner, este no fue el último pacto entre ambos.

Bibliografía:

[1] El pacto con el diablo; Sebastian Haffner – Barcelona – Destino – 2007.

[2] Los siete pecados capitales del Imperio Alemán en la Primera Guerra Mundial; Sebastian Haffner – Barcelona – Destino – 2006.

[3] Historia Universal Contemporánea II; Javier Paredes (Coord.) – Barcelona – Ariel – 2004.

[4] La guerra del mundo: los conflictos del siglo XX y el declive de occidente (1904-1953); Niall Ferguson – Barcelona – Debate – 2007.

[5] La Primera Guerra Mundial; Hew Strachan – Barcelona – Crítica – 2004.