El estallido de la Gran Guerra


“Claro que durante los días previos habían sucedido cosas inquietantes. El periódico traía algo inexistente hasta entonces: titulares. Mi padre lo leía durante más tiempo que de costumbre; al hacerlo mostraba un semblante preocupado e insultaba a los austríacos cuando terminaba de leer. En una ocasión el titular decía: ¡Guerra!”.

En la primera parte de su libro Sebastian Haffner nos muestra como vivió él –un niño alemán- el comienzo, desarrollo y final de la Gran Guerra. Sin embargo, además de los pequeños detalles cotidianos que el autor nos va mostrando a lo largo de la narración, podemos disfrutar también de su propia interpretación de los hechos; elaborada, por supuesto, en su fase adulta. De esta manera, nos expone su opinión poseedora de un doble valor: son los comentarios de un intelectual y, al mismo tiempo, los de un hombre que vivió aquellos acontecimientos.

Haffner resalta en lo referente a la Primera Guerra Mundial el sacrificio del pueblo alemán, al que no le rindió el hambre, sino la certeza de su derrota; la pasión de su generación por la guerra, que, en su opinión, la convirtió en caldo de cultivo para el nacionalsocialismo; y el papel desempeñado por la propaganda a lo largo del conflicto.

Del comienzo de la Gran Guerra Haffner nos deja dos testimonios interesantes en su obra: un final inesperado para las vacaciones de verano, y la movilización del ejército alemán. Ambos aspectos los encontramos también en El mundo de ayer. Memorias de un europeo de Stefan Zweig. Fueron, sin duda, experiencias vividas por un buen número de alemanes y austriacos en esos días. Así lo relata Sebastian Haffner:

“Cuando me despertaron al día siguiente, el equipaje se iba haciendo a marchas forzadas. Al principio no entendí absolutamente nada de lo ocurrido; la palabra “movilización” no me decía nada, a pesar de que habían intentado explicármela unos días antes. Pero había poco tiempo para cualquier explicación, pues ya a mediodía debíamos liar los bártulos…

El viaje en tren no duró siete horas, como siempre, sino doce. Hubo paradas continuas, nos cruzamos con trenes llenos de soldados (…) No tuvimos un compartimento para nosotros solos, como solía ser habitual cuando viajábamos, sino que íbamos en los pasillos de pie o sentados sobre nuestras maletas, apretujados entre mucha gente que cotorreaba y hablaba sin parar (…) La casa no estaba en modo alguno preparada para nuestro regreso, los muebles estaban cubiertos con sábanas, las camas sin hacer”.

El mapa de la guerra.

“Un niño de siete años como yo (…) supo enseguida no sólo el qué, cómo y dónde de la guerra, sino incluso el porqué: supe que la culpa de todo la tenían el ansia revanchista de Francia, el afán de protagonismo de Inglaterra y la brutalidad de Rusia (…) Pedí que me enseñaran el mapa de Europa, con solo un vistazo supe que “nosotros” probablemente acabaríamos con Francia e Inglaterra, pero experimenté un sordo sobresalto al ver el tamaño de Rusia, si bien acepté el consuelo de que los rusos compensaban su aterrador número con una estupidez y depravación increíbles…”

Como todos los alemanes, el protagonista de esta obra se ve afectado por la propaganda de guerra. Descubrimos así, por medio de sus palabras, los prejuicios más habituales de los ciudadanos del II Reich: el revanchismo francés, el afán de protagonismo inglés, y la estupidez de los rusos.

Este testimonio constituye un claro ejemplo de cómo la propaganda influía en el pensamiento de las personas. Y nos permite conocer en qué dirección se movía esa labor propagandística: la defensa de la superioridad del pueblo alemán y su inocencia ante el estallido de un conflicto impuesto desde fuera.

Además, también se muestra en ésta obra la complicada situación geoestratégica en la que se encontró la nación alemana a lo largo del conflicto: entre dos frentes. No obstante, por encima de todo hay que destacar la invasión, por parte de la Guerra, de la vida cotidiana de los individuos y las familias. Los alemanes -bien por medio de una prensa cada vez más desarrollada, o por las carencias propias del contexto bélico en que se encontraban- vivieron el conflicto con una cercanía no experimentada hasta entonces en ninguna guerra anterior.

La euforia de la catástrofe.

“No tenía ni idea de que fuera posible mantenerse al margen de aquella locura festiva generalizada. Ni de lejos se me pasó por la cabeza la idea de que pudiera haber algo malo o peligroso en una cosa que causaba una felicidad tan obvia y regalaba aquellos estados de alegre embriaguez tan poco frecuentes”.

El estallido de la Gran Guerra estuvo acompañado de numerosas manifestaciones populares en favor del conflicto y de la causa de la nación. Este fenómeno –“la euforia de la catástrofe”- se dio en todos los países beligerantes con similares características: exaltación del nacionalismo romántico, odio inconsistente hacia las naciones enemigas, y apoyo generalizado de la población, las clases dirigentes y los intelectuales.

En su obra, Sebastian Haffner nos describe su experiencia de aquellos días de euforia y nacionalismo generalizado. Pero además, como hombre que ve los hechos con la perspectiva de los años, analiza los sucesos de ese verano de 1914. En su opinión, cabría destacar tres aspectos de aquella “euforia de la catástrofe”:

– El triunfo de la propaganda nacionalista y de las teorías que justificaban la guerra.

– Insiste en que las manifestaciones masivas de nacionalismo fueron una demostración más de la dificultad de los alemanes para alcanzar la felicidad individual.

– Describe, en último lugar, el sacrificio y las privaciones materiales que tuvieron que soportar los alemanes para lograr la ansiada “victoria total”. Y que, a la postre, acabaron por marcar el fin de la euforia y la derrota germana.

El juego de la guerra

“Para un niño que viviese en Berlín una guerra era, evidentemente, algo en extremo irreal: tan irreal como un juego. No había ataques aéreos ni bombas. Había heridos, pero solo a distancia (…) Lo importante era la fascinación que ejercía el juego de la guerra: un juego en el que, según las reglas secretas, el número de prisioneros, los territorios invadidos, las fortalezas conquistadas y los barcos hundidos desempeñaban aproximadamente el mismo papel que los goles en el fútbol (…) Mis amigos y yo jugamos a lo largo de toda la guerra, durante cuatro años, impune y libremente, y fue este juego (…) lo que dejó marcas peligrosas en todos nosotros”.

La Guerra, como hemos indicado anteriormente, invadió todos los ámbitos de la vida de los ciudadanos pertenecientes a las distintas potencias beligerantes. De esta forma, en lo que a la vida de un niño se refiere, es lógico pensar que el conflicto irrumpiese en sus juegos y diversiones. Eso es justamente lo que nos viene a mostrar Historia de un alemán. En unas pocas páginas el autor nos describe el “juego de la guerra”, inofensivo en apariencia, pero con nefastas consecuencias: esa excitante diversión, acabó, en opinión de Haffner, formando la “generación de los nazis”.

La catástrofe de la euforia

«Por aquel entonces tampoco me pasó inadvertido el hecho de que, con el trascurso del tiempo, muchos, muchísimos, casi todos se habían formado una opinión respecto de la guerra distinta a la mía, si bien mi postura había sido inicialmente la más generalizada (…) oía a las mujeres quejarse y pronunciar palabras malsonantes dando muestras de una gran disconformidad».

Dos factores, la duración y dureza del conflicto tanto en el frente como en la retaguardia, hicieron posible que de la “euforia de la catástrofe” se pasase a la “catástrofe de la euforia”. Poco a poco se fue generalizando el malestar hacia el conflicto. Surgieron así importantes movimientos contrarios al mismo que exigían a los gobernantes la paz. En éste contexto iban propagándose, además, las ideas revolucionarias, por lo que podemos afirmar que durante los últimos meses de guerra se vivió un ambiente prerrevolucionario. Pues bien, en el caso alemán, ante la más que previsible derrota militar, todo esto se acentuó notablemente.

Sebastian Haffner nos narra en sus memorias cómo vivió él ese cambio de ánimos en la retaguardia. No obstante, lo realmente interesante de este testimonio es comprobar como ese niño no fue consciente de los hechos hasta los últimos momentos. La aparición de la “catástrofe de la euforia” y la difusión de las ideas revolucionarias le cogieron por sorpresa, como surgidas de la noche a la mañana. También la derrota alemana llegó casi sin avisar. De esta manera, terminó para los niños alemanes el “juego de la guerra” que, en el caso concreto de Haffner, nos deja un interesante testimonio acerca de los partes bélicos de la época.

Bibliografía:

[1] Historia de un alemán; Sebastian Haffner – Barcelona – Destino – 2005.

[2] El pacto con el diablo; Sebastian Haffner – Barcelona – Destino – 2007.

[3] Los siete pecados capitales del Imperio Alemán en la Primera Guerra Mundial; Sebastian Haffner – Barcelona – Destino – 2006.

[4] Anotaciones sobre Hitler; Sebastian Haffner – Galaxia Gutenberg – Barcelona – 2002.

[5] Historia Universal Contemporánea II; Javier Paredes (Coord.) – Barcelona – Ariel – 2004.

[6] La guerra del mundo: los conflictos del siglo XX y el declive de occidente (1904-1953); Niall Ferguson – Barcelona – Debate – 2007.

[7] La Primera Guerra Mundial; Hew Strachan – Barcelona – Crítica – 2004.

[8] El periodo de entreguerras en Europa; Martin Kitchen – Madrid – Alianza Editorial – 1992.

[9] Sociedad y cultura en la República de Weimar: el fracaso de una ilusión; José Ramón Díez Espinosa – Valladolid – Universidad – 1996.

[10] El desempleo de masas en la Gran Depresión. Palabras, imágenes y sonidos; José Ramón Díez Espinosa – Valladolid – Universidad – 2006.

Historia de un alemán


Esta obra es, en palabras de su autor, “una especie de duelo”: la lucha entre un individuo que trata de salvaguardar su personalidad, y un Estado que busca arrebatársela. Sin embargo, Historia de un alemán es mucho más que eso: es una radiografía de la vida en Alemania entre 1914 y 1933; una respuesta al porqué del triunfo nacionalsocialista; una explicación al funcionamiento del sistema coercitivo y propagandístico nazi… Es, en definitiva, un viaje a la Alemania de aquellos años; como una película proyectada desde la mente del autor.

No hemos de olvidar que esto no es novela; son unas memorias que, aún centrándose en su autor, nos ayudan a descubrir ese convulso mundo germano. Por tanto, la riqueza que nos aporta este libro es enorme: tras cada suceso puramente personal se esconde un trasfondo histórico, bien sea de tipo social, político, económico o cultural.

A todo esto hay que añadir un último aspecto: la interpretación posterior del autor. Como intelectual, Sebastian Haffner nos proporciona su lectura acerca de los hechos que, en muchas ocasiones, presenta un gran valor y una sorprendente actualidad. Es, pues, una obra sencilla –por las explicaciones y por el estilo del autor- que, en buena parte por su carácter cronológico, nos permite hacernos una idea de lo que sucedió en Alemania desde el final de la Gran Guerra hasta los comienzos del gobierno hitleriano.

Me ha parecido distinguir grandes bloques en la obra de Sebastian Haffner. Así que, para la elaboración de estos artículos, he creído conveniente tener en cuenta esa división. Los apartados a los que me refiero son: la época anterior al ascenso nacionalsocialista, donde a mi juicio trata de exponer sus ideas acerca de como creció la semilla nazi en Alemania, y los primeros meses de gobierno de Hitler, donde explica la consolidación de los nacionalsocialistas en el poder. De esta manera, siguiendo ese esquema, he ido abordando los aspectos del libro que me han resultado más interesantes. Además, junto a ellos he añadido fragmentos de la obra que facilitan la comprensión de mis afirmaciones.

Bibliografía:

[1] Historia de un alemán; Sebastian Haffner – Barcelona – Destino – 2005.

[2] El pacto con el diablo; Sebastian Haffner – Barcelona – Destino – 2007.

[3] Los siete pecados capitales del Imperio Alemán en la Primera Guerra Mundial; Sebastian Haffner – Barcelona – Destino – 2006.

[4] Anotaciones sobre Hitler; Sebastian Haffner – Galaxia Gutenberg – Barcelona – 2002.

[5] Historia Universal Contemporánea II; Javier Paredes (Coord.) – Barcelona – Ariel – 2004.

[6] La guerra del mundo: los conflictos del siglo XX y el declive de occidente (1904-1953); Niall Ferguson – Barcelona – Debate – 2007.

[7] La Primera Guerra Mundial; Hew Strachan – Barcelona – Crítica – 2004.

[8] El periodo de entreguerras en Europa; Martin Kitchen – Madrid – Alianza Editorial – 1992.

[9] Sociedad y cultura en la República de Weimar: el fracaso de una ilusión; José Ramón Díez Espinosa – Valladolid – Universidad – 1996.

[10] El desempleo de masas en la Gran Depresión. Palabras, imágenes y sonidos; José Ramón Díez Espinosa – Valladolid – Universidad – 2006.

Die Fahne hoch (1927)

Monumento_Tumba

Horst Wessel (1907-1930)

1. Die Fahne hoch!
Die Reihen dicht geschlossen!
SA marschiert
Mit ruhig festem Schritt
|: Kam’raden, die Rotfront
Und Reaktion erschossen,
Marschier’n im Geist
In unser’n Reihen mit :|

2. Die Straße frei
Den braunen Bataillonen,
Die Straße frei
Dem Sturmabteilungsmann!
|: Es schau’n aufs Hakenkreuz
Voll Hoffnung schon Millionen
Der Tag für Freiheit
Und für Brot bricht an :|

3. Zum letzten Mal
Wird zum Appell geblasen!
Zum Kampfe steh’n
Wir alle schon bereit.
|: Bald flattern Hitlerfahnen
Über allen Straßen.
Die Knechtschaft dauert
Nur noch kurze Zeit! :|

4. Die Fahne senkt!
Horst Wessel ist erschossen!
In unser’m Herzen
nur noch wach er lebt,
|: Dein rotes Blut, Kamerad,
Ist nicht umsonst geflossen,
D’rum doppelt hoch
Die Freiheitsfahne hebt! :|

Pardos y rojos se disputan la última esperanza de Alemania


El desempleo de masas en Alemania estuvo estrechamente vinculado al auge electoral de los grupos antisistema a principios de los años treinta. Por esa razón, no ha de extrañarnos que buena parte de la estrategia política de estos girase en torno al citado problema social. Así nos narra Díez Espinosa este fenómeno: “El cambio político requiere conquistar el voto de los desempleados (2 millones en 1929, 3 millones en 1930, 4,5 millones en 1931, 6 millones en marzo de 1932), de sus familiares y, en general, de cuantos ciudadanos se sienten amenazados por el desempleo. Las formaciones antisistema son conscientes del potencial revolucionario de la crisis económica y orientan a tal fin la estrategia”.

No obstante, como bien indica el autor en esta y otras de sus obras –El laberinto alemán y Sociedad y cultura en la República de Weimar. El fracaso de una ilusión– la crisis no fue la única causa del derrumbamiento republicano. Coincide con Sebastián Haffner al afirmar que el constructo político de Weimar nació incapaz de arraigar en la conciencia de los alemanes: era una república sin republicanos. Esto explica porque el modelo democrático-liberal cayó en Alemania mientras se mantuvo en otras naciones –Estado Unidos y Gran Bretaña- con problemas de desempleo similares o mayores. En esos lugares el sistema político había echado raíces; se planteaban cambios en los gobiernos, pero nunca de modelo estatal.

Díez Espinosa comienza su estudio sobre el desempleo de masas y los grupos antisistema en Alemania citando algunos estudios de carácter sociológico, histórico y económico: Los parados de Marienthal (Paul Lazarsfield, Marie Jahoda y Hans Zeisel) Bread and Work. The experience of unemployment (Matt Perry), La Gran Depresión (Jean Heffer), Sociedad y cultura en la República de Weimar. El fracaso de una ilusión (José Ramón Díez Espinosa), Wirtschaftliche Depresion und Politischer Radikalismus (H. Bennecke), Unemployment and Solidarity: the German Experience 1929-33 (Dick Geary), Los fascismos (Thierry Buron y Pascal Gauchon ), y Empleo y desempleo. Un análisis socio-psicológico (Marie Jahoda). Después de estos estudios, el autor se sirve de las obras literarias para continuar con su exposición: La peste parda, de Daniel Guérin; Una juventud alemana, de Golo Mann; Berlin Alexanderplatz, de Alfred Döblin; Mr. Norris cambia de tren, de Christopher Isherwood; Un sí menor y un NO mayor, Georg Grosz; La escritura invisible, de Arthur Koestler; ¿Y ahora qué?, de Hans Fallada; Von drei Millionen drei, de Leonhard Frank; La muchacha de seda artificial, de Irmgard Keun; Fabian, Historia de un moralista, de Erich Kästner.

A lo largo del espacio dedicado a Alemania encontramos también referencias al cine –Kuhle Wampe, de Slatan Dudow- y a la música –Horst Wessel Lied por la parte nacionalsocialista, y Das Solidaritätslied por el bando comunista-. Además, en las páginas 231 y 232 encontramos, respectivamente, un cuadro dedicado a los resultados electorales del KPD entre 1928 y 1933 (cuadro 24), y otro de idéntica temática sobre el NSDAP.

Bibliografía:

[1] El desempleo de masas en la Gran Depresión. Palabras, imágenes y sonidos; José Ramón Díez Espinosa – Valladolid – Universidad – 2006.

Votos del hambre, marchas de dolor


Nos sumergimos ahora en el quinto y último capítulo de El desempleo de masas en la Gran Depresión. Palabras, imágenes y sonidos. Tan sólo dos fotografías adornan sus páginas. La primera está en la 228, y pertenece a la serie Desempleo de Walter Ballhause. Lleva el siguiente pie de foto: “¡Vota Hitler! Una pintada sobre la pared, a la izquierda, invita a los desempleados de Hannover a poner fin a su miseria”. En la imagen podemos contemplar, desde cierta altura, una gran fila de desempleados frente a un muro. Allí, además de decenas de bicicletas apoyadas, se lee perfectamente esta pintada: “¡Vota Hitler”. Con esta imagen Díez Espinosa trata de remarcar la importancia del desempleo de masas en el auge de los grupos antisistema en Alemania. En esta misma página tenemos también el índice del capítulo; el lugar donde se nos anuncia su división en tres epígrafes: Pardos y rojos se disputan la última esperanza de Alemania, Apatía y marchas del hambre del desempleado británico, y El hambre no conduce a la revuelta en Estados Unidos.

La otra fotografía a la que nos referíamos anteriormente se encuentra en la parte final del capítulo (página 265). Encontramos un grupo de niños manifestándose contra la situación laboral de sus padres. No se trata, como la anterior, de una imagen panorámica, sino de un primer plano. Por esa razón se ven a la perfección los rostros de los cuatro pequeños de las primeras filas, y se leen también los cartelones que portan. Uno de ellos dice así: “Why can´t you give my dad a job?”. Bajo la imagen el autor indica lo siguiente: “Movilización infantil organizada por el Consejo de Desempleados de Chicago”. Una vez más se comprueba que las cuestiones laborales afectaban a toda la familia.

Bibliografía:

[1] El desempleo de masas en la Gran Depresión. Palabras, imágenes y sonidos; José Ramón Díez Espinosa – Valladolid – Universidad – 2006.

Si Creso cruza el Halys, se destruirá un gran imperio


“Sea como fuere, sopesemos los pros y los contras: lo que tenemos hoy en día se lo debemos al Führer, tanto el fin del poder nacionalsocialista como la división de Alemania y Europa. Se ocupó de ambas cosas cuando, el 22 de junio de 1941, a las tres de la madrugada, y sin que nadie le forzara a hacerlo, entró en Rusia con 153 divisiones. Si Creso cruza el Halys, se destruirá un gran imperio, dijo el oráculo de Delfos, y se refería a su propio imperio. El 22 de junio de 1941, cuando Hitler cruzó el Bug, que a propósito pasa por Brest-Litovsk, empezó a destruir un gran imperio: pero no el ruso, sino el alemán”.

Hemos recorrido un largo camino en nuestro repaso de las relaciones ruso-alemanas durante la época de entreguerras. La relación entre los dos diablos llega a su final, y no podría hacerlo de forma más teatral. La Alemania de Adolf Hitler –Sebastian Haffner lo pone en el papel del lidio Creso- trató de invadir la Unión Soviética. Esto marcó el final de la Alemania conocida hasta entonces. Había sido un imperio, una república, un régimen totalitario; había crecido territorialmente, le habían amputado provincias enteras; había pretendido dominar el mundo, la habían humillado en sus propias fronteras… pero siempre había sido una Alemania. Lo que surgió en los años posteriores a la Guerra Nacionalsocialista fue algo distinto: el experimento de las dos Alemanias.

La ambición alemana le había llevado a pactar con el diablo en numerosas ocasiones a lo largo de todos esos años. Había favorecido el nacimiento y desarrollo del experimento soviético; le había permitido sobrevivir. Y, finalmente, con esa fracasada invasión por parte de los ejércitos hitlerianos, le había entregado el control de media Europa. En Mein Kampf Adolf Hitler se mostraba convencido de que, de su enfrentamiento con los rusos surgiría un pueblo capaz de hacer sombra al mundo anglosajón. Lo que tal vez no imaginaba el líder nazi es que ese pueblo era el eslavo.

Bibliografía:

[1] El pacto con el diablo; Sebastian Haffner – Barcelona – Destino – 2007.

[2] Anotaciones sobre Hitler; Sebastian Haffner – Galaxia Gutenberg – Barcelona – 2002.

[3] Historia Universal Contemporánea II; Javier Paredes (Coord.) – Barcelona – Ariel – 2004.

[4] La guerra del mundo: los conflictos del siglo XX y el declive de occidente (1904-1953); Niall Ferguson – Barcelona – Debate – 2007.

Las razones de Stalin


Gracias a los artículos anteriores, sabemos las razones que llevaron a Adolf Hitler a la alianza con la Unión Soviética. Sin embargo, todavía no hemos explicado el porqué del si de Stalin al ofrecimiento del III Reich. Es más, puede parecernos absurda la elección del líder soviético si tenemos en cuenta que en Mein Kampf se profetizaba la destrucción de su imperio a manos de los ejércitos alemanes ¿No era un contrasentido la alianza con el peor enemigo, ese que ha jurado eliminarte?

A todo esto hemos de añadir un factor más: Occidente estaba abierto, después de muchos años, a alcanzar cualquier tipo de acuerdo con la Unión Soviética. Por tanto ¿no hubiera sido más lógico un pacto con Francia e Inglaterra con el fin de acabar con el poder nacionalsocialista en Alemania? Podría parecernos que Stalin se equivoco al elegir a sus compañeros de viaje en el inicio del conflicto. Sin embargo, no es así. El líder soviético sabía perfectamente lo que hacía, y así nos lo muestra Sebastian Haffner en su obra:

“Pero el motivo determinante era simplemente el de que con la opción alemana Rusia ganaba un par de años de paz, de los que aún estaba muy necesitada, mientras que la opción occidental significaba casi con toda seguridad una guerra inmediata. Por decirlo así, la decisión de Hitler de liquidar a Polonia había lanzado la guerra como una pelota en el campo europeo, y ahora el este y el oeste se la estaban pasando (…) Con el pacto entre Hitler y Stalin este último dejó definitivamente la pelota en el campo occidental”.

Bibliografía:

[1] El pacto con el diablo; Sebastian Haffner – Barcelona – Destino – 2007.

[2] Anotaciones sobre Hitler; Sebastian Haffner – Galaxia Gutenberg – Barcelona – 2002.

[3] Historia Universal Contemporánea II; Javier Paredes (Coord.) – Barcelona – Ariel – 2004.

[4] La guerra del mundo: los conflictos del siglo XX y el declive de occidente (1904-1953); Niall Ferguson – Barcelona – Debate – 2007.

La cuestión polaca: de la alianza al exterminio


Como vimos en el artículo anterior, el primer gran objetivo del proyecto nacionalsocialista era el enfrentamiento con la Unión Soviética. No obstante, para alcanzar ese fin, los alemanes tenían que salvar un escollo: Polonia. Este país separaba el territorio del III Reich del imperio soviético. El propio Adolf Hitler sabía que sin ese requisito no podría emprender su aventura rusa. Por esa razón le propuso al gobierno polaco un acuerdo: la alianza de ambos contra los bolcheviques. Así lo narra Sebastian Haffner:

“A finales de 1938-1939, Hitler propuso a Polonia nuevos y mayores negocios de ese estilo: el pacto de no agresión se convertiría en una alianza durante veinticinco años… contra Rusia. Así Polonia recibiría otros buenos bocados, tal como dejó entrever claramente Ribbentrop, el ministro de Asuntos Exteriores de Hitler”.

Todo parecía medido; los planes descritos en Mein kampf se iban cumpliendo. Según estos Polonia debía ser un importante aliado en la futura empresa del III Reich; cumpliría un papel similar al que tiempo después jugo la Hungría de Miklós Horthy. Sin embargo, de manera sorprendente, Polonia dijo no a las pretensiones alemanas. Adolf Hitler se enfureció –no entendía que sus planes no se cumplieran- y decidió que si no era con los polacos, tendría que ser contra ellos.

El fracaso de los planes nacionalsocialistas con respecto a Polonia tuvo importantes consecuencias. En primer lugar llevó al III Reich a una guerra prematura, y puede que no deseada, contra Inglaterra y Francia. En segundo término facilitó la firma del pacto Ribbentrop-Molotov. Y, por último, condenó al pueblo polaco a ser víctima de la renovada maquinaria militar alemana, de las crueldades de las SS, y de la locura racial propia de los nazis.

Bibliografía:

[1] El pacto con el diablo; Sebastian Haffner – Barcelona – Destino – 2007.

[2] Anotaciones sobre Hitler; Sebastian Haffner – Galaxia Gutenberg – Barcelona – 2002.

[3] Historia Universal Contemporánea II; Javier Paredes (Coord.) – Barcelona – Ariel – 2004.

[4] La guerra del mundo: los conflictos del siglo XX y el declive de occidente (1904-1953); Niall Ferguson – Barcelona – Debate – 2007.

El pacto entre los mayores diablos


“Pero entonces, ¿por qué pactó en agosto de 1939 con Stalin? Para comprenderlo, hay que tener en cuenta que ni en 1933 ni en 1939 estaba Hitler en condiciones de atacar directamente Rusia. Antes debía llevar a cabo tres operaciones preparatorias, las tres sumamente difíciles y que tendían a involucrarlo contra su voluntad en un conflicto con Occidente, que entonces significaba Inglaterra y Francia. El hecho de que realizara las dos primeras sin obstáculos ni dificultades demuestra las estupendas dotes políticas de Hitler. Sólo con la tercera operación tropezó y se vio en la necesidad de buscar el apoyo y la ayuda de Rusia, que estaba predestinada a ser su víctima”.

En torno a 1935 las relaciones entre la Unión Soviética y el III Reich estaban prácticamente rotas. Este proceso se acentuó con la intervención de ambas potencias en la Guerra Civil española. Sin embargo, la actitud hostil de Occidente ante las pretensiones expansionistas de Adolf Hitler a costa de Polonia, llevaron a este a buscar la alianza con los soviéticos. Sólo así podría lanzarse a una guerra en el frente francés sin temer una agresión por parte del gigante oriental. Se trataba, en definitiva, de evitar otra guerra en dos frentes; habían aprendido la lección de la Gran Guerra.

Los nacionalsocialistas habían logrado no alarmar en exceso a franceses e ingleses con el “Anschluss” y la desmembración de Checoslovaquia. Sin embargo, los occidentales no iban a dejar pasar su agresión a Polonia. Esta fue la principal razón por la que Adolf Hiter se lanzó a la aventura del pacto Ribbentrop-Molotov. Por su parte, Stalin no veía con malos ojos esta oportunidad: le permitía ganar territorios a costa de Polonia y los países bálticos, ganar tiempo para rearmarse ante el inminente ataque alemán, y empujar a su mayor enemigo a una sangrienta guerra con Francia e Inglaterra. No obstante, los soviéticos no esperaban una capitulación tan rápida por parte de los franceses.

Bibliografía:

[1] El pacto con el diablo; Sebastian Haffner – Barcelona – Destino – 2007.

[2] Anotaciones sobre Hitler; Sebastian Haffner – Galaxia Gutenberg – Barcelona – 2002.

[3] Historia Universal Contemporánea II; Javier Paredes (Coord.) – Barcelona – Ariel – 2004.

[4] La guerra del mundo: los conflictos del siglo XX y el declive de occidente (1904-1953); Niall Ferguson – Barcelona – Debate – 2007.

Dos personajes con sus respectivos proyectos


“Ambos tenían una idea fundamental a la que se mantuvieron fieles a través de errores y extravíos. Una vez se comprenden estas ideas, se posee la clave para todo. Entonces se entiende por qué entre la Alemania de Hitler y la Rusia de Stalin tenía que darse un enfrentamiento de una brutalidad sin igual; y uno reconoce fácilmente por qué Rusia superó ese enfrentamiento y Alemania no: porque la idea fundamental de Stalin, con toda su desmesura y crueldad, era razonable; en cambio, la de Hitler era fantasiosa”.

El objetivo de este artículo es explicar brevemente el objetivo, fantasioso según Sebastián Haffner, del nacionalsocialismo alemán. El autor se basa en el contenido de Mein Kampf a la hora de analizar el proyecto alemán. Cree, y en mi opinión acierta, que ahí se encuentra toda la información necesaria para entender los planteamientos de Adolf Hitler; lo cual no quiere decir que, ante diversas circunstancias, el propio Führer retocase algo el guión. Por lo tanto, en la obra del líder nazi encontramos esas ideas fundamentales que nos facilitan entender sus movimientos. Sebastián Haffner dice lo mismo de Stalin. Ese caso no lo conozco con certeza, así que no me pronunciaré. Puede que el georgiano tuviera un plan a partir del cual se movió a lo largo de todo el conflicto; yo no lo tengo claro por falta de conocimiento. De lo que si estoy seguro es de que Adolf Hitler lo tenía.

Sebastián Haffner nos dice que el Führer concebía el desarrollo histórico como una lucha de razas. En este panorama todas debían buscar la supremacía racial, al tiempo que se mantenían libres del bacilo judío (estos buscaban, única y exclusivamente, la decadencia de las demás etnias). Adolf Hitler sostenía que los arios germanos debían enfrentarse, como primer paso para alcanzar la victoria, a los eslavos, cuyo representante más importante era la Unión Soviética. Después les tocaría el turno a otros pueblos, pero para los nacionalsocialistas era fundamental derrotar a tan temido enemigo. Además, esto contribuiría al cumplimiento del eterno sueño alemán: convertir Rusia en un rico territorio colonial dependiente de Alemania.

Bibliografía:

[1] El pacto con el diablo; Sebastian Haffner – Barcelona – Destino – 2007.

[2] Anotaciones sobre Hitler; Sebastian Haffner – Galaxia Gutenberg – Barcelona – 2002.

[3] Historia Universal Contemporánea II; Javier Paredes (Coord.) – Barcelona – Ariel – 2004.

[4] La guerra del mundo: los conflictos del siglo XX y el declive de occidente (1904-1953); Niall Ferguson – Barcelona – Debate – 2007.