Austria-Hungría: de la Monarquía Dual a la desintegración (1867-1918)

 Artículo publicado por la web Club Lorem Ipsum el 16 de diciembre de 2007.


El siglo que va desde la derrota napoleónica en 1815 al comienzo de la Gran Guerra en 1914 estuvo marcado por el auge del nacionalismo en el continente europeo. En este contexto la monarquía de los Habsburgo sufrió no pocas dificultades para mantener unido su imperio plurinacional. Además, el XIX no fue únicamente la época de las naciones; lo fue también de la ideología liberal. Es bien sabido que, de igual forma, los austro-húngaros presentaban en este aspecto numerosas carencias.

Por lo tanto, unas estructuras arcaicas tuvieron que hacer frente durante casi cien años a las embestidas de las dos grandes corriente ideológicas del momento.

En esta batalla podemos distiguir claramente los elementos disgregadores de los que tendían a fortalecer el viejo sistema. Entre los primeros encontramos a las fuerzas liberales y democráticas del momento, y a los distintos pueblos que formaban parte del Imperio (germanos, eslavos del norte, eslavos del sur, magiares, rumanos e italianos). Dentro del segundo grupo estaban la propia Corona, el ejército, la burocracia, la alta nobleza, los grandes empresarios y los ciudadanos de las distintas etnias que se mantenían fieles al poder central.

Como consecuencia de la victoria sobre la revolución en 1848, se estableció en el Imperio una política centralista y absolutista; al tiempo que se procedió a la modernización de las estructuras económicas. No obstante, con la derrota en las guerras contra Italia (1859) y Prusia (1866) se hizo inevitable el cambio dentro de la estructura estatal. Nació así la Monarquía Dual.

Se redactó entonces una constitución que prometía la igualdad de derechos, y que obligaba, en el periodo de diez años, a convocar una votación en los territorios húngaros del Imperio con el fin de ratificar o rechazar la unión con Austria (Ausgleich). Además, el triunfo de Prusia puso fin a la influencia de los Habsburgo en territorio alemán. Esto obligó a los austríacos a reorientar su política expansionista hacia los Balcanes, que ya en esas fechas era uno de los puntos más conflictivos del mapa continental. Allí el Imperio chocó tanto con los intereses italianos en el Adriático, como con las ideas yugoslavistas de los propios serbios.

La situación de los Balcanes dentro del panorama internacional fue, hasta los primeros años del siglo XX, una cuestión de segundo orden.

Su cambio de status –la transformación de este en un problema de vital importancia para la paz- fue consecuencia de la intervención de las potencias extra-balcánicas en las luchas de los nacionalismos autóctonos ¿Qué potencias y qué nacionalismos? En el primer grupo destacaron Austria, Rusia, e Italia; y en el segundo Serbia –el sueño de la Gran Serbia- y Bulgaria.

Sin embargo, una guerra de proporciones similares a la de 1914-1918 no se produjo en un primer momento gracias a la vigencia del equilibrio bismarckiano. Fue con la ruptura de este –aproximadamente a partir de 1907- cuando comenzaron los problemas. La Monarquía Dual, aprovechando la debilidad exhibida por Rusia en su conflicto de 1905 con Japón, procedió a la anexión de Bornia-Herzegovina en 1908.

Esto produjo un enorme malestar en la Corte de Pedro I, que en aquellos mismos meses estaba embarcado en el proyecto de construcción de la Gran Serbia. A continuación los acontecimientos siguieron un desarrollo muy similar a los de 1914: se desató la cadena de alianzas, que involucró en el naciente conflicto a Alemania y Francia. Finalmente, la mediación británica y el sentido común de los gobernantes lograron frenar la escalada belicista.

El escollo se salvó en 1908, pero de la crisis se habían extraído enseñanzas muy útiles para el verano de 1914. Además, los bloques que más tarde se enfrentaron en la Gran Guerra quedaron perfectamente perfilados tras estos sucesos.

En 1912 tuvo lugar la guerra entre el Imperio Otomano y la Liga Balcánica. La causa: sacar el mayor provecho a la debilidad del primero en sus posesiones europeas. Los turcos resultaron derrotados, firmándose la Paz de Londres que, sin embargo, no puso fin a la guerra. Una vez vencido el “hombre enfermo” –nombre dado a los otomanos durante el siglo XIX- los miembros de la Liga se enfrentaron para repartirse el botín. Todo acabó con el triunfo de Serbia, que logró hacerse con la hegemonía tras la Paz de Bucarest.

Esto reavivó el recelo austro-húngaro hacia sus vecinos eslavos. Tan sólo hacía falta una afrenta como el atentado sobre el Archiduque Francisco Fernando, asesinado junto con su mujer el 28 de junio de 1914 por el estudiante Gabrilo Princep, para empujar a Europa a una catastrófica guerra civil. En esa ocasión volvió a desencadenarse el juego de las alianzas sin que nadie pudiera detenerlo.

La Gran Guerra duró cuatro años y provocó millones de muertos, entre ellos la Monarquía Dual de Austria-Hungría.

Bibliografía:

[1] Historia Universal Contemporánea I y II; Javier Paredes (Coord.) – Barcelona – Ariel – 2004.

[2] La guerra del mundo: los conflictos del siglo XX y el declive de occidente (1904-1953); Niall Ferguson – Barcelona – Debate – 2007.

[3] El mundo de ayer. Memorias de un europeo; Stefan Zweig – Barcelona – El Acantilado – 2002.

¿Qué fue la Sociedad de Naciones?

Artículo publicado por la web Club Lorem Ipsum el 30 de noviembre de 2007.


Al finalizar la Gran Guerra (1914-1918) las grandes potencias fueron conscientes de que resultaba imposible el retorno al mundo anterior a 1914. Exhaustas por el esfuerzo que había supuesto el conflicto, emprendieron un nuevo rumbo con el fin de establecer un orden internacional distinto. La creación de la Sociedad de Naciones (SDN) fue uno de los principales acuerdos surgidos a partir del Tratado de Versalles. Fue concebida como instrumento mediante el cual resolver de forma pacífica los conflictos entre los estados.

Al igual que el resto de proyectos del presidente Woodrow Wilson, despertó grandes esperanzas entre los antiguos combatientes. No obstante, el rechazo norteamericano a formar parte de la misma, la debilitó enormemente.

De entre los órganos de la SDN hablaremos en primer lugar de la Asamblea. Era considerada la más importante dentro de su estructura organizativa, ya que en ella participaban todos los países adscritos. Otro órgano era el Consejo, integrado por cinco miembros permanentes y cuatro elegidos por la Asamblea para un periodo de doce meses. A través de él se regulaban los enfrentamientos que amenazasen la paz.

También se constituyó el Secretariado de la Sociedad de Naciones, formado por un amplio y eficaz cuerpo de funcionarios, y un Tribunal Internacional de Justicia, con sede en La Haya. Como hemos indicado anteriormente, los objetivos de la SDN eran la paz y la seguridad colectiva, el desarme, y el arbitraje como sistema para solucionar los conflictos internacionales. Estos eran sometidos al Consejo, cuya decisión debían acatar los estados implicados.

El pacto preveía también la revisión de los tratados de paz, y contaba con medidas de presión para hacer valer su autoridad entre los estados miembros.

Una vez consolidada la paz en Europa, la SDN se encargó de controlar determinados enclaves considerados por los tratados de paz como puntos de jurisdicción internacional. Entre ellos destacaremos dos: la ciudad libre de Danzig y el Sarre. También le fue encomendado al recién creado organismo interestatal la administración de las colonias alemanas y de los países desgajados del imperio otomano.

Además, en el seno del mismo se elaboró un amplio programa de cooperación humanitaria internacional, y se crearon entes paralelos con el fin de atender aspectos concretos de modo cooperativo. Destacaron entre estas la Organización Económica y Financiera, la Organización Internacional del Trabajo y la Organización Mundial de la Salud.

Podemos señalar dos etapas en el funcionamiento de la SDN. Entre 1924 y 1929 la vivió su periodo de esplendor. Fueron años prometedores; una época en que las diversas naciones se esforzaron por la construcción de un orden internacional más justo. Alemania se incorporó en 1926 como fruto del buen desarrollo de este organismo, cuyas indicaciones eran respetadas y respaldadas por todos sus miembros.

El año 1929 marcó el inicio del desprestigio de la SDN. La crisis económica puso fin a la solidaridad internacional que había caracterizado la etapa anterior.

Se había abierto el camino que, en apenas diez años, iba a llevar a esas naciones a un conflicto de proporciones desconocidas. A lo largo de este periodo de crisis fueron surgiendo los primeros roces importantes entre los miembros de este organismo. Finalmente, tanto Alemania como Italia abandonaron ese contexto de paz para sumergirse en sus planes expansionistas; la SDN había dejado de ser un intrumento eficaz para el arbitraje en las disputas internacionales.

Lo que pasó después ya lo conocemos. Seis años de guerra (1939-1945) hicieron falta para acabar con el peligro nazi-fascista en el Viejo Continente. La paz no resucitó este organismo, sino que se creó otro similar: la Organización de las Naciones Unidas (ONU). Sin embargo, a la hora de constituir este nuevo ente, las naciones supieron aprender de los errores cometidos en la construcción de la Sociedad de Naciones.

Bibliografía:

[1] Historia Universal Contemporánea II; Javier Paredes (Coord.) – Barcelona – Ariel – 2004.

[2] La guerra del mundo: los conflictos del siglo XX y el declive de occidente (1904-1953); Niall Ferguson – Barcelona – Debate – 2007.

[3] El periodo de entreguerras en Europa; Martin Kitchen – Madrid – Alianza Editorial – 1992.

[4] Sociedad y cultura en la República de Weimar: el fracaso de una ilusión; José Ramón Díez Espinosa – Valladolid – Universidad – 1996.

[5] El mundo de ayer. Memorias de un europeo; Stefan Zweig – Barcelona – El Acantilado – 2002.

1923-1939: la vendetta alemana

 Artículo publicado por la web Club Lorem Ipsum el 30 de marzo de 2007.


Sebastian Haffner escribió en su juventud que nada había envenenado tanto el alma de los alemanes como los sucesos del año 1923. El berlinés afirmaba que ninguna nación del mundo había experimentado un acontecimiento equivalente: “todas han vivido una Guerra Mundial, la mayoría también revoluciones, crisis sociales, huelgas, reclasificaciones de bienes y devaluaciones de la moneda. Sin embargo, ninguna ha experimentado el desbordamiento fantástico y grotesco de todo eso a la vez (…) esa danza de la muerte carnavalesca y gigante, esa saturnal eterna, sangrienta y grotesca, en la que no sólo se devaluó la moneda, sino todos los demás valores”.

El llamado “año inhumano” ha quedado reflejado también en obras de otros literatos, periodistas e historiadores como si se tratase de un acontecimiento demente a la par que clave en la experiencia vital del género humano. No obstante, sólo en los escritos de este alemán he encontrado una conclusión tan certera y lanzada con tanta decisión:

“El año 1923 preparó a Alemania no para el nazismo en particular, sino para cualquier aventura fantástica”.

Para entender qué sucedió en Alemania en el año 1923 hay que remontarse a los días de la Gran Guerra (1914-1918). Durante casi un lustro el II Reich luchó hasta la extenuación en un conflicto que difícilmente podía ganar. La decepción de la derrota, la penosa situación en la que se encontraba el país tras la contienda y las duras sanciones impuestas por los vencedores lastraron el desarrollo del sistema republicano nacido en noviembre de 1918.

Sin embargo, la situación germana fue mejorando en los siguientes años: la nación, aunque todavía envenenada interiormente por el amargo fruto de la derrota, parecía tender a estabilizarse. Todo hubiera seguido su rumbo ascendente si Francia, celosa defensora de sus intereses, no hubiera decidido intervenir nuevamente en los asuntos alemanes.

La IV República, necesitada de fondos para salir de una crisis de posguerra que también afectó a los vencedores, exigía al Estado germano el pago de las indemnizaciones atrasadas. La negativa alemana a saldar esa ingente deuda tuvo como respuesta la invasión de la región industrial del Ruhr por parte de los franceses. Fue entonces cuando los obreros germanos de esa comarca se declararon en huelga. Se produjeron disturbios y enfrentamientos entre el ejército ocupante y los huelguistas que se saldaron con varios muertos.

La maquinaria industrial alemana se paró y la economía se fue al traste. Al mismo tiempo la moneda se desplomaba en un proceso inflacionista sin precedente en la Historia.

Los ahorros de los ciudadanos perdían todo su valor, y los precios aumentaban con el paso de las horas. En Alemania se vivieron días de auténtica locura, pero no faltaron los que, con cierta dosis de audacia y pocos escrúpulos, aprovecharon la situación para enriquecerse. El final de la crisis no tardó en llegar, pero en la mente de los alemanes quedó grabado el recuerdo de ese “año inhumano”.

Fueron muchas las causas que favorecieron el ascenso de Hitler a la responsabilidad de canciller. Una de ellas fue, sin lugar a dudas, el recuerdo de los sucesos de 1923.

Pasaron diez años entre la locura del carnaval teutón y la constitución del primer gobierno del Führer; sin embargo, en la memoria de los alemanes seguían muy vivas la demencia, privaciones y humillaciones del “año inhumano”. Los nacionalsocialistas, como en muchos otros aspectos, supieron aprovechar de ese recuerdo lo que mejor se adaptaba a sus necesidades.

A aquellos que se beneficiaron con los acontecimientos del pasado –jóvenes que habían disfrutado con el juego del carnaval- les prometieron más dosis de esa extraña droga. Mientras, a los que temían la repetición de esos hechos, les aseguraron que en el III Reich reinaría la estabilidad. Y estos dos objetivos, aunque parezca curioso, no entraban en contradicción: la esquizofrénica maquinaria nacionalsocialista estaba perfectamente capacitada para mostrar al pueblo teutón el espejismo que este desease.

Cada alemán guardó su propio recuerdo del año 1923. Lo escondieron en las profundidades de su alma, y de ahí se evadió con fuerza cuando llegó su momento.

Un país entero estaba dispuesto a enseñar las heridas o los trofeos –depende el caso- de tan extraños días. Cada persona le pidió al nuevo régimen que hiciera realidad sus sueños; deseos de lo más variopintos. Sin embargo, casi todos parecían tener algo en común: necesitaban vengarse de las humillaciones sufridas.

Cierto es que los franceses habían encendido la mecha de semejante polvorín, pero fueron otros los que se beneficiaron de la situación de Alemania. Durante aquellos meses miles de inmigrantes del este y centro de Europa vivieron en las ciudades alemanas como auténticos marqueses. Aprovecharon la fortaleza de las divisas de sus respectivos países para hacer realidad sus fantasías de poder, riqueza y diversión. Los germanos sumidos en el caos y la pobreza fueron testigos de cómo los extranjeros se beneficiaban de su propia miseria.

El literato húngaro Sándor Márai nos relata en Memorias de un burgués sus vivencias en el Berlín de ese año. Se trata de un texto fundamentalmente descriptivo, pero en algunos párrafos encontramos valiosas reflexiones de este intelectual: “Estábamos unidos por unos lazos poco éticos, apartados de los alemanes y, en cierto modo, aliados en su contra, y no me habría sorprendido si un día nos hubiesen echado de la ciudad a patadas. Pero los alemanes, asombrados, se limitaban a callar (…), todos puestos en fila, mudos y severos, servían de telón de fondo para los desfiles tambaleantes de aquellas hordas”.

Años después fueron los nazis los que ofrecieron a los teutones la posibilidad de vengarse de polacos, checoslovacos, húngaros y rusos. Hitler defendía en sus postulados la inferioridad de estos pueblos y la necesidad de convertirlos en siervos del III Reich.

Sin embargo, tras el maltrato y el desprecio de los ejércitos alemanes a las gentes del Este se escondía algo más que los postulados ideológicos del nacionalsocialismo. Se trataba de una venganza por las humillaciones sufridas durante el año 1923; vendetta que no tenía sentido en el caso de los enemigos occidentales, por eso allí las crueldades fueron menores. Alemania purgó el recuerdo del “año inhumano” con las atrocidades de su guerra oriental.

Bibliografía:

[1] Historia Universal Contemporánea II; Javier Paredes (Coord.) – Barcelona – Ariel – 2004.

[2] La guerra del mundo: los conflictos del siglo XX y el declive de occidente (1904-1953); Niall Ferguson – Barcelona – Debate – 2007.

[3] El periodo de entreguerras en Europa; Martin Kitchen – Madrid – Alianza Editorial – 1992.

[4] Sociedad y cultura en la República de Weimar: el fracaso de una ilusión; José Ramón Díez Espinosa – Valladolid – Universidad – 1996.

[5] El mundo de ayer. Memorias de un europeo; Stefan Zweig – Barcelona – El Acantilado – 2002.

[6] Memorias de un burgués; Sándor Márai – Barcelona – Salamandra – 2006.

[7] Historia de un alemán; Sebastian Haffner – Barcelona – Destino – 2006.

La postguerra que planeó Hitler

Artículo publicado por la web Club Lorem Ipsum el 15 de marzo de 2007.


En mayo de 1945 finalizaba la II Guerra Mundial en su ámbito europeo. Tras casi seis años de duro conflicto el Viejo Continente se encontraba devastado, y las otrora poderosas naciones exhaustas.

En ese tiempo el mundo había cambiado mucho: llegaba la hora de las superpotencias, y con ellas el declinar de imperios como el británico o el francés. Norteamericanos y soviéticos ocupaban Europa con el apoyo de sus frágiles aliados.

Sin embargo, esa gran coalición contra el nacionalsocialismo, fraguada en las diversas conferencias interaliadas –Moscú, Teherán, Yalta y Potsdam-, no tardaría en quebrarse. Los gestos de “amistad” entre Stalin, Churchill y Roosevelt fueron sustituidos por duros reproches y discursos acusatorios como el de Sir Winston en la universidad de Fulton (Missouri), el de Harry Truman ante el Congreso de los EE.UU., o el de Jdanov en el seno de la Kominform.

Después de la ruptura de la Gran Alianza, Europa y el orbe tendrían que someterse a uno de los dos bloques; daba comienzo así la Guerra Fría. El mundo anglosajón, capitaneado por los EE.UU., se enfrentaba al desafío de la revolución mundial promovida desde 1917 por los bolcheviques rusos. Se trataba de un nuevo conflicto mundial entre los vencedores de la guerra.

No obstante, la cuestión que nos ocupa aquí no es trazar el recorrido histórico –de ahí que nos centremos únicamente en sus inicios- de ese ciclópeo pulso. El objetivo de este artículo es demostrar que no fueron los políticos eslavos y anglosajones los que idearon el sistema de bloques. La postguerra la planeó un austriaco.

La organización del orbe en torno a dos grandes potencias surgidas tras la guerra era una idea que se encontraba en los planes de Adolf Hitler.

El líder nacionalsocialista pronosticaba en Mein Kampf un enfrentamiento entre el mundo germánico y el blochevique. De él tenía que surgir un Reich más fuerte capaz de dirigir a la Europa centro-oriental en su enfrentamiento contra el otro gran gigante: los EE.UU. La II Guerra Mundial era el medio que los nazis tenían para alcanzar ese objetivo: Hitler la necesitaba, por eso la provocó. El de 1939 fue un conflicto nacionalsocialista; tuvo, al contrario que en 1914, un único responsable.

El desarrollo de las operaciones militares acabó por desengañar a Hitler. En el enfrentamiento entre alemanes y bolcheviques fueron estos últimos los que lograron la victoria. No sería el III Reich el que protagonizaría el gran enfrentamiento de la postguerra, sino la URSS El imperio que pretendía utilizar el megalómano austriaco para derrotar al mundo anglosajón (Europa centro-oriental y la Rusia asiática) pasó a estar -también Alemania- en manos de Stalin. Muy pronto supo Hitler que la derrota era segura. Así se explican muchas de sus acciones desde 1943, incluida la declaración de guerra –prematura según su plan original- a los EE.UU.

El mundo surgido tras la II Guerra Mundial era, en cierto modo, hijo del nacionalsocialismo. Hitler forzó las estructuras del sistema de Versalles para alcanzar sus objetivos, pero lo que consiguió fue poner en manos de Stalin un gran imperio en el corazón de Europa.

Aún así, con independencia de su triunfo o derrota, el III Reich fue el que encendió la mecha de ese gran cambio. Los nazis empezaron la guerra que transformaría el mundo en tan sólo seis años. Es más, el resultado fue, en cierto modo, el que esperaban: del conflicto germano-soviético surgió un gigante, un poderoso imperio. Cierto es que Hitler esperaba que ese coloso fuese Alemania, pero el resultado, con independencia de los protagonistas, fue el mismo.

El mundo polar –dividido en dos bloques- fue idea del austriaco, y la guerra que lo formó también fue obra suya. Su derrota, el fin del Reich de los mil años, dejó en bandeja a su gran enemigo el destino que creía reservado para él. Los bolcheviques fueron los encargados de poner en marcha el “Imperio del Este”, pero de una manera más propia del ámbito panruso.

Efectivamente, la mentalidad alemana poco tenía que ver con la del extenso país oriental. Stalin no era partidario de un enfrentamiento directo con Occidente, simplemente pretendía asentar su dominio sobre los territorios adquiridos y los demás Estados satélite.

Durante los cuarenta años en que se mantuvo vigente el sistema de bloques, los EE.UU. y la URSS no protagonizaron ningún enfrentamiento militar directo. Los dirigentes de ambas potencias siempre fueron conscientes de las catástrofes que una lucha entre ambas hubiera provocado: se temían y respetaban a pesar de su enemistad. Cabe plantearse si los nacionalsocialistas hubieran actuado igual en el caso de vencer al enemigo eslavo en la II Guerra Mundial.

Sin duda, todo habría sido muy distinto; entre otras cosas porque el III Reich ya se había mostrado hostil al mundo anglosajón antes de invadir la Unión Soviética en 1940. Stalin inició la postguerra como aliado de EE.UU. y Gran Bretaña, mientras que Hitler la hubiera comenzado como enemigo. Es más, los planes del austriaco no contemplaban una coexistencia relativamente pacífica entre ambos bloques.

En la cabeza del líder nazi sólo cabía la opción de un choque inevitable, y deseado, entre los dueños de mundo por el control total del mismo.

Bibliografía:

[1] Historia Universal Contemporánea II; Javier Paredes (Coord.) – Barcelona – Ariel – 2004.

[2] Postguerra. Una historia de Europa desde 1945; Tony Judt – Madrid – Taurus -2006.

[3] Anotaciones sobre Hitler; Sebastian Haffner – Galaxia Gutenberg – Barcelona – 2002.

[4] El mundo de ayer. Memorias de un europeo; Stefan Zweig – Barcelona – El Acantilado – 2002.