El siglo XVI

1. Introducción

El establecimiento del Estado Moderno en los reinos hispánicos por obra de los Reyes Católicos inició el tránsito hacia la Edad Moderna. Con el Estado Moderno se instauró una cierta capacidad unificadora de los reinos hispánicos basada en la lealtad al soberano. Así se produjo la unión de entidades con distinta personalidad, unión que se fortaleció con la llegada de la dinastía de los Austrias.

Durante el siglo XVI y hasta mediados del XVII, los reinos que constituían la Corona española, dirigidos por Castilla, desempeñaron un papel de primera potencia mundial. Esto se debía, en buena medida, a la fuerza que representaba la posesión de los territorios americanos, recientemente descubiertos y conquistados.

En paralelo a este ámbito de carácter político, se desarrollaron otros dos fenómenos destacados. Por un lado, la expansión económica de Europa occidental, bajo el signo de los primeros indicios de capitalismo. Por otro, un extraordinario desarrollo cultura, primero con el Renacimiento y más tarde con el Barroco.

1. El Imperio de Carlos V. Conflictos internos: Comunidades y Germanías.

– Páginas 79 a 82 (hasta «La Monarquía Hispánica de Felipe II»): Historia de España, Santillana, 2º de Bachillerato.

2. La Monarquía Hispánica de Felipe II.

– Páginas  82 a 85 (hasta «La organización institucional bajo los Austrias»): Historia de España, Santillana, 2º de Bachillerato.

3. La unidad ibérica.

– Página 85 (segundo párrafo): Historia de España, Santillana, 2º de Bachillerato.

4. El modelo político de los Austrias.

Página 85 (desde «La organización institucional bajo los Austrias»): Historia de España, Santillana, 2º de Bachillerato.

5. Economía, sociedad y cultura en la España del siglo XVI.

Expansión demográfica.

A finales del siglo XV la Corona de Castilla tenía 5 millones de habitantes, la Corona de Aragón 800.000 y Navarra 120.000. En su mayoría se trataba de una población rural, que vivía en núcleos de menos de 2.000 habitantes. En Castilla, sólo algunas ciudades como Burgos, Valladolid, Salamanca, Medina del Campo, Toledo, Málaga o Granada superaban los 10.000 habitantes. Sevilla era el mayor centro económico, y contaba con 45.000 habitantes. Por su parte, las capitales de la Corona de Aragón (Zaragoza, Barcelona, Palma) superaban también los 10.000 habitantes. Valencia, con unos 75.000 habitantes, era una gran ciudad en la época.

La población hispana debió disminuir a finales de siglo, a consecuencia de la expulsión de unos 150.000 judíos y la marcha de alrededor de 200.000 granadinos en 1492. La evolución demográfica del siglo XVI fue positiva, a pesar de las epidemias, las hambrunas y las migraciones. Aunque no contamos con cifras exactas, un recuento de población de 1591 sitúa a los reinos en 8 millones de habitantes, de los cuales tres cuartas partes vivía en la Corona de Castilla.

En el siglo XVI el crecimiento vegetativo se veía favorecido por una natalidad muy alta, en torno al 35-40 por mil, sobre todo entre los moriscos del Reino de Valencia. Sin embargo, la mortalidad también era alta y llegaba a ser enorme en el caso de la infantil.

La sociedad del siglo XVI.

Tenía una estructura jerárquica basada en el privilegio; es decir, se trataba de una sociedad estamental (nobles, clero, estado llano), pero en la que existía una cierta movilidad: se podía pasar de hidalgo a caballero, de caballero a nobleza titulada, de la burguesía mercantil a la nobleza, por nombramiento o por compra.

Después de la expulsión de los moriscos, la población había quedado unificada desde el punto de vista religioso, pero eso no significó que la cuestión de la limpieza de sangre perdiera importancia. La ausencia de esta excluía a los descendientes de conversos de los cargos públicos, los beneficios eclesiásticos, las enmiendas militares o la enseñanza universitaria.

Los nobles con título eran más de 100 en Castilla y unos 50 en Aragón. Las Leyes de Toro (1505) les habían otorgado el privilegio de establecer mayorazgos (título y bienes quedaban adscritos al derecho de primogenitura). A su vez, Carlos I había creado el título de Grande para los nobles de mayor categoría. Además, había más de cien mil familias hidalgas en Castilla, equiparables a los barones catalanes y a los infanzones aragoneses.

Nobles e hidalgos estaban exentos de pagar tributos y hacían alarde de no profanar sus manos en empresas industriales y mercantiles, lo que perjudicó enormemente a la economía del país.

El clero, también estamento privilegiado, era muy numeroso en estos siglos (se calcula en torno a 100.000 personas). Tenía poder económico, influencia social y política. Vivía de los diezmos y de las rentas de sus propiedades, que por estar adscritas a instituciones eclesiásticas recibieron el nombre de manos muertas. Tenía una estrecha relación con la nobleza, en parte porque los altos cargos de la Iglesia solían recaer en los hijos segundones de la nobleza.

Los campesinos constituían el 80% de la población. La mayoría de ellos no poseía tierras y trabajaban como colonos de los nobles y de la Iglesia. Sobre ellos recaían pesadas cargas fiscales: diezmos, impuestos reales, derechos señoriales, cánones de arriendo… En Cataluña, liberados los payeses de remensa en tiempos de Fernando II, obtuvieron un cierto bienestar al establecerse el arriendo de tierras mediante contratos a largo plazo.

La sociedad urbana estaba constituida por caballeros, que ejercían los cargos públicos, artesanos, mercaderes y miembros de profesiones liberales. El servicio doméstico era numerosísimo y existía una amplia marginación social en torno a las minorías étnicas y a los oficios considerados degradantes. Pero sobre todo era impresionante la pobreza que, según se ha calculado, afectaba al 20% de la población, sobre todo durante la segunda mitad del XVII.

Economía: de la expansión a la decadencia.

A consecuencia de la apertura del mercado americano, la agricultura y la ganadería experimentaron una gran expansión en el siglo XVI. Se roturaron nuevas tierras y se amplió el cultivo del olivo y la vid en Andalucía. Los nobles y la Iglesia, que eran los propietarios de la mayor parte de las tierras, fueron los grandes beneficiados de esta coyuntura.

El XVI fue, además, el siglo del gran esplendor de la ganadería lanar castellana, que llegó a tener tres millones y medio de cabezas de ganado, en gran parte controladas por la Mesta. Fue muy importante la exportación de lana, hacia Flandes especialmente, a través de las ferias de Medina del Campo y del Consulado de Burgos.

El comercio con América, concentrado en Sevilla, fue muy floreciente durante gran parte del siglo XVI. Para proteger la navegación de ataques extranjeros, se estableció un sistema de flotas, con dos tipos de naves: las normales de carga y los galeones, armados con cañones. Partían de Sevilla dos flotas anuales: en primavera hacia Veracruz y en verano hacia Panamá. Desde los puertos de llegada las mercancías se distribuían por los diferentes territorios americanos, donde llegaban a alcanzar precios hasta veinte veces superiores a los de Sevilla.

Un gran problema económico de la época de los Austrias fue la inflación, denominada revolución de los precios. Según estudios recientes, entre 1503 y 1560 entraron por la Casa de Contratación de Sevilla 185.000 kilos de oro y 16 millones de kilos de plata. Además, de forma clandestina, debió entrar una cantidad similar de ambos metales. La plata, cuya cantidad se multiplicó por tres, fue la principal responsable de la inflación. El alza de los precios fue incontenible: entre 1500 y 1600 se cuadriplicaron, siendo su momento culminante al año 1562.

Una parte importante de la riqueza provenientes de las Indias (el “quinto” real) estaba destinado a pagar deudas e intereses a banqueros extranjeros, alemanes y genoveses sobre todo. Por tanto, el Estado y el pueblo apenas se beneficiaron del exceso de riqueza, porque no se utilizó para desarrollar la economía del país, sino para pagar esas deudas.

Así, aunque hubo una industria lanera bastante desarrollada en Segovia, Toledo, Cuenca, Córdoba y en algunas ciudades de la Corona de Aragón, las importaciones eran excesivas. Esto, a su vez, produjo un notable incremento en el precio de los productos, que afecto no sólo a España, sino a toda Europa.

A finales del siglo XVI la Corona, que tenía una deuda de 12 millones de ducados, hubo de recurrir a nuevos impuestos. Entre ellos se encontraba la sisa, que encareció los alimentos básicos: carne, vino, aceite y vinagre. Pero aún así no pudo hacer frente a los gastos y en 1596 se produjo una quiebra (la tercera del reinado de Felipe II): el Estado no estaba en condiciones de pagar las deudas.

Cultura: del Renacimiento a la Contrarreforma.

Hacia 1520 estalló en los reinos hispánicos un problema de carácter religioso cuyo origen podía encontrarse en la imposición de la unidad religiosa por parte de los Reyes Católicos. En esos momentos se planteó el dilema que tanto había de influir en el desarrollo de la cultura española: el enfrentamiento entre la ortodoxia católica y el humanismo erasmista. Mientras algunos intelectuales, como Juan Luis Vives, aceptaban las doctrinas de Erasmo, los ortodoxos desaprobaban el erasmismo al considerarlo antesala del protestantismo. La actuación de la Inquisición fue definitiva para la condena y abandono del “sospechoso” erasmismo.

Durante el reinado de Felipe II se desarrollaron algunos focos de luteranismo, especialmente importantes fueron los de Valladolid y Sevilla, que fueron sofocados por el rey y por la Inquisición con gran dureza. En 1558 se prohibió la importación de libros extranjeros, y al año siguiente se prohibió a los estudiantes cursar estudios en otros países.

A partir de 1560 España se convirtió en uno de los más sólidos baluartes de la Contrarreforma, que contó con el apoyo de la Compañía de Jesús, fundada por San Ignacio de Loyola en 1534. La religiosidad española tuvo algunas características de extraordinaria vitalidad, reflejada en el reformismo de las órdenes religiosas y en la literatura mística. Entre las principales figuras de este fenómeno destaca Santa Teresa de Jesús, autora del Libro de mi vida y de Las Moradas, donde relata sus experiencias místicas.

6. Conclusiones.

El siglo XVII

1. Introducción

El establecimiento del Estado Moderno en los reinos hispánicos por obra de los Reyes Católicos inició el tránsito hacia la Edad Moderna. Con el Estado Moderno se instauró una cierta capacidad unificadora de los reinos hispánicos basada en la lealtad al soberano. Así se produjo la unión de entidades con distinta personalidad, unión que se fortaleció con la llegada de la dinastía de los Austrias.

Durante el siglo XVI y hasta mediados del XVII, los reinos que constituían la Corona española, dirigidos por Castilla, desempeñaron un papel de primera potencia mundial. Esto se debía, en buena medida, a la fuerza que representaba la posesión de los territorios americanos, recientemente descubiertos y conquistados.

En paralelo a este ámbito de carácter político, se desarrollaron otros dos fenómenos destacados. Por un lado, la expansión económica de Europa occidental, bajo el signo de los primeros indicios de capitalismo. Por otro, un extraordinario desarrollo cultura, primero con el Renacimiento y más tarde con el Barroco.

2. Los Austrias del siglo XVII. Gobierno de validos y conflictos internos. El ocaso del Imperio español en Europa.

– Páginas 86 a 89: Historia de España, Santillana, 2º de Bachillerato.

3. Evolución económica y social. La cultura del Siglo de Oro.

El siglo XVII comenzó con una situación heredada de crisis económica y de creciente pérdida de hegemonía por parte de la Monarquía Hispánica, que se encontraba muy endeudada tras las guerras llevadas a cabo durante el reinado de Felipe II (1556-1598). La mayor parte de los ingresos del Estado se gastaron en el pago de la deuda. Además, los intentos de incrementar la presión fiscal, sostenida sobre todo por Castilla, agudizaron los efectos de la crisis.

La crisis demográfica.

Desde 1580 se venía observando una desaceleración, y en algunos casos un descenso, del crecimiento demográfico. El comportamointo de la demografía no puede atribuirse a una única causa, sino a la conjunción de diversos factores de carácter tanto estructural como coyuntural.

Entre los primeros, hay que señalar la relación entre el modelo demográfico antiguo, con altas tasas de natalidad y mortalidad, y la evolución de la agricultura, principal medio de sustento de la población. Entre los factores coyunturales destaca la emigración a las Indias, así como las continuas guerras emprendidas en el XVII. A estos dos elementos hemos de añadir la sucesión de cataclismos demográficos a lo largo del siglo y la expulsión de los moriscos en 1609.

La crisis económica.

El descenspo de la produccióna agrícola puso fin a la etapa expansiva del siglo anterior. Estuvo motivada por la caída de la demanda y de la renta agraria, la despoblación, las sucesivas plagas y malas cosechas, la excesiva concentración de la propiedad y el estancamiento o fuertes fluctuaciones de los precios agrarios.

En respuesta a la crisis se produjeron cambios significativos en los cultivos, como el avance de la vid a costa de los cereales en Andalucía y Castilla, y el incremento general de los cultivos comerciales, como el olivo y las moreras.

Las actividades ganaderas, artesanales y comerciales se vieron también envueltas en el ciclo recesivo. La industria textil sufrió importantes pérdidas, producidas por el descenso de la demanada, la descapitalización provocada por la presión fiscal y la rigidez de los gremios, incapaces de adaptarse a las innovaciones.

La creciente ruralización de la economía fue especialmente perceptible en Castilla, mientras que en Cataluña y Valencia se produjo una reorganización de las estructuras artesanales que permitió remontar la crisis con relativa rapidez. Las medidas proteccionistas y de apoyo a la industria de mediados de siglo ayudaron a esa recuperación, más evidente en la periferia mediterránea.

Las dificultades económicas afectaron igualmente al comercio interior, ya muy lastrado por las malas condiciones de los transportes y las barreras aduaneras. Más espectaculares fueron las dificultades del comercio exterior, fundamentalmente americano, que sufrió los efectos de los bloqueos marítimos, la emergencia de las economías criollas, el aumento de los costos de los fletes y la competencia de holandeses, franceses e ingleses.

Las consecuencias de la crisis

Las consecuencias de la crisis se dejaron sentir a nivel económico y social:

– Se produjo un desplazamiento del dinamismo económico desde el centro hacia la periferia.

– La riqueza se concentró en manos de la alta nobleza, sobre todo en Castilla, Andalucía y zonas de Aragón, en detrimento de otros sectores sociales.

– Se redujo el realengo en favor de los dominios señoriales y se incrementó la presión sobre el campesinado.

– Se consolidaron poderosas y cerradas oligarquías locales, que hicieron vitalicios y hereditarios los cargos municipales.

– A nivel popular, la desprotección se combatió con el bandidaje y la mendicidad, fenómenos endémicos durante todo el siglo.

En este contexto deben analizarse también las sucesivas crisis financieras y las bancarrotas estatales de 1607, 1627, 1647 y las más graves de 1652, 1662 y 1666. Estas significaron la pérdida generalizada de credibilidad de la monarquía entre los banqueros españoles y europeos.

El final del Renacimiento y la época de la Contrarreforma y del Barroco.

 La decadencia política y económica no supuso la decadencia cultural. El siglo XVII fue una de las etapas más brillantes de la cultura española, que recibe el nombre de “Siglo de Oro. Dos grandes figuras de la literatura fueron Francisco de Quevedo, pensador crítico que pretendió empujar al lector hacia la reflexión, y Luis de Góngora, que buscaba en sus poemas la huída de la realidad. Sin embargo, el autor más destacado de la época fue, sin lugar a dudas, Miguel de Cervantes, autor de El Quijote.

El teatro adquirió unas formas características muy en consonancia con la estética del Barroco: libertad y amplitud de temas, mezcla de lo trágico y lo cómico, de los popular y lo culto… Entre un sinfín de excelentes dramaturgos destacaron: Lope de Vega (El caballero de Olmedo) Tirso de Molina (EL burlador de Sevilla) y Pedro Calderón de la Barca (La vida es sueño).

En arquitectura predominó el gusto por los adornos recargados, de tal modo que las fachadas parecen desaparecer tras la abundancia ornamental. Ribera y Churriguera reflejan en sus obras los rasgos más representativos de ese estilo. La escultura y la pintura reflejaron la religiosidad de la sociedad española mediante una gran variedad de temas: Cristo agonizante, la Inmaculada, santos y santas. Entre los autores de la época destacaron el Greco, Velázquez, Murillo y Zurbarán, entre otros.

4. Conclusiones.

La segunda mitad del siglo XVII es, en España, uno de los momentos más tristes de su historia. La ruina económica, reducidas casi a cero las remesas de metal precioso, y sin una industria capaz de atraerlo, estaba ya consumada. La población se había reducido a 7 millones de habitantes, mermada al máximo por la terrible peste de 1648-1652. La administración era lenta, vena e ineficaz; faltaban grandes políticos y grandes ideas.

Hasta en el campo del arte, del pensamiento, de la literatura, la postración es espectacular: mueren los epígonos del “Siglo de Oro”, Gracián, Calderón, Murillo… sin que otros hombres tomen el relevo. Esto indica que la crisis no era sólo material, sino que alcanzaba los campos del espíritu.

El símbolo de esta situación de decadencia es, sin duda, el final de la dinastía de los Austrias españoles al morir sin descendencia Carlos II.

 

Historia Moderna: el pensamiento político español

Breve repaso al pensamiento político de la Monarquía Hispánica en la Edad Moderna a partir de la obra de Antonio Feros, profesor de Historia en la Universidad de Pennsylvania.


El duque de Lerma. Realeza y privanza en la España de Felipe III nos introduce, con el capítulo titulado Confrontación ideológica y división faccional, en los años finales del valimiento de Lerma. Antonio Feros trata de explicar en esas páginas como, desde 1610, el valido fue perdiendo prestigio, tanto de cara a la Corte como, lo que es más importante, de cara al monarca.

No obstante, más que la propia caída del duque de Lerma, el desprestigio de sus “hechuras” por cuestiones de corrupción, o el poder de sus enemigos, Feros centra su línea argumental en la lucha en torno a la ideología política: desprestigiar al valido -cuestionar su poder- hubiera resultado una tarea más ardua si sus opositores no hubieran contado con un respaldo ideológico sólido con el que hacer valer su postura.

Verdad es que, tras varios años como principal responsable de la política hispánica, Lerma tenía numerosos enemigos –personajes deseosos de verle lejos de los puestos de gobierno- capaces de desarrollar una intensa oposición a la figura del valido. Sin embargo, no es menos cierto que, tanto tiempo en el poder, había permitido al duque granjearse la amistad de muchos hombres influyentes y controlar mejor todos los resortes del Estado, incluyendo dentro de estos los que le permitían continuar gozando de los favores de Felipe III.

Por tanto, hemos de concluir afirmando que las ideas políticas de la época –los postulados de los pensadores españoles de la Contrarreforma- tuvieron un papel decisivo en el hundimiento del valido y, por consiguiente, en el cambio de rumbo de la política de la Monarquía Hispánica.

El pensamiento político predominante en España desde los Reyes Católicos presentaba, como una de sus principales características, un marcado carácter antiabsolutista. En estos teóricos se apreciaba una clara preferencia por un gobierno monárquico, pero siempre orientado a alcanzar el bien común. Se trataba, pues, de un modelo en el que –seguimos para explicarlo al P. Suárez- el poder delegado al monarca no venía directamente de Dios, sino que –por voluntad divina- recaía en el pueblo. De esta manera, era el Reino el que otorgaba al gobernante su poder.

A este límite que impedía alcanzar el absolutismo, se unían otros como la defensa del destronamiento del tirano –presente desde el erasmista Alfonso de Valdés-, que alcanzaba su culmen con la teoría del regicidio del P. Mariana; el respeto de los derechos y libertades individuales que debían primar sobre la acción del Estado; o la necesidad de que la actuación política se desarrollase acorde a los postulados de la moral cristiana. En resumen, tradicionalmente, y más en esos años, los teóricos españoles habían sido partidarios un modelo de gobierno mixto de tipo aristotélico. Por esa razón, la actuación política de Lerma –su omnipotencia, arbitrariedad y escaso respeto a muchas de las instituciones del Estado- resultaba fácilmente cuestionable desde los puntos de vista teórico y moral.

Sin embargo, el gobierno de Lerma no solo contradecía a la teoría política española en lo referente a sus posturas absolutistas; tampoco coincidía con los contrarreformistas en lo referente a la Razón de Estado y la moralidad de los actos del monarca.

Uno de los principales representantes de este pensamiento, Pedro de Rivadeneyra, consideraba que el error de Maquiavelo había consistido en suponer incompatibles la razón natural y la religión. De esta manera, el italiano había introducido al pensamiento político en un tortuoso camino que admitía la amoralidad –o incluso inmoralidad- de los actos del gobernante. En opinión de los antimaquiavélicos españoles, eso solo podía conducir a la tiranía y la aberración: a que el monarca perdiera el respeto de sus súbditos.

Eso, llevado al caso concreto del valido, era justamente lo que había ocurrido con el duque de Lerma: controlaba el gobierno a su antojo -en muchas ocasiones entrando en contradicción con la moral cristiana-, y eso le había granjeado el odio de buena parte de la nobleza y del pueblo. Por supuesto, esto lo aprovecharon sus enemigos –Aliaga, Uceda, Zuñiga…- para desgastar, ante el rey y ante el Reino, la figura del valido; para culpar de la situación del Estado a su persona y su inmoralidad en lo referente a la política. Además, para apoyar esta labor de desprestigio con hechos irrefutables, los enemigos de Lerma contaban con los casos de corrupción de las propias “hechuras” del valido, donde cabe destacar el caso de Rodrigo Calderón.

De esta forma, debajo de esa punta de iceberg que era la lucha por el poder y el favor real dentro de las distintas facciones aristocráticas, se encontraba un rico pensamiento político heredero del fracasado erasmismo, de la brillante Escuela de Salamanca y de la pujante neoescolástica. En el fondo lo que se planteaban los politólogos españoles a finales del XVI y principios del XVII, era la búsqueda de la conformidad de un gobierno fuerte y eficaz con la moral y la religión cristiana. Se trataba, pues, de justificar la necesidad del respeto a esas normas básicas que, de hecho –como vimos con Rivadeneyra-, creían necesarias para el desarrollo de un buen gobierno. Así, encontramos como las posturas de los teóricos españoles difieren en lo referente a esta cuestión.

Todos mostraron su repulsa a los planteamientos de Maquiavelo, sin embargo, en su intento por reconciliar la política con la moral religiosa tomaron diversos caminos:
  • Los eticistas o tradicionalistas defendieron la plena subordinación de la política a la moral y la religión.
  • Los tacitistas o neoestoicistas se decantaron por la búsqueda de un gobierno racional, postura ya tomada por el autor de El Príncipe, pero sin postular, como el italiano había recomendado, la confrontación entre política y ética.
  • Los demás pensadores, como afirma Maravall, oscilaron entre ambos campos en función de las cuestiones a tratar.
  • Por último, cabe destacar la gran originalidad del pensamiento expuesto por G. Botero en Della ragione di Stato. En sus páginas el italiano defendía la armonía entre razón y fe, por lo que concluía que toda actuación según la fe obtendría los mejores resultados políticos. Este autor venía, pues, a afirmar que la mejor Razón de Estado consistiría en obedecer los mandatos divinos. No obstante, y ahí se encuentra la genialidad de Botero, se cuidó mucho de subordinar la política a la religión; defendía la autonomía de ambas, pero no por ello las declaraba contrarias.

El turco. Diez siglos a las puertas de Europa


En noviembre de 2006 veía la luz El turco. Diez siglos a las puertas de Europa, último trabajo del profesor Francisco Veiga; una libro llamado a convertirse en obra de referencia para los estudios de Historia de Turquía en el mundo castellano-parlante. En sus más de seiscientas páginas el lector se sumerge en el poco conocido túnel histórico turco para realizar un largo viaje que le llevará desde los mitos fundacionales de este pueblo hasta las puertas del siglo XXI.

Ahí radica el gran mérito del autor, sabe guiarnos con una prosa ligera a través de diez complejos siglos.

El trabajo de documentación es sin lugar a dudas admirable, pero posee un valor superior la capacidad del autor para organizar esa información. Consigue que el libro resulte ameno y comprensible para personas no iniciadas en la materia; y, al mismo tiempo, ofrece a los conocedores del fenómeno turco un trabajo serio en el que poder profundizar en sus conocimientos. Hoy por hoy, para conocer al turco en su historia y costumbres, es imprescindible acudir a la obra del profesor Veiga.

Desde las primeras páginas se descubre el inmenso reto al que el autor se lanzó cuando inició este trabajo. Resulta llamativo que una sola persona sea capaz de condensar, en un único volumen, tal cantidad de información. No obstante, es aún más admirable hacerlo de tal manera que un público como el hispano, tan poco versado y lleno de prejuicios en lo relativo a la cuestión turca, pueda comprenderlo a la perfección.

Francisco Veiga no nos ofrece en esta obra una visión de la Historia de Turquía; ni siquiera un panorama conjunto de esta con los imperios y estructuras políticas anteriores. Nos lleva de la mano ante el turco, un personaje cercano a la par que desconocido; un compañero en nuestro viajes histórico situado a medio camino entre nuestro mundo y el oriental. En definitiva, una figura que desde hace décadas –y más especialmente desde el año 2005- está llamando a la puerta del proceso integrador europeo.

Al finalizar la lectura uno se queda con la sensación de que el autor ha logrado su objetivo. Se ha sobrepuesto a la difícil tarea de recoger en el papel -con palabras- la esencia de Turquía en su Historia. Es más, consigue también dejar dentro del lector el “gusanillo” de lo turco; le convence de que se trata de un mundo que merece la pena conocer.

Nos encontramos, pues, ante un trabajo centrado en la figura del turco, pero no en solitario. Francisco Veiga lo resume a la perfección en el título de la obra: Turquía y sus antecedentes históricos son los protagonistas, pero siempre en relación con el ámbito europeo. Es verdad que tanto el mundo islámico como el oriental están presentes a lo largo de los capítulos del libro.

Sin embargo, la orientación hacia el occidente parece evidente.

El autor orienta su labor desde la perspectiva del presente; y no sólo por las pretensiones europeístas de la actual República de Turquía. Basa esa posición en seis siglos de intensas relaciones. Un contacto que, durante los últimos doscientos años, ha estado marcado por el afán turco de imitar a los europeos. A pesar de la amplitud temática y cronológica de la obra, el profesor Veiga muestra desde la misma introducción un claro interés por justificar la candidatura de Turquía a la Unión Europea. Es más, no trata de ocultarlo; manifiesta que en el origen de sus investigaciones están los sucesos más recientes de la Historia turca y sus relaciones con Europa.

No obstante, su afán por defender la entrada de Turquía en la Unión Europea no resta valor al conjunto de la obra.

Esta es rica en argumentos a favor de la integración de los turcos en el proceso integrador, pero también en otros aspectos históricos y culturales que nada tienen que ver con esa cuestión. El autor se detiene tal vez más en la Historia actual, protagonista tanto en la introducción como en las conclusiones. Pero se muestra riguroso en todos y cada uno de los temas que aborda su trabajo. Esto permite al lector conocer al turco en mil años de devenir histórico para, posteriormente, valorar con cierto conocimiento de causa las interesantes opiniones de Francisco Veiga sobre la situación del momento.

Kosovo: una discrepancia historiográfica

Artículo publicado por Historia en Presente el 9 de junio de 2008.


Voy a completar el repaso iniciado en este blog sobre la cuestión de Kosovo con dos artículos más. El primero de ellos –el que publico hoy- aborda el tema desde una perspectiva historiográfica; es decir, la interpretación del pasado de la región desde el punto de vista de los historiadores serbios y albaneses. El segundo de ellos, que publicaré en las próximas semanas, tratará de recoger los aspectos más significativos de la Historia kosovar durante el siglo XIX. Para escribir ambos textos me he basado en la información contenida en los libros que cito en la bibliografía. Sin embargo, debo reconocer que estos artículos siguen muy de cerca los planteamientos del profesor Carlos Taibo en “Guerra en Kosovo”.

Kosovo según los albaneses

Los historiadores albaneses consideran a su etnia descendiente directa de los ilirios de época clásica. La provincia romana de Iliria ocupaba el territorio que va desde el Danubio hasta el Adriático, alcanzando su límite septentrional en la actual Macedonia. Este pueblo se vio obligado a retroceder hacia la costa como consecuencia de las invasiones eslavas del siglo VI [6]. Sin embargo, con la conquista otomana de los Balcanes, pudieron regresar a su antiguo hogar en los siglos XV y XVI.

La historiografía albanesa sostiene que, bajo la protección del Islam, la región de Kosovo comenzó a repoblarse de albaneses. Desde ese momento superaron a los eslavos, convirtiéndose en la etnia mayoritaria de la región; situación que se mantiene hoy día.

Según la visión albanesa expuesta anteriormente, los serbios serían una etnia invasora y ajena a Kosovo y al resto de los Balcanes. Estos habrían desarrollado a lo largo de varios siglos, y especialmente a partir del XIX, una labor claramente hostil a la población autóctona. Su gran pecado habría sido tratar de dividir a los albaneses en distintos estados –Kosovo, Macedonia, Montenegro, Albania…- con el fin de obstaculizar la construcción de un gran estado propio [4].

Kosovo según los serbios

Los historiadores serbios, como es lógico, discrepan de la visión expuesta anteriormente. Según ellos, los albaneses no serían más que el conjunto de pueblos suroccidentales de los Balcanes que en su cruce de los ilirios formaron un nuevo grupo étnico. Reconocen la presencia de estos en la costa del Adriático en épocas anteriores a las invasiones eslavas. Sin embargo, niegan su relación con Kosovo hasta bien entrado el siglo XVII; es decir, al amparo de las conquistas otomanas. La historiografía de serbia los acusa de jugar, hasta el siglo XIX, el papel de punta de lanza de la colonización islámica que tanto mal les hizo.

Por tanto, para los serbios Kosovo es un territorio que les pertenece por “derechos históricos” desde que, en el año 1389, se libró la batalla de Kosovo-Polje [3].

Ellos se consideran la población autóctona de la región. Es más, la represión a la que se vieron sometidos durante siglos no ha hecho más que acrecentar el mito de la vinculación del espíritu de Serbia a Kosovo, así como el odio al invasor albanés. Esto último no sólo surge de la oposición entre ambas etnias; también se basa en el carácter oportunista de los albaneses; primero se aprovecharon de la presencia otomana, y más tarde se mostraron fieles servidores del poder autro-húngaro [6], claramente contrario a los serbios.

Breve conclusión

Es indudable el carácter nacionalista de los dos puntos de vista expuestos anteriormente; razón por la que no podemos fiarnos a pies juntillas de ninguno de ellos. Sin embargo, una lectura crítica de los postulados de cada grupo nos permite ver algo de luz en medio de tantos argumentos contrapuestos. Parece evidente que los albaneses, bien fueran ilirios o miembros de otra etnia, estaban en los Balcanes antes de la llegada de los serbios. Controlaban tan sólo una pequeña región cercana al Adriático que, tal vez, llegase hasta el propio Kosovo.

Esta claro, ya que lo afirman ambas versiones, que los albaneses fueron desplazados hacia el oeste por la invasión eslava del siglo VI.

Con la llegada musulmana, y gracias a su conversión mayoritaria al Islam y a su fidelidad a la Sublime Puerta, recuperaron algunos de sus antiguos territorios. No obstante, parece inexacto considerar que ya en el siglo XVII eran mayoría en Kosovo; sobre la cuestión mantengo lo enunciado en mi artículo De Kosovo a Kosova: una visión demográfica. En este sostenía que hasta mediados XIX los serbios habían sido la etnia mayoritaria de la región [3].

Además, parece poco creíble la postura albanesa de considerar que sus antepasados volvieron diez siglos después a sus antiguos territorios. Puede que en el pasado hubieran habitado allí, pero de ahí a tener conciencia de regresar al hogar mil años después es poco probable.

En definitiva, el pasado de ambos pueblos se entrecruza constantemente a lo largo de los últimos siglos. En muchas ocasiones adquiere un carácter mítico, y siempre, en ambos casos, un tono victimista. Nos encontramos, pues, ante un clásico puzzle balcánico en el que la Historia se utiliza y transforma para convencer al resto del mundo de lo honorable de la propia postura.

Bibliografía:

[1] Historia Universal Contemporánea II; Javier Paredes (Coord.) – Barcelona – Ariel – 2004.

[2] Postguerra. Una historia de Europa desde 1945; Tony Judt – Madrid – Taurus -2006.

[3] La Europa balcánica. Yugoslavia, desde la Segunda Guerra Mundial hasta nuestros días; Ricardo M. Martín de la Guardia y Guillermo A. Pérez Sánchez – Madrid – Síntesis – 1997.

[4] La trampa balcánica; Francisco Veiga – Barcelona – Grijalbo – 2002.

[5] Los conflictos yugoslavos. Una introducción; Carlos Taibo y José Carlos Lechado – Madrid – Fundamentos – 1993.

[6] Guerra en Kosovo; Carlos Taibo – Madrid – Catarata – 2002.