La Unión Soviética ante el ascenso de Hitler


Se suele decir que la consolidación del régimen nacionalsocialista en la Alemania de entreguerras fue posible gracias a la división existente en el seno de la izquierda; más en concreto entre socialdemócratas (SPD) y comunistas (KPD). Sebastián Haffner llega a afirmar en varias de sus obras que, aunque la facilitó, esa falta de entendimiento no la hubiera evitado la labor de Adolf Hitler. El propio autor llega a plantearse en su obra el porqué de la fobia de Stalin hacia el SPD, a los que tachaba de socialfascistas. La respuesta a esta pregunta es sencilla a la luz del artículo anterior. No obstante, tal vez el siguiente texto de Sebastián Haffner sea todavía más esclarecedor:

“Desde el punto de vista de Stalin, una subida al poder de Hitler, si llegaba, tampoco cambiaría nada; los nazis eran para él un partido capitalista como cualquier otro; pronto se darían cuenta de quién les convenía realmente. El único incordio eran los socialdemócratas, con su eterna fobia a los rusos y su eterna tendencia hacia Occidente”.

Tras leer este fragmento, se entiende mejor el porqué de la actitud soviética. El nacionalsocialismo no era más que otro partido capitalista de carácter conservador alemán. Y la Unión Soviética, desde los primeros momentos, había colaborado con este tipo de grupos de manera eficaz y rentable. El problema para Stalin eran los socialdemócratas; con ellos nunca había conseguido pactar nada. Pronto se dio cuenta de su error: Adolf Hitler no era ni conservador ni capitalista.

Bibliografía:

[1] El pacto con el diablo; Sebastian Haffner – Barcelona – Destino – 2007.

[2] Anotaciones sobre Hitler; Sebastian Haffner – Galaxia Gutenberg – Barcelona – 2002.

[3] La revolución alemana de 1918-1919; Sebastian Haffner – Inédita – Barcelona – 2005.

[4] Historia Universal Contemporánea II; Javier Paredes (Coord.) – Barcelona – Ariel – 2004.

[5] La guerra del mundo: los conflictos del siglo XX y el declive de occidente (1904-1953); Niall Ferguson – Barcelona – Debate – 2007.

El Partido Comunista y los «socialfascistas»


“Stalin ya no necesitaba una revolución comunista alemana; lo que necesitaba de Alemania se lo proporcionaba igualmente su acuerdo con la Alemania conservadora. Sólo debería preocuparse en el caso de que ese acuerdo se rompiera si en Alemania volvieran al poder los pro-occidentales, es decir, los socialdemócratas”.

El fracaso del Partido Comunista Alemán (KPD) en su labor revolucionaria de postguerra no supuso un gran contratiempo para el régimen soviético. Es más, se diluyo cuando Stalin promulgó la revolución socialista en un solo país. Esto no significó que los bolcheviques hubieran perdido su interés por Alemania. Simplemente hubo un cambio en el mismo: de bandera del socialismo mundial pasaba a ser fuente de ayudas y recursos para el socialismo ruso.

Los soviéticos se dieron cuenta bien pronto de que, con un gobierno conservador en Alemania, podían lograr los mismos resultados que con uno comunista. La experiencia de Karl Radek les aseguraba que el odio alemán a Versalles era lo suficientemente profundo como para acercarlos irremediablemente a Rusia. Sólo existía un problema: la posibilidad de que la República de Weimar fuese gobernada por un grupo político pro-occidental. Es decir, los socialdemócratas. Ellos fueron los que, en el Reichstag de 1926, denunciaron la colaboración militar con la Unión Soviética. No es de extrañar que entre los comunistas se les denominase socialfascistas.

Bibliografía:

[1] El pacto con el diablo; Sebastian Haffner – Barcelona – Destino – 2007.

[2] Anotaciones sobre Hitler; Sebastian Haffner – Galaxia Gutenberg – Barcelona – 2002.

[3] La revolución alemana de 1918-1919; Sebastian Haffner – Inédita – Barcelona – 2005.

[4] Historia Universal Contemporánea II; Javier Paredes (Coord.) – Barcelona – Ariel – 2004.

[5] La guerra del mundo: los conflictos del siglo XX y el declive de occidente (1904-1953); Niall Ferguson – Barcelona – Debate – 2007.

El precio puesto por Moscú


“Lo que es seguro es que los rusos no dejaron a disposición de los alemanes su tierra y sus campos de instrucción sin pedir una contraprestación. Ésta consistió como mínimo en que los oficiales rusos entrenaran con los alemanes, recibiendo así una formación alemana (…) Paradoja tras paradoja: no sólo los rusos dejaron que los alemanes desarrollaran y aprendieran a dominar en su país las armas con las que después lo invadieron, sino que los alemanes se convirtieron en los maestros de sus futuros vencedores”.

En un artículo anterior me preguntaba por qué Stalin había permitido que en su propio territorio se desarrollara un ejército destinado a invadir la Unión Soviética. Sin embargo, como bien se puede leer en el fragmento de Sebastián Haffner, la ayuda rusa a la Reichwerh alemana no era gratis. Junto a los oficiales alemanes destinados en las bases rusas se formaban también militares soviéticos. Esto permitió al Ejército Rojo conocer de primera mano la estructura del ejército alemán.

La paradoja que nos plantea el autor lo dice todo: los alemanes formaron a los oficiales que les derrotaron en la Guerra Nacionalsocialista. Los rusos, tras rechazar la invasión del III Reich, atacaron Alemania con tácticas propias del ejército germano.

Bibliografía:

[1] El pacto con el diablo; Sebastian Haffner – Barcelona – Destino – 2007.

[2] Anotaciones sobre Hitler; Sebastian Haffner – Galaxia Gutenberg – Barcelona – 2002.

[3] Historia Universal Contemporánea II; Javier Paredes (Coord.) – Barcelona – Ariel – 2004.

[4] La guerra del mundo: los conflictos del siglo XX y el declive de occidente (1904-1953); Niall Ferguson – Barcelona – Debate – 2007.

[5] Sociedad y cultura en la República de Weimar: el fracaso de una ilusión; José Ramón Díez Espinosa – Valladolid – Universidad – 1996.

Criando la sierpe en el seno


El milagro militar alemán operado desde la llegada al poder del líder nacionalsocialista en enero de 1933 no hubiera sido posible sin los años de trabajo paciente y escondido de los altos mandos de la Reichswehr en lo más profundo de Rusia. Sebastián Haffner se muestra plenamente convencido de ello tal como se ve en el siguiente fragmento:

“…en seis años, entre 1933 y 1939, crear de la nada las más potentes fuerzas aéreas y la artillería más combativa del mundo de entonces hubiera resultado imposible incluso para el mayor genio de la organización militar. El aparente milagro militar del rearme bajo el gobierno de Hitler sólo fue posible porque durante los once años anteriores se sentaron las bases para ello mediante un trabajo paciente e incesante. En Rusia”.

Si esta era la situación real, cabe plantearse el porqué del empeño soviético por facilitar a los alemanes la ocultación de su rearme ante las potencias vencedoras de la Gran Guerra. Lógicamente, detrás de esto estaban las necesidades económicas del régimen soviético; sin duda uno de los factores fundamentales también del acuerdo alcanzado en Rapallo. Sin embargo, sorprende que Stalin no se diese cuenta de que, dentro de su propio territorio se estaba levantando una maquinaria militar que en pocos años iba a invadir el país de los soviets.

Bibliografía:

[1] El pacto con el diablo; Sebastian Haffner – Barcelona – Destino – 2007.

[2] Historia Universal Contemporánea II; Javier Paredes (Coord.) – Barcelona – Ariel – 2004.

[3] La guerra del mundo: los conflictos del siglo XX y el declive de occidente (1904-1953); Niall Ferguson – Barcelona – Debate – 2007.

[4] Sociedad y cultura en la República de Weimar: el fracaso de una ilusión; José Ramón Díez Espinosa – Valladolid – Universidad – 1996.

Introducción a «El pacto con el diablo»


En las próximas semanas voy a dedicar varios artículos a otro de los trabajos de Sebastián Haffner. El pacto con el diablo es un apasionante y ameno repaso a las relaciones germano-soviéticas entre 1914 y 1945. Un viaje a través de esos años que, sin ser exhaustivo, aborda las escenas fundamentales de las relaciones entre ambos Estados. En este libro el autor nos describe una vez más su peculiar visión de la Historia alemana; aspectos que ya venía tratando en otras de sus obras. Sin embargo, el carácter específico de El pacto con el diablo nos permite redescubrir esas ideas desde una óptica distinta. Además, Sebastián Haffner nos descubre otras cuestiones nuevas no recogidas en sus otros libros. Es, en definitiva, un trabajo que nos ayuda a profundizar aún más en la Historia de Alemania y la Unión Soviética en el siglo XX.

Como adelanto de este repaso les dejo con esta cita sacada del libro: “La historia de las relaciones entre Alemania y Rusia en el período de entreguerras es más apasionante que cualquier novela. Todo intento de buscar otro ejemplo de una ligazón tan mortal e íntima entre dos pueblos sería en vano. En la novela germano-rusa se ha probado y ejecutado casi cada variación pensable de posibles relaciones, incluidas las más extremas”.

Bibliografía:

[1] El pacto con el diablo; Sebastian Haffner – Barcelona – Destino – 2007.

[3] Historia Universal Contemporánea II; Javier Paredes (Coord.) – Barcelona – Ariel – 2004.

[4] La guerra del mundo: los conflictos del siglo XX y el declive de occidente (1904-1953); Niall Ferguson – Barcelona – Debate – 2007.

La sovietización de la Europa del Este

Artículo publicado por la web Club Lorem Ipsum el 13 de abril de 2007.


El final de la II Guerra Mundial trajo consigo la división del mundo entre las dos grandes cosmovisiones. En contra de lo que esperaban los occidentales más optimistas, Stalin y su régimen no habían cambiado -salvo en el incremento de su poderío- a raíz de su estrecha relación con británicos y norteamericanos durante el conflicto. La URSS mantenía su antigua aspiración de llevar a cabo la revolución comunista a escala mundial.

De esta manera, a lo largo de los años 1945 y 1946, las diferencias entre los miembros de la triunfadora Gran Alianza –anglosajones y eslavos- fueron ampliándose. En 1947, como demuestran los documentos oficiales de estas potencias y las declaraciones de sus dirigentes, la brecha resultaba ya insalvable: había dado comienzo la Guerra Fría.

El “Telón de Acero”, descrito magistralmente por Winston Churchill en Fulton (Missouri), había caído sobre Europa. Sin embargo, cabe preguntarse cómo llegaron todos los países del Este a formar parte del sistema planetario que giraba en torno al gran sol del Kremlin.

Es cierto que así lo habían acordado los vencedores de la II Guerra Mundial en las conferencias de Yalta y Potsdam. También es verdad que el Ejército Rojo ocupaba, con la presión que ello suponía, esos territorios. No obstante, lo más interesante de todo el proceso de sovietización de la Europa del Este no son estas cuestiones fundamentales para el triunfo comunista.

Lo curioso, el aspecto en el que se va a centrar este artículo, es cómo se las ingeniaron los soviéticos para dar un ropaje de aparente legalidad a la revolución política que llevaron a cabo en esos países; cómo trataron de hacer creer al mundo –aunque en el fondo todos sabían la verdad- que eran esos pueblos los que habían escogido la senda del marxismo-leninismo.

Mientras el ejército de los soviets iba liberando la parte oriental del continente del yugo nacionalsocialista –es curioso ese fenómeno de cambiar la esclavitud parda por la roja-, desde Moscú se preparaban para transformar estos territorios en estados-satélite. Cientos de políticos y propagandista comunistas de nacionalidad húngara, polaca, checoslovaca, búlgara y rumana caminaban detrás de las divisiones rusas con la misión de organizar el partidos comunista de sus respectivos países.

Sándor Márai, al hablar de ellos en ¡Tierra! ¡Tierra!, dice que llegaron demacrados y sin nada que llevarse a la boca. Sin embargo, con la ayuda de las autoridades soviéticas, lograron ocupar los principales puestos de la administración del Estado en pocas semanas. Dejaron de ser unos miserables y pasaron a disfrutar de las comodidades y lujos reservados a marqueses, empresarios y mariscales. Así, más o menos, describe el literato húngaro la llegada de estos personajes.

Ahí estarían comunistas míticos como Bierut, Rákosi, Gottwald, Rajk, Pauker… políticos que en pocos meses, bajo la supervisión y auxilio de Moscú, tomaron el control de media Europa.

No obstante, resultaba evidente que, de cara a los primeros comicios de posguerra, estos misioneros del internacionalismo no iban a lograr el respaldo electoral necesario para gobernar. Por esa razón, Stalin decidió resucitar la figura del frentepopulismo para formar grandes coaliciones de izquierdas. Los Frentes Populares habían funcionado ya en el periodo anterior a la II Guerra Mundial -en especial en Francia y España-, y su finalidad principal era contener la expansión del fascismo por Europa.

El Kremlin favoreció en los años treinta la consecución de esos pactos porque veía en ellos, no sólo un arma eficaz para evitar el surgimiento de nuevos hitleres, sino también porque aspiraba a instaurar el comunismo a través de ellos. En los gobiernos frentepopulistas los comunistas estaban destinados a ocupar los principales resortes del control estatal: la seguridad y la propaganda. Podían no ser numerosos, tampoco hacía falta que ocuparan muchos ministerios; tan sólo hacía era necesario que se situasen en los puestos claves.

Desde esa posición de influencia los comunistas miembros del ejecutivo tendrían que ir eliminando legal o moralmente a sus rivales. Seguían la llamada “táctica del salchichón”: iban minando poco a poco a los enemigos, después a los aliados, y, finalmente, era en el propio partido donde se llevaban a cabo las purgas. Este manera de extender la revolución bolchevique se ensayó al final del periodo de Entreguerras, pero su gran éxito como modelo de actuación política llegó con el final de la II Guerra Mundial.

Entre 1945 y 1947 fueron desfilando por las cárceles y juzgados de la Europa del Este miles de personas acusadas de apoyar al fascismo. Las primeras víctimas de estos procesos fueron los políticos de la derecha, pero más tarde les llegó el turno a la izquierda moderada.

A todos se les tachó de fascistas, tan sólo se salvaron los miembros de los partidos comunistas. Quedaba un pequeño paso para establecer regímenes totalitarios de partido único: su proclamación. A la altura de 1948 todos los países ocupados por el Ejército Rojo, con la excepción de Austria y Alemania, habían cumplido ese requisito.

En apenas tres años el frentepopulismo había abierto a los soviéticos las puertas de la “revolución legal”. Habían eliminado toda oposición, incluso la de los antiguos aliados de la izquierda. A partir de ahí comenzaba un camino aún más tortuoso: el de las purgas internas. Entre 1948 y 1953 el pecado ya no era ser fascista, sino revisionista.

Así fue como, bajo el amparo del Ejército Rojo, se operó el cambio político al otro lado del “Telón de Acero”. Fueron necesarias la presencia militar de la URSS y la, hasta 1947, aquiescencia del mundo occidental. Sin embargo, la operación nunca hubiera llegado a ser tan perfecta sin el frentepopulismo y la “táctica del salchichón”. Gracias a estos dos elementos el comunismo construyó en estos países un edificio político que logró mantenerse durante cuarenta años en pleno corazón de Europa.

Bibliografía:

[1] Historia Universal Contemporánea II; Javier Paredes (Coord.) – Barcelona – Ariel – 2004.

[2] La guerra del mundo: los conflictos del siglo XX y el declive de occidente (1904-1953); Niall Ferguson – Barcelona – Debate – 2007.

[3] Postguerra. Una historia de Europa desde 1945; Tony Judt – Madrid – Taurus -2006.

[4] La Batalla de Budapest. Historia de la insurrección húngara de 1956; Ricardo M. Martín de la Guardia, Guillermo A. Pérez Sánchez, István Szilágyi – Madrid – Actas – 2006.

[5] ¡Tierra! ¡Tierra!; Sándor Márai – Barcelona – Salamandra – 2006.

La postguerra que planeó Hitler

Artículo publicado por la web Club Lorem Ipsum el 15 de marzo de 2007.


En mayo de 1945 finalizaba la II Guerra Mundial en su ámbito europeo. Tras casi seis años de duro conflicto el Viejo Continente se encontraba devastado, y las otrora poderosas naciones exhaustas.

En ese tiempo el mundo había cambiado mucho: llegaba la hora de las superpotencias, y con ellas el declinar de imperios como el británico o el francés. Norteamericanos y soviéticos ocupaban Europa con el apoyo de sus frágiles aliados.

Sin embargo, esa gran coalición contra el nacionalsocialismo, fraguada en las diversas conferencias interaliadas –Moscú, Teherán, Yalta y Potsdam-, no tardaría en quebrarse. Los gestos de “amistad” entre Stalin, Churchill y Roosevelt fueron sustituidos por duros reproches y discursos acusatorios como el de Sir Winston en la universidad de Fulton (Missouri), el de Harry Truman ante el Congreso de los EE.UU., o el de Jdanov en el seno de la Kominform.

Después de la ruptura de la Gran Alianza, Europa y el orbe tendrían que someterse a uno de los dos bloques; daba comienzo así la Guerra Fría. El mundo anglosajón, capitaneado por los EE.UU., se enfrentaba al desafío de la revolución mundial promovida desde 1917 por los bolcheviques rusos. Se trataba de un nuevo conflicto mundial entre los vencedores de la guerra.

No obstante, la cuestión que nos ocupa aquí no es trazar el recorrido histórico –de ahí que nos centremos únicamente en sus inicios- de ese ciclópeo pulso. El objetivo de este artículo es demostrar que no fueron los políticos eslavos y anglosajones los que idearon el sistema de bloques. La postguerra la planeó un austriaco.

La organización del orbe en torno a dos grandes potencias surgidas tras la guerra era una idea que se encontraba en los planes de Adolf Hitler.

El líder nacionalsocialista pronosticaba en Mein Kampf un enfrentamiento entre el mundo germánico y el blochevique. De él tenía que surgir un Reich más fuerte capaz de dirigir a la Europa centro-oriental en su enfrentamiento contra el otro gran gigante: los EE.UU. La II Guerra Mundial era el medio que los nazis tenían para alcanzar ese objetivo: Hitler la necesitaba, por eso la provocó. El de 1939 fue un conflicto nacionalsocialista; tuvo, al contrario que en 1914, un único responsable.

El desarrollo de las operaciones militares acabó por desengañar a Hitler. En el enfrentamiento entre alemanes y bolcheviques fueron estos últimos los que lograron la victoria. No sería el III Reich el que protagonizaría el gran enfrentamiento de la postguerra, sino la URSS El imperio que pretendía utilizar el megalómano austriaco para derrotar al mundo anglosajón (Europa centro-oriental y la Rusia asiática) pasó a estar -también Alemania- en manos de Stalin. Muy pronto supo Hitler que la derrota era segura. Así se explican muchas de sus acciones desde 1943, incluida la declaración de guerra –prematura según su plan original- a los EE.UU.

El mundo surgido tras la II Guerra Mundial era, en cierto modo, hijo del nacionalsocialismo. Hitler forzó las estructuras del sistema de Versalles para alcanzar sus objetivos, pero lo que consiguió fue poner en manos de Stalin un gran imperio en el corazón de Europa.

Aún así, con independencia de su triunfo o derrota, el III Reich fue el que encendió la mecha de ese gran cambio. Los nazis empezaron la guerra que transformaría el mundo en tan sólo seis años. Es más, el resultado fue, en cierto modo, el que esperaban: del conflicto germano-soviético surgió un gigante, un poderoso imperio. Cierto es que Hitler esperaba que ese coloso fuese Alemania, pero el resultado, con independencia de los protagonistas, fue el mismo.

El mundo polar –dividido en dos bloques- fue idea del austriaco, y la guerra que lo formó también fue obra suya. Su derrota, el fin del Reich de los mil años, dejó en bandeja a su gran enemigo el destino que creía reservado para él. Los bolcheviques fueron los encargados de poner en marcha el “Imperio del Este”, pero de una manera más propia del ámbito panruso.

Efectivamente, la mentalidad alemana poco tenía que ver con la del extenso país oriental. Stalin no era partidario de un enfrentamiento directo con Occidente, simplemente pretendía asentar su dominio sobre los territorios adquiridos y los demás Estados satélite.

Durante los cuarenta años en que se mantuvo vigente el sistema de bloques, los EE.UU. y la URSS no protagonizaron ningún enfrentamiento militar directo. Los dirigentes de ambas potencias siempre fueron conscientes de las catástrofes que una lucha entre ambas hubiera provocado: se temían y respetaban a pesar de su enemistad. Cabe plantearse si los nacionalsocialistas hubieran actuado igual en el caso de vencer al enemigo eslavo en la II Guerra Mundial.

Sin duda, todo habría sido muy distinto; entre otras cosas porque el III Reich ya se había mostrado hostil al mundo anglosajón antes de invadir la Unión Soviética en 1940. Stalin inició la postguerra como aliado de EE.UU. y Gran Bretaña, mientras que Hitler la hubiera comenzado como enemigo. Es más, los planes del austriaco no contemplaban una coexistencia relativamente pacífica entre ambos bloques.

En la cabeza del líder nazi sólo cabía la opción de un choque inevitable, y deseado, entre los dueños de mundo por el control total del mismo.

Bibliografía:

[1] Historia Universal Contemporánea II; Javier Paredes (Coord.) – Barcelona – Ariel – 2004.

[2] Postguerra. Una historia de Europa desde 1945; Tony Judt – Madrid – Taurus -2006.

[3] Anotaciones sobre Hitler; Sebastian Haffner – Galaxia Gutenberg – Barcelona – 2002.

[4] El mundo de ayer. Memorias de un europeo; Stefan Zweig – Barcelona – El Acantilado – 2002.