Reforma y Contrarreforma

Clase pensada para alumnos de 2º de ESO dentro de una experiencia de flipped learning. En este vídeo se explican las principales características de la Reforma protestante, así como la biografía de los principales reformadores. También se aborda la Reforma católica, conocida comúnmente como Contrarreforma. Ese contenido se complementa con dos entradas: una dedicada a las características del humanismo y el Renacimiento, y otra a las manifestaciones artísticas del periodo.

El modelo yugoslavo IV

Los pueblos conocidos como eslavos del sur llegaron a la zona oriental de la península de los Balcanes a lo largo del siglo VI, VII y VIII. Los serbios, el grupo más numeroso, se establecieron en el este de la actual Yugoslavia e inicialmente cayeron en la órbita de influencia cultural del imperio bizantino. Los croatas, establecidos en el oeste, comenzaron a diferenciarse de los serbios por su acercamiento al mundo latino, aunque durante siglos compartieron con aquéllos una lengua muy similar y una vaga conciencia de origen común. Sin embargo, pronto aparecieron diferencias fundamentales entre ambos pueblos: los serbios adoptaron el alfabeto cirílico, mientras que los croatas utilizaron el alfabeto latino; por otra parte, tras el cisma del año 1054 entre las iglesias de Roma y Constantinopla, los croatas cayeron del lado católico, mientras los serbios optaron por la Iglesia Ortodoxa. Además, los serbios se vieron sometidos a la dominación turca desde finales del siglo XIV hasta mediados del XIX, mientras los croatas estuvieron vinculados a Hungría y al imperio austro-húngaro desde el siglo XII hasta 1918. Unos y otros se adscriben, pues, a tradiciones políticas y culturales nítidamente diferenciadas.

José Carlos Lechado y Carlos Taibo, Los conflictos yugoslavos, p. 20.

El siglo XVI

1. Introducción

El establecimiento del Estado Moderno en los reinos hispánicos por obra de los Reyes Católicos inició el tránsito hacia la Edad Moderna. Con el Estado Moderno se instauró una cierta capacidad unificadora de los reinos hispánicos basada en la lealtad al soberano. Así se produjo la unión de entidades con distinta personalidad, unión que se fortaleció con la llegada de la dinastía de los Austrias.

Durante el siglo XVI y hasta mediados del XVII, los reinos que constituían la Corona española, dirigidos por Castilla, desempeñaron un papel de primera potencia mundial. Esto se debía, en buena medida, a la fuerza que representaba la posesión de los territorios americanos, recientemente descubiertos y conquistados.

En paralelo a este ámbito de carácter político, se desarrollaron otros dos fenómenos destacados. Por un lado, la expansión económica de Europa occidental, bajo el signo de los primeros indicios de capitalismo. Por otro, un extraordinario desarrollo cultura, primero con el Renacimiento y más tarde con el Barroco.

1. El Imperio de Carlos V. Conflictos internos: Comunidades y Germanías.

– Páginas 79 a 82 (hasta «La Monarquía Hispánica de Felipe II»): Historia de España, Santillana, 2º de Bachillerato.

2. La Monarquía Hispánica de Felipe II.

– Páginas  82 a 85 (hasta «La organización institucional bajo los Austrias»): Historia de España, Santillana, 2º de Bachillerato.

3. La unidad ibérica.

– Página 85 (segundo párrafo): Historia de España, Santillana, 2º de Bachillerato.

4. El modelo político de los Austrias.

Página 85 (desde «La organización institucional bajo los Austrias»): Historia de España, Santillana, 2º de Bachillerato.

5. Economía, sociedad y cultura en la España del siglo XVI.

Expansión demográfica.

A finales del siglo XV la Corona de Castilla tenía 5 millones de habitantes, la Corona de Aragón 800.000 y Navarra 120.000. En su mayoría se trataba de una población rural, que vivía en núcleos de menos de 2.000 habitantes. En Castilla, sólo algunas ciudades como Burgos, Valladolid, Salamanca, Medina del Campo, Toledo, Málaga o Granada superaban los 10.000 habitantes. Sevilla era el mayor centro económico, y contaba con 45.000 habitantes. Por su parte, las capitales de la Corona de Aragón (Zaragoza, Barcelona, Palma) superaban también los 10.000 habitantes. Valencia, con unos 75.000 habitantes, era una gran ciudad en la época.

La población hispana debió disminuir a finales de siglo, a consecuencia de la expulsión de unos 150.000 judíos y la marcha de alrededor de 200.000 granadinos en 1492. La evolución demográfica del siglo XVI fue positiva, a pesar de las epidemias, las hambrunas y las migraciones. Aunque no contamos con cifras exactas, un recuento de población de 1591 sitúa a los reinos en 8 millones de habitantes, de los cuales tres cuartas partes vivía en la Corona de Castilla.

En el siglo XVI el crecimiento vegetativo se veía favorecido por una natalidad muy alta, en torno al 35-40 por mil, sobre todo entre los moriscos del Reino de Valencia. Sin embargo, la mortalidad también era alta y llegaba a ser enorme en el caso de la infantil.

La sociedad del siglo XVI.

Tenía una estructura jerárquica basada en el privilegio; es decir, se trataba de una sociedad estamental (nobles, clero, estado llano), pero en la que existía una cierta movilidad: se podía pasar de hidalgo a caballero, de caballero a nobleza titulada, de la burguesía mercantil a la nobleza, por nombramiento o por compra.

Después de la expulsión de los moriscos, la población había quedado unificada desde el punto de vista religioso, pero eso no significó que la cuestión de la limpieza de sangre perdiera importancia. La ausencia de esta excluía a los descendientes de conversos de los cargos públicos, los beneficios eclesiásticos, las enmiendas militares o la enseñanza universitaria.

Los nobles con título eran más de 100 en Castilla y unos 50 en Aragón. Las Leyes de Toro (1505) les habían otorgado el privilegio de establecer mayorazgos (título y bienes quedaban adscritos al derecho de primogenitura). A su vez, Carlos I había creado el título de Grande para los nobles de mayor categoría. Además, había más de cien mil familias hidalgas en Castilla, equiparables a los barones catalanes y a los infanzones aragoneses.

Nobles e hidalgos estaban exentos de pagar tributos y hacían alarde de no profanar sus manos en empresas industriales y mercantiles, lo que perjudicó enormemente a la economía del país.

El clero, también estamento privilegiado, era muy numeroso en estos siglos (se calcula en torno a 100.000 personas). Tenía poder económico, influencia social y política. Vivía de los diezmos y de las rentas de sus propiedades, que por estar adscritas a instituciones eclesiásticas recibieron el nombre de manos muertas. Tenía una estrecha relación con la nobleza, en parte porque los altos cargos de la Iglesia solían recaer en los hijos segundones de la nobleza.

Los campesinos constituían el 80% de la población. La mayoría de ellos no poseía tierras y trabajaban como colonos de los nobles y de la Iglesia. Sobre ellos recaían pesadas cargas fiscales: diezmos, impuestos reales, derechos señoriales, cánones de arriendo… En Cataluña, liberados los payeses de remensa en tiempos de Fernando II, obtuvieron un cierto bienestar al establecerse el arriendo de tierras mediante contratos a largo plazo.

La sociedad urbana estaba constituida por caballeros, que ejercían los cargos públicos, artesanos, mercaderes y miembros de profesiones liberales. El servicio doméstico era numerosísimo y existía una amplia marginación social en torno a las minorías étnicas y a los oficios considerados degradantes. Pero sobre todo era impresionante la pobreza que, según se ha calculado, afectaba al 20% de la población, sobre todo durante la segunda mitad del XVII.

Economía: de la expansión a la decadencia.

A consecuencia de la apertura del mercado americano, la agricultura y la ganadería experimentaron una gran expansión en el siglo XVI. Se roturaron nuevas tierras y se amplió el cultivo del olivo y la vid en Andalucía. Los nobles y la Iglesia, que eran los propietarios de la mayor parte de las tierras, fueron los grandes beneficiados de esta coyuntura.

El XVI fue, además, el siglo del gran esplendor de la ganadería lanar castellana, que llegó a tener tres millones y medio de cabezas de ganado, en gran parte controladas por la Mesta. Fue muy importante la exportación de lana, hacia Flandes especialmente, a través de las ferias de Medina del Campo y del Consulado de Burgos.

El comercio con América, concentrado en Sevilla, fue muy floreciente durante gran parte del siglo XVI. Para proteger la navegación de ataques extranjeros, se estableció un sistema de flotas, con dos tipos de naves: las normales de carga y los galeones, armados con cañones. Partían de Sevilla dos flotas anuales: en primavera hacia Veracruz y en verano hacia Panamá. Desde los puertos de llegada las mercancías se distribuían por los diferentes territorios americanos, donde llegaban a alcanzar precios hasta veinte veces superiores a los de Sevilla.

Un gran problema económico de la época de los Austrias fue la inflación, denominada revolución de los precios. Según estudios recientes, entre 1503 y 1560 entraron por la Casa de Contratación de Sevilla 185.000 kilos de oro y 16 millones de kilos de plata. Además, de forma clandestina, debió entrar una cantidad similar de ambos metales. La plata, cuya cantidad se multiplicó por tres, fue la principal responsable de la inflación. El alza de los precios fue incontenible: entre 1500 y 1600 se cuadriplicaron, siendo su momento culminante al año 1562.

Una parte importante de la riqueza provenientes de las Indias (el “quinto” real) estaba destinado a pagar deudas e intereses a banqueros extranjeros, alemanes y genoveses sobre todo. Por tanto, el Estado y el pueblo apenas se beneficiaron del exceso de riqueza, porque no se utilizó para desarrollar la economía del país, sino para pagar esas deudas.

Así, aunque hubo una industria lanera bastante desarrollada en Segovia, Toledo, Cuenca, Córdoba y en algunas ciudades de la Corona de Aragón, las importaciones eran excesivas. Esto, a su vez, produjo un notable incremento en el precio de los productos, que afecto no sólo a España, sino a toda Europa.

A finales del siglo XVI la Corona, que tenía una deuda de 12 millones de ducados, hubo de recurrir a nuevos impuestos. Entre ellos se encontraba la sisa, que encareció los alimentos básicos: carne, vino, aceite y vinagre. Pero aún así no pudo hacer frente a los gastos y en 1596 se produjo una quiebra (la tercera del reinado de Felipe II): el Estado no estaba en condiciones de pagar las deudas.

Cultura: del Renacimiento a la Contrarreforma.

Hacia 1520 estalló en los reinos hispánicos un problema de carácter religioso cuyo origen podía encontrarse en la imposición de la unidad religiosa por parte de los Reyes Católicos. En esos momentos se planteó el dilema que tanto había de influir en el desarrollo de la cultura española: el enfrentamiento entre la ortodoxia católica y el humanismo erasmista. Mientras algunos intelectuales, como Juan Luis Vives, aceptaban las doctrinas de Erasmo, los ortodoxos desaprobaban el erasmismo al considerarlo antesala del protestantismo. La actuación de la Inquisición fue definitiva para la condena y abandono del “sospechoso” erasmismo.

Durante el reinado de Felipe II se desarrollaron algunos focos de luteranismo, especialmente importantes fueron los de Valladolid y Sevilla, que fueron sofocados por el rey y por la Inquisición con gran dureza. En 1558 se prohibió la importación de libros extranjeros, y al año siguiente se prohibió a los estudiantes cursar estudios en otros países.

A partir de 1560 España se convirtió en uno de los más sólidos baluartes de la Contrarreforma, que contó con el apoyo de la Compañía de Jesús, fundada por San Ignacio de Loyola en 1534. La religiosidad española tuvo algunas características de extraordinaria vitalidad, reflejada en el reformismo de las órdenes religiosas y en la literatura mística. Entre las principales figuras de este fenómeno destaca Santa Teresa de Jesús, autora del Libro de mi vida y de Las Moradas, donde relata sus experiencias místicas.

6. Conclusiones.

El contexto histórico del término «imperialismo»

Artículo publicado por Historia en Presente el 3 de enero de 2009.


Un breve estudio del contexto histórico de la aparición del término “imperialismo” puede ayudarnos a la hora de comprender este fenómeno.

«Durante el siglo XIX, las nuevas dimensiones adquiridas por el tradicional concepto de imperio se vieron notablemente ampliadas. Su primera asociación terminológica se dio en Francia con los partidarios del bonapartismo; un régimen imperial que se reanudó con el Segundo Imperio de Napoleón III. A su vez, estas connotaciones se extendieron a los defensores del viejo imperio alemán» [7].

Sin embargo, la versión más precisa se produjo en Gran Bretaña, hacia 1850, donde el término “imperialismo” era utilizado para designar al régimen de Luis Napoleón, fundado en la gloria nacional y el prestigio militar. Pasados veinte años empezó a aplicarse para señalar los lazos de los británicos con el imperio del que eran titulares. «Este debate se centró en torno a los postulados de Gladstone que, desde el liberalismo, se oponía a la política colonial de Disraeli, a la que crítica con el descalificativo de imperialista. El significado del término evolucionó entre los propios liberales británicos, donde hay que destacar a Salisbury y Chamberlain» [7].

Fue adquiriendo así connotaciones más complejas, entendiendo que el imperio era un marco de difusión de valores superiores ligados a un humanismo genérico que lo convertía en un fenómeno admirable.

También los marxistas fueron desarrollando una teoría sobre el imperialismo. «De esta forma, en sus primeros planteamientos, se entendía este fenómeno como una consecuencia directa del funcionamiento y la evolución del capitalismo. Por tanto, sus estudios se dirigieron a analizar el capitalismo como proceso que, en su desarrollo, engendraba sus propias contradicciones» [7].

Una parte de los enfoques marxistas se centró en estudiar las causas del imperialismo, mientras que otra se fijó más en sus consecuencias, si bien ambas se entendían como complementarias.

Como queda dicho, los contemporáneos de este fenómeno fueron plenamente conscientes de que se encontraban ante algo distinto al clásico colonialismo. Ese movimiento, desarrollado desde el siglo XVI de manera discontinua, comenzó en América y en los establecimientos, costeros en su mayoría, de África y Asia.

No obstante, la situación general del siglo XIX presentaba un panorama claramente distinto: «un mundo sometido a un proceso de aceleración insólita hasta entonces.

Una clave de este fenómeno fue el ingente crecimiento demográfico que se produjo en la población europea entre 1850 y 1900, con una tasa del 50%. Esto vino acompañado de una sensación de optimismo y omnipotencia generalizados en las poblaciones nacionales, que consideraban estas empresas como una especie de expresión de la innata superioridad propia» [7].

Bibliografía:

[1] Historia Universal Contemporánea; Javier Paredes (Coord.) – Barcelona – Ariel – 2004.

[2] La guerra del mundo: los conflictos del siglo XX y el declive de occidente (1904-1953); Niall Ferguson – Barcelona – Debate – 2007.

[3] Postguerra. Una historia de Europa desde 1945; Tony Jutd– Madrid – Taurus – 2006.

[4] Historia del mundo actual; VVAA – Valladolid – Universidad – 2000.

[5] Los orígenes del totalitarismo; Hannah Arendt – Madrid – Alianza -2006.

[6] Historia de las relaciones internacionales; Charler Zorgbibe I – Madrid – Alianza Universidad – 1994.

[7] Teoría breve de las relaciones internacionales; Paloma García Picazo – Madrid – Tecnos – 2004.