Introducción al imperialismo


Como ocurre con frecuencia en la historia, para llegar a comprender en su totalidad un fenómeno planteado y desarrollado en un momento concreto, hay que dar marcha atrás en el tiempo y buscar las claves que lo han propiciado e impulsado.

Esto ocurre, sin duda, en el proceso de expansión europea que se pone en marcha en torno a 1880.

En este caso, esa marcha atrás nos sitúa en el inicio de los años setenta, en ese momentos histórico que marca el comienzo de una nueva época para el mundo occidental:

  • En líneas generales, cabe afirmar que entre esa fecha (1870-1871) y el comienzo de la I Guerra Mundial (1914-1918), el continente europeo alcanzó su máxima plenitud en todos los sentidos.
  • En el terreno político, se había dado fin al ciclo de las revoluciones liberales y burguesas, aspirándose, por el momento, a consolidar la estabilidad conseguida.
    Antes de iniciarse un nuevo proceso reivindicativo, protagonizado en este caso por el proletariado.
  • En el económico, se disfrutaba de los beneficios de haber iniciado en su seno un proceso de industrialización, conocido como “segunda revolución industrial”.
  • Estrechamente ligado a esta, se produjo un espectacular desarrollo de la ciencia y de la técnica, posibilitado por una investigación sistemática y en profundidad. Esto sirvió a su vez de base y de apoyo para seguir avanzando en el camino del desarrollo y el progreso.
  • Finalmente, también el nivel alcanzado por la cultura y la civilización en Europa fue importante, como consecuencia del proceso de evolución y maduración iniciado a comienzos del XIX.
Por todo ello, el europeo se sentía orgulloso de sí mismo y del marco en el que se desarrollaba su existencia.

Es más, se sentía superior a los habitantes de otros continentes y a los hombres de otras razas. En cierta manera, quería transmitirles todo aquello que considera un triunfo de su civilización. Al tiempo que se veía presionado por una serie de circunstancias de tipo político o estratégico y económico que surgieron como consecuencia del desarrollo.

La unión de estos dos factores desembocó en el fenómeno del expansionismo europeo, que tuvo consecuencias tan trascendentales y negativas para la propia estabilidad de Europa. Con el dominio sobre amplios territorios de ultramar, los países europeos no hicieron más que trasladar y agudizar las tensiones existentes en su propio suelo.

El afán de no quedar rezagado, perdiendo por tanto una parte de protagonismo, llevó a todos estos países a iniciar una auténtica carrera expansionista.

A esta se unieron, a partir de 1894, los Estados Unidos y Japón.

Por todo ello, el inicial colonialismo europeo derivó hacia un auténtico imperialismo que, en definitiva, marcó el principio del fin de la hegemonía europea.

En resumen, el imperialismo se puede considerar como un fenómeno histórico propiciado por la relación de las grandes potencias con aquellos Estados o zonas menos desarrolladas, ya sea bajo dominio económico o militar.

La fase de la expansión colonial que se inició en los años setenta llegando hasta vísperas de la contienda mundial constituye el periodo de máxima hegemonía europea.

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