Enfoques ideológicos del Imperialismo


Las características de la guerra Anglo-Bóer (1899-1902) determinaron la primera inflexión crítica hacia una nueva percepción del imperialismo: Imperialism – A Study (1902) de John Hobson. Desplazado al escenario de la contienda, observa los efectos de la política imperialista sobre el terreno y esboza sus primeras reflexiones.

En su búsqueda de los fundamentos que expliquen el imperialismo, adopta una perspectiva que asocia elementos ideológicos –nacionalismo expansionista y patriotero, teorías de la superioridad civilizatoria, mesianismo religioso y humanitario- con otros de índole económica.

Ese conjunto de ideas cristalizó en la denominada “teoría económica del imperialismo”, regida por la idea de que el desarrollo del capitalismo alcanzaría, más tarde o más temprano, una especie de barrera natural insuperable.

Para Hobson la empresa del imperialismo, con sus connotaciones de prestigio nacional y militar a ultranza, es económicamente ruinosa y políticamente peligrosa.

La adquisición de territorios está cargada de simbolismo, en tanto que expresa el deseo de pasar de ser “sólo” una potencia europea a constituirse en gran “potencia mundial”. No se busca tanto el rendimiento de las colonias, ventajas económicas en una concurrencia mundial por mercados y recursos, como la obtención de posiciones estratégicas.

La potencia imperialista proyecta sobre sí misma una adaptación espuria del darwinismo (survival of the fittest dentro de la struggle for life).

Adquiere resonancias filosóficas en la obra de Rudyard Kipling, autor de la visión que considera que el imperialismo es la pesada, heroica y gloriosa “carga del hombre blanco”. O de Friedrich Nietzsche con la consideración de algunos individuos –y pueblos- como “naturalmente” esclavos o señores. Esta idea alcanzó su elaboración más sistemática y radical en la obra de Houston Stewart Chamberlain.

Los escritos, discursos y panfletos de la época están impregnados de este espíritu que todo el mundo considera inocuo y legítimo (Jacob Burckhardt, Max Weber, Friedrich Naumann, Jules Ferry…).

Este clima general presente en buena parte del pensamiento político europeo suscitó fuertes tendencias hacia el irracionalismo, el biologismo y el autoritarismo.

La visión marxista del imperialismo es consecuencia directa del funcionamiento y la evolución del capitalismo. En consecuencia, sus estudios se dirigen a analizar el capitalismo como proceso que, en su desarrollo, engendra sus propias contradicciones.

Una parte de los enfoques marxistas se centran en estudiar las causas del imperialismo; otra se fija más en sus consecuencias, si bien ambas son complementarias. Para un sector del marxismo, la causa corriente del imperialismo se basa en el concepto de “capital financiero”.

La obra más característica del marxismo al respecto es El Imperialismo, etapa superior del Capitalismo. En ella Lenin relaciona el fenómeno colonial con la necesidad ineludible de invertir en los territorios de ultramar los excedentes de capital.

Concluida la Primera Guerra Mundial, surge la obra del austríaco Joseph A. Schumpeter, que emprende una sociología del imperialismo desvinculando por primera vez a este del capitalismo.

En el imperialismo encontramos impulsos que no se corresponden con el espíritu de cálculo racional propio del capitalismo; subyacen en él componentes tan atávicos como el deseo de dominio, el afán de victoria, el instinto bélico… Sostiene que las fuerzas motoras del imperialismo corren a la par con los valores e intereses de la sociedad que lo sustenta.

Define así el imperialismo: “propensión, sin objetivo, por parte de un Estado, a la expansión violenta ilimitada”.