Zoltán Szántó

Este texto forma parte de un conjunto de breves biografías que he elaborado sobre la Revolución Húngara de 1956. Para ver la lista completa, pincha aquí.


Zoltan_Szanto(1893-1977) Militante comunista desde los primeros tiempos, había pasado los años de entreguerras en el exilio. Terminada la Segunda Guerra Mundial se dedicó a la diplomacia: fue embajador en Belgrado de 1947 a 1949; en París, de 1949 a 1954, y en Varsovia, de 1955 a 1956. En el momento de la revolución era miembro del Comité Central del Partido y el 1 de noviembre formó parte de la comisión gestora del nuevo partido de Kádár, el Partido Socialista Obrero Húngaro. Fue Zoltán Szántó quien negoció con el embajador yugoslavo en Budapest la entrada del grupo de Nagy en dicha legación diplomática. Por sus vínculos con el grupo también terminó recluido en Rumania junto a Nagy y sus compañeros, pero finalmente no fue procesado y se retiró de la política.

Los balcanes en el siglo XX (1918-1999)

Artículo publicado por Historia en Presente el 21 de junio de 2008.


En los tres meses de vida que tiene este blog he dedicado muchos artículos a la problemática balcánica. Dos hechos han sido los responsables de esa atención especial: la independencia de Kosovo, que recientemente ha aprobado su Constitución, y las elecciones serbias del pasado mes de mayo, con sus consecuencias para la futura adhesión de ese país a la UE. Con el fin de aportar una visión global acerca de las cuestiones tratadas, me ha parecido oportuno publicar el presente artículo en mi blog. Lo escribí en febrero de 2008 para la Tribuna del Club Lorem-Ipsum.

El final de la Gran Guerra acabó con el sueño de la Monarquía Dual austrohúngara. Su derrota en el conflicto puso fin al estado de los Habsburgo, surgiendo a partir de este un nuevo mapa de la Europa centro-oriental. Serbia, gran rival de los austriacos en los territorios balcánicos, fue una de las grandes beneficiadas en su proceso de descomposición.

Bajo el nombre de Yugoslavia surgió un gran estado que agrupaba en su seno a croatas, eslovenos, albaneses, macedonios, montenegrinos, italianos, bosnios y serbios. Se trataba de una estructura política artificial, una cesión de las potencias de la Triple Alianza a las pretensiones expansionistas de los serbios.

Los postulados nacionales de tipo wilsoniano no se tuvieron en cuenta a la hora de establecer este nuevo estado; y, por si fuera poco, en lugar de procederse al reparto del poder entre los grupos que lo integraban, todo quedó bajo la batuta de Serbia. A lo largo de este artículo trataremos de explicar el desarrollo histórico de Yugoslavia: un Estado que surgió de manera artificial al término de una guerra y que, en medio de una década conflictiva, desapareció sin dejar rastro.

La situación yugoslava durante el periodo de entreguerras (1918-1939) nos puede ayudar a entender mejor el papel jugado por serbios y croatas en la Guerra Nacionalsocialista (1939-1945). Estos últimos, como segunda etnia más importante dentro del estado, mostraron su malestar -cuando no insubordinación- ante el fuerte centralismo serbio.

De esta manera, al comienzo de las operaciones militares llevadas a cabo por alemanes e italianos en los Balcanes, no dudaron en unirse a las potencias del Eje en calidad de fuerzas colaboracionistas. Surgió así, bajo el amparo del Reich hitleriano, el estado ustacha. Este se mantuvo, en constante enfrentamiento con los chetniks y los partisanos serbios, hasta el repliegue de las tropas alemanas.

El final de la II Guerra Mundial dejó paso a la denominada Europa de Yalta, en donde se daba carta de naturaleza a la división del Continente.

Los soviéticos, mediante la táctica frentepopulista, amparada por la presencia en media Europa del Ejército Rojo, establecieron gobiernos afines en Hungría, Rumania, Bulgaria, Polonia, Checoslovaquia, Alemania Oriental y Albania. Yugoslavia no se quedó al margen del fenómeno bipolar que afectó al mundo entre 1945 y 1991. Sin embargo, siguió un desarrollo un tanto peculiar.

El poder alcanzado por los partisanos de Jose Broz (Tito) durante el conflicto, hizo innecesaria la presencia de la URSS para liberar los territorios yugoslavos. A esto hay que añadir las buenas relaciones que, por aquel entonces, tenían Stalin y Tito. De esta manera, Yugoslavia siempre vivió un poco al margen de las directrices soviéticas.

Poco a poco las relaciones entre Moscú y Belgrado se fueron enfriando hasta el punto de llegar al nivel de enemistad en 1948. La no aceptación de varios puntos de la doctrina estalinista supuso la expulsión de Yugoslavia del Kominform. El gobierno de Tito recuperó entonces sus relaciones con Occidente, y pasó a formar parte del grupo de estados no alineados. A lo largo de las décadas siguientes las relaciones entre Yugoslavia y la URSS estuvieron marcadas por la desconfianza y por los reproches mutuos.

Los yugoslavos apoyaron en la medida de lo posible cualquier tipo de autonomía con respecto a Moscú por parte de los gobiernos orientales (Hungría, Polonia, Checoslovaquia…), mientras que los soviéticos siempre mantuvieron su amenaza militar sobre los territorios balcánicos. Tan sólo la muerte de Tito y la llegada al poder de Mijaíl Gorbachov destensaron un tanto las relaciones de dos estados que, por aquel entonces, se encontraban ya en un periodo terminal.

El final del comunismo en Yugoslavia coincidió cronológicamente con el del resto de países del bloque soviético. Sin embargo, el cambio de régimen disto mucho de ser pacífico.

Entre los condicionantes históricos de la guerra de Yugoslavia hay que destacar, en primer lugar, los problemas generados en el proceso de sustitución del estado comunista. Los restantes países de la Europa central y oriental también se enfrentaron a este reto, pero otros factores, como el nacionalismo de los distintos territorios balcánicos o la actitud de algunas potencias occidentales, imposibilitaron ese proceso.

Dentro de la cuestión nacional, hay que destacar los siguientes aspectos: el problema religioso, el viraje ideológico de los comunistas hacia el nacionalismo, la identificación de divisiones étnicas como fronteras políticas, y el papel desestabilizador de las oligarquías y del nacionalismo populista.

Las presiones serbias sobre la autonomía de Kosovo y Vojvodina marcaron el inicio de la descomposición de Yugoslavia como edificio estatal unificado. Los nacionalistas de Slobodan Milosevic alcanzaron el objetivo de hacerse con la mayoría de los votos dentro del entramado federal, pero despertaron con esto el sentimiento nacional entre los demás miembros.

De esta manera, y a pesar de que el Ejército Popular yugoslavo actuó a lo largo de esos años como prolongación del gobierno serbio, Eslovenia y Croacia abandonaron Yugoslavia entre 1991 y 1992. No obstante, Milosevic no renunció a su idea de la Gran Serbia; es más, la ausencia de Croacia y Eslovenia le permitía actuar con más libertad en favor de sus propios intereses. Le llegó entonces el turno a Bosnia, territorio que serbios y croatas no dudaron en repartirse.

Sólo la actuación internacional pudo poner fin a un conflicto que en 1995 llevaba ya tres años sembrando de cadáveres los Balcanes. La ineficaz intervención europea, y el colapso de la ONU ante el veto de Rusia, obligaron a los norteamericanos a intervenir de manera unilateral. Los acuerdo de Dayton y la presencia militar internacional pusieron fin a la guerra de Bosnia, que se establecía como estado independiente. Perdida también Macedonia, las apetencias del nacionalismo serbio se dirigieron de nueva hacia Kosovo, donde los movimientos en favor de la autonomía de la región iban tomando fuerza.

Finalmente, los serbios se decidieron a iniciar una guerra que tenía como fin último expulsar a la etnia albanesa del territorio kosovar. Una vez más, la reacción de la comunidad internacional, hacia lo que de hecho era una limpieza étnica, fue lenta e ineficaz. Tan sólo la actuación de los EE.UU. evitó la catástrofe. En 1999, Belgrado era sometido a un duro bombardeo; poco después caía el régimen de Milosevic.

Bibliografía:

[1] Historia Universal Contemporánea II; Javier Paredes (Coord.) – Barcelona – Ariel – 2004.

[2] Postguerra. Una historia de Europa desde 1945; Tony Judt – Madrid – Taurus -2006.

[3] La Europa balcánica. Yugoslavia, desde la Segunda Guerra Mundial hasta nuestros días; Ricardo M. Martín de la Guardia y Guillermo A. Pérez Sánchez – Madrid – Síntesis – 1997.

[4] La trampa balcánica; Francisco Veiga – Barcelona – Grijalbo – 2002.

[5] Los conflictos yugoslavos. Una introducción; Carlos Taibo y José Carlos Lechado – Madrid – Fundamentos – 1993.

[6] Guerra en Kosovo; Carlos Taibo – Madrid – Catarata – 2002.

[7] Los conflictos de los Balcanes a finales del siglo XX; Enrique Fojón -GEES – 18 de septiembre de 2002.

[8] Adiós, Milosevich, no vuelvas; Manuel Coma – GEES – 15 de marzo de 2006.

De Kosovo a Kosova (1912-2008)

Artículo publicado por Historia en Presente el 24 de abril de 2008.


Presento a continuación un artículo que pretende analizar la reciente independencia de Kosovo con respecto a Serbia. El original es, a mi juicio, demasiado largo para publicarlo de una vez, por esa razón lo he dividido en varios fragmentos. Este primero se centra casi exclusivamente en los aspectos histórico-políticos de la región a lo largo del siglo XX; mi intención es que el siguiente se refiera a la evolución económica kosovar en ese mismo periodo de tiempo. El título elegido pretende reflejar el cambio introducido por la independencia de esta región balcánica: de Kosovo, propio del idioma serbio, a Kosova, como lo denominan los albaneses. La bibliografía que encontrarán al final del texto es igualmente válida para los próximos fragmentos del artículo.

Introducción: Kosovo en el puzzle yugoslavo

Si la antigua Yugoslavia fuera un complicado puzzle, Kosovo sería, recién inaugurado el siglo XXI, una pieza que no acaba de encajar. Casi tres lustros después de los Acuerdo de Dayton (21 de noviembre de 1995), la herida de los Balcanes continúa sangrando por esta región de mayoría albanesa.

A pesar de los esfuerzos -no siempre desinteresados- de gobiernos, organismos internaciones y personalidades de la vida pública, el mapa definitivo para la zona aún no acaba de perfilarse. La declaración unilateral de independencia –si bien con el respaldo de numerosas naciones occidentales- por parte de las autoridades albano-kosovares ha sido, en 2008, el último capítulo de este episodio en la Historia europea.

¿Qué es Kosovo?

Hoy día, como el resto de las antiguas Repúblicas de la Yugoslavia de Joseph Broz (Tito), no es más que el resultado de la desintegración de un Estado artificial. Es el final de un sueño forjado por los eslavos del sur que, arrastrado por el oleaje de los años ochenta y noventa –la desaparición del mundo bipolar-, terminó convirtiéndose en una pesadilla.

Al igual que los otros dos experimentos surgidos al finalizar la Primera Guerra Mundial -la URSS y Checoslovaquia- Yugoslavia desapareció al derrumbarse el Telón de Acero.

No pertenecía del todo al bloque soviético, pero la crisis del socialismo real también se llevó consigo a la federación balcánica. La transición del comunismo al capitalismo estuvo marcada en este estado multinacional, al contrario que el de los demás países de la Europa centro-oriental, por una sucesión de enfrentamientos bélicos. En ese contexto hemos de enmarcar Kosovo: en el fracaso del ideal yugoslavista.

No obstante, Kosovo es mucho más que otra consecuencia de la desmembración de Yugoslavia. Es una región que nunca estuvo a gusto con su estatus dentro de la federación; no es que pretendiera abandonarla, pero deseaba actuar en ella de manera autónoma, como una república más en lugar de como provincia de Serbia, a la que pertenecía desde la guerra entre la Liga Balcánica y el Imperio Otomano (1912). Las raíces históricas de su dependencia con respecto a los serbios se remontan a la batalla de Kosovo-Polje (28 de junio de 1389). La victoria de los turcos marcó el final del reino serbio, que desapareció del mapa europeo durante muchos siglos.

La Serbia contemporánea –desde los años de lucha con turcos y austro-húngaros, hasta la época de Slobodan Milosevic- ha entendido que la región de Kosovo, como último vestigio del antiguo reino medieval, es la cuna de la nueva nación balcánica. Por esa razón, la renuncia a ese territorio es considerada en Belgrado como algo parecido a una herejía. Sin embargo, Kosovo es una región de mayoría albanesa; ciudadanos que no tienen nada que ver –y no quieren tener nada que ver- con Serbia. La cuestión es, por tanto, compleja.

¿Qué ha sido Kosovo dentro de Yugoslavia?

Al término de la Primera Guerra Mundial surgió el Reino de los serbios, croatas y eslovenos. Se trataba de un estado multiétnico –serbios, croatas, eslovenos, montenegrinos, bosnios, albaneses, húngaros, búlgaros, italianos y griegos- cuya constitución (Vidovdan, 1921) fue denunciada por organizaciones contrarias a la política de Belgrado como “un medio ideado por los serbios para terminar con sus tradiciones seculares y lograr su completa asimilación (como sucedía con los albaneses de Kosovo y los macedonios, considerados serbios a todos los efectos). Por ello, pretendieron una revisión de la misma, al menos sobre postulados federalistas” [3].

En concreto, el Partido popular esloveno propuso, sin éxito, la formación de un Estado yugoslavo muy parecido al que años después presidió Tito: “Serbia con Kosovo y Macedonia, Croacia con Eslavonia y Dalmacia, Eslovenia, Montenegro, Bosnia-Herzegovina y Voivodina” [3]. Por tanto, en la época de entreguerras, nos encontramos con un Kosovo sometido al gobierno serbio, tanto en los planteamientos centralistas de la Constitución de Vidovdan y del gobierno del rey Alejandro I, como en los postulados revisionistas de croatas y eslovenos.

Pocos meses antes de la Segunda Guerra Mundial (1939-1945) el Reino de los serbios, croatas y eslovenos comenzó a desmembrarse “fruto de las crisis internas y de la tensión internacional” [4].

Esa situación fue aprovechada por las potencias del Eje en 1941, año en que decidieron a ocupar el territorio yugoslavo y establecer ahí estados colaboracionistas. Italia, que previamente había satelizado Albania, se anexionó la región de Kosovo por considerarla, precisamente, territorio albanés. Esto ha sido olvidado de manera sistemática por historiadores y expertos en relaciones internacionales. Sin embargo, es de una importancia vital, no tanto por sus repercusiones –la situación se prolongó sólo unos meses – como por su valor simbólico: la única vez en todo el siglo XX en que Kosovo ha abandonado el yugo del gobierno serbio.

Tras la derrota de las potencias del Eje en 1945, los vencedores procedieron a reorganizar el mapa europeo. Los Balcanes quedaron bajo la órbita de la URSS. Sin embargo, la Yugoslavia liberada por los partisanos de Tito pudo desarrollarse con cierta autonomía. “Al contrario que otros estados de la Europa central y oriental, no eran un territorio ocupado por el Ejército Rojo” [2].

La primera constitución de la Federación declaraba que esta estaba compuesta por cinco repúblicas (Serbia, Croacia, Eslovenia, Bosnia-Herzegovina y Macedonia) y, como muestra de reconocimiento a las peculiaridades de las poblaciones albanesa y húngara, dos provincias autónomas vinculadas a Serbia: Kosovo y Voivodina. A estas les correspondían, respectivamente, diez y dieciocho representantes en la Cámara de las Nacionalidades, de ciento setenta y ocho miembros.

La muerte de Stalin fue aprovechada por las autoridades yugoslavas para redactar una nueva Constitución (1953). Esta mantuvo los principios del anterior documento, pero marcaba ciertas distancias con los principios centralistas de tipo estalinista. Los albano-kosovares vieron en esto un avance hacia el objetivo definitivo: ser reconocidos como república independiente dentro de la Federación yugoslava.

Sin embargo, en contra de las esperanzas albergadas por Kosovo, la Constitución de 1963 no varió en nada la estructura de Yugoslavia.

En ella se mantenían las cinco repúblicas, con diez diputados cada una en el Consejo de las Nacionalidades, y las dos provincias autónomas, con cinco representantes. La protesta ante el inmovilismo de las autoridades federales se hizo esperar hasta 1968. Kosovo participó a su manera en ese mar de sentimiento inconformista que sacudió al mundo a finales de los sesenta. Pedían ser reconocidos como república independiente dentro de la Federación. La concesión de un mayor grado de autonomía sirvió para acallar temporalmente las protestas en la provincia.

El último episodio en lo que a la cuestión constitucional se refiere es el de 1974. Este documento establecía, de cara al gobierno yugoslavo, un Consejo Federal, con treinta delegados por república y veinte de cada provincia autónoma, y un “consejo de repúblicas y provincias compuesto por doce delegados de las repúblicas y ocho de las provincias” [3].

¿Qué es Kosovo después de Yugoslavia?

El proceso de descomposición de la Federación yugoslava se inició en la década de los ochenta; si bien es verdad que sus repercusiones no se dejaron notar hasta los años noventa. En Kosovo las protestas reaparecieron, de forma violenta, en 1981. La reivindicación de la independencia como república apareció acompañada en este caso de dos fenómenos cada vez más extendidos: la crisis económica y el odio a la minoría étnica serbia, que era marginada de manera sistemática por las autoridades autonómicas (durante la década de los setenta abandonaron Kosovo el 17% de sus ciudadanos serbios). La resistencia albano-kosovar fue reprimida por la policía y el ejército federal, pero su ejemplo sirvió para avivar el sentimiento nacionalista dentro de todo el territorio yugoslavo.

El auge nacionalista en Serbia tuvo un nombre: Slobodan Milosevic. Este personaje se erigió en el salvador de un pueblo que, a pesar de ser mayoría, se sentía maltratado dentro de las estructuras federales.

La grandeza de los serbios parecía perderse en medio de la crisis económica de la república y la ineficacia del aparato yugoslavo para evitar el descalabro. Por esa razón, el nuevo gobierno republicano, aupado por los aires de cambio que recorrían la Europa centro-oriental, se decidió a redactar una nueva Constitución en 1989. Este texto sancionaba el fin de la autonomía de Kosovo y Voivodina, lo que provocó la protesta de ambas minorías étnicas. Sin embargo, el proyecto de Milosevic siguió adelante.

Poco a poco Yugoslavia se fue rompiendo en medio de guerras y secesiones pactadas. No obstante, Kosovo no conseguía quitarse de encima el yugo serbio. El 19 de octubre de 1991, como consecuencia del centralismo practicado por Belgrado, la provincia proclamó su independencia. Esta sólo contó con el reconocimiento expreso de Albania, lo que sirvió para que Milosevic proclamara, una vez más, que detrás de la cuestión kosovar estaba el irredentismo albanés. Unos meses después, Ibrahim Rugova era elegido Presidente en el exilio de la República nonata.

Los años que siguieron a estos hechos estuvieron marcados por la actividad terrorista de ambas facciones: la albanesa y la serbia. Una vez resueltos los conflictos con Eslovenia, Croacia, Bosnia y Macedonia, Serbia volvió los ojos a Kosovo. Corría el año 1999, y había llegado el momento de llevar a cabo la tan ansiada limpieza étnica que iba a “solucionar” la cuestión de Kosovo. Para el gobierno de Milosevic la única solución era echar a los albaneses de la región. La intervención de los EE.UU. a través de la OTAN impidió que el ejército serbio completara su tarea.

La ocupación del territorio kosovar por parte de las fuerzas internacionales pospuso sine die la solución para el problema de la región. No obstante, desde las Naciones Unidas se empezó a trabajar por medio de una comisión presidida por Martti Ahtisaari. La actual independencia de Kosovo se ha basado en las conclusiones publicadas por este organismo en primavera de 2007. El problema es que, ante la amenaza del veto ruso, estas no han sido aprobadas por el Consejo de Seguridad de la ONU. Por esa razón, muchos entendidos no dudan en tildar este proceso emancipador de ilegal.

Además, en el seno de la Unión Europea, organismo al que se ha encargado la tutela del nuevo estado de Kosovo, no existe consenso en torno a la cuestión. En apariencia, el camino hacia la solución de esta problemática parece despejarse; sin embargo, no debemos engañarnos, queda mucho por andar. No sólo ha de confirmarse la independencia kosovar –reconocimiento por parte de la comunidad internacional, con Serbia a la cabeza-, sino también la viabilidad del proyecto en un territorio lastrado por abundantes desequilibrios económicos, culturales y sociales.

Bibliografía:

[1] Historia Universal Contemporánea II; Javier Paredes (Coord.) – Barcelona – Ariel – 2004.

[2] Postguerra. Una historia de Europa desde 1945; Tony Judt – Madrid – Taurus -2006.

[3] La Europa balcánica. Yugoslavia, desde la Segunda Guerra Mundial hasta nuestros días; Ricardo M. Martín de la Guardia y Guillermo A. Pérez Sánchez – Madrid – Síntesis – 1997.

[4] La trampa balcánica; Francisco Veiga – Barcelona – Grijalbo – 2002.

[5] Los conflictos yugoslavos. Una introducción; Carlos Taibo y José Carlos Lechado – Madrid – Fundamentos – 1993.

[6] Kosovo. Una independencia sin dinero; Ramón Lobo – El País – 31 de mayo de 2007.

[7] Kosovo independiente; Florentino Portero – GEES -12 de junio de 2007.