El ejército alemán y el Ejército Rojo


Nos adentramos en un nuevo capítulo de El pacto con el diablo, sobre él podrán leer los siguiente artículos: Criando la sierpe en el seno, Centros de fabricación e instrucción : testimonio de Ernst Köstring, El precio puesto por Moscú, La República de Weimar y la cooperación militar con la Unión Soviética, Una Europa pacificada salvo en la cuestión polaca, Los objetivos de Rusia, El papel de la aristocracia prusiana, El Partido Comunista Alemán y los “socialfascistas”, La Unión Soviética ante el ascenso de Hitler, y La ruptura de la cooperación militar.

“Tal como se subrayó una y otra vez, conforme a la verdad, el Tratado de Rapallo no contenía ninguna cláusula militar secreta. Sin embargo, en la práctica sí dio como resultado una cooperación militar secreta entre Rusia y Alemania más estrecha que la que jamás hubo entre dos estados, incluso entre aliados”.

Sebastian Haffner resalta la colaboración entre la Reichwerh alemana y el Ejército Rojo durante el periodo de entreguerras en el capítulo que nos ocupa. Deja claro desde el primer momento que esta no estaba contenida en lo pactado en Rapallo. Sin embargo, el entendimiento germano-soviético surgido tras ese tratado facilitó notablemente la colaboración de tipo militar. Hemos de recordar que la inclinación alemana hacia el ámbito ruso fue fruto del triunfo de los conservadores pro-orientales sobre los partidarios del entendimiento con Occidente. Sin esto, tal como indicaba el autor en el capítulo anterior, Rapallo hubiera sido imposible.

A lo largo de los próximos artículos trataremos de explicar en qué consistió esa colaboración, qué ganaba cada una de las partes en la misma, y cómo acabo por romperse ese entendimiento entre el Ejército Rojo y la Reichswehr.

Bibliografía:

[1] El pacto con el diablo; Sebastian Haffner – Barcelona – Destino – 2007.

[2] Historia Universal Contemporánea II; Javier Paredes (Coord.) – Barcelona – Ariel – 2004.

[3] La guerra del mundo: los conflictos del siglo XX y el declive de occidente (1904-1953); Niall Ferguson – Barcelona – Debate – 2007.

[4] Sociedad y cultura en la República de Weimar: el fracaso de una ilusión; José Ramón Díez Espinosa – Valladolid – Universidad – 1996.

Séptimo pecado: la verdadera puñalada


“Tan sólo un año más tarde volvieron a presentarse los que en octubre y noviembre de 1918 habían huido tan miserablemente de su responsabilidad, y lo hicieron en calidad de acusadores. Los socialdemócratas a quienes ellos habían cargado con la responsabilidad de la derrota se convirtieron entonces en los “criminales de noviembre” que habían “apuñalado por la espalda al frente victorioso” y provocado la derrota, es más, la habían deseado”. Sebastián Haffner trata de desmontar en el último capítulo de su obra la leyenda de la “puñalada por la espalda”, descrita de forma bastante acertada en el párrafo anterior. Al mismo tiempo plantea lo que él llama la “verdadera puñalada”: efectuada por los altos mandos políticos y militares del Imperio Alemán contra sus opositores –socialdemócratas y democristianos fundamentalmente-, el ejército y la propia nación. La artimaña consistió, básicamente, en entregar el poder a otros justo cuando la derrota era inevitable e inminente. De esta forma, las manos de los verdaderos culpables aparecían limpias ante la Historia y el pueblo, quedando como responsables aquellos que se dejaron engañar al tomar las riendas del poder de modo ingenuo.

La Revolución de noviembre no afectó para nada al desenlace final de la guerra. La derrota alemana, una vez fracasada su última embestida sobre el frente occidental, era cuestión de tiempo. Las tropas norteamericanas e inglesas crecían con el paso de los meses, sin que los alemanes encontraran el modo de mantener por más tiempo la firmeza de sus líneas defensivas. Es más, desde el 29 de septiembre se estaba negociando el alto al fuego con el presidente Wilson. Por tanto, la paz deshonrosa para Alemania –el yugo de Versalles- lo forjaron los que después cargaron sobre los hombros de Weimar esa responsabilidad. No obstante, el séptimo “pecado” no consistió tan solo en afirmar que determinados parlamentarios deseaban la derrota para llevar a cabo la revolución. Eso, desde luego, era falso –se podría plantear solamente esta tesis para el caso de los futuros espartaquistas-; pero había más.

La Alemania imperial pudo llegar, una vez sumida en el pozo de la derrota, a una paz más favorable. Lo que sucedió fue que sus líderes, bien por miopía política o bien por la ya habitual huída de la realidad, no tomaron el camino adecuado. Los ejércitos alemanes tenían que haber abandonado Francia y Bélgica a principios de mayo con el fin de plantear una defensa seria y posible en el Rin. Esto obedecía no solo a la lógica militar, sino también diplomática: desde una posición fuerte se podría llegar a una paz más conveniente. Sin embargo, una vez más, el alto mando se mostró incapaz de reconocer la derrota; y eso incluía la cabezonería de no abandonar Bélgica, que en principio era simplemente un lugar de paso.

Haffner nos muestra a Ludendorff como responsable de estos hechos: un general omnipotente, con cierto trastorno mental a esas alturas del conflicto, y ejemplo claro de los dos males más nocivos de Alemania es la Gran Guerra, la huida de la realidad y la búsqueda de chivos expiatorios. Este militar, además de ejercer de comadrona de la puñalada, cometió dos “pecados” en el último momento: no retirarse al Rin y pedir, públicamente y sin ningún tipo de preparación política, el alto al fuego el 29 de septiembre. Este último suceso no solo desmoralizó a la nación entera –exhausta a esas alturas de conflicto-, sino que también mostró a los enemigos el agotamiento alemán. Eso sirvió para que las condiciones de paz fueran más duras, ya que los germánicos pasaron a ocupar una posición de debilidad también en lo diplomático.

El autor suaviza al final del capítulo la culpa de Ludendorff, ya que su ascenso vino causado por la renuncia a su obligación de gobernar de algunos políticos. Si el general se encontró en un momento de la guerra con todo el poder en sus manos fue, básicamente, porque casi le obligaron a aceptarlo; los demás no cumplieron con su obligación de gobierno.

Bibliografía:

[1] Los siete pecados capitales del Imperio Alemán en la Primera Guerra Mundial; Sebastian Haffner – Barcelona – Destino – 2006.

[2] Historia Universal Contemporánea II; Javier Paredes (Coord.) – Barcelona – Ariel – 2004.

[3] La Primera Guerra Mundial; Hew Strachan – Barcelona – Crítica – 2004.

1923-1939: la vendetta alemana

 Artículo publicado por la web Club Lorem Ipsum el 30 de marzo de 2007.


Sebastian Haffner escribió en su juventud que nada había envenenado tanto el alma de los alemanes como los sucesos del año 1923. El berlinés afirmaba que ninguna nación del mundo había experimentado un acontecimiento equivalente: “todas han vivido una Guerra Mundial, la mayoría también revoluciones, crisis sociales, huelgas, reclasificaciones de bienes y devaluaciones de la moneda. Sin embargo, ninguna ha experimentado el desbordamiento fantástico y grotesco de todo eso a la vez (…) esa danza de la muerte carnavalesca y gigante, esa saturnal eterna, sangrienta y grotesca, en la que no sólo se devaluó la moneda, sino todos los demás valores”.

El llamado “año inhumano” ha quedado reflejado también en obras de otros literatos, periodistas e historiadores como si se tratase de un acontecimiento demente a la par que clave en la experiencia vital del género humano. No obstante, sólo en los escritos de este alemán he encontrado una conclusión tan certera y lanzada con tanta decisión:

“El año 1923 preparó a Alemania no para el nazismo en particular, sino para cualquier aventura fantástica”.

Para entender qué sucedió en Alemania en el año 1923 hay que remontarse a los días de la Gran Guerra (1914-1918). Durante casi un lustro el II Reich luchó hasta la extenuación en un conflicto que difícilmente podía ganar. La decepción de la derrota, la penosa situación en la que se encontraba el país tras la contienda y las duras sanciones impuestas por los vencedores lastraron el desarrollo del sistema republicano nacido en noviembre de 1918.

Sin embargo, la situación germana fue mejorando en los siguientes años: la nación, aunque todavía envenenada interiormente por el amargo fruto de la derrota, parecía tender a estabilizarse. Todo hubiera seguido su rumbo ascendente si Francia, celosa defensora de sus intereses, no hubiera decidido intervenir nuevamente en los asuntos alemanes.

La IV República, necesitada de fondos para salir de una crisis de posguerra que también afectó a los vencedores, exigía al Estado germano el pago de las indemnizaciones atrasadas. La negativa alemana a saldar esa ingente deuda tuvo como respuesta la invasión de la región industrial del Ruhr por parte de los franceses. Fue entonces cuando los obreros germanos de esa comarca se declararon en huelga. Se produjeron disturbios y enfrentamientos entre el ejército ocupante y los huelguistas que se saldaron con varios muertos.

La maquinaria industrial alemana se paró y la economía se fue al traste. Al mismo tiempo la moneda se desplomaba en un proceso inflacionista sin precedente en la Historia.

Los ahorros de los ciudadanos perdían todo su valor, y los precios aumentaban con el paso de las horas. En Alemania se vivieron días de auténtica locura, pero no faltaron los que, con cierta dosis de audacia y pocos escrúpulos, aprovecharon la situación para enriquecerse. El final de la crisis no tardó en llegar, pero en la mente de los alemanes quedó grabado el recuerdo de ese “año inhumano”.

Fueron muchas las causas que favorecieron el ascenso de Hitler a la responsabilidad de canciller. Una de ellas fue, sin lugar a dudas, el recuerdo de los sucesos de 1923.

Pasaron diez años entre la locura del carnaval teutón y la constitución del primer gobierno del Führer; sin embargo, en la memoria de los alemanes seguían muy vivas la demencia, privaciones y humillaciones del “año inhumano”. Los nacionalsocialistas, como en muchos otros aspectos, supieron aprovechar de ese recuerdo lo que mejor se adaptaba a sus necesidades.

A aquellos que se beneficiaron con los acontecimientos del pasado –jóvenes que habían disfrutado con el juego del carnaval- les prometieron más dosis de esa extraña droga. Mientras, a los que temían la repetición de esos hechos, les aseguraron que en el III Reich reinaría la estabilidad. Y estos dos objetivos, aunque parezca curioso, no entraban en contradicción: la esquizofrénica maquinaria nacionalsocialista estaba perfectamente capacitada para mostrar al pueblo teutón el espejismo que este desease.

Cada alemán guardó su propio recuerdo del año 1923. Lo escondieron en las profundidades de su alma, y de ahí se evadió con fuerza cuando llegó su momento.

Un país entero estaba dispuesto a enseñar las heridas o los trofeos –depende el caso- de tan extraños días. Cada persona le pidió al nuevo régimen que hiciera realidad sus sueños; deseos de lo más variopintos. Sin embargo, casi todos parecían tener algo en común: necesitaban vengarse de las humillaciones sufridas.

Cierto es que los franceses habían encendido la mecha de semejante polvorín, pero fueron otros los que se beneficiaron de la situación de Alemania. Durante aquellos meses miles de inmigrantes del este y centro de Europa vivieron en las ciudades alemanas como auténticos marqueses. Aprovecharon la fortaleza de las divisas de sus respectivos países para hacer realidad sus fantasías de poder, riqueza y diversión. Los germanos sumidos en el caos y la pobreza fueron testigos de cómo los extranjeros se beneficiaban de su propia miseria.

El literato húngaro Sándor Márai nos relata en Memorias de un burgués sus vivencias en el Berlín de ese año. Se trata de un texto fundamentalmente descriptivo, pero en algunos párrafos encontramos valiosas reflexiones de este intelectual: “Estábamos unidos por unos lazos poco éticos, apartados de los alemanes y, en cierto modo, aliados en su contra, y no me habría sorprendido si un día nos hubiesen echado de la ciudad a patadas. Pero los alemanes, asombrados, se limitaban a callar (…), todos puestos en fila, mudos y severos, servían de telón de fondo para los desfiles tambaleantes de aquellas hordas”.

Años después fueron los nazis los que ofrecieron a los teutones la posibilidad de vengarse de polacos, checoslovacos, húngaros y rusos. Hitler defendía en sus postulados la inferioridad de estos pueblos y la necesidad de convertirlos en siervos del III Reich.

Sin embargo, tras el maltrato y el desprecio de los ejércitos alemanes a las gentes del Este se escondía algo más que los postulados ideológicos del nacionalsocialismo. Se trataba de una venganza por las humillaciones sufridas durante el año 1923; vendetta que no tenía sentido en el caso de los enemigos occidentales, por eso allí las crueldades fueron menores. Alemania purgó el recuerdo del “año inhumano” con las atrocidades de su guerra oriental.

Bibliografía:

[1] Historia Universal Contemporánea II; Javier Paredes (Coord.) – Barcelona – Ariel – 2004.

[2] La guerra del mundo: los conflictos del siglo XX y el declive de occidente (1904-1953); Niall Ferguson – Barcelona – Debate – 2007.

[3] El periodo de entreguerras en Europa; Martin Kitchen – Madrid – Alianza Editorial – 1992.

[4] Sociedad y cultura en la República de Weimar: el fracaso de una ilusión; José Ramón Díez Espinosa – Valladolid – Universidad – 1996.

[5] El mundo de ayer. Memorias de un europeo; Stefan Zweig – Barcelona – El Acantilado – 2002.

[6] Memorias de un burgués; Sándor Márai – Barcelona – Salamandra – 2006.

[7] Historia de un alemán; Sebastian Haffner – Barcelona – Destino – 2006.