La desintegración de Yugoslavia

Los conflictos yugoslavos han tenido una raíz fundamentalmente endógena: han sido viejas rencillas entre pueblos y nuevos problemas entre las élites políticas lo que han provocado el estallido del decenio de 1990. Por ello, atribuir a la comunidad internacional, o a algunos de sus miembros, un papel de relieve en la gestación de los contenciosos yugoslavos parece excesivo. Naturalmente que hay que recordar, eso sí, que la crisis, y la posterior desaparición, del sistema y del bloque soviético algo tuvieron que ver con los conflictos yugoslavos: aunque en modo alguno eran la causa de estos últimos, sí que proporcionaron un entorno internacional en el que la manifestación de tensiones como las que nos ocupan era más factible.

Carlos Taibo, Guerra en Kosovo. Un estudio sobre la ingeniería del odio, p. 85.

De los ilirios a la Segunda Guerra Mundial V

La derrota otomana frente a Rusia condujo, en 1878, a la firma del tratado de San Stefano, cuyas consecuencias fueron tres: el freno impuesto al imperio austrohúngaro, la consolidación de un proyecto yugoslavista y la creciente influencia de Rusia en los Balcanes. Bulgaria y Serbia salieron claramente beneficiadas. A la segunda, que alcanzó por vez primera una independencia efectiva con respecto al imperio otomano, le fue asignada la mayor parte del territorio de Kosovo, si bien es verdad que fragmentos pequeños correspondieron a Montenegro y al propio imperio otomano. Como respuesta a estos hechos, en junio de 1878 se reunieron en Prizren trescientos delegados albaneses -en su mayoría terratenientes musulmanes que, más bien conservadores, se mostraban partidarios de las estructuras del poder otomano se mantuviesen en pie- que dieron en configurar la llamada «Liga de Prizren». Los acontecimientos exteriores pronto se volvieron en contra de los intereses de Rusia. Las potencias de la Europa occidental y central consideraban que la mayor prioridad debía estribar en reducir las dimensiones territoriales, visiblemente engrosadas en San Stefano, de Bulgaria. A las medidas encaminadas a que la parte meridional de ésta fuese reintegrada al imperio otomano, siguieron otras en virtud de las cuales el mismo procedimiento se aplicó a los territorios en que vivían los albaneses, con lo cual las cosas serbias hubieron de retirarse de Kosova.

Carlos Taibo, Guerra en Kosovo. Un estudio sobre la ingeniería del odio, p. 31.

De los ilirios a la Segunda Guerra Mundial IV

La debilidad, con todo, que seguía caracterizando a las estructuras del poder otomano facilitó, en 1877-1878, una invasión de Kosova por parte de los serbios y montenegrinos, que protagonizaron una confrontación aguda con los albaneses. Varios millares de éstos fueron expulsados de la región de Nis. Es verdad que poco después las unidades otomanas se ensañaron en las represalias contra los serbios que residían en el sur de Kosova. La tregua a la postre alcanzada obligó a los ejércitos serbios a retirarse.

Carlos Taibo, Guerra en Kosovo. Un estudio sobre la ingeniería del odio, p. 30-31.

De los ilirios a la Segunda Guerra Mundial III

Buena parte de la población serbia residente en los territorios situados al norte de Kosovo había buscado la protección del emperador austríaco, al tiempo que se verificaba un flujo decisivo: el centro de gravedad de las comunidades serbias, que en un tiempo había estado en Kosovo, empezó a trasladarse hacia Belgrado, con lo cual la separación, y la oposición, entre serbios y albaneses fue ganando terreno. El éxodo serbio facilitó, como era de esperar, una nueva llegada de albaneses de las montañas, y ello no sólo a Kosovo, sino también a Macedonia e incluso a ciudades como Nis, hoy en el sur de Serbia.

Carlos Taibo, Guerra en Kosovo. Un estudio sobre la ingeniería del odio, p. 28.

De los ilirios a la Segunda Guerra Mundial II

Para la historiografía serbia, por el contrario, los albaneses se formaron en virtud del cruce entre restos aportados por los ilirios y los dejados por un sinfín de pueblos que habitaban la parte suroccidental de los Balcanes, de tal suerte que su vinculación con Kosovo fue marginal antes de  la llegada de los eslavos y su presencia significada en el territorio que hubo de aguardar a finales del siglo XVII y principios del XVIII, cuando asumieron un crudo papel de colonizadores empecinados en la persecución de los serbios. Antes, Kosovo se había convertido en el crisol de la nación serbia, que vio la luz en 1389 de resultas de la batalla de Kosovo Polje. Así las cosas, los serbios son la población autóctona de Kosovo, país al que llegaron mucho antes que los albaneses. La presencia de estos producto de una cultura en la que los elementos destructivos y de atraso son decisivos no se remonta más allá de tres siglos atrás, y sólo puede explicarse por efecto de los estímulos generados, primero, por la insana dominación turca, que no ahorró esfuerzos para aniquilar a la cristiandad ortodoxa, y después por los intereses del imperio austrohúngaro. Con estos antecedentes no puede sorprender que la palabra Kosovo suscite, a los ojos de muchos serbios, la imagen de la persecución, del sufrimiento y de la injusticia.

Carlos Taibo, Guerra en Kosovo. Un estudio sobre la ingeniería del odio, p. 24.

 

De los ilirios a la Segunda Guerra Mundial I

…las historiografías albanesa y serbia parecen condenadas a la discrepancia. La primera señala que los albaneses, descendientes directos de los ilirios, se vieron obligados a retroceder -en virtud de las invasiones eslavas- hacia las zonas costeras a partir del siglo VI después de Cristo, pero regresaron a su tierra, bajo la protección del Islam, en los siglos XV y XVI, y configuraron en adelante el grueso de la población de Kosova. Conforme a esta visión de los hechos, los serbios son, en cambio, gentes plenamente ajenas a Kosova, que han mostrado una permanente hostilidad hacia los albaneses y han hecho todo lo que estaba en su mano para dividirlos, obstaculizando, en particular, la gestación de un estado común para las comunidades albanesas presentes en Montenegro, Kosova, Macedonia, Grecia y la propia Albania.

Carlos Taibo, Guerra en Kosovo. Un estudio sobre la ingeniería del odio, p. 23-24.

Kosovo: una pérdida humillante

La cuestión de Kosovo es delicada para cualquier serbio, no porque quiera y crea que Kosovo debe formar parte de Serbia. Nadie en su sano juicio querría lidiar con una población enemiga e independentista, trufada de mafias y narcotraficantes. De hecho, la mayoría de los serbios es consciente de que, sin Kosovo, Serbia solucionaría mucho más rápido sus problemas. La pérdida de Kosovo significaría para Serbia lo mismo que fue para Hungría la amputación de Transilvania en 1920, por el Tratado de Trianon. Una pérdida humillante.

Mira Milosevich, ¿Un nuevo Trianon?, p. 2.

La lentitud de las reformas

La tardía Constitución es un espejo de la situación política actual en Serbia: las reformas democráticas han sido lentas e insuficientes. El mayor problema interno es la corrupción, que no ha cesado de aumentar en los últimos tres años, como informan los analistas de la UE. A ello se une el estancamiento económico en niveles de pobreza (el sueldo medio en Serbia es de 250 Euros). Esta pésima situación , así como el fracaso en el cumplimiento de las exigencias de la UE, los ha intentado disimular el actual gobierno de Vojislav Kostunica (Partido Democrático Serbio) con un nuevo discurso sobre la cuestión de Kosovo, aunque sin prometer batallas, como lo hizo su antecesor. Según Kostunica, los serbios no pueden aceptar el chantaje que ya les había propuesto el «arquitecto de paz en los Balcanes», Richard Hoolbrok: la renuncia a Kosovo como condición necesaria para el ingreso en la UE.

Mira Milosevich, ¿Un nuevo Trianon?, p. 2.

La reunificación por criterios étnicos

Durante la guerra de Kosovo, el antiguo Secretario de Estado norteamericano, Henry Kissinger declaró estar a favor de la reunificación de los pueblos de la antigua Yugoslavia según el principio étnico, considerando que sólo esto podría garantizar una paz duradera. Su propuesta no era del todo descabellada, porque los proceso de unificación nacional europeos del siglo XIX empezaron en los Balcanes, y porque todos los conflictos en los Balcanes han surgido de cuestiones étnicas. Sin embargo, lo que Kissinger no tuvo en cuenta es el hecho de que los nacionalistas balcánicos, como los nacionalistas en general, tienden a la emulación mimética y que satisfacer las exigencias de unos no garantiza que más tarde no aparecerán otros que pidan más. Saciar los apetitos de los nacionalistas étnicos no convierte a éstos en demócratas.

Mira Milosevich, La situación política de Serbia después de las elecciones generales, p. 3.

Reflexiones sobre la independencia de Kosovo

Si Kosovo obtiene cualquier forma de independencia facilitaría a los serbios despedirse de un pasado falsamente dorado y concentrarse en su propio desarrollo democrático como nación moderna y fuerte, clave de la estabilidad de los Balcanes, y se cumplirá el sueño estatal de los albaneses de la región, pero tendría unas consecuencias dramáticas a corto plazo en la escena política internacional. En primer lugar, los serbios de la llamada República Serbia de Bosnia podrían recurrir al mismo expediente y exigir su independencia o su anexión a Serbia, y otro tanto harían los musulmanes de Sandzak, que ya intentaron en 1993 unirse a los musulmanes de Bosnia.

Mira Milosevich, La situación política de Serbia después de las elecciones generales, p. 1.