Las conquistas de la Rusia zarista


Durante buena parte del siglo XIX, el expansionismo ruso había tenido como objetivo primordial los Balcanes y el Mediterráneo Oriental, buscando siempre una necesaria salida al mar.

Esta política se convirtió en objetivo prioritario durante el reinado del zar Nicolás I, hasta que la guerra de Crimea (1853-1856) puso fin, momentáneamente a estas ambiciones. Las potencias europeas, en términos generales, eran contrarias a que Rusia alcanzara su tan anhelada salida al mar por los Estrechos.

Esta situación obligaba a reestructurar la política exterior que, a partir de los años centrales del siglo, centró su área de expansión natural en Asia.

De forma paulatina pero continuada se fue llevando a cabo la implantación rusa en el continente asiático:

  • Primero, en la región montañosa del Cáucaso, sometida tras vencer la dura resistencia de la población indígena.
  • Simultáneamente, adelantando sus fronteras en Asia Central, hasta situarlas entre el Caspio, el Aral y el Balkach.
  • A continuación fueron las fértiles regiones del Turquestán las que atrajeron su interés, sometiendo mediante una continuada campaña a sus ciudades más importantes.
  • Al comenzar los años setenta, todo el Turquestán había quedado bajo su área de influencia, que pretendía extenderse ahora hacia las zonas montañosas del Pamir.

La potencia más afectada por el expansionismo ruso por Asia era, sin lugar a dudas, Inglaterra. Por una parte, aumentaba el peligro sobre Turquía, a la que los británicos deseaban conservar inmune. Por otra, sus propios intereses en la India podían peligrar ante aquella inquietante vecindad.

Finalmente, se ponía en juego el área de influencia sobre Persia. Este antiquísimo imperio, postrado política y económicamente y, por tanto, vulnerable a la dependencia exterior, era una codiciada presa. Tanto ingleses como rusos deseaban obtener de Teherán concesiones de tipo económico, dando lugar esta situación a tensiones y recelos.

Inglaterra deseaba delimitar perfectamente su zona de influencia en esa parte del globo, evitando injerencias externar. Su dominio sobre Afganistán le permitió establecer un Estado-tapón que defendiera sus intereses en Asia Central.

Con todo ello, el Imperio ruso tuvo que desplazar su línea de actuación hacia Extremo Oriente, o sea, hacia la costa del Pacífico. Dentro de esta política estaría la colonización de Siberia, la cesión por parte de China de los territorios situados al norte del río Amur y la obtención de la zona costera entre este río y Corea. Justamente en ese enclave los rusos fundaron Vladivostok.

Su atención se centró entonces en China, de la que consiguió importantes concesiones como la construcción de vías férreas en este país y la entrega de Port Arthur. Con ello, Rusia consiguió su largo deseo de obtener una salida al mar.

Sin embargo, su presencia en Extremo Oriente se vería pronto amenazada por un expansionismo emergente: el del Japón.

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