«Conmovida, le escribe a su madre: «El martes último he asistido a una fiesta de la que jamás me olvidaré en mi vida: nuestra entrada en París. En cuanto a honores, hemos recibido todos los que es posible imaginar; pero no ha sido eso lo que me ha impresionado de un modo más profundo, sino la ternura y el ardor del pobre pueblo, que, a pesar de los impuestos con los que está abrumado, se sentía transportado de alegría al vernos. En el jardín de las Tullerías había una multitud tan inmensa que durante tres cuartos de hora no pudimos avanzar ni retroceder, y al regreso de este paseo hemos permanecido una hora y media en una terraza descubierta. No puedo describirte, mi querida madre, las explosiones de amor y alegría que nos tributaron en este momento»».
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Descripción de la reina, en «María Antonieta» de Stefan Zweig
«Pero a veces el destino puede trastornar la existencia de uno de tales «hombres medios» y, con su puño dominador, lanzarlo por encima de su propia medianía; la vida de María Antonieta es quizás el ejemplo más claro que la Historia nos ofrece de ello. Durante los primeros treinta años de los treinta y ocho que duró su vida, esta mujer recorrió su camino trivial, aunque siempre en una extraordinaria esfera; jamás, ni en lo bueno ni en lo malo, sobrepasó la común medida; un alma tibia, un carácter corriente, y, al principio, históricamente considerada, solo una figuranta. Sin la irrupción de la Revolución en su alegre e ingenuo mundo de juegos, esta princesa de la Casa de Habsburgo, insignificante en sí misma, habría continuado viviendo tranquilamente como centenares de millones de mujeres de todos los tiempos; habría bailado, charlado, amado, reído; se habría adornado; habría hecho visitas y dado limosnas; habría parido hijos, y, por último, se habría tendido dulcemente en un lecho para morir sin haber vivido realmente según el espíritu del mundo de su tiempo. Como reina, la habrían sepultado solemnemente, habrían llevado luto de corte, pero después habría desaparecido por completo de la memoria de la Humanidad (…) Un carácter medio necesita primeramente ser arrojado fuera de sí mismo, para llegar a ser todo lo que es capaz de ser, acaso más de lo que sospechaba y sabía antes; para ello, el destino no tiene otro estímulo sino la desgracia».
Luis XIV en el cine: la humillación de la nobleza ante el monarca absoluto
Se ha de relacionar este corte de la película «Vatel» (2000) con el de la entrada Luis XIV en el cine: el poder de la monarquía sobre la nobleza. En concreto, si en aquel fragmento se señalaba la dependencia económica de los privilegiados con respecto al rey, en este se aprecia claramente la superioridad de este último. El príncipe de Condé, uno de los nobles más poderosos de Francia, permanece de pie ante el Luis XIV, a pesar de padecer de la gota. Y todo ello sin que el monarca se inmute: no hace el más leve gesto cuando entra en la sala, e incluso continúa comiendo como si no le importara la presencia de ese hombre.
La relación de dependencia existente hace que Condé sea capaz de aguantar cualquier humillación con tal de que Luis XIV le otorgue un cargo militar. Solo eso puede salvarlo de la bancarrota, y ambos personajes lo saben. Por eso el rey, haciendo gala una vez más de su superioridad, abandona la sala sin dar respuesta. La deja en manos de un subalterno, como si hablar con el príncipe fuera para él rebajarse. Es así como Condé, uno de los grandes nobles de Francia, debe esperar a que sus deseos se vean confirmados por boca del secretario de Luis XIV.
Luis XIV en el cine: el poder de la monarquía sobre la nobleza
La trama de «Vatel» (2000) transcurre durante la visita de Luis XIV al palacio de un aristócrata francés, el príncipe de Condé. El rey va a iniciar la guerra contra las Provincias Unidas y necesita un general que dirija las operaciones militares. El problema es que el mejor estratega de Francia está enemistado con él desde que, en sus primeros años de reinado, participara en una revuelta nobiliar -fronda de los príncipes- contra la Corona. Sin embargo, Condé está económicamente arruinado y necesita, a toda costa, recibir ese encargo del rey para recuperar su estatus económico.
El fragmento que se muestra a continuación se desarrolla al inicio de la película. En él, además de mostrarse la llegada del rey -en su atuendo podemos ver algunas cuestiones relacionadas con la moda en Versalles-, se hace visible la penuria económica en la que vive Condé. De hecho, el protagonista del film, Vatel, es el encargado de explicársela a los acreedores del príncipe cuando estos vienen a cobrar. En definitiva, aquellos nobles que habían disputado su poder al rey, al que consideraban primus inter pares -primero entre iguales-, necesitan ahora del monarca para no arruinarse. Luis XIV, al igual que el resto de mandatarios absolutistas, ya no se considera un igual a ellos. Es superior, y no solo eso, los aristócratas dependen de su favor, de los cargos públicos, para subsistir económicamente. Él ha pasado a ser el sol, y el resto de la nobleza los planetas y satélites que giran a su alrededor.
