Sionismo: radiografía de un concepto demonizado V

El sionismo, hijo de la fobia antijudía de Europa, recibió de la crisis política, social y moral europea de las décadas de 1930 y 1940 un impulso decisivo hacia la obtención de sus objetivos fundacionales. En los ocho años comprendidos entre 1932 -en que el Partido Nazi obtiene el 37,4 por ciento de los votos y se convierte en la primera fuerza política del Reich alemán- y 1939 -en que Hitler desencadena por fin la Segunda Guerra Mundial-, la amenaza directa del nazismo empujó hacia Palestina a 200.000 judíos centroeuropeos (alemanes, austríacos, checos…) que, sin ese peligro y sin las restricciones crecientes a la emigración hacia América, jamás habrían ido a establecerse allá abajo. Fueron ellos quienes transformaron la precedente comunidad pionera judeopalestina en una sociedad de perfil completamente occidental, con sus clases medias, sus profesionales cualificados e incluso su incipiente burguesía; fueron ellos quienes convirtieron dicha sociedad (de unos 450.000 miembros en 1939, el 29 por ciento de la población total) en el embrión de un Estado. ¿Y cuál fue el motor de esa quinta aliá? Hitler. No es una coincidencia que sólo en 1935 -el año de promulgación de las Leyes Raciales de Nüremberg- arribasen a las costas palestinas 62.000 fugitivos de Europa.

Como era inevitable, la espectacular consolidación demográfica y económica del proyecto sionista desencadenó el miedo y la hostilidad de la comunidad árabe palestina, y  nutrió una escalada de disturbios y violencias intercomunitarias que iba a culminar con la gran revuelta árabe de 1936 para convertirse en algo crónico. La potencia mandataria, la Gran Bretaña, intentó, por medio de comisiones, planes y conferencias, propiciar una conciliación imposible y luego, cada vez más inquieta ante la cólera creciente de un mundo árabe cuyo apoyo frente a Hitler no le convenía enajenarse, decidió dar un vuelco a su política en Palestina. El Libro Blanco británico de mayo de 1939 cerraba las puertas del territorio a nuevos inmigrantes judíos, cuatro meses antes de que el Führer nazi convirtiese el continente europeo en una ratonera mortal para sus 8,5 millones de habitantes hebreo.

Varios Autores, En defensa de Israel, p. 93 y 94.

Sionismo: radiografía de un concepto demonizado IV

En noviembre de 1917, en medio de la enorme convulsión geopolítica de la Gran Guerra, el sionismo obtuvo el primer compromiso internacional relevante a favor de sus aspiraciones: la Declaración Balfour, a través de la cual el gobierno británico hacía suya y garantizaba su apoyo a la idea de crear en Palestina «un hogar nacional para el pueblo judío», sin perjuicio de «los derechos civiles y religiosos de las comunidades no judías» en aquel territorio. Es, desde luego, un compromiso ambiguo, contradictorio con las promesas hechas casi simultáneamente a los árabes para espolear su rebelión antiturca, y concebido por Londres más que nada para asegurar su futuro control sobre Palestina, frustrando toda aspiración francesa sobre el territorio.

Varios Autores, En defensa de Israel, p. 91.

Sionismo: radiografía de un concepto demonizado II

Cuando el fenómeno estalló con toda su virulencia en la Francia de la Revolución y de los Derechos del Hombre, cuando al calor del affaire Dreyfus las muchedumbres gritaban «¡muerte a los judíos!» por las calles de París, algunos intelectuales judíos que hasta la fecha se sentían despreocupadamente asimilados empezaron a sospechar que la emancipación de los hebreos de Europa era una quimera. Así, en el caso del «problema judío», la crisis de la solución liberal allanó el camino a la solución nacional.

Varios Autores, En defensa de Israel, p. 87-88.

Sionismo: radiografía de un concepto demonizado I

Bajo los efectos de este discurso y del ambiente opresivo que se respiraba dentro de los confines de Rusia, nace el mismo años de 1882 un modesto movimiento migratorio que, hasta 1891, trasladará hacia los míseros distritos otomanos de Palestina a uno 25.000 jóvenes obreros y estudiantes judíos rusos y balcánicos, resueltos a redimirse de las malformaciones de la diáspora y a redimir a su antigua patria del atraso y la pobreza, sobre la doble base del trabajo agrícola y de la resurrección de la lengua hebrea.

Hasta aquí, el fenómeno -que será conocido a posteriori como la primera aliá u oleada de inmigración judía a la Palestina contemporánea- no habría merecido en los libros de historia más que una brevísima nota a pie de página.

Varios Autores, En defensa de Israel, p. 87-88.

Vistas desde el frente

La caída en desgracia de la imagen de Israel culmina con el comienzo de la ayuda masiva de los Estados Unidos, en 1968, país sobre el que se carga toda la culpabilidad, pero también todo el cuidado de los intereses planetarios de las antiguas potencias coloniales europeas debilitadas por la Segunda Guerra Mundial. Pero es un hecho poco recordado que, hasta ese años, los EE.UU. se habían abstenido de otorgar ayuda militar a Israel, y los únicos fondos que desde allí llegaban al Estado judío provenían de las limitadas contribuciones privadas de las comunidades israelitas. Israel sobrevivió a la guerra del 48 con armas del bloque soviético, y en 1956 y 1967 con armamento francés. En 1947, de los cinco miembros del Consejo de Seguridad de la ONU, los EE.UU. fueron los últimos en dejarse persuadir para apoyar el proyecto de partición de Palestina. El más encendido discurso a favor del proyecto fue el de Andrei Gromiko, el representante de la URSS. En 1956, americanos y soviéticos conjuntamente forzaron a los israelíes, aliados ocasionales de británicos y franceses, a evacuar la península egipcia del Sinaí en cuestión de días. Sin embargo, desde 1967, Israel fue considerado el tradicional aliado y satélite natural del imperialismo americano o, para los antisemitas delirantes, el instrumento planetario del lobby judío. La utilidad ideológica de este planteamiento lo hacía inquebrantable: cada vez que los americanos ejercían algún tipo de presión sobre Israel, algunos lo consideraban un acto menor de compensación.

Varios Autores, En defensa de Israel, p. 72-73.

Ser judío en el siglo XXI

Cada vez que el ejército de Israel ha abandonado posiciones en Gaza o Cisjordania, los atentados terroristas han recrudecido. Sucedió así durante el gobierno de Rabin, después de los acuerdos de Oslo, en 1993. Sucedió así luego de las concesiones realizadas por el primer gobierno del primer ministro Netanyahu, en 1997. Y continuó sucediendo luego de que el actual primer ministro, Ariel Sharon, anunciara explícitamente que, en oposición a lo que había sostenido durante buena parte de su carrera política, estaba dispuesto a aceptar la existencia de un Estado palestino en Gaza y Cisjordania.

Varios Autores, En defensa de Israel, p. 68-69.

Meditar Yenín III

La más honda paradoja del Cercano Oriente es que Palestina llegara a existir, tal vez, un día sólo porque existe Israel: sin él, jamás hubiera pasado de provincia jordana. O Siria. Y hace mucho que los palestinos hubieran sido globalmente pasados por las armas de sus hermanos musulmanes.

Varios Autores, En defensa de Israel, p. 33.

Meditar Yenín II

Olvidamos, con demasiada facilidad, lo esencial: los países árabes no sólo negaban el derecho de Israel a existir; negaban también (y aún más) la posibilidad de existencia de un Estado palestino. Tanto Siria como Jordania reclamaban esos territorios como propios. Y la Liga Árabe siempre juzgó tan aberrante la existencia d eun país llamado Palestina como la de uno llamado Israel.

Varios Autores, En defensa de Israel, p. 32-33.

Meditar Yenín I

Año 2000. Propuesta Barak: devolución del total de los territorios ocupados y formación de un Estado independiente palestino (nota rememorativa: en 1948, fueron los países árabes colindantes quienes vetaron la constitución de ese Estado y ocuparon su territorio). Inmediata, en lo que concierne a la mayor parte de Cisjordania y Gaza. A corto plazo, en lo referente a los asentamientos (nota rememorativa: el encargado de desmontar los del Sinaí a punta de fusil, tras el acuerdo de devolución a Egipto, fue un tal Ariel Sharon). en lo que concierne a Jerusalén, me remito a las palabras del cerebro del plan, Shlomo Ben Ami: «lo que está habitado por judíos es Israel, lo que está habitado por palestinos es Palestina». Punto.

Arafat no acepto. ¿Por qué? Porque en su inconsciente lo único que sigue, de verdad, operando es la vieja mitología de tirar a los judíos al mar y borrar Israel del mapa. Su ceguera ha costado miles de muertos a los suyos, lanzados, como suicidas fanáticos, a una guerra que no tienen la menor posibilidad de ganar. Un dirigente que lanza a sus hombres (y sus niños) a hacerse matar como mártires, sin ton ni son, es lo peor. Lo moralmente obsceno. Sobre todo, si él sigue vivo.

Varios Autores, En defensa de Israel, p. 32.

La deriva política serbia III

Receloso acaso de un temible competidor, el presidente serbio sentó las bases para cortar de raíz el crecimiento del partido de Seselj. El enfrentamiento con los radicales tuvo por efecto principal la disolución, el 20 de octubre de 1993, del parlamento serbio; Milosevic convocó nuevas elecciones para el 19 de diciembre, en medio de las quejas de todos los partidos, exceptuando, naturalmente, el Socialista. Las elecciones se tradujeron en un visible éxito de este último, que se hizo con 123 de los 250 escaños. Los radicales de Seselj perdieron claramente terreno -39 escaños- y se vieron superados incluso por la coalición opositora DEPOS -45 escaños-; el Partido Demócrata, por su parte, obtuvo 29 actas parlamentarias. Aunque los resultados no parecían obligar a los socialistas a buscar apoyos en el parlamento, lo cierto es que no era descartable una aproximación, aparentemente contra natura, entre el partido de Seselj y las formaciones políticas, sobre el papel en la oposición democrática, lideradas por Vuk Draskovic y Zoran Djindjic.

José Carlos Lechado y Carlos Taibo, Los conflictos yugoslavos, p. 130.