Los orígenes de la nación alemana


A lo largo de la Edad Moderna, nos encontramos con un mundo alemán fragmentado en un sinfín de principados y pequeños Estados, a los que hay que sumar la presencia de las grandes potencias en determinados territorios del ámbito germano.

Sin embargo, tras las guerras napoleónicas surgió un nacionalismo forjado en la lucha contra el enemigo francés, que terminó de modelarse al entrar en contacto con las corrientes culturales del romanticismo.

El romanticismo alemán

Las corrientes romanticistas, con un predominante carácter idealista, pregonaban el establecimiento de una sociedad basada en la idea de justicia, que, encarnado en la supuesta superioridad moral de los alemanes, se convirtió en el gran motor de la unidad germana.

En plena guerra contra el Imperio francés, Fichte escribió en Berlín su obra Discurso a la nación alemana, que recoge los postulados de la doctrina nacionalista germana.

En este texto resaltó la importancia histórica de la identidad alemana, plasmada en una lengua y una cultura propia, reclamando para ella un Estado independiente.

Posteriormente surgieron otros inspiradores del movimiento intelectual en los más diversos campos de la cultura, entre los que destacaron Ranke y Hegel; sin embargo, en un principio, este sentir fue algo muy minoritario, que tardó un tiempo en llegar a las capas populares.

La revolución de 1848 en Alemania

El contagio de los sucesos revolucionarios franceses y del levantamiento de Viena llegó a los territorios alemanes en marzo de 1848. En un primer momento se trató de una revuelta rural que reclamaba la supresión de las cargas señoriales y exigiendo algunas reformas de índole similar, pero finalmente toda esa agitación se trasladó a las ciudades.

En el medio urbano las protestas fueron de menor magnitud, destacando las que se produjeron en las regiones del sur -especialmente Baviera- Kandern y Alsacia. Entre sus reivindicaciones hay que resaltar: la libertad de presa y asociación, la creación de una guardia nacional, y la formación de asambleas representativas.

Otro suceso destacable de esta revolución de 1848 en Alemania fue la reunión de Heidelberg (5 de marzo), a la que asistieron representantes liberales de los distintos Estados alemanes de sur.

Estos se mostraron favorables a la construcción de un Estado federal de Alemania, y acordaron reunirse otra vez, en forma de Parlamento Previo representante de todos los alemanes, a finales del mismo mes en Frankfurt.

Fue justamente en esa misma ciudad donde a mediados del mes de mayo se constituyó la Asamblea Nacional Constituyente, cuyo presidente, Heinrich von Gagern, procedió a formar un gobierno provisional.

Los trabajos de la Asamblea de Frankfurt

Dentro de la Asamblea germana de reciente creación encontramos dos bloques bien diferenciados. La inmensa mayoría era partidaria de respetar los derechos de las monarquías reinantes, mientras que una minoría planteaba la creación de un Estado federal a imagen del de los EE.UU.

El principal problema de los representante reunidos en Frankfurt fue la debilidad del organismo que habían constituido: la Asamblea carecía de verdadera fuerza para imponer lo acordado, siendo imprescindible para ella buscar el apoyo de los diversos Estados.

No obstante, su labor legislativa y organizativa fue muy importante, destacando la Constitución Imperial alemana (27 de marzo de 1849), que recogía los derechos fundamentales del pueblo alemán, la existencia de un emperador que compartía el gobierno con el Reichstag o Parlamento, y el carácter bicameral del Reichtag, con una cámara elegida por sufragio universal y otra territorial.

Poco a poco se fueron configurando dos grandes corrientes dentro de la Asamblea. Por un lado, los liberales y protestantes, que defendía una “Pequeña Alemania”: una federación bajo el control de Prusia. Por otro, los católicos y demócratas, que abogaban por la “Gran Alemania”; incluyendo también todos los territorios de los Habsburgo.

Finalmente triunfo el movimiento de la “Pequeña Alemania”: la Asamblea de Frankfurt ofreció la corona imperial a Federico Guillermo IV de Prusia.

Sin embargo, la negativa de este y el triunfo de los sectores más radicales desembocó en un nuevo estallido revolucionario, que fue duramente reprimido por los distintos monarcas germanos

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