La postguerra que planeó Hitler

Artículo publicado por la web Club Lorem Ipsum el 15 de marzo de 2007.


En mayo de 1945 finalizaba la II Guerra Mundial en su ámbito europeo. Tras casi seis años de duro conflicto el Viejo Continente se encontraba devastado, y las otrora poderosas naciones exhaustas.

En ese tiempo el mundo había cambiado mucho: llegaba la hora de las superpotencias, y con ellas el declinar de imperios como el británico o el francés. Norteamericanos y soviéticos ocupaban Europa con el apoyo de sus frágiles aliados.

Sin embargo, esa gran coalición contra el nacionalsocialismo, fraguada en las diversas conferencias interaliadas –Moscú, Teherán, Yalta y Potsdam-, no tardaría en quebrarse. Los gestos de “amistad” entre Stalin, Churchill y Roosevelt fueron sustituidos por duros reproches y discursos acusatorios como el de Sir Winston en la universidad de Fulton (Missouri), el de Harry Truman ante el Congreso de los EE.UU., o el de Jdanov en el seno de la Kominform.

Después de la ruptura de la Gran Alianza, Europa y el orbe tendrían que someterse a uno de los dos bloques; daba comienzo así la Guerra Fría. El mundo anglosajón, capitaneado por los EE.UU., se enfrentaba al desafío de la revolución mundial promovida desde 1917 por los bolcheviques rusos. Se trataba de un nuevo conflicto mundial entre los vencedores de la guerra.

No obstante, la cuestión que nos ocupa aquí no es trazar el recorrido histórico –de ahí que nos centremos únicamente en sus inicios- de ese ciclópeo pulso. El objetivo de este artículo es demostrar que no fueron los políticos eslavos y anglosajones los que idearon el sistema de bloques. La postguerra la planeó un austriaco.

La organización del orbe en torno a dos grandes potencias surgidas tras la guerra era una idea que se encontraba en los planes de Adolf Hitler.

El líder nacionalsocialista pronosticaba en Mein Kampf un enfrentamiento entre el mundo germánico y el blochevique. De él tenía que surgir un Reich más fuerte capaz de dirigir a la Europa centro-oriental en su enfrentamiento contra el otro gran gigante: los EE.UU. La II Guerra Mundial era el medio que los nazis tenían para alcanzar ese objetivo: Hitler la necesitaba, por eso la provocó. El de 1939 fue un conflicto nacionalsocialista; tuvo, al contrario que en 1914, un único responsable.

El desarrollo de las operaciones militares acabó por desengañar a Hitler. En el enfrentamiento entre alemanes y bolcheviques fueron estos últimos los que lograron la victoria. No sería el III Reich el que protagonizaría el gran enfrentamiento de la postguerra, sino la URSS El imperio que pretendía utilizar el megalómano austriaco para derrotar al mundo anglosajón (Europa centro-oriental y la Rusia asiática) pasó a estar -también Alemania- en manos de Stalin. Muy pronto supo Hitler que la derrota era segura. Así se explican muchas de sus acciones desde 1943, incluida la declaración de guerra –prematura según su plan original- a los EE.UU.

El mundo surgido tras la II Guerra Mundial era, en cierto modo, hijo del nacionalsocialismo. Hitler forzó las estructuras del sistema de Versalles para alcanzar sus objetivos, pero lo que consiguió fue poner en manos de Stalin un gran imperio en el corazón de Europa.

Aún así, con independencia de su triunfo o derrota, el III Reich fue el que encendió la mecha de ese gran cambio. Los nazis empezaron la guerra que transformaría el mundo en tan sólo seis años. Es más, el resultado fue, en cierto modo, el que esperaban: del conflicto germano-soviético surgió un gigante, un poderoso imperio. Cierto es que Hitler esperaba que ese coloso fuese Alemania, pero el resultado, con independencia de los protagonistas, fue el mismo.

El mundo polar –dividido en dos bloques- fue idea del austriaco, y la guerra que lo formó también fue obra suya. Su derrota, el fin del Reich de los mil años, dejó en bandeja a su gran enemigo el destino que creía reservado para él. Los bolcheviques fueron los encargados de poner en marcha el “Imperio del Este”, pero de una manera más propia del ámbito panruso.

Efectivamente, la mentalidad alemana poco tenía que ver con la del extenso país oriental. Stalin no era partidario de un enfrentamiento directo con Occidente, simplemente pretendía asentar su dominio sobre los territorios adquiridos y los demás Estados satélite.

Durante los cuarenta años en que se mantuvo vigente el sistema de bloques, los EE.UU. y la URSS no protagonizaron ningún enfrentamiento militar directo. Los dirigentes de ambas potencias siempre fueron conscientes de las catástrofes que una lucha entre ambas hubiera provocado: se temían y respetaban a pesar de su enemistad. Cabe plantearse si los nacionalsocialistas hubieran actuado igual en el caso de vencer al enemigo eslavo en la II Guerra Mundial.

Sin duda, todo habría sido muy distinto; entre otras cosas porque el III Reich ya se había mostrado hostil al mundo anglosajón antes de invadir la Unión Soviética en 1940. Stalin inició la postguerra como aliado de EE.UU. y Gran Bretaña, mientras que Hitler la hubiera comenzado como enemigo. Es más, los planes del austriaco no contemplaban una coexistencia relativamente pacífica entre ambos bloques.

En la cabeza del líder nazi sólo cabía la opción de un choque inevitable, y deseado, entre los dueños de mundo por el control total del mismo.

Bibliografía:

[1] Historia Universal Contemporánea II; Javier Paredes (Coord.) – Barcelona – Ariel – 2004.

[2] Postguerra. Una historia de Europa desde 1945; Tony Judt – Madrid – Taurus -2006.

[3] Anotaciones sobre Hitler; Sebastian Haffner – Galaxia Gutenberg – Barcelona – 2002.

[4] El mundo de ayer. Memorias de un europeo; Stefan Zweig – Barcelona – El Acantilado – 2002.

El desempleo de masas en la Gran Depresión

Artículo publicado por la web Club Lorem Ipsum el 23 de febrero de 2007.


“Se ven grupos de gente con vestidos descoloridos y caras lívidas; son los sin trabajo, que esperan algo sin saber qué, pues, ¿quién espera hoy día encontrar trabajo? Pasean sin plan, sin objeto, ya que no pueden soportar la casa donde también todo es malo, todo es miseria, ¿por qué no pasearse entonces? ¿A qué volver a casa, si automáticamente se llega a ella, sin quererlo y siempre demasiado pronto?”

Con esta cita comienza José Ramón Díez Espinosa, profesor de Historia Contemporánea de la Universidad de Valladolid (UVa), su última obra: El desempleo de masas en la Gran Depresión. Palabras, imágenes y sonidos. En ella, este estudioso del periodo de Entreguerras -experto también en Historia de Alemania- realiza una excelente radiografía de la crisis en los años treinta del siglo pasado y sus consecuencias sociales. Se trata de un recorrido por el convulso mundo del desempleado en unos tiempos en los que serlo llegó a resultar casi habitual.

Trece millones en EE.UU., seis en Alemania, cuatro en Gran Bretaña… de la mano de los protagonistas de las llamadas “Novelas del desempleo” el lector se sumerge en la vida de esos millones de personas.

Se trata de un viaje que nos lleva por la Europa Central y el mundo anglosajón, introduciéndonos en las fábricas, en los hogares, en los lugares de ocio y recreo. En definitiva, el autor, mediante un ingente trabajo de recopilación –utiliza numerosas narraciones, películas, canciones, fotografías, crónicas…-, es capaz de transportarnos a la cotidianeidad de los desempleados y sus familias.

El trabajo de Díez Espinosa es imposible de confeccionar con el simple dato; sólo puede realizarse si antes se ha comprendido al objeto del mismo: los hombres y mujeres de los años treinta. El tipo de Historia que nos presenta posee, pues, un marcado carácter cualitativo. Consigue que el lector, además de conocer esa realidad, la sienta, la huela, la viva. No obstante, su labor no se queda ahí. El autor sabe conjugar todo esto con un bien trazado esquema argumental y unos datos numéricos –también abundantes como se refleja en las tablas y gráficos que acompañan al texto- que hablan por si solos.

Al leer El desempleo de masas en la Gran Depresión. Palabras imágenes y sonidos no nos encontramos ante un manual de Historia. Tampoco se trata de una monografía pensada para expertos; aunque a estos les dirá más este trabajo que a los no iniciados. Esta obra es, en cierto modo, una novela. O, mejor, varias a la vez.

El autor se sirve de personajes como Hans Pinneberg, Gisela Kron, Charlie Habble, los habitantes de Kuhle Wampe… –todos ellos protagonistas de las obras de literatos como Hans Falllada, Irgmard Keun, James Thomas Farrell, John Steinbeck…- para fabricar una “gran novela”. Esta mezcla de varias vidas ficticias -basadas en circunstancias reales- está engarzada por la exposición del autor.

Este va moviéndose a su antojo por los sucesos que rodean el quehacer cotidiano de estos personajes para mostrarnos los aspectos sobre los que desea incidir. De esta manera, tras describir la realidad del desempleo en ámbitos como la Europa continental, Gran Bretaña y los EE.UU. –capítulo primero-, nos introduce en cuestiones como la situación laboral y económica de estas personas –capítulo segundo-, la alimentación y la vivienda –capítulo tercero-, los transtornos psicológicos y el ocio como refugio –capítulo cuarto-, y las consecuencias políticas de este fenómeno en los tres ámbitos descritos al inicio –capítulo cinco-. Es, pues, un recorrido muy amplio que abarca prácticamente todos los ámbitos de la vida de estas personas.

Quiebras empresariales, zonas industriales deprimidas, seguros públicos de desempleo desbordados, familias destrozadas, desequilibrios físicos y psicológicos, suicidios… el gran logro del autor consiste en amenizar nuestro paseo por ese mundo con fragmentos –magistralmente escogidos- de obras literarias y películas. A estos añade los datos oficiales -fruto de una investigación de no menor valor- y un esquema fácilmente reconocible.

Sin embargo, Díez Espinosa no se queda en las palabras: su obra sobre el desempleo masivo incluye también imágenes y sonidos. El texto puede llegar a pintar una realidad de forma casi perfecta, pero nunca alcanzará el nivel de las fotografías de Walter Ballhause y Dorothea Lange. A lo largo del libro vamos encontrando estas pequeñas joyas en las que, con sólo un vistazo, percibimos la dureza de esos años en toda su complejidad. También la música ocupa un lugar privilegiado en este libro. La transcripción en castellano de canciones clásicas de ese momento ayuda notablemente a su mejor comprensión.

Cabe destacar de entre estas La canción del desempleo de H. Eisler y D. Weber, Sombrío domingo de R. Seress y L. Jávor, ¿Hermano, puedes darme diez centavos? de E. Y. Harburg y J. Gorney o Lamento de Detroit de V. Spivey.

El desempleo de masas en la Gran Depresión. Palabras, imágenes y sonidos es una obra para leer con calma, y no precisamente por su complejidad o su extensión. Si realmente se quiere disfrutar de su lectura hay que ir sin prisas, deteniéndose en cada uno de los aspectos de la realidad que nos muestra el autor. No es un libro para descubrir ideas madre, sino más bien sensaciones.

Por esa razón, el que busque lo primero saldrá decepcionado. Encontrará sin duda numerosas ideas camufladas bajo la vestimenta literaria, pero le exasperará tanto ejemplo, tanto detenerse en la vida de las personas. Es más, se perderá en el desarrollo de las historias que acompañan la línea argumental de la obra. Sus protagonistas le serán extraños, indiferentes. Por el contrario, aquel que se haga con él para ojearlo con calma hallará en sus páginas un sinfín de recovecos curiosos.

En ese saborear cada detalle está la clave en la lectura de este trabajo, que muy probablemente conduzca al lector hacia las obras originales -literarias, cinematográficas, fotográficas y músicales- en las que se sustenta.

Bibliografía:

[1] El desempleo de masas en la Gran Depresión. Palabras, imágenes y sonidos; José Ramón Díez Espinosa – Valladolid – Universidad – 2006.

[2] Historia Universal Contemporánea II; Javier Paredes (Coord.) – Barcelona – Ariel – 2004.

[3] La guerra del mundo: los conflictos del siglo XX y el declive de occidente (1904-1953); Niall Ferguson – Barcelona – Debate – 2007.

[4] El periodo de entreguerras en Europa; Martin Kitchen – Madrid – Alianza Editorial – 1992.

[5] Sociedad y cultura en la República de Weimar: el fracaso de una ilusión; José Ramón Díez Espinosa – Valladolid – Universidad – 1996.

[6] El mundo de ayer. Memorias de un europeo; Stefan Zweig – Barcelona – El Acantilado – 2002.