Los casos de Bélgica, Holanda y Portugal


El origen del Imperio belga se sale de los moldes habituales, al tener como punto de partida la iniciativa personal del monarca Leopoldo II.

Este contó con la colaboración del explorador y periodista norteamericano Stanley, que al comienzo de la década de 1870 recorrió las selvas del Congo. Allí fundó en 1878 la Asociación Internacional del Congo, cuyo destino en principio era la exploración científica del territorio. Cuatro años más tarde, se creaba la base de Leopoldville.

Para evitar posibles intervenciones por parte de otros países, el rey belga concedió la autonomía al Congo, garantizando así su inmunidad. A pesar de los recelos que ello suscitó, el Congreso de Berlín reconoció el Estado libre del Congo, cuyo soberano era el propio Leopoldo.

Con el tiempo, la Asociación Internacional transformó sus fines, convirtiéndose en una importante empresa de explotación de la que el monarca belga era uno de los principales accionistas. Los métodos utilizados por la Compañía con la población indígena ocasionaron protestas en círculos internacionales.

Ante la situación planteada, el monarca decidió la cesión del Estado del Congo a la nación belga, que se convertía inesperadamente en potencia colonial.

El Imperio holandés también tuvo caracteres singulares, aunque por otros motivos. Al iniciarse el proceso, en lugar de buscar nuevos territorios se dedicó a explorar e intensificar su presencia en sus antiguas posesiones, centradas fundamentalmente en la actual Indonesia.

Un número importante de compañías se dedicó a explorar los recursos vegetales y minerales. Al mismo tiempo, la administración adquirió un carácter burocrático y la política proteccionista establecida convirtió aquellos beneficios en monopolio exclusivo de la metrópoli.

Finalmente, otro de los viejos imperios, el portugués, se vio también tentado a extender sus posesiones siguiendo la tendencia de la época.

Hacia 1870 se presencia se limitaba a algunos establecimientos en las costas africanas de Angola y Mozambique, pequeños enclaves indostánicos y la mitad de la isla de Timor. El nuevo imperio portugués se debe a un hombre: Serpa Pinto, gran colonizador y explorador.
Su idea era unir Angola y Mozambique, formando una gran área de expansión en África del Sur.

La injerencia inglesa, al apoderarse de la cuenca del Zambeze, modificó aquellos planes. A pesar de todo, Portugal llegó a dominar importantes territorios, convertidos en colonias de poblamiento al impulsar hacia ellos grandes contingentes de población.

De Versalles a las Tullerías, en «María Antonieta» de Stefan Zweig


«Diciembre de 1790: María Antonieta a su hermano el emperador Leopoldo II: «Si, mi querido hermano, nuestra situación es espantosa, lo siento, lo veo y vuestra carta lo ha adivinado todo… El asesinato está a nuestras puertas; un puedo aparecer en una ventana, aún con mis hijos sin ser insultada, por un populacho ebrio, al cual jamás hice el menor mal sino todo lo contrario, y sin duda hay entre ellos muchos desdichados a quienes socorrí con mi propia mano. Estoy preparada para cualquier cosa y escucho con sangre fría a quienes piden mi cabeza».