La legislación contra el trabajo infantil


A finales de la década de 1820, el Parlamento británico abordó la cuestión del trabajo infantil. Durante esas sesiones, los legisladores británicos tuvieron ocasión de escuchar testimonios sobrecogedores de niños que habían sufrido accidentes por utilizar máquinas en su actividad laboral. Políticos como Richard Oastler y Michael T. Sadler se pronunciaron públicamente contra esta forma de explotación infantil. Este último incluso publicó un informe en 1832 en el que recogía conmovedoras entrevistas a los niños trabajadores.

Como resultado de este movimientos contrario a la explotación infantil, se promulgaron las Factory Acts:

  • En 1833 se prohibió el empleo a menores de nueve años en la industria textil y se estableció que la jornada laboral de niños entre los nueve y los doce no podía superar las nueve horas diarias ni las cuarenta y ocho semanales.
  • En 1834 se rebajó la edad mínima para trabajar a los ocho años, al tiempo que se establecía la jornada partida entre la escuela y el trabajo.

En la segunda mitad del siglo XIX se produjo un descenso acusado del trabajo infantil en el Reino Unido, circunstancia que algunos historiadores atribuyen a las Factory Acts. Otros, sin embargo, consideran que el proceso se produjo debido a otros factores, como las mejoras en la maquinaria, que ya no requería de niños para su limpieza o reparación, o la sustitución del agua por el vapor en la industria texto.

En Francia también se adoptaron medidas contra el trabajo infantil a partir de 1841. Los legisladores prohibieron el empleo de niños menores de ocho años, al tiempo que establecían una jornada laboral de ocho horas hasta la edad de doce.

Las condiciones de vida y trabajo de la clase obrera I


La Revolución Industrial y la introducción del maquinismo provocaron una profunda transformación de la estructura productiva y las condiciones de trabajo.

El obrero asalariado fue desplazando, poco a poco, a los artesanos y trabajadores a domicilio, mientras que el maquinismo hizo aumentar enormemente la división del trabajo. El obrero ya sólo participaba en una pequeña fase del proceso productivo y no necesitaba ni una fuerza física singular ni una gran especialización. Se convirtió en una fuerza de trabajo necesaria para mover máquinas o manipular productos y se compraba en el mercado a bajo precio.

Así, durante casi todo el siglo XIX, el aumento del coste de la vida fue superior al aumento de los salarios, hecho que condujo al empobrecimiento de la clase obrera. La necesidad de conseguir una gran acumulación de capital por parte de los empresario tuvo como consecuencia el mantenimiento de unos salarios muy bajos y de unas pésimas condiciones de trabajo. Las jornadas laborales eran largas y agotadoras y, en muchos casos, superaban las quince horas diarias.

Además, el trabajo se realizaba en lugares insalubres, ya que muchas fábricas eran oscuras y malsanas y, en el caso de la industria textil, muy húmedas.

Los salarios eran tan bajos que sólo permitían estrictamente la subsistencia. Así, era un hecho corriente que niños y mujeres trabajasen, tanto en las fábricas como en las minas. Sus sueldos eran necesarios para completar la economía familiar, pero eran inferiores a los de los hombres. En Inglaterra el sueldo de los niños equivalía a un 10% del masculino, y el de las mujeres entre un 30% y un 40%.

La disciplina laboral era muy rígida, de tal modo que los obreros podían ser despedidos en el momento en que el empresario quisiera. Los castigos y las penalizaciones eran también frecuentes. No existía ningún tipo de legislación laboral que regulara el trabajo o garantizase alguna protección en caso de enfermedad o accidente.

Las primeras leyes reguladoras del trabajo se hicieron en Gran Bretaña en 1833, año en que se promulgó la Factory Act. Por su parte, Prusia estableció las primeras leyes laborales en 1839, Francia en 1841 y los EE.UU. en 1848.