Origen y características del movimiento obrero


La implantación del movimiento obrero transcurrió de forma paralela al desarrollo industrial. De ahí que diera sus primeros pasos en Gran Bretaña a finales del siglo XVIII, desde donde se extendió primero a Francia y, posteriormente, a la Europa Central.

De entre sus rasgos cabe destacar los siguientes:

  • Disponía de una capacidad organizativa muy superior a la de otros grupos sociales más numerosos, como era el caso del campesinado.
  • Tenía una situación estratégica, puesto que los trabajadores habitaban en las ciudades, que eran las capitales políticas y desempeñaban un papel fundamental en la producción industrial de los países.
  • Su composición no era exclusivamente obrera. Según el país y las circunstancias, sus reivindicaciones coincidieron con las de las clases medias más radicalizadas –universitarios, periodistas, artesanos…- y, en contadas ocasiones, con los campesinos.
  • En su interior se desarrollaron diferentes corrientes que rivalizaron por el reclutamiento y la movilización de los trabajadores. La mayoría de ellas se forjaron en la primera mitad del siglo XIX, un periodo en que las condiciones de vida proletaria fueron especialmente duras.
  • Algunas ideologías y grupos obreros no se conformaron con pedir una sociedad más justa, sino que aspiraron a crear una sociedad totalmente nueva. Este sería el caso, por ejemplo, del marxismo y el anarquismo.