El antisemitismo como insulto al sentido común I

La principal para nuestro propósito es el gran descubrimiento que Tocqueville hizo (en L`Ancien Régime et la Révolution, libro II, cap. 1) de los motivos del violento odio que, al estallar la Revolución, experimentaban las masas francesas hacia la aristocracia -un odio que estimuló a Burke a señalar que la Revolución se mostraba más preocupada por «la condición de un caballero» que por la institución de un rey. Según Tocqueville, el pueblo francés odiaba a los aristócratas a punto de perder su poder más de lo que les odiaba antes, precisamente porque su rápida pérdida del auténtico poder no se había visto acompañada por ningún declive considerable de sus fortunas. Mientras la aristocracia mantuvo vastos poderes de jurisdicción fue no sólo tolerada, sino respetada. Cuando los nobles perdieron sus privilegios, entre ellos el privilegio de explotar y de oprimir, el pueblo les consideró parásitos, sin ninguna función real en el gobierno del país. En otras palabras, ni la opresión ni la explotación como tales han sido nunca la causa principal del resentimiento; la riqueza sin función visible es mucho más intolerable, porque nadie puede comprender por qué debería tolerarse.

Análogamente, el antisemitismo alcanzó su cota máxima cuando los judíos habían perdido sus funciones públicas y su influencia y se quedaron tan sólo con su riqueza. Cuando Hitler llegó al poder, los bancos alemanes estaban casi totalmente judenrein (y era precisamente en ese sector donde los judíos habían mantenido posiciones decisivas durante más de cien años), y la judería alemana, en conjunto, tras un largo y firme progreso en estatus social y en número, estaba declinando tan rápidamente que los estadísticos predecían su desaparición en el plazo de unas pocas décadas. Es cierto que las estadísticas no apuntaban necesariamente a los verdaderos procesos históricos; sin embargo, vale la pena señalar que para un estadístico la persecución y el exterminio nazis podían parecer una insensata aceleración de un proceso que en cualquier caso se habría producido.

Cabe decir lo mismo de casi todos los países de Europa occidental. El affaire Dreyfus no estalló bajo el Segundo Imperio, cuando la judería francesa se hallaba en la cumbre de su prosperidad e influencia, sino bajo la Tercera República, cuando los judíos habían desaparecido casi por completo de las posiciones importantes (aunque no de la escena política). El antisemitismo austríaco no se tornó violento bajo Metternich y Francisco José, sino en la República austríaca de la posguerra, cuando se hizo evidente que ningún otro grupo había sufrido tal pérdida de influencia y de prestigio en razón de la desaparición de la monarquía en los Habsburgo.

Hannah Arendt, Los orígenes del totalitarismo, p. 66-67.

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